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viernes, 28 de agosto de 2026

María Morena (1951)




Directores: José María Forqué y Pedro Lazaga
España, 1951, 79 minutos

María Morena (1951) de Forqué y Lazaga


Los diversos entresijos de María Morena (1951) giran básicamente en torno a una antigua leyenda local y un misterio por resolver. Este último, por cierto, vinculado con un trágico suceso a consecuencia de rencillas personales entre los habitantes de una humilde aldea andaluza. Todo con un regusto decimonónico inequívocamente romántico. Y sin embargo, a pesar de tratarse de una producción de carácter folclórico protagonizada por Paquita Rico (1929-2017), los exteriores de la misma se rodaron en la localidad barcelonesa de Castellet i la Gornal, mientras que los decorados y secuencias de interior se llevaron a cabo en los míticos Estudios Orphea de la Ciudad Condal.

Dirige la película el tándem José María Forqué-Pedro Lazaga, dos jóvenes cineastas, en aquel entonces al inicio de sus respectivas carreras, pero que en años venideros estaban llamados a erigir dos de las filmografías más sobresalientes, en número y calidad, del cine español. Rodeados, en esta ocasión, de excelentes profesionales, entre los que destaca el director de fotografía Manuel Berenguer (cuyo trabajo, en rutilante sistema Cinefotocolor, resulta de una exquisitez sublime) y la coreógrafa Emma Maleras dándole forma, con los bailes por ella ideados, a la partitura de Jesús García Leoz y las canciones compuestas por el dúo Juan Solano y Francisco Naranjo.



La presencia de Paco Rabal durante los compases iniciales, en el papel de víctima inocente, aporta otro nombre mítico a un reparto que completan Félix de Pomés y Consuelo de Nieva, como padres de la protagonista, Rafael Luis Calvo, dando vida al ruin Cristóbal, trabajador en la fragua de los anteriores, y Alfonso Muñoz que, con su interpretación de don Chirle, el viejo usurero de barba de chivo que bebe los aires por la gitanilla María Morena, aporta la nota cómica en una historia esencialmente dramática. Dicha naturaleza, típica de los romances y coplas de ciego, queda sobre todo patente con la llegada al pueblo de un forastero (José María Mompín) las intenciones y misión del cual se irán desvelando conforme avance la trama.

Lo cierto es que el gracejo de la humilde María Morena, unido a su excepcional hermosura, lleva de cabeza a no pocos muchachos, si bien ella se mantiene firme ante los reclamos de unos y de otros. Sólo la figura de Fernando el forastero logrará amansar a la fierecilla, quizá porque la joven, atraída por la superstición de los lugareños, siente una enorme curiosidad por desvelar el enigma que rodea las ruinas de una casa a las afueras en cuyo interior se dice que habitan fantasmas, circunstancia que aterra a sus amigos Frasquita (Purita Alonso) y Relámpago (Julio Riscal), pero no a esta intrépida vendedora ambulante de cacharros de cobre.



miércoles, 18 de febrero de 2026

Abel Sánchez (1946)




Título completo: Abel Sánchez (Historia de una pasión)
Director: Carlos Serrano de Osma
España, 1946, 70 minutos

Abel Sánchez (1946) de C. Serrano de Osma


¿Por qué he sido tan envidioso, tan malo? ¿Qué hice para ser así? ¿Qué leche mamé? ¿Era un bebedizo de odio? ¿Ha sido un bebedizo de sangre? ¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: "Odia a tu prójimo como a ti mismo." Porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos.

Miguel de Unamuno
Abel Sánchez (Una historia de pasión)

Pese a las habituales limitaciones técnicas del cine español de los años cuarenta, la adaptación cinematográfica de Abel Sánchez (1946) presenta, de la mano del siempre audaz Carlos Serrano de Osma, diversos hallazgos visuales que merece la pena destacar. Como ese trávelin giratorio, con la cámara sobre la mesilla de servicio de un camarero, en la secuencia del discurso encomiástico que Joaquín le dedica a su amigo: sutil forma de economizar tiempo, dejando al personaje al otro lado de una vidriera (lo cual justifica que, durante unos segundos, dejemos de escuchar sus palabras huecas), en una escena que en la novela ocupaba varias páginas.

Por lo demás, la película va bastante al grano de un argumento que ya era escueto, de por sí, en el texto original, si bien es cierto que comienza por el desenlace, con el protagonista en su lecho de muerte, rodeado de unos familiares a los que implora perdón por haber sido tan envidioso a lo largo de su tortuosa existencia. Como tampoco hay rastro, por razones obvias de censura, de la afición que el personaje le toma, durante un tiempo, a ir regularmente a confesarse a la iglesia.



En cuanto a las interpretaciones, Manuel Luna está más que convincente en su papel de Joaquín Monegro, mientras que Roberto Rey es un Abel un tanto desvaído, quizá porque el foco de interés, como en el libro, se centra en los celos enfermizos del amigo hacia quien, además de popularidad y prestigio social, le arrebata también el amor de su prima Helena (Alicia Romay). El guion, en todo caso, corrió a cargo de Pedro Lazaga, el mismo que, andando los años, terminaría siendo uno de los directores de mayor éxito comercial del país.

