martes, 31 de mayo de 2016

Tres recuerdos de mi juventud (2015)










Título original: Trois souvenirs de ma jeunesse (nos Arcadies)
Director: Arnaud Desplechin
Francia, 2015, 123 minutos

Tres recuerdos de mi juventud (2015)

El ligero barroquismo culturalista que transmiten sus películas es la marca de fábrica del cineasta francés Arnaud Desplechin (Roubaix, 1960): pasiones desbordadas, referencias novelescas o cinematográficas, todo vale con tal de conmover al espectador.

En Trois souvenirs de ma jeunesse (nos Arcadies) el protagonista vuelve a ser Paul Dédalus (de nuevo interpretado por el actor Mathieu Amalric), como ya sucediera en Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) film dirigido en 1996 por el propio Desplechin y del que estos Tres recuerdos... suponen la precuela. De hecho, el apellido Dédalus procede del universo literario de James Joyce, siendo esta la tercera ocasión (la anterior fue en Un conte de Noël, 2008) en la que dicho personaje aparece en un filme del director.

Para su última película, Desplechin ha optado por conceder el papel principal a una pareja de jóvenes debutantes: Quentin Dolmaire (encarnando al joven Dédalus) y Lou Roy-Lecollinet (Esther). Mediante una estructura más bien deslavazada asistiremos a lo largo de dos horas largas a lo esencial de la adolescencia de Paul, marcada por un amor de los que dejan huella y que condicionará el resto de su trayectoria vital: lector de Yeats, antropólogo vocacional, entusiasta de la lengua griega, aficionado a los lieder de Hugo Wolf… las intensas (e inconexas) vivencias del muchacho permiten retratar un carácter inestable y sumamente sensitivo.

Once nominaciones a los premios César (de los cuales Desplechin obtuvo el de mejor realizador) avalan la validez de un planteamiento tan extremado como claramente deudor del lenguaje instaurado en su día por la Nouvelle vague. No es casual, en ese sentido, ni el uso de la voz en off ni la elección de determinados pasajes de la banda sonora que Georges Delerue compusiera en 1960 para Tirez sur le pianiste ! de Truffaut.

Mathieu Amalric vuelve a ser Paul Dédalus

lunes, 30 de mayo de 2016

Un doctor en la campiña (2016)









Título original: Médecin de campagne
Director: Thomas Lilti
Francia, 2016, 102 minutos

Un doctor en la campiña (2016) de Thomas Lilti

Como ya hiciera en su anterior filme (Hipócrates, 2014), el director Thomas Lilti ha vuelto a inspirarse en su pasado profesional ligado a la medicina para ambientar su nueva película. Y en Un doctor en la campiña se suma, además de contar con el actor de moda François Cluzet, a esa tendencia tan habitual del cine francés de hoy en día de trasladar la acción a las provincias, huyendo del excesivamente manido París.

El resultado es más bien previsible, con algún toque tan efectista como innecesario: la enfermedad teóricamente irreversible del protagonista, los frustrados embarazos de Ninon o la fuga del hospital con el anciano señor Sorlin serían sólo algunos ejemplos de ello.

En ese sentido, el pique entre el médico veterano y la recién-llegada-joven-doctora-parisina (Marianne Denicourt) que, en principio, podría rivalizar con él sólo añade más leña al fuego de los lugares comunes. Lo cual no es óbice para que Médecin de campagne logre recrear por momentos una convincente atmósfera de lo que debe suponer ejercer la profesión en el actual medio rural francés. Dicho verismo se logra, por otra parte, gracias a la participación de actores no profesionales que aportan el necesario toque de frescura a un título concebido con la evidente intención de reivindicar la tarea llevada a cabo por dichos facultativos.

De ahí que, y a pesar de sus evidentes aspectos mejorables, valga la pena salvar la película de alguien que conoce a la perfección el contexto del que habla: puede que, en esta ocasión, Thomas Lilti no supere la prueba cinematográficamente hablando (a fin de cuentas, Un médico en la campiña no deja de ser un producto para todos los públicos, con lo que eso comporta), pero siempre aprobará con nota el test de las buenas intenciones.

Doctora novata parisina perseguida por ocas enfurismadas

domingo, 29 de mayo de 2016

Dies d'agost (2006)










Título en español: Días de agosto
Director: Marc Recha
España/Francia, 2006, 93 minutos



Una década antes de que Jonás Trueba concibiese la aclamada Los exiliados románticos, el clan Recha sacó adelante una propuesta muy similar. Lo que en principio era un proyecto basado en la figura del periodista Ramon Barnils (1940-2001) se acabaría convirtiendo en una road movie por tierras del Ebro protagonizada por los hermanos David y Marc Recha. Para el rodaje de Dies d'agost apenas se contó con una furgoneta y una cámara, teniendo en cuenta que ni hubo guion previo ni el tiempo de filmación excedió las cuatro semanas. Hasta la música incidental corrió a cargo de otro miembro de la familia: Pau, cuyas composiciones compartieron cartel con canciones de la francesa Françoiz Breut y otros intérpretes catalanes.

Personajes un tanto misteriosos que aparecen y desaparecen como por arte de magia, el recuerdo de la guerra civil, el paisaje de pantanos y pueblos fantasma, el reencuentro con las raíces familiares, la obsesión de Marc por el personaje de Barnils... Se hace difícil establecer un hilo argumental para un filme que va surgiendo igual que fluyen las aguas en las que habita el pez gato, esa especie invasora de siluriforme que en su día introdujeran los alemanes y a la que se hará referencia en varias ocasiones.

