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domingo, 14 de junio de 2020

María Estuardo (1936)




Título original: Mary of Scotland
Director: John Ford
EE.UU., 1936, 123 minutos

María Estuardo (1936) de John Ford

Tal vez porque el tema no le parecía lo suficientemente atractivo o quizá porque su relación de amor y odio con Katharine Hepburn se hallaba en punto muerto, pero el caso es que John Ford se desentendió enseguida de Mary of Scotland. Hasta el punto de ausentarse del rodaje y encargarle a la actriz que dirigiese ella misma alguna de las escenas. Lo cual no sólo revela, bien a las claras, el carácter temperamental de ambos (ni que decir tiene que la Hepburn, más chula que un ocho, le tomó la palabra al cineasta y no dudó ni un instante en ponerse tras las cámaras), sino, sobre todo, la aureola de película fallida que, desde entonces, ha pesado sobre el mencionado filme.

Y es que todo en él adolece de una solemnidad tediosa, heredada, en buena medida, de la pieza teatral, en verso blanco, de Maxwell Anderson que se había estrenado en Nueva York tres años antes. Es esa grandilocuencia, tan hollywoodense, por otra parte, de grandes decorados de cartón piedra y vistoso vestuario de época que no logran, sin embargo, ocultar las verdaderas carencias de una cinta a la que le falta gancho y le sobra empaque.

Katharine Hepburn junto a Fredric March

Habrá quien diga, en su descargo, que tanto el tema como el contexto histórico justifican la rigidez de semejante puesta en escena (lo cual es cierto hasta cierto punto, valga el retruécano), pero bastaría revisar títulos como La reina Cristina de Suecia (1933) de Mamoulian, Las cruzadas (1935) de DeMille o Robin de los bosques (1938) de Curtiz para desmentir, en el acto, que las superproducciones históricas tengan que ser forzosamente aburridas.

Como tampoco están obligadas a respetar escrupulosamente los hechos que en ellas se describen. En ese sentido, la cinta que nos ocupa también se permite sus licencias, ya que María Estuardo e Isabel Tudor, por ejemplo, no llegaron nunca a coincidir cara a cara en la vida real. Ni la reina de los escoceses fue, probablemente, esa heroína católica y abnegada que interpreta Katharine Hepburn: que en esto, como en tantas otras cosas, el cine acostumbra a ser bastante manipulador.

Rumbo al cadalso...

miércoles, 15 de abril de 2020

La mala semilla (1956)




Título original: The Bad Seed
Director: Mervyn LeRoy
EE.UU., 1956, 126 minutos

La mala semilla (1956) de Mervyn LeRoy

Hitchcock rechazó el proyecto; Billy Wilder quiso dirigirla, pero no le dejaron; Paul Henreid (el Victor Laszlo de Casablanca) intentó infructuosamente hacerse con los derechos de la obra teatral; a Bette Davis le habría encantado interpretar el papel principal, pero ya era demasiado mayor para encarnar a una madre... ¿Qué portento era éste que hacía suspirar a medio Hollywood? Pues ni más ni menos que la adaptación cinematográfica de The Bad Seed, la pieza de Maxwell Anderson que dos años antes había arrasado en los escenarios de Broadway con 334 representaciones.

De hecho, buena parte del elenco original repitió su papel en la película con idéntico éxito. Así, por ejemplo, la actriz Nancy Kelly, que recibiera un premio Tony por su interpretación de señora Penmark, fue también nominada al Óscar a la mejor actriz protagonista, mientras que sus compañeras de reparto Eileen Heckart y la niña Patty McCormack, antítesis de la Dorothy de El mago de Oz, corrieron suerte pareja en la categoría de secundarias.



Llegados a este punto, se hace necesario traer a colación la advertencia que figura al final de la película: "You have just seen a motion picture whose theme dares to be startlingly different. May we ask that you do not divulge the unusual climax of the story. Thank you." Vamos: que como sucedería al año siguiente en la magistral Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), del ya mencionado Wilder, se le pide al respetable que, por el bien de futuros espectadores, haga el favor de no cometer spoiler. Evidentemente, no vamos a ser nosotros quienes profanemos semejante (e impactante) final, pero sí que merecería la pena tener en cuenta algunas consideraciones al respecto.

Éste es un filme que se atreve a abordar un tema hasta entonces tabú y al que Ibáñez Serrador volvería dos décadas más tarde en ¿Quién puede matar a un niño? (1976): la malignidad de un menor. En ese sentido, la aparente perfección de la pequeña (y odiosa) Rhoda (McCormack) no es sino la fachada de un ser perversamente malévolo cuyo egoísmo no tiene límites. Y es que, a pesar de sus impecables coletas rubias y su vestidito de organdí, la chiquilla tiene, sin embargo, más peligro que una piraña en un bidé... Pequeño (gran) problema: que el público de 1956 no estaba aún preparado para asumir que una niña de ocho años pueda ser una asesina impasible. Y de ahí esa extraña pirueta final, absolutamente teatralizante e innecesaria, con la que se pretende tranquilizar al espectador recordándole que lo que acaba de ver es tan sólo una ficción.


martes, 1 de enero de 2019

Juana de Arco (1948)

















Título original: Joan of Arc
Director: Victor Fleming
EE.UU., 1948, 100 minutos

Juana de Arco (1948) de Victor Fleming

Comenzamos el año donde lo habíamos dejado, aunque con una superproducción made in Hollywood bastante alejada de la sobriedad que el siempre espiritual Dreyer le supo imprimir al mito de Juana de Arco. Esto es una cosa muy distinta: aquí las coordenadas de trabajo se miden en centenares de extras, la cantidad de nominaciones a los Óscar recibida, anecdotario y rumorología varia y una execrable versión abreviada de cien minutos (frente a las dos horas y media que duraba el metraje original) que aún circula en DVD.

Tiene, eso sí, y a pesar de haber sido un sonado fracaso en taquilla, el atractivo de la fotografía en color y de un vestuario escrupulosamente seleccionado que, al final, le acabarían reportando los dos únicos galardones de los muchos premios de la Academia a los que optaba (entre los que, curiosamente, no figuraba el de "mejor película", hecho que motivó que el productor Walter Wanger rechazase el Óscar honorífico que, ironías del destino, tenían previsto entregarle aquel año).

En 1954, Ingrid Bergman volvería a interpretar a Juana de Arco
a las órdenes de Rossellini

Claro que, para fatalidades, las de los tres miembros del equipo que fallecieron poco después del estreno, entre ellos el propio Victor Fleming, quien perdería la vida, víctima de un infarto, el 6 de enero de 1949. Malos augurios para una película a la que el público dio la espalda por un motivo que hoy puede parecer un tanto insólito. Y es que la biempensante sociedad americana de hace setenta años no vio con buenos ojos que una adúltera como Ingrid Bergman, a la sazón amante del cineasta italiano Roberto Rossellini, se metiese en la piel de una santa...

Lo mismo da: ha pasado el tiempo y nuestra mirada tal vez rechace esta Juana de Arco por otros motivos, como lo altisonante de su fanfarria, lo huero de sus premisas o la apoteosis católica con la que se inviste a la protagonista. Y es una lástima, porque, al parecer, la obra de teatro de Maxwell Anderson en la que se basaba (Joan of Lorraine) era una original fábula escénica en la que un grupo de actores interpretaba un montaje sobre la vida de la mártir francesa. Nada que ver con este convencional biopic de cartón piedra en el que las proclamas políticas contra los invasores ingleses predominan sobre cualquier atisbo de sensibilidad ascética.