Planteada, pues, como larguísimo flashback, la película aborda un tema, el del cainismo, que en la España de mediados de los cuarenta, apenas una década después del inicio de la sangrienta contienda civil y en plena dictadura, constituía poco menos que un atrevimiento. Sólo la desenvoltura de un debutante como Serrano de Osma, quien se había forjado en las páginas de la revista Cine Experimental y que en breve abordaría complejas producciones de la talla de Embrujo (1947), podía acometer la temeridad de ponerse al frente de semejantes proyectos.



domingo, 5 de enero de 2025

El abuelo tiene un plan (1973)




Director: Pedro Lazaga
España, 1973, 90 minutos

El abuelo tiene un plan (1973) de Pedro Lazaga


Me pregunto qué diría cualquier adolescente de los de ahora si le plantaran delante El abuelo tiene un plan (1973). Probablemente algo así como "¿Y a mí qué?", habida cuenta de que en la actualidad (no hay más que ver cada noche a los participantes que acuden a First dates, muchos de ellos de edad provecta) eso de que una pareja de ancianos se enamore parece lo más natural del mundo.

Sin embargo, en la España de hace medio siglo el hecho de que un viudo de 65 años entablase una relación sentimental con una solterona a la que acaba de conocer en un sanatorio se consideraba un argumento tan divertido que daba para hacer una comedia. Evidentemente, los hijos del interfecto, que para colmo es un poco hipocondríaco, ponen de inmediato el grito en el cielo ante lo que consideran poco menos que una indecencia.



Un guion de, entre otros, Alfonso Paso (quien interpreta también un breve papel como doctor o maestro de ceremonias cuya función es la de aleccionar al espectador a propósito de lo solitos que se sienten los miembros de la tercera edad) le sirve al incombustible Pedro Lazaga para confeccionar una típica astracanada al servicio de Paco Martínez Soria. Le secundan una nutrida galería de intérpretes, como la entrañable Isabel Garcés en el papel de la modosita Elena o los siempre efectivos Pepe Sacristán y Manolo Zarzo, junto a Elvira Quintillá o Matilde Muñoz Sampedro, haciendo lo indecible para evitar a toda costa que la pareja de tortolitos se salga con la suya.

Y así, entre bromas amables (con algún que otro gag tirando a picante, aunque sin pasarse) discurre la acción de una cinta que pretendía ofrecer una imagen moderna de la sociedad tardofranquista, pero que, al fin y a la postre, acaba resultando casposa por su excesivo paternalismo. Nada que ver, por ejemplo, con la ternura que, a partir de una idea similar, transmitía uno de los episodios de Del rosa al amarillo (1963), la ópera prima de Manolo Summers.



domingo, 19 de mayo de 2024

Fulanita y sus menganos (1976)




Director: Pedro Lazaga
España, 1976, 94 minutos

Fulanita y sus menganos (1976) de Pedro Lazaga


EN UN LUGAR DE LA MANCHA, de cuyo nombre no quiero acordarme, fui parida por mi madre. Dicho esto, lo demás será coser y cantar. Porque para hacer un libro, lo único verdaderamente difícil es discurrir la primera frase que lo iniciará. Luego, todo es cuestión de ir añadiendo renglones, hasta rellenar las hojas en blanco que separan esta primera frase de la palabra «fin». Hablando mal y pronto: hay que echarle renglones al asunto. Y a mí, modestia aparte, renglones no me faltan...

Álvaro de Laiglesia
Fulanita y sus menganos (1965)

Debió de ser notable el éxito de Yo soy Fulana de Tal (1975) para que la factoría Lazaga se lanzase a una segunda entrega, de nuevo adaptando las andanzas del personaje creado por el humorista y escritor Álvaro de Laiglesia (1922-1981). Sólo que en esta ocasión el protagonismo recayó sobre Victoria Vera, quien se metía en la piel de Mapi un año después de que Concha Velasco ya hubiese interpretado a la intrépida meretriz.

A diferencia de lo que en aquella primera parte sucedía, donde toda la película era un larguísimo flashback, las retrospecciones fueron ahora fragmentarias, en la medida de que la joven va recordando algunos episodios relevantes de su muy ajetreada vida sentimental y profesional. Y así el espectador sabrá de clientes más bien torpes, como Jaime (Manolo Gómez Bur), caraduras de la talla de Manolo (Alberto de Mendoza), exóticos (caso de un peculiar jeque árabe forrado de petrodólares) y hasta de alta alcurnia como el Vizconde Pepe (Antonio Vilar).



Vicisitudes que, lejos de hundirla en la miseria, la harán cada vez más fuerte, hasta el extremo de acabar representando a España en un insólito "Congreso Europeo de Mujeres de Vida Fácil" que tiene lugar en la capital francesa. Y eso no es todo, sino que, además de deambular por los enclaves más turísticos de un París de postal, nuestra Mapi terminará intimando con un apuesto inspector de la Gendarmerie (Pedro Osinaga) que habla perfectamente castellano porque todos los años veranea en Benidorm.

Al margen de lo anticuado que resulte hoy en día el discurso sobre el que se sustenta Fulanita y sus menganos (1976), merece la pena, en cambio, llamar la atención a propósito de determinadas cuestiones, como pueda ser el particular empoderamiento avant la lettre de una mujer que, al inicio de la trama y ante las preguntas de un sacerdote entrometido con el que comparte vuelo, no duda en definirse a sí misma como feminista. Por no hablar del alegato final que se marca en plena asamblea de trabajadoras del ramo y de cuyas delegadas logra arrancar, por unanimidad, la admisión de su país en la "Comunidad Europea de Prostitutas" como miembro de pleno derecho. Curioso guiño cuando el ingreso de España en el Mercado Común era apenas un sueño que tardaría aún una década entera en hacerse realidad.