Puede que a algunos espectadores se les antoje más bien caprichosa la visión contemplativa adoptada por Marc Recha, con esos largos silencios y el recurso de la voz en off de una supuesta hermanastra a la que no llegamos a ver, pero no se le puede negar valentía, originalidad y, sobre todo, personalidad a un estilo presente en la práctica totalidad de la filmografía de su autor, desde Pau i el seu germà (2001) hasta la más reciente Un dia perfecte per volar (2015).

sábado, 28 de mayo de 2016

Oro en barras (1951)










Título original: The Lavender Hill Mob
Director: Charles Crichton
Gran Bretaña, 1951, 78 minutos

Oro en barras (1951) de Charles Crichton

Esta divertida comedia, producida por los estudios Ealing, en torno a las andanzas de unos ladronzuelos aficionados que pretenden robar un cargamento de lingotes de oro se alzaría finalmente con el BAFTA al mejor filme británico en el 52 y el Óscar al mejor guion, escrito por T.E.B. Clarke (1907–1989), un año más tarde. La típica historia del golpe perfecto, pacientemente planeado por un gris empleado del Banco de Inglaterra que se acabará aliando con un fabricante de suvenires compañero de pensión (el Balmoral Private Hotel), y que el propio Holland (Alec Guinness) explica a un "conocido" durante un largo flashback en el curso de una velada desde Brasil.

Fundir las barras para fabricar con el oro reproducciones de la Torre Eiffel que se enviarán después a la capital francesa es una ingeniosa manera de sacar el botín del país. Pero a veces las cosas se tuercen por el motivo más tonto: un grupo de adorables niñas en viaje de fin de curso a París, unos empleados de aduana de lo más tiquismiquis... Para acabar en una memorable persecución por las calles de Londres, más propia de Los autos locos de Pierre Nodoyuna y el perro Patán.

Entre los detalles a retener de Oro en barras destaca poderosamente la fugaz aparición de una jovencísima Audrey Hepburn en los albores de su carrera.

De izquierda a derecha: el director de fotografía
 Douglas Slocombe (1913-2016), Audrey Hepburn y Alec Guinness

También, aunque más a nivel anecdótico, vale la pena recordar que el título original de la película (algo así como "La mafia de Lavender Hill", esto es: una célebre calle de Battersea, en el sur de Londres) sirvió para bautizar al grupo musical canadiense Lavender Hill Mob, que publicaría un par de álbumes a finales de los setenta, con un sonido muy en la línea de la ELO de Jeff Lynne.

Las estaciones (2015)










Título original: Les saisons
Directores: Jacques Perrin y Jacques Cluzaud
Francia/Alemania, 2015, 97 minutos

Las estaciones (2015)

Tras Nómadas del viento (2001) y Océanos (2009) llega ahora el turno de Las estaciones, documental a cargo del dúo formado por Jacques Perrin y Jacques Cluzaud y que pretende mostrarnos la evolución climática europea durante los últimos ochenta mil años. De ahí que parte de las localizaciones se hayan rodado en Noruega o Polonia, teniendo en cuenta que esta historia arranca en plena glaciación.

Posteriormente, habiéndose dado ya las condiciones idóneas para el perfecto desarrollo de la vida en nuestro continente, arrancaría el ciclo de las estaciones mediante el que, una y otra vez, renace la actividad de los ecosistemas con savia nueva. De modo que donde antes apenas había hielo no tardaría en extenderse un denso bosque en el que retozaban las manadas de caballos salvajes y demás especies.

La estampa, en consonancia con los trabajos anteriores del equipo, no puede ser más idílica. Hay, sin embargo, una nota de pesimismo al comparar la preponderancia que un día tuvieron los bosques y la naturaleza en su conjunto con el actual desarrollo de las grandes urbes. Porque Les saisons sigue también, aunque en segundo plano, la evolución de la humanidad. Sin robarle, eso sí, el protagonismo a los animales y a los árboles, pero mostrando de lejos y sólo de vez en cuando a quienes poco a poco irían alterando con su trabajo la fisonomía del entorno que habitan.


viernes, 27 de mayo de 2016

El lugar sin límites (1978)










Director: Arturo Ripstein
Méjico, 1978, 110 minutos



Fausto: Primero te interrogaré acerca del infierno.
Dime, ¿dónde queda el lugar que los hombres llaman infierno?

Mefistófeles: Debajo del cielo.

Fausto: Sí, pero ¿en qué lugar?

Mefistófeles: En las entrañas de estos elementos.
Donde somos torturados y permanecemos siempre.
El infierno no tiene límites, ni queda circunscrito 
a un solo lugar, porque el infierno es aquí donde estamos
y aquí donde es el infierno tenemos que permanecer…

Christopher Marlowe, Doctor Fausto

Hasta tres figuras prominentes de la literatura hispanoamericana llegaron a colaborar en el guion de El lugar sin límites: el chileno José Donoso (adaptando su propia novela), el mejicano José Emilio Pacheco y el argentino Manuel Puig (aunque este último sin acreditar). Ante semejante nómina se hace difícil no sentirse inmediatamente atraído por una película de enorme valentía para la época en la que se rodó y que prefigura, en cierto modo, el universo de cineastas posteriores como Pedro Almodóvar.

