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lunes, 16 de febrero de 2026

Las criaturas (1966)




Título original: Les créatures
Directora: Agnès Varda
Francia/Suecia, 1966, 95 minutos

Las criaturas (1966) de Agnès Varda


Les créatures (1966) es, casi con toda seguridad, la película más enigmática y compleja de cuantas dirigió Agnès Varda. Tras el colorido desbordante de Le bonheur (1965), la cineasta francesa se adentró en un terreno pantanoso donde realidad y ficción se entrelazan mediante un extraño juego de ajedrez metafísico. La trama sigue a un escritor de ciencia ficción llamado Edgar (Michel Piccoli) y a su esposa muda, Mylène (Catherine Deneuve), quienes se instalan en la isla de Noirmoutier tras sufrir un aparatoso accidente automovilístico. Allí, mientras ella reposa, embarazada, en un silencio apacible, él se obsesiona con los habitantes del lugar, imaginando que son piezas de un tablero controladas mediante satélite por un misterioso ingeniero misántropo que vive aislado en el torreón de una casona.

Aunque filmada en austero blanco y negro, Varda se sirve de filtros rojos intensos para diferenciar del resto aquellas secuencias de pura ficción o manipulación mental. Se trata de un recurso visual audaz que sumerge al espectador en la psique paranoica del protagonista, aun a riego de marearlo innecesariamente. No obstante, admirar a Deneuve y Piccoli en la cima de sus respectivas carreras supone un auténtico deleite. En ese sentido, Deneuve, privada de su voz, ofrece una actuación puramente gestual y etérea, mientras que Piccoli encarna perfectamente la angustia del creador.



De hecho, la película no trata solamente sobre una especie de invasión o la posibilidad de ejercer control mental sobre alguien, sino que es ante todo una reflexión a propósito de cómo se escribe una novela. De ahí que Varda nos muestre las costuras de la creación, cómo un encuentro fortuito en el modesto bar de la aldea se convierte, por ejemplo, en una escena de conflicto en la mente del autor.

Desgraciadamente, en el momento de su estreno la crítica fue implacable con semejante propuesta, tachándola incluso de pretenciosa. Sin embargo, vista hoy, Les créatures parece más bien una pieza de vanguardia adelantada a su tiempo que nos recuerda que los escritores son, en esencia, pequeños dioses crueles que juegan con la vida de los demás para alimentar su arte.



martes, 22 de diciembre de 2015

Felices pascuas (1954)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1954, 82 minutos



"La lotería es la fe, la esperanza y la caridad de todos los españoles". Con esta contundente frase radia Matías Prats sénior el sorteo del 22 de diciembre con el que arranca Felices pascuas, una de las películas menos conocidas de la filmografía de Juan Antonio Bardem.

El argumento, escrito por Bardem, Alfonso Paso y José Luis Dibildos, gira en torno al cordero que una familia obtiene en una rifa navideña. Y es curioso porque, con ese tierno animalito, símbolo de la inocencia, se está dando a entender que en el mundo es precisamente la inocencia la que no tiene cabida. Claro que estamos ante una comedia de encargo con final en apariencia feliz. Pero, aun así, su director no pierde la ocasión para hacer uso del sarcasmo, mostrando la escalada de codicia que se genera a partir de un hecho insignificante.

Bolita con los niños Carlos Goyanes y Pilar Sanclemente

Otra de las ideas teóricamente implícitas en Felices pascuas sería el contraste entre el candor infantil y la ruindad que preside el mundo de los adultos, aunque un análisis en profundidad demuestra que esto no es exactamente así. No hay más que ver a esos golfillos jugando al fútbol en un descampado o a los niños gitanos que roban a Bolita para darse cuenta de que Bardem no está idealizando el mundo de la infancia en términos generales. Lo cual va unido al hecho de que el comisario de policía se acabe apiadando de Juan y movilice a sus hombres para localizar al cordero. O Manolo, el matarife vegetariano incapaz de matar una mosca cuando no está de servicio. O el hecho de que los padres sean también incapaces de sacrificar al animal (y eso que Juan, oficial de ametralladora, reconoce haber matado en la guerra). Las hermanitas de la caridad, en cambio, no saben si comérselo con patatitas o con berzángulas (sic).

El colmo de la socarronería llega en el tramo final del filme, con el ejército en pie de guerra por culpa del borrego y los matarifes filosofando sobre el fin de la civilización mientras degüellan indefensos corderitos en el matadero. Bardem se atreve incluso, en un guiño cinéfilo, a utilizar dos planos que parecen parodiar Metrópolis de Fritz Lang: uno es el de las ovejas que se amontonan a lo largo de un pasillo en espera de ser sacrificadas y que recuerda el cambio de turno de los obreros del subsuelo; el otro es el de la muchedumbre eufórica que canta en corro dando vueltas en derredor al taxi (y después rodeando la mesa de Juan y Pilar), no para celebrar revolución alguna sino simplemente la Nochebuena.

El francés Bernard La Jarrige interpreta el papel de Juan

Y así termina este efecto dominó, verdadero tour de force en el que (con bastante mala leche, todo hay que decirlo) se reflexiona sobre cómo la clase obrera de aquel entonces a menudo soñaba con redimirse mediante la falsa ilusión de la lotería.