Mapi (Victoria Vera) sacándole la lengua a su pasado


sábado, 18 de mayo de 2024

Yo soy Fulana de Tal (1975)




Director: Pedro Lazaga
España, 1975, 95 minutos

Yo soy Fulana de Tal (1975) de Pedro Lazaga


Lo malo que tiene esto de escribir, es que hay que pensar un rato largo. Y con toda la cabeza. Porque hay pensamientos chiquitos, que sólo nos ocupan un cachetín de cerebro. Pero contar la vida de una, ya son palabras mayores. Y a mí, la verdad, el asunto escritura se me da fatal.

Álvaro de Laiglesia
Yo soy Fulana de Tal

Si hacer que una prostituta relatase sus memorias había constituido todo un atrevimiento en 1963, fecha de publicación de la novela de Álvaro de Laiglesia en la que se basa la película homónima, llevarla a la pantalla una década más tarde coincidió con el inicio de lo que muy elocuentemente iba a denominarse El destape.

A grandes rasgos, la puesta en escena de Pedro Lazaga para Yo soy Fulana de Tal (1975) se plantea como un larguísimo flashback que abarca la trayectoria vital de Mapi (Concha Velasco) desde que ésta se vio apremiada por las circunstancias a abandonar su pueblo hasta que, de nuevo desamparada, recala en un club nocturno donde dará comienzo su carrera profesional.



Aparte del jeta que la dejó embarazada y un novio algo zoquete, de nombre Afrodisio (Paco Algora), dos van a ser los hombres maduros que marquen la vida sentimental de la joven tras su llegada a la ciudad: Rodolfo (Fernando Fernán-Gómez) y Marcelo (Antonio Ferrandis). El primero es un pedante y algo mojigato profesor particular que, después de enseñarle a leer y recitarle versos, saldrá por patas cuando descubra que la muchacha espera un hijo; el segundo, en cambio, es un pintor con aspecto de playboy al que conoce en una boîte de Benidorm y que, además de pintarla desnuda, se convertirá en su amante.

Poco más se puede añadir de una cinta cuyo único aliciente residía en un morbo que hoy ha quedado completamente obsoleto. Aun así, resulta cuando menos curiosa la particular fórmula mágica del 60-20, es decir, sexagenario y con veinte millones en el banco, por la que se rige Merche (May Heatherly) a la hora de buscar "novio" y que no dudará en inculcarle a su pupila Mapi.



domingo, 1 de octubre de 2023

El cálido verano del Sr. Rodríguez (1965)




Director: Pedro Lazaga
España, 1965, 80 minutos

El cálido verano del Sr. Rodríguez (1965)


Aunque estemos ya en otoño, las suaves temperaturas del veranillo de San Miguel se prestan para el comentario de una cinta tan sumamente estival como El cálido verano del señor Rodríguez (1965). Engendro cómico, con su buena dosis de crítica costumbrista, que llevaba décadas fuera de circulación y que ahora, debidamente restaurada por la Filmoteca Española, vuelve a gozar de una nueva vida.

Hecha a medida de la sin par vis histriónica de José Luis López Vázquez, lo cierto es que el guion de la película, aparte de retratar a un tipo muy común de nuestra idiosincrasia hispánica, abunda en referencias socioculturales de aquel entonces que hoy pueden llegar a abrumarnos, en algunos casos, por su incorrección política (como aquello que dice el protagonista a propósito de los gitanos: "Donde habites, no hagas daño"), pero que, dado su valor testimonial, arrojan una impronta certera sobre aquella España en blanco y negro de hace sesenta años.



A juzgar por cómo la expresión está presente en el título e incluso en buena parte de los diálogos, lo de permanecer sólo en la ciudad mientras mujer e hijos se marchan de vacaciones (es decir, quedarse de "Rodríguez") debe venir de antiguo, sin que esté muy claro el origen de semejante modismo. En todo caso, lo que verdaderamente define al personaje no es tanto su afán crápula, sino una proverbial fanfarronería a la hora de exagerar o directamente inventar sus gestas.

De hecho, la estructura del filme se divide en dos partes claramente diferenciadas en torno a cómo diantre ha acabado Pepe Rodríguez con un ojo a la virulé. Así pues, si hasta la mitad de la trama visualizamos las mentiras que el petulante oficinista le cuenta a un antiguo camarada que recoge en su seiscientos descapotable (Agustín González) o, tras llegar a casa, a su propia esposa (Elvira Quintillá), el resto de metraje consiste, en cambio, en mostrarnos "la verdad", si es que esa palabra quiere decir algo fiable. En todo caso, el tal Rodríguez no dudará en consultar sus dudas con el espejo para acabar llegando a una conclusión que el espectador avezado haya tal vez advertido a lo largo del relato. Y es que todas las mujeres de las ensoñaciones del pobre Rodríguez tienen, en realidad, la cara de su señora...



viernes, 3 de septiembre de 2021

¿Por qué pecamos a los cuarenta? (1970)




Director: Pedro Lazaga
España, 1970, 87 minutos

¿Por qué pecamos a los cuarenta? (1970)


El título de esta particular comedia de Pedro Lazaga lleva implícita la idea de que la cuarentena marca un límite en la vida de todo hombre: el de la edad a partir de la cual se debería haber sentado definitivamente la cabeza, pero también el momento crítico en el que la juventud, que no queda tan lejos, da sus últimos (y patéticos) coletazos. En ese aspecto, los tres protagonistas de ¿Por qué pecamos a los cuarenta? (1970) responden al perfil de varón libidinoso al que, pese a ser respetable padre de familia, se le van los ojos detrás de toda moza de buen ver que se cruce en su camino. 