Aun así, la sordidez del ambiente que describe no es gratuita, ya que tiene por objetivo denunciar los abusos del caciquismo, encarnados en el abyecto don Alejo (a quien da vida el mítico actor y director Fernando Soler, ya en el tramo final de su carrera), así como el cobarde machismo homófobo del que hacen gala determinados personajes, de los que Pancho sea, tal vez, el caso más cruel.

¿Y qué decir de la protagonista?: la Manuela que compone Roberto Cobo es uno de esos personajes inolvidables, como imperecedero fue el Jaibo que este mismo actor interpretara varios años antes en Los olvidados de Luis Buñuel. Conmovedora a la par que patética, la tragedia de Manuela representa la derrota de la delicadeza frente a la brutalidad del orden imperante, siempre dispuesto a coartar los bríos de la imaginación.


miércoles, 25 de mayo de 2016

El castillo de la pureza (1973)










Director: Arturo Ripstein
Méjico, 1973, 110 minutos



Buñuel, Ripstein, Haneke. O lo que vendría a ser lo mismo: El ángel exterminador (1962), El castillo de la pureza (1973) y El séptimo continente (1989). Tres filmes que comparten un mismo denominador común: el del grupo de personas con tendencias autodestructivas encerrado en un edificio. Una constante que, sin embargo, parece obedecer en cada caso a influjos distintos. Si en el primero de ellos a los confinados (unidos por su pertenencia a una misma clase social) los frena un impulso de raíz surrealista, las familias de las otras dos películas, en cambio, se diría que están más cerca de Kafka.

Pero las similitudes no se detienen ahí: El castillo, una de las novelas más conocidas del escritor checo, fue objeto de una adaptación televisiva que Michael Haneke dirigió en 1997, si bien los créditos finales de El castillo de la pureza nos recuerdan que Ripstein tomó el título de un ensayo de Octavio Paz. Por otra parte, los filmes de Buñuel y Ripstein no sólo comparten nacionalidad y ambientación mejicana sino que los actores Rita Macedo (1925–1993) y Claudio Brook (1927–1995) actúan en ambos.

Sea como fuere, el padre de familia  de El castillo de la pureza acaba siendo un déspota que, a la manera de la Bernarda Alba de García Lorca, condena a los suyos a vivir enclaustrados porque cree que preservarlos de los supuestos males que acechan en el exterior es lo mejor para ellos. Es, al mismo tiempo, un ser de doble moral, puesto que él sí que sale de la casa, en ocasiones para frecuentar la compañía de prostitutas. Asimismo, este Gabriel Lima se comporta con su mujer e hijos como una especie de severo maestro que los reúne para leerles sentencias filosóficas o recortes de prensa que abundan en la necesidad de no pisar jamás la calle y que los condena al cuarto oscuro cuando él considera que han osado rebelarse contra sus dictados. Dictador, profesor, gurú, al fin y al cabo, de una peligrosa "secta" de la que parece difícil escapar.

A nivel alegórico, son muchos los símbolos presentes en el guion de José Emilio Pacheco y Arturo Ripstein. Algunos muy evidentes, como los nombres de los hijos (Porvenir, Utopía, Voluntad), otros más subrepticios, como la incesante lluvia que vemos caer en el patio interior de la casa y que tiene su correspondiente paralelismo en la escena en que las hijas se duchan o en aquella otra en la que riegan a las ratas en sus jaulas. 

Claro que, en definitiva, estos últimos animales quizá nos aporten la clave de muchas otras cosas. ¿No hay acaso peor jaula que la propia morada cuando uno se ve forzado a permanecer continuamente en ella? Así pues, el clandestino taller dedicado a la fabricación del "raticida veloz Vulcano 214", en el que toda la familia anda empleada, no sería sino el reflejo de las relaciones tóxicas que la represión instaurada por la figura paterna ha ido fraguando entre ellos a lo largo de tantos años de reclusión.


domingo, 22 de mayo de 2016

Con el viento solano (1966)










Director: Mario Camus
España, 1966, 84 minutos



El solano trata un dulce y pegajoso olor de tormenta. El solano aumenta el celo en las vacas toriondas. El solano quema la mies en los mediados de junio. El solano llega hasta las tormenteras de la sierra y allí anida haciendo nubes que luego ruedan hacia el llano, en contratormenta, con los vientres hinchados de granizo. El solano hace que peleen los machos cabríos y desgracia el ganado por las barrancadas. El solano, a los enfermos de pecho les quita el apetito y les acaricia el sexo, los acerca a la muerte. El solano corta la leche de los ordeños, pudre los frutos, infecta las heridas, da tristura al pastor, malos pensamientos al cura. El solano es como huelgo de diablo fino. El solano traía el dulce, pegajoso e inquietante olor de la tormenta.

Con el viento solano
Ignacio Aldecoa

Tras haber debutado con Los Tarantos, el bailarín Antonio Gades asumía en Con el viento solano su primer papel protagonista en una película que adaptaba la novela homónina publicada diez años antes por Aldecoa. Los personajes y los ambientes que se retratan tanto en el texto como en la pantalla son los típicos del realismo social: aldeas decadentes del interior peninsular, reyertas de gitanos, guardiaciviles enjutos, sol y moscas.