Sin embargo, y por más que, en un principio, sus respectivos romances otoñales parezcan haber traído un soplo de aire fresco en medio de tanta monotonía, la triste realidad se acabará imponiendo: no hay bigote ni peluquín que pueda remediar los estragos del paso del tiempo.



De todos ellos, es el eminente doctor Quesada (Fernando Fernán-Gómez) el que goza de mayor reputación tras haber descubierto una hormona femenina que le ha valido el reconocimiento unánime de la comunidad científica a nivel internacional. De ahí los aires de superioridad que adopta frente a Enrique (José Luis López Vázquez) y Federico (Juanjo Menéndez), quienes pondrán en práctica los consejos del amigo sin ni siquiera imaginar que él tampoco está exento de padecer las mismas contrariedades.

El machismo que se desprende de este sainete "moderno", auspiciado por la productora de Pedro Masó, queda patente ya desde los títulos de crédito iniciales, en los que un grupo de actores invitados (Pepe Sacristán, Tip y Coll, Manolo Gómez Bur...) pierden el norte contemplando la belleza de las muchachas que pasean por las calles de Madrid. Comportamiento que denota las obsesiones propias de un tiempo felizmente pasado, pero que quizá ayude a entender el origen de las muchas agresiones misóginas que, a día de hoy, siguen siendo tristemente noticia.



viernes, 27 de agosto de 2021

Un vampiro para dos (1965)




Director: Pedro Lazaga
España, 1965, 91 minutos

Un vampiro para dos (1965) de Pedro Lazaga


Rebuscando entre las casi cien películas que dirigiera Pedro Lazaga (1918–1979) se pueden encontrar hasta parodias vampíricas como la que nos disponemos a comentar. Su título, no obstante, parafrasea el de una célebre comedia romántica, Pijama para dos (Lover Come Back, 1961), con la salvedad de que ni José Luis López Vázquez ni Gracita Morales resultan tan apolíneos como Doris Day y Rock Hudson. Lo suyo sería, más bien, la versión de andar por casa de unos españolitos que deciden emigrar a Alemania para ponerse "al nivel europeo".

Porque, a pesar de que la pareja acabe trabajando al servicio de un siniestro aristócrata de origen húngaro, lo cierto es que su verdadero telón de fondo responde a los apuros de un joven matrimonio de operarios del metro madrileño que, después de un año de casados, apenas sí logran verse debido a que los horarios de ambos son incompatibles. A fin de cuentas, tal y como le confiesa Pablo (López Vázquez) al funcionario de la Casa de España en Düsseldorf que les atiende, ellos no aspiran a otra cosa sino a "vivir juntos, comer juntos, dormir juntos..."



Es decir, que tras una cinta concebida para la risa se oculta una realidad social nada halagüeña: la de unos trabajadores abocados al pluriempleo (además de en el metro, él trabaja como vigilante nocturno de una obra y como árbitro de fútbol) y, por ende, desprovistos de cualquier tipo de conciliación familiar. Luego, lo de ver a Fernando Fernán Gómez emulando a un Drácula adicto a la sangría o cómo Pablo y Luisita (Morales) mantienen a raya al barón y a su pérfida hermana Nosferata (Trini Alonso) a base de sopa de ajos tendrá más o menos gracia, pero, para un espectador de hoy en día, puede que no sea lo más interesante de la película precisamente.

En ese sentido, Un vampiro para dos (1965) contiene numerosas referencias a la actualidad política y social de aquellos días, desde el Mercado Común hasta las futuras olimpiadas de México 68. Como también se alude, en el insólito final, a la entrega de unos Premios Óscar cuyo máximo triunfador es un perro español que domina varios idiomas. Aunque ésa es ya otra historia...



domingo, 22 de agosto de 2021

Luna de verano (1959)




Director: Pedro Lazaga
España, 1959, 87 minutos

Luna de verano (1959) de Pedro Lazaga


Dos francesitas encantadoras deciden visitar el norte peninsular a bordo de su Mercedes descapotable, motivo por el que ponen rumbo a San Sebastián, adonde tienen previsto seguir los cursos de verano del Instituto Español. Pero antes harán una escala en Pamplona, ciudad desconocida para las muchachas y cuyos sanfermines les resultan un fascinante descubrimiento. Como grata es también la hospitalidad que les brinda el venerable don Patricio de Larrabeitia (Fernando Fernán Gómez), descendiente de una larga estirpe de rancio abolengo de la que su hijo Juan, que no quiso ser militar, es el último representante. Porque el tal don Juan (interpretado, igualmente, por Fernán Gómez) es profesor de literatura en el mismo centro donostiarra del que Monique (Analía Gadé) y Colette (Laura Valenzuela) van a ser alumnas...

Como suele suceder en tantas comedias de los años cincuenta, el colorido y la alegría de vivir que destila Luna de verano (1959) se imponen por encima de cualquier otra consideración. En ese sentido, sus jóvenes protagonistas responden a un perfil desenfadado, a medio camino entre la picaresca un tanto castiza de Miguel (Tony Leblanc) y las ensoñaciones acarameladas de unas universitarias más pendientes de ligarse al catedrático de turno que no de terminar sus respectivas tesis doctorales.



Jesús Franco estuvo detrás del guion de este producto edulcorado, con el sello indiscutible de la factoría Dibildos, cuya finalidad primordial no era otra sino explotar el tirón comercial de su reparto. De ahí que la dirección de Pedro Lazaga, correcta aunque sin pasarse, quede supeditada a resaltar el atractivo de ellas y sacar el máximo partido de la vis cómica de ellos.

Emulando las juergas de sus modelos hollywoodenses, los alumnos extranjeros de este campus internacional pasan más tiempo de parranda que asistiendo a unas clases en las que difícilmente mejorarán su nivel de español. Y es que el verdadero aprendizaje tiene lugar fuera de las aulas. Por ejemplo, en animados bailes de graduación donde unos y otros ponen en práctica las enseñanzas amatorias que han adquirido durante su breve estancia en tan idílico enclave a orillas del Cantábrico. Sobre todo Juan y Monique, para quienes ese paréntesis estival habrá sido el inicio de una relación más duradera.



miércoles, 11 de agosto de 2021

La sirena negra (1947)




Director: Carlos Serrano de Osma
España, 1947, 64 minutos

La sirena negra (1947) de Serrano de Osma


Abiertos los ojos a la penumbra, pensaba en la que va a desaparecer después de sufrir tal suplicio en su corazón, selva de plantas ponzoñosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta ante el no ser, me dominó por un momento. ¿Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz, la que tanto se entusiasmaba y hacía tales extremos en el teatro, la que había padecido los furores de la antigüedad criminal, fuese mañana un poco de materia orgánica en descomposición? ¿Cómo puede suceder algo tan extraordinario en un segundo? ¿Por qué se arroja sangre si cesa de existir? Murió Rita, dirán. Entonces, Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus cabellos foscos, no es su tez verdosa, no es su cuello de flor medio tronchada. Todo eso ahí estará... y Rita no. Puse sobre el velador los codos y sobre las palmas derrumbé la cabeza. Mi meditación se convertía en cavilación visionaria. Acaso dormía, acaso deliraba. El alcaloide del café concentrado actuaba sobre mi sistema nervioso, y con malsano goce dejé volar mi fantasía, provista de unas alas membranosas, gris oscuro, de murciélago, que acababan de brotarle.

Emilia Pardo Bazán
La sirena negra (1908)

El mítico Carlos Serrano de Osma (1916–1984) perteneció a esa estirpe de cineastas que, como Orson Welles, poseen la rara virtud de convertir en insólito todo aquello que abordan en sus películas. Buena prueba de ello son títulos como la casi expresionista Embrujo (1948) y el filme que ahora nos ocupa, La sirena negra (1947), adaptación de la novela homónima que la condesa de Pardo Bazán, imbuida por los efluvios del modernismo y dispuesta a dar un giro a su carrera, había publicado a principios del siglo XX.

Son, sin embargo, muchas las diferencias introducidas por Juan Antonio Cabezas y José Vega Picó, autores del guion cinematográfico, con respecto a la fuente literaria. De entrada, una voz en off omnipresente (y, hasta cierto punto, fastidiosa) sustituye, o más bien resume, la narración en primera persona que el protagonista, Gaspar de Montenegro (Fernando Fernán Gómez en la pantalla), llevaba a cabo en el texto. Además, su hijo adoptivo pasaba a ser una niña (Ketty Clavijo), con lo que el relato gana en intensidad dramática al añadir otro personaje femenino al universo de un individuo que vive ofuscado por su compleja relación con las mujeres.



Ya desde el propio título, metáfora de los pensamientos luctuosos que de continuo acechan al infeliz Montenegro, la muerte planea a lo largo y ancho de una cinta cuya factura visual abunda en ambientes lúgubres. En ese mismo sentido, lo cual constituye uno de los rasgos definitorios del estilo fílmico del director, son frecuentes las tomas en ángulo contrapicado, recurso mediante el que se pretende poner de relieve el carácter trágico de los acontecimientos. Asimismo, el uso del flashback o las escenas de contenido onírico son típicas de la particular personalidad de Serrano de Osma.

Por otra parte, Fernando Fernán Gómez, hasta aquel entonces encasillado en papeles de galán cómico, demostraba con esta película, repleta de suicidas, melancólicos, madres solteras y demás truculencias, que también era capaz de acometer trabajos mucho más serios, dando muestras de una versatilidad considerable que acabaría por encumbrarlo definitivamente entre los mejores intérpretes de su generación.



lunes, 10 de mayo de 2021

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971)




Director: Pedro Lazaga
España, 1971, 93 minutos

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) de Pedro Lazaga


La pieza teatral en dos actos de Jardiel Poncela en la que se basa esta película se había estrenado el 16 de febrero de 1943 en el madrileño Teatro de la Comedia. Con varias diferencias respecto a lo que Pedro Lazaga mostrará en pantalla casi tres décadas más tarde. De entrada, porque los accidentes ferroviarios que padecen los personajes en la obra de teatro han sido sustituidos, en su versión cinematográfica, por accidentes automovilísticos. Pero, por otra parte, y ahí es precisamente donde radica el contraste más notorio, los actores de Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) hacen gala de un histrionismo un tanto chabacano que poco o nada tiene que ver con el humor inteligente de Jardiel.

Se incluye, además, una canción ("La Tierra es una bola de colores", con letra de Antonio Gala y música de Antón García Abril, interpretada por Jaime Morey) que sirve de hilo conductor a lo largo de todo el filme y suena de fondo cada vez que la pareja protagonista se tira los trastos a la cabeza: recurso que, a nivel visual, adquiere su máxima comicidad cuando el estribillo recalca aquello de "¡Te quiero, te quiero mucho, vida mía!" mientras vemos a Ramiro (José Luis López Vázquez) y a Blanca (Esperanza Roy) gritarse airadamente.