Sebastián Vázquez (Antonio Gades) tiene veintiocho años y un serio problema: ha matado de un disparo a un agente de la Benemérita. A partir de ese momento su vida va a consistir básicamente en huir, a menudo recurriendo a la compasión de amigos y conocidos. No faltarán en su camino almas caritativas que se apiaden de él, como el compañero José Cabeda (Erasmo Pascual), un catalán que, tras pasar dieciocho años en la cárcel, se gana la vida fabricando con sus manos sombreros y otras baratijas de papel y que tiene toda la pinta de ser un represaliado republicano. O la bella Lupe (María José Alfonso), muchacha de la vida que, sin embargo, es capaz de dejarlo todo para irse en busca de Sebastián e intentar lograr que deje de ser un bala perdida.

Pero esta es una historia trágica y su protagonista nació con mala estrella: por más que otros intenten redimirlo, el sino de Sebastián sólo puede llevarlo por la senda del alcohol y la violencia para acabar dando con sus huesos en el cuartelillo de cualquier villorrio de mala muerte. En ese aspecto, su trayectoria puede considerarse absolutamente determinista, ya que es el ambiente malsano en el que nació y se crió el verdadero culpable de sus ulteriores desmanes.

sábado, 21 de mayo de 2016

Doña Francisquita (1952)









Director: Ladislao Vajda
España, 1952, 79 minutos

¡La juventud triunfa!



Un director húngaro (Ladislao Vajda), una actriz argentina (Mirtha Legrand) y un galán mejicano de origen puertoriqueño (Armando Calvo) al frente de la adaptación cinematográfica de una zarzuela genuinamente española. Filmada en delicioso Cinefotocolor, esta versión de Doña Francisquita destaca por la exquisitez de la fotografía de Antonio L. Ballesteros, que recuerda, por la textura de su plasticidad, a la pintura decimonónica. Igualmente notables son los decorados de Sigfrido Burmann, así como el elegante vestuario diseñado para la ocasión por Emilio Burgos y confeccionado en los talleres de Cornejo. Producida bajo la cuidadosa égida de Benito Perojo, hasta el más mínimo detalle en esta película destaca por su delicadeza. 

Y, sin embargo, la versión que se lleva a cabo a partir del libreto y partitura originales de Amadeu Vives, Fernández-Shaw y Romero Sarachaga (quienes, a su vez, se habían inspirado en La discreta enamorada de Lope de Vega) es del todo libérrima. En realidad, los protagonistas de esta historia son perfectamente conscientes de que sus destinos corren paralelos a los de los personajes de la zarzuela y, de hecho, las alusiones a la misma serán constantes a lo largo del filme. Así las cosas, se acaba dando lugar a un curioso anacronismo, toda vez que la obra musical se estrenó en 1923, con lo cual es absolutamente inverosímil que pudiera ser conocida en pleno siglo XIX...

Aparte de los ya mencionados Legrand (Francisquita) y Calvo (Fernando), vale la pena destacar a los secundarios del elenco: Antonio Casal (el leal Cardona), Manolo Morán (sufrido agente de la irascible Aurora, una Emma Penella más bella que nunca en su papel de diva) o la oronda Julia Lajos como madre de la protagonista y propietaria de la pastelería "El buen gusto", cuyo crédulo empleado en interpretado por Antonio Riquelme. Aunque el más entrañable de todos es, sin lugar a dudas, Pepe Isbert encarnando al maestro de canto Lambertini. Hombre: no es que sea Fortunio Bonanova en Ciudadano Kane, pero aun así cumple su cometido con innegable efectividad.

De todos modos, la impresión de conjunto que queda tras el visionado de Doña Francisquita resulta igualmente impecable, cercana en algunos casos a los musicales americanos de los cincuenta o incluso (en el caso de las escenas carnavalescas) a los de Michael Powell y Emeric Pressburger, como lo atestigua la nominación que recibió la labor de Vajda en la edición del Festival de Cannes de 1953.

Pater (2011)









Director: Alain Cavalier
Francia, 2011, 105 minutos



Durante los instantes iniciales de Pater vemos un primer plano de diversas conservas y la mano de un hombre mayor que va sirviendo las delicatessen a otro que, a juzgar por su voz, parece más joven. Enseguida sabremos que se trata del cineasta Alain Cavalier y del actor Vincent Lindon, quienes se han reunido para hablar de su próximo proyecto cinematográfico: en la película dirigida por el primero, el propio Cavalier interpretará al Presidente de la República y Lindon, el papel de Primer Ministro francés.

Lo curioso del caso es que de forma gradual y sin solución de continuidad veremos cómo ambos van ensayando sus papeles hasta convertirse ante nuestros ojos en los personajes que encarnan, desde lo que en apariencia era un vídeo doméstico hasta la película propiamente dicha. Curioso experimento a medio camino entre el documental y la ficción, en Pater se acabarán desdibujando los límites que separan la preparación de un filme de lo que serían las interioridades de las altas esferas del poder político.

Pero también la relación que se establece entre ambos tiene algo de paternofilial y de ahí viene el título: el veterano director es como un padre para el actor protagonista, lo mismo que el político consagrado respecto a su delfín y futuro sucesor. Curioso paralelismo este, que llevará a Lindon a afirmar cómo a sus 51 años, ataviado con un buen traje y arropado por los mejores consejeros, se siente ya Primer Ministro y que cualquiera en esas mismas circunstancias podría ejercer como tal. ¿Crítica contra el sistema establecido o simple constatación de las semejanzas existentes entre su profesión y la de Manuel Valls?