La tesis de la cinta (si es que de tesis puede hablarse) vendría a ser que, a veces, un matrimonio en apariencia mal avenido tiene más posibilidades de seguir adelante que no uno cuyos cónyuges estén todo el día haciéndose arrumacos. O eso, al menos, es lo que le ocurre al pobre Ramiro Peláez, quien deseará que su señora vuelva a ser tan fiera como solía serlo antaño cuando, tras sufrir un grave percance, ésta adopta el comportamiento tierno y cariñoso de su difunta hermana Rosa. Con el agravante de que dicha transmutación conlleva también, como es lógico, que Blanca (que es Rosa por dentro, de ahí el título) se sienta atraída por su cuñado Héctor (Pepe Rubio).

Típica comedia de enredo en la que los personajes desean a toda costa revertir la situación, se convierte, en manos del prolífico Pedro Lazaga, en un vehículo al servicio del elenco de actores. Además de los ya mencionados, destacan Josele Román en su papel de criada amnésica y Valeriano Andrés como doctor y sabio despistado. También Rafael Alonso, que da vida a un dramaturgo a punto de estrenar su nueva comedia, y Manuel Alexandre, el profesor encargado de reeducar a Blanca.



domingo, 15 de noviembre de 2020

Los tramposos (1959)




Director: Pedro Lazaga
España, 1959, 88 minutos

Los tramposos (1959) de Pedro Lazaga


Un país económicamente débil, de subdesarrollados, tenía que ser forzosamente un país de tramposos. Desde luego, el productor Dibildos sabía elegir con toda intención el título más certero para sus películas, si bien, en el caso que nos ocupa, lo avalaba una tradición literaria antiquísima. Porque lo que aquí se cuenta, desde el recurrente timo de la estampita hasta el socorrido sorteo de un coche ajeno, no es, en puridad, sino una puesta al día de la vieja escuela picaresca: aquélla que inauguraran los lazarillos y rinconetes del Siglo de Oro para escribir algunas de las páginas más brillantes de nuestra literatura.

En un principio, hasta podría dar la impresión de que Virgilio (Tony Leblanc) y Paco (Antonio Ozores) constituyen, con el auxilio del Bajito (Venancio Muro), un trío de timadores de mayor sofisticación en sus métodos delictivos, capaces de sacarse de la manga la agencia de viajes Virpa Esprés (sic) y poner en jaque, merced a unas peculiares excursiones turísticas por Madrid y Toledo, a la todopoderosa Confort Express del envarado don Arturo (José María Rodero). Sin embargo, ni siquiera unos tipos tan apuestos como ellos se librarán de la justicia, por lo que no les quedará más remedio que pasar alguna que otra temporadita en "Ávila", que es como ellos denominan al trullo (creyendo que, así, ni Julita ni Katy sabrán que están en la cárcel).



Una morena y una rubia: Julita (Concha Velasco) es hermana de Paco, además de la eterna candidata a novia de Virgilio; Katy, en cambio, interpretada por Laura Valenzuela, no tendrá tantos remilgos como su amiga a la hora de convertirse en socia capitalista de ambos tunantes, sufragando los gastos necesarios para poner en marcha el negocio con las nueve mil quinientas del ala que la muchacha ahorraba para comprarse un tocadiscos estereofónico.

Llegados a este punto, los otrora estafadores deciden hacer propósito de enmienda y ganarse la vida honradamente, doblando el lomo como cualquier hijo de vecino o, si no queda más remedio, incluso donando sangre y hasta los huesos del esqueleto, de modo que Paco y Virgilio van a saber, de ahora en adelante, lo que significa obtener el pan con el sudor de la frente. Atrás quedarán los días de robar carteras en el autobús o de hacerse pasar por enfermeros y, fichados por don Arturo, podrán ver al fin cumplido su sueño de comprarse un coche (aunque sea pequeñito).



sábado, 14 de noviembre de 2020

Los económicamente débiles (1960)




Director: Pedro Lazaga
España, 1960, 92 minutos

Los económicamente débiles (1960)


Económicamente débil es uno de esos términos eufemísticos que no sólo sirven para dar título a una película, sino que, además, resultan perfectamente aplicables a la sociedad en cuyo seno se gestó una comedia tan disparatada como la que nos disponemos a comentar. Porque el retrato que se lleva a cabo de nuestras miserias y obsesiones no deja títere con cabeza. Obsesión por el fútbol, ya sea el de los grandes equipos que Pepe (Tony Leblanc) y Paco (Antonio Ozores) aspiran a entrenar algún día o el de los modestos clubes de segunda regional que, como el Casamata F.C., apenas sí tienen presupuesto para comprar camisetas. Y miseria, la de los pueblerinos cazurros dispuestos a moler a estacazos al rival de turno con tal de ganar el partido, aunque sea por la mínima y sobornando al árbitro.

Sin embargo, no todo es pasión balompédica en esta producción de José Luis Dibildos que comienza como si de un filme de gánsters se tratase: la entrada de Pepe, una noche lluviosa, en la trastienda de una tasca donde los parroquianos esperan ansiosos la comparecencia del hombre que lidere una misión decisiva, parece augurar algún conciliábulo con la mira puesta en derrocar al gobierno o, por lo menos, asaltar una sucursal bancaria. Pero no: José Martín Rodríguez será el responsable de una empresa de muy distinto calado: lograr que el Casamata ascienda de categoría.



Ardua tarea para la que Pepe y Paco echarán toda la carne en el asador. Sobre todo después de convencer al meapilas de Xavier (José Luis López Vázquez) para que invierta su fortuna en el equipo y así, de paso, logre enamorar a su adorada Nuri (Maruja Bustos), una de las hermanas, junto con Ana (Laura Valenzuela), de Paco. Burdo subterfugio, puesto que ni la una ni la otra, empleadas en el Instituto de belleza Lady Doris, parecen muy interesadas por el deporte rey. De hecho, Ana, prometida de Pepe, está hasta las narices de que el fútbol se interponga entre ella y su novio.

No obstante, y a pesar de haber encajado en sus inicios una abultada derrota por cero a catorce, los métodos del nuevo staff técnico enseguida darán resultado y el Casamata pasará de cerrar la clasificación a enfrentarse al cerril Cantalazo en un partido decisivo que acabará como el rosario de la aurora. Aunque antes, los jugadores habrán sido sometidos a una no menos accidentada (y furtiva) sesión de masaje en las instalaciones del Lady Doris.



sábado, 27 de abril de 2019

Vota a Gundisalvo (1978)




Director: Pedro Lazaga
España, 1978, 88 minutos

Vota a Gundisalvo (1978) de Pedro Lazaga


Sí, sí: ya sé que estamos inmersos en plena jornada de reflexión y que pedir el voto para cualquiera de los candidatos no parece lo más apropiado. Pero, aun así, vale la pena recuperar este viejo título que fuera concebido en tiempos de la hoy tan denostada transición para darse cuenta de que tampoco hemos cambiado tanto: partidos de nueva creación sin un ideario excesivamente definido; aspirantes a ocupar el escaño desprovistos de experiencia, pero con un pasado turbio e intenciones más que dudosas; guerra sucia para desacreditar a los rivales; etc., etc.

Escrita por el productor José Luis Dibildos en colaboración con Antonio Mingote y dirigida por el incombustible Pedro Lazaga, Vota a Gundisalvo es una película que resulta imposible desvincular del contexto en el que vio la luz. Sobre todo, porque alude directamente a los líderes políticos de aquel entonces, con una especial obsesión hacia Felipe González, sin duda a causa del ideario marxista y republicano que por aquellas fechas aún detentaba el PSOE.

Los exteriores del filme se rodaron en la provincia de Málaga

El añorado Antonio Ferrandis se mete en la piel de este arribista con la habitual solvencia de la que siempre hizo gala a lo largo de sus muchos años de carrera. El suyo es un personaje sin escrúpulos, dispuesto a lo que haga falta con tal de llegar a senador: ¿que hay que ponerse a régimen para mejorar la figura?, pues venga dieta del pomelo; ¿que conviene cambiar los habanos por Celtas para parecer menos potentado y más proletario?, pues adelante; ¿que su amante Lolita (Silvia Tortosa) debe dormir con su adversario (José Lifante)?, pues se sacrifica uno por más que le duela. Porque París bien vale una moza (1972), como rezaba el título de un filme anterior de Pedro Lazaga.

Lo malo es que ni una sola de todas esas iniciativas surge de Gundisalvo García, sino que más bien se trata de recomendaciones ideadas por su joven y ambicioso asesor de imagen Julio Pedraza (Emilio Gutiérrez Caba), antiguo responsable de varias campañas publicitarias para promocionar detergentes y que ahora deberá lavar la reputación del futuro senador y flamante candidato por la recién creada Concordia Democrática del Estado Español.


lunes, 6 de agosto de 2018

¡Vente a Alemania, Pepe! (1971)




Director: Pedro Lazaga
España, 1971, 95 minutos

¡Vente a Alemania, Pepe! (1971) de Pedro Lazaga


Junto con la llegada masiva de turistas, sobre todo a partir de la década de los años sesenta, el fenómeno de la emigración española hacia otros países del norte de Europa, notablemente la entonces República Federal Alemana, fue determinante para el aporte de divisas a la maltrecha economía nacional a través del envío de remesas. Tal inyección pecuniaria no sólo permitía equilibrar el déficit comercial, saneando la balanza de pagos, sino que contribuyó, por un lado, a la progresiva apertura del régimen franquista e, indirectamente, a la posterior transición a la democracia.

Es en esa coyuntura tan singular en la que se gesta ¡Vente a Alemania, Pepe!, típica comedia del denostado landismo, pero susceptible de aportar, merced a la perspectiva que da el paso del tiempo, no pocos datos de carácter sociológico sobre algunas páginas de nuestro pasado reciente que, quizá por engorrosas, se tiende a obviar con demasiada frecuencia.

Efectivamente, la acción arranca y concluye en Peralejos de Arriba, localidad imaginaria del Alto Aragón cuyos exteriores corresponden, en realidad, a Talamanca de Jarama, Madrid. Como en tantas aldeas deprimidas de la época, el ambiente macilento que se respira en Peralejos poco tiene que ofrecer a los jóvenes, más allá de sol, moscas y, cuando las circunstancias y el párroco local lo permiten, algún que otro espectáculo de varietés a través del desvencijado televisor del bar. Por eso, la llegada de Angelino (Pepe Sacristán), con su flamante Mercedes, su abrigo de fibra de coco y las excelencias que canta sobre lo bien que se vive en Múnich, no hace sino excitar aún más la ya de por sí fantasiosa imaginación de los lugareños.



Y en vista de cómo le va por Alemania al Pepe de marras (Alfredo Landa) cabe pensar que el objetivo de los dos Vicentes autores del guion (Escrivá y Coello) no era otro sino desmitificar las bondades de un éxodo en el que muchos españolitos desesperados creían ver la panacea contra todos sus males (represión sexual incluida), al tiempo que se subrayaba la idea de que aquí no se vivía tan mal. Son diversas, al respecto, las escenas que avalarían dicha suposición, aunque la más reveladora es, sin duda, la que tiene lugar en la pensión Müller durante la primera cena tras la llegada de Pepe: frente al nada suculento menú, consistente en sopa de nabo y salchichas con mermelada, a los comensales se les hará la boca agua ante la vista del surtido de embutidos que el susodicho se ha traído del pueblo. Vamos: que se pinta al emigrante como un muerto de hambre, nunca mejor dicho.