Cavalier, por su parte, nos confesará ante el espejo y ante la cámara cómo en su más tierna infancia le sublebaba la autoridad que su padre ejercía sobre él. Un padre, Pierre, del que siente haberse convertido en clon con el paso de los años y cuya papada ha también heredado, aunque el hombre de Estado (¿o es el director de cine quien habla?) no duda en hacerla desaparecer mediante los 3000 euros de una costosa pero eficiente operación de cirugía estética.

Cavalier (izquierda) y Lindon (derecha): work in progress

lunes, 16 de mayo de 2016

Mayo de 1940 (2015)









Título original: En mai, fais ce qu'il te plaît
Director: Christian Carion
Francia, 2015, 114 minutos

Mayo de 1940 (2015) de Christian Carion

Desde que estrenara La chica de París (Une hirondelle a fait le printemps) en 2001, los filmes del francés Christian Carion (Cambrai, 4 de enero del 63) han ido llegando puntualmente a nuestras pantallas: Feliz Navidad (Joyeux Noël, 2005), El caso Farewell (L'affaire Farewell, 2009) y ahora Mayo de 1940. No es una filmografía extensa, cierto. Pero en ella se aprecia ya, a excepción de la primera película, una predilección por los temas históricos y políticos. Si en Feliz Navidad abordó la Gran Guerra, ahora le toca el turno a la IIª Guerra Mundial, basándose en las vivencias de sus propios padres.

Dos son las tramas principales de En mai fais ce qu'il te plaît (como salta a la vista, el título español es mucho más pedestre): por una parte se nos cuenta la historia de Hans (August Diehl) y Max (Joshio Marlon), padre e hijo de nacionalidad alemana que, huyendo del régimen Nazi, se regufian en Francia para después padecer las consecuencias de la ocupación; por otra, los habitantes del pueblo de Lebucquière (Pas-de-Calais) se echan a la carretera con sus pertenencias, alarmados ante el avance de las tropas enemigas. Hay también un oficial escocés, una maestra de escuela y una gaita, pero eso son cosas que descubrirá quien vaya a ver la película.

Y embadurnándolo todo, como un tarro de melaza desparramado, lo que se supone que debería ser uno de los puntos fuertes de la peli: la empalagosa banda sonora de Ennio Morricone. Hombre, sí: que el italiano te componga la música le da caché a la producción, qué duda cabe. Pero cuando vuelve, por enésima vez, a repetir el mismo esquema sensiblero de tantas y tantas partituras, al final uno acaba por tener la sensación de que al oscarizado Morricone hace tiempo que se le agotaron las ideas.

De modo que, en líneas generales, Mayo de 1940 no llega a convencer. Y no porque los actores lo hagan mal (Olivier Gourmet, Mathilde Seigner y la joven Alice Isaaz se mantienen en sus registros habituales) sino más bien por esa sensación de déjà vu que se apodera del espectador de principio a fin, de que al guion le falta alma, y que nos deja con la triste impresión de que con semejantes ingredientes se le podía haber sacado más partido a todo.

Los habitantes de Lebucquière en pleno éxodo

domingo, 15 de mayo de 2016

La dernière lettre (2002)









Director: Frederick Wiseman
Francia/EE.UU., 2002, 61 minutos



ἐπάμεροι: τί δέ τις; τί δ᾽οὔ τις; σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος ...
Píndaro, Píticas, VIII, 95-97

El portentoso monólogo que interpreta la actriz Catherine Samie en La dernière lettre impresiona aún más si se tiene en cuenta que se trata de la carta, incluida en el capítulo dieciocho de Vida y destino de Vasili Grossman, que una madre envía a su hijo desde un gueto de Ucrania poco antes de morir a manos de los nazis.



Sin embargo, la fuerza del filme de Wiseman reposa no solamente en la emotividad de las palabras de Anna Semyonovna sino sobre todo en el juego de sombras que la rodea. Aunque no se trata de siluetas deformes al estilo expresionista: la cosa va mucho más lejos. Consciente o intuitivamente, en La dernière lettre hay claras referencias a la tradición clásica. De entrada porque su protagonista es una mujer fuerte al estilo de Antígona, Fedra o cualquier heroina de tragedia griega. Pero es que, además, las sombras como concepto ligado a la insignificancia del mundo y del ser humano están muy presentes tanto en la filosofía como en el pensamiento helénicos. Ya en el mito de la caverna, Platón se servía del valor alegórico de las mismas para demostrar que el hombre está condenado a tomar únicamente por ciertas todas y cada una de las sombras proyectadas ante él, cosa que le impide conocer lo que en realidad acontece a sus espaldas. También el poeta Píndaro ahondó en la misma idea en las odas Píticas al reflexionar sobre la fugacidad de la vida: "Criaturas de un día: ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? El hombre es el sueño de una sombra..."



De modo que, volviendo al soliloquio filmado por Wiseman, la angustia de Anna es la típica de quien toma conciencia de su propia finitud, de quien sabe a ciencia cierta que nunca más volverá a ver a los suyos y que, por tanto, ha llegado la hora de las confesiones, de sincerarse con una misma y con el hijo al que pide perdón. Los recuerdos de esta mujer, las personas a las que conoció y amó, incluso ella misma se convertirán en breve "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada..." Y no sólo lo dijo Góngora en un célebre soneto: también Calderón de la Barca incluyó en el auto sacramental de La vida es sueño a la Sombra como personaje (el mismo que García Lorca solía interpretar con La Barraca).