Y no sólo eso: mención aparte merece el personaje de don Emilio (Antonio Ferrandis), exiliado republicano y médico de profesión al que se muestra en todo momento como un individuo huraño y resentido, un tipo raro, enfadado con el mundo, pero, en el fondo, deseoso de volver a su Oviedo natal aunque el orgullo le impida admitirlo. La estampa del vencido no puede ser más denigrante, a la vez que el mensaje implícito resulta altamente reaccionario. Vendría a decir algo así como que tanto los que se marchan al extranjero empujados por necesidades económicas como los que se fueron en su día por motivos ideológicos no dejan de ser pobres gentes dignas de compasión.

Con todo, conviene señalar que ¡Vente a Alemania, Pepe! no fue la única cinta en abordar un tema al que el cine español ha vuelto con relativa asiduidad dado su carácter cíclico (la crisis que aún colea lleva una década recordándonos que todavía somos un país de emigrantes). En abril de aquel mismo año Españolas en París (1971), de Roberto Bodegas, suponía una aproximación más seria al tema, dentro de la denominada Tercera Vía, de la misma forma que, más recientemente, el díptico formado por Un Franco 14 Pesetas (2006) y 2 francos, 40 pesetas (2014), ambas del actor/director Carlos Iglesias. Por no mencionar Perdiendo el norte (2015) de Nacho G. Velilla que, en muchos aspectos, puede considerarse una puesta al día del filme de Pedro Lazaga, aunque ahora los emigrantes son licenciados universitarios en lugar de paletos con boina y la maleta atada con una cuerda.


domingo, 20 de mayo de 2018

Posición avanzada (1966)




Director: Pedro Lazaga
España, 1966, 82 minutos

Posición avanzada (1966) de Pedro Lazaga


"¡Ánimo, muchachos! ¡Que son pocos y no saben español!" Ayuso, el sargento interpretado por Antonio Ferrandis, exhorta a sus soldados con estas palabras en pleno combate, sabedor de que lo importante respecto al enemigo a batir no es que sean republicanos, sino que son extranjeros. Ésa era la consigna a remarcar desde instancias oficiales a mediados de los sesenta, quizá porque, a raíz de la campaña de los "XXV años de paz", iniciada a partir de 1964, la idea de una cierta reconciliación nacional, bajo la égida paternalista de un General Franco presentado como único garante posible de la misma, comienza a abrirse paso.

La "paz" de los cementerios enmarcada en una mera operación de imagen, no hace falta decirlo, pero, a efectos de lo que se muestra en una superproducción rodada en Cinemascope como Posición avanzada, conviene remarcar que la verdadera motivación subyacente no era tanto un aperturismo en ciernes del Régimen, sino más bien una perversa voluntad de reescribir la historia. Desde esa óptica tan particular, la contienda civil no se percibe como la consecuencia de una sublevación militar golpista, sino como el resultado de la injerencia extranjera en nuestros asuntos, básicamente las Brigadas Internacionales y el apoyo soviético al gobierno de la Segunda República.



Es por eso que el Capitán Trueba (José Villasante) aparece retratado como un simpático paisano que no tiene el más mínimo inconveniente en aparcar momentáneamente las hostilidades contra los nacionales para confraternizar, pescar barbos e intercambiar con ellos noticias sobre su familia en Reinosa. Curioso alto el fuego entre enemigos teóricamente irreconciliables y que preludia, con veinte años de antelación, lo que García Berlanga llevará a cabo en La vaquilla (1985).

Tampoco se andan con rodeos a la hora de revelar el pasado republicano de algún soldado franquista. Caso del catalán Javier Martí (Manuel Tejada), auxiliar de cátedra de Literatura en la Universidad de Barcelona y, por ende, el filósofo del grupo. Preguntado sobre por qué no ha hecho el curso de alférez, no tiene más remedio que confesarle a su superior que estuvo en el otro lado hasta hace unos meses, donde era miliciano de la cultura de la 111 brigada mixta. "¡Sí, es que es un poco rojillo, ¿sabe?!" comentará el bonachón de Ayuso con risa nerviosa.



Rodada como si de una cinta de hazañas bélicas se tratase, la espectacularidad de Posición avanzada, con sus constantes explosiones y trávelin en paralelo, encierra, sin embargo, un discurso mucho más profundo, tanto como la guitarra flamenca que sirve de banda sonora: el de alguien que, como el director Pedro Lazaga (de quien en octubre se cumplirá, por cierto, el centenario de su nacimiento), conoce de cerca lo que supone la guerra y que, precisamente por ello, logra sus mejores resultados cuando trata el tema de la camaradería y el sacrificio por una causa.

Similar, en cierto sentido, a producciones anteriores propias [La patrulla (1954)] o ajenas, como Tierra de todos (Antonio Isasi-Isasmendi, 1962), y aun posteriores, caso de La casa de las Chivas (León Klimovsky, 1972), parece mentira que Lazaga dirigiese el mismo año de Posición avanzada una película de tono radicalmente opuesto como La ciudad no es para mí (1966), lo cual nos da una idea bastante precisa de su versatilidad de realizador tanto de proyectos muy personales como de comedias taquilleras al servicio de Paco Martínez Soria.