Queda claro que dan mucho de sí las sombras. Tanto como el rostro de Catherine Samie, capaz de llenar la pantalla de un modo similar al de Maria Falconetti en La pasión de Juana de Arco de Dreyer. Un semblante curtido por arrugas y lágrimas en el que empieza a dibujarse la mueca irónica y triste, el gesto patético, ineludible, que anuncia el viaje definitivo.



El Santo Oficio (1974)









Director: Arturo Ripstein
Méjico, 1974, 130 minutos



Los créditos finales no dejan lugar a dudas: «Esta película es una ficción inspirada en hechos reales y documentos verdaderos. La realidad a la que aspira no es la certidumbre de la historia sino la verosimilitud de la fábula». Estamos en el Méjico de 1593. O lo que viene a ser lo mismo: en el Virreinato de la Nueva España. El Santo Tribunal de la Inquisición, así en la Península como en América, había puesto la mira en perseguir a todo aquel que disintiese de la doctrina oficial. Sobre todo tratándose de los adeptos a la "fe muerta de Moisés", expulsados y perseguidos desde un siglo antes.

En semejante marco histórico asistimos al proceso instituido contra la familia Carvajal, españoles naturales de la villa zamorana de Benavente y emigrados a Méjico, donde pretendían mantener vivo el rito judaico de puertas adentro. La delación, llevada a cabo por Gaspar, el hijo menor y fraile dominico, desencadenará una cruenta causa judicial en la que intervienen los verdugos con métodos de lo más expeditivo.

Quinto largometraje del mejicano Arturo Ripstein, rodado en 1973 en los Estudios Churubusco, El Santo Oficio impresiona por la aspereza de determinadas escenas en las que no se escatiman detalles, por más inhumanos que resulten, de lo que debió ser una práctica tan habitual como inútil: a fin de cuentas, nos viene a decir el último plano, han torturado y ejecutado a unos cuantos, pero las ideas siguen vivas. La Inquisición (y los regímenes totalitarios en cualquier lugar y época, entiéndase bien la intención última de los guionistas, el propio Ripstein y el poeta José Emilio Pacheco) podrá valerse tanto como desee de la represión y la violencia para condenar a la hoguera a heresiarcas, apóstatas y heterodoxos porque eso, ni más ni menos, es igual de infructuoso que ponerle puertas al campo.

*                              *                              *

P.D.: En el apartado anécdótico, vale la pena destacar la presencia en el reparto de El Santo Oficio del actor Claudio Brook (1927-1995) encarnando al severo fray Alonso de Peralta. Los aficionados al cine de Buñuel sin duda lo recordarán por su memorable interpretación del estilita de Simón del desierto.


sábado, 14 de mayo de 2016

La montaña mágica (2015)








Título original: Muntele magic
Directora: Anca Damian
Rumanía/Francia/Polonia, 2015, 85 minutos

La montaña mágica (2015) de Anca Damian

La vida de Adam Jacek Winkler, un polaco que primero (guiado por sus ideales) se refugia en Francia y que, años más tarde, se marchará a Afganistán a luchar junto al comandante Massoud contra las tropas invasoras soviéticas, explicada a su hija como si de un cuento se tratase.

Adam y su hija Anna

Puede que el personaje nos despierte escasas simpatías (aunque se desmarca de los talibanes), pero de lo que no cabe duda es de que la película, casi un producto artesanal, es visualmente de una belleza portentosa. Tanto, que ha sido premiada en numerosos festivales de todo el mundo: Amiens, Gijón, Estambul, Karlovy Vary, Leipzig, Ottawa..

La acuarela es una de las técnicas principales utilizadas en el filme

Como ya sucediera en 2011 con Crulic, camino al más allá, la directora rumana Anca Damian (Cluj-Napoca, 1962) se vale de todo tipo de técnicas de animación para contar una historia que de por sí es bastante cruenta. La montaña mágica es, en ese aspecto, un documental atípico, ya que embellece unos hechos marcados por la guerra y el difícil camino, plagado de terribles obstáculos, que debió recorrer su protagonista.

Muyahidines supervivientes tras la sangrienta ofensiva del 85

La revoltosa (1950)









Director: José Díaz Morales
España, 1950, 90 minutos



No tienes que decirme nada: ya sé que soy un pobretón que no tiene dónde caerse muerto. Un don nadie. Pero nunca hubiese creído que tú eras capaz de irte con un hombre por su dinero. Veleta que gira al viento del más fuerte. La revoltosa del barrio que se vende. Eso eres tú...

Madrid, 1897: los compases de la música de Ruperto Chapí ilustran una innecesaria introducción basada en vistas panorámicas de la capital. Tras de la cual arranca la historia de los amoríos entre la Mari Pepa (una Carmen Sevilla a la que doblaron la voz) y Felipe (Tony Leblanc). No es que esta versión, dirigida por José Díaz Morales, añada gran cosa a la zarzuela original, si bien contiene un par de momentos destacables, ambos en el tramo final del filme: uno es la interpretación del dúo «¿Por qué de mis ojos los tuyos retiras?», que la pareja protagonista, en lugar de cantarlo ellos mismos, ve cómo otros lo representan en un teatro como parte de la función que han ido a ver. El otro corresponde al zapateado que Felipe imagina en los tejados de Madrid y que dota a la escena de un componente onírico del que tal vez careciese el libreto de Fernández Shaw y López Silva.

En cuanto al gracejo popular de los diálogos, estos mantienen la misma frescura con la que fueron concebidos y suponen, como es habitual, uno de los puntos fuertes del mal llamado "género chico". Para muestra un botón. Felipe, un mozo de cuerda (lo de "mozo" es un decir) y una oronda señora (Julia Lajos) se resguardan de la lluvia en un portal:

SEÑORA: Bueno, hay perros que parecen personas o viceversa. 
MOZO: ¿Lo de viceversa va por mí?
SEÑORA: ¡Ah, no sea usted cursi! Lo de viceversa es un símil. 
MOZO: ¿Un símil? ¿De señora o de caballero?
SEÑORA: Ay, gracioso, pero plebeyo. Ay, oh... ¿Es de usted? 
FELIPE: No, señora. 
SEÑORA: Será de aquí, de este buen mozo. 
MOZO: ¿Lo de "buen mozo" es pitorreo? 
SEÑORA: Lo digo por la cuerda. 
MOZO: Me tranquilizo, porque daño representa usted más que yo. 
SEÑORA: Pues usted es tan viejo que de chico tenía que jugar solo porque no había niños. (RÍE) Y usted, no se ría, que se pone muy feo.
FELIPE: ¿Quién? ¿Yo? 
SEÑORA: Usted. 
FELIPE: Ah, creí que era yo. 
SEÑORA: ¿Eh? 
FELIPE: Bueno, ya ha escampado. A aliviarse. 
SEÑORA: Da gusto cuando le dan a una buenas tardes con educación. Adiós, señor duque. Bueno, y usted, ¿qué? 
MOZO: Con usted nada, porque tiene más cuerda que yo. 
SEÑORA: Beso a usted la mano. 
MOZO: Pues yo no. ¡Adiós, esqueleto!

viernes, 13 de mayo de 2016

Mañana (2015)









Título original: Demain
Directores: Cyril Dion y Mélanie Laurent
Francia, 2015, 118 minutos

Mañana (2015)

La humanidad corre el riesgo de desaparecer en los próximos decenios si no se toman medidas encaminadas a preservar el medio ambiente. Así lo afirma un estudio publicado en 2012 por la revista Nature. En Approaching a state shift in Earth’s biosphere el paleontólogo Anthony Barnosky y la investigadora Elizabeth Hadly afirmaban, junto con otros veinte científicos de todo el mundo, que la mayor parte de la población mundial podría verse seriamente diezmada hacia 2100.

Ante semejante amenaza, la actriz Mélanie Laurent y el guionista Cyril Dion decidieron encabezar un equipo de cuatro personas (respaldado por el productor Bruno Levy y el micromecenazgo de 10.266 colaboradores) que parte por todo el mndo en busca de soluciones. En un viaje que les lleva a visitar diez países diferentes, a lo largo de su peregrinaje encontrarán el testimonio de quienes ya se han puesto manos a la obra. Y sus respuestas, invariablemente, irán siempre en la misma línea: ni es posible crecer indefinidamente ni los recursos del planeta son infinitos. Así que más nos vale, emulando a Horacio o a Voltaire, cultivar nuestro propio huerto para dejar de lado los combustibles de origen fósil.

En algún momento, el tono de Mañana se acerca al de los documentales de Michael Moore. Tal es el caso de la visita a Detroit, antaño sede de la floreciente industria del automóvil y hoy ciudad víctima de la recesión económica donde, sin embargo, algunos han sabido sobrevivir poniendo en práctica la agroecología y sus cultivos de proximidad. O cuando en la campiña inglesa o en Suiza se demuestra la conveniencia de fomentar el uso de divisas locales. O, incluso, las ventajas de reinventar la democracia en una aldea de la India o el sistema educativo en Finlandia.

En definitiva, todo suma para conseguir que, más allá de un presente inquietante, nuestro entorno y nuestra especie gocen sobre todo de un mañana.

Cyril Dion y Mélanie Laurent

jueves, 12 de mayo de 2016

Conclou el cinefòrum 2015-2016









Amb la projecció de 12 hombres sin piedad de Sidney Lumet donem per finalitzades les sessions del Cinefòrum Sant Miquel d'enguany. Un curs en el que, curiosament, les tres pel·lícules que hem comentat portaven en el seu títol la paraula home: El tercer hombre, El increíble hombre menguante... 

Agraïm la col·laboració de totes les persones que amb la seva assistència han contribuït, un any més, a consolidar una activitat que té per objectiu difondre els grans títols de la història del cinema entre els membres de la nostra comunitat educativa. 

Gràcies i fins la propera!


12 hombres sin piedad (1957)










Título original: 12 hombres sin piedad
Director: Sidney Lumet
EE.UU., 1957, 92 minutos

12 hombres sin piedad (1957) de Sidney Lumet

Tras haber iniciado una prometedora carrera en la televisión en 1952, Sidney Lumet daba el salto a la gran pantalla cinco años más tarde dirigiendo la adaptación de 12 hombres sin piedad. Su exitosa versión de la pieza teatral de Reginald Rose, coproducida bajo los auspicios de Henry Fonda y coronada con tres nominaciones a los Óscars, supuso un hito en el cine de temática jurídica al saber plasmar con sutil profundidad psicológica los entresijos de un jurado popular que debe dictar veredicto sobre la inocencia o culpabilidad de un acusado.

John Savoca

Claro que con la carita de bueno que tiene el pobre chaval es el espectador el primero en convencerse de que de ninguna manera pudo haber matado a su padre. Existen "dudas razonables" al respecto, expresión que se hará servir no pocas veces a lo largo de la película para poner de manifiesto que nadie debería ser condenado de entrada sin antes analizar detalladamente todos los pormenores del caso. La situación de partida es muy sintomática al respecto: once contra uno, donde el único que aboga por darle una oportunidad al chico se verá en la difícil tesitura de persuadir al resto.

Henry Fonda

Pero nada es imposible cuando el encargado de tan ardua tarea es Henry Fonda: impertérrito ante la intolerancia de los demás, el hombre del traje blanco se los irá ganando uno a uno en un alarde de argumentación dialéctica que acaba por seducir hasta al colérico Lee J. Cobb. En realidad, este último no es más que la víctima de un retorcido mecanismo de compensación consecuencia de la frustrante angustia que le genera el ser repudiado por su propio hijo, lo que hará que proyecte toda su rabia sobre el acusado.

Lee J. Cobb

En realidad, el verdadero tema de la película no es tanto el receso de un jurado popular durante sus deliberaciones sino la importancia que dicha institución posee como garante de la democracia americana. En esos mismos términos se expresará uno de los personajes, concretamente un inmigrante de origen europeo (interpretado por el checo George Voskovec, 1905–1981), consciente de la trascendencia de la decisión que acaben tomando. Por eso también Davis (Henry Fonda) arrebatará indignado la hoja de papel de quienes intentaban pasar el rato jugando al tres en raya o cortará en seco a aquellos que pretendían contar chistes. Y de igual forma reaccionarán los que se niegan a que la reunión se convierta en un debate sobre béisbol o sobre los respectivos trabajos que ejercen en la vida cotidiana.


Cada uno de estos hombres responde a un perfil muy determinado y es curioso cómo las cámaras irán siguiendo sus rostros con un uso del primer plano más propio del lenguaje televisivo que del cinematográfico, algo que, asimismo, viene favorecido por el hecho de que la acción se desarrolle en un espacio cerrado del que no tienen escapatoria posible hasta que lleguen a un acuerdo por unanimidad.

Joseph Sweeney

Cuando por último, y habiendo cesado ya de llover, abandonen el edificio y veamos en el plano final cómo descienden las escaleras del palacio de justicia para seguir cada cual su camino, algo habrá cambiado en sus vidas, puesto que no solo han modificado el destino del muchacho acusado sino que, sobre todo, han modificado su propio punto de vista.

domingo, 8 de mayo de 2016

El monosabio (1978)








Director: Ray Rivas
España, 1978, 85 minutos



monosabio, bia
De mono y sabio.
1. m. y f. Taurom. Persona que ayuda al picador en la plaza.

Quienes no estén familiarizados con el mundo del toreo quizá desconozcan el significado del término monosabio. También es posible que a muchos otros el nombre de Ray Rivas no les sugiera gran cosa. Al que sí que conoce todo el mundo es a José Luis López Vázquez. Pues bien: en la película que ahora nos ocupa se dieron cita todos ellos; tres elementos tan dispares como un ayudante de picador, un director de cine norteamericano de padre gallego y el actor por antonomasia de cualquier comedia popular española que se precie.

Claro que el guion corrió a cargo de Pedro Beltrán y de José Luis Borau, lo cual explica el carácter entre tragicómico y esperpéntico de la historia que relata. También tiene mucho de quijotesco este Juanito que en su delirio de grandeza pretende convertirse en el apoderado de un torero promesa con el que sueña enriquecerse. Pero ni Rafael Gayango es Manolete ni el pobre Juanito ningún lumbreras. Los títulos de crédito iniciales ya nos advierten de ello mediante la marioneta de un mono que baila al compás de la música de José Nieto.

Sin embargo, nada ni nadie detendrán a Juanito en su afán quimérico. Solo la realidad, con su duro disfraz de plaza de toros de tercera categoría, se encargará de poner las cosas en su sitio. Lo cual no es óbice para que Juanito sea capaz, a sus años, de una última heroicidad, aunque de tan inútil resultado como el resto de su plan.



Aunque otra lectura posible del personaje pasa forzosamente por la picaresca. ¿O es que Juanito no ha obtenido de forma fraudulenta el dinero para llevarlo todo a cabo? Que se lo haya robado a su propia familia, que lo atesoraba para financiar el aborto de la hija mayor, a su vez embarazada de Rafa, el torerillo de marras, no hace sino añadir una nota sórdida a una historia ya de por sí rocambolesca.

Sería, incluso, posible ver el eco de uno de los episodios más célebres del Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita en Antoñita Linares, la brava rejoneadora que se interpreta a sí misma en la película. Cuenta Juan Ruiz en sus cuatro cantigas de serrana cómo estas mujeres de proverbial fuerza sobrenatural asaltaban y a menudo hasta abusaban físicamente de los incautos viajeros que osaban adentrarse en los puertos de montaña controlados por tan feroces criaturas. En ese sentido, un similar peaje es el que habrá de pagarle Juanito a Antoñita en la habitación del hotel antes de la decisiva corrida.

Pero a pesar de todo lo dicho, El monosabio es un filme que vale la pena reivindicar. Quizá porque su protagonista no deja de ser un Quijote capaz de llevar hasta las últimas consecuencias aquello en lo que cree, así como por el patetismo que transmite el ver arrastrarse por el polvo a un hombre ya entrado en años que se niega, sin embargo, a aceptar su propia decrepitud.


sábado, 7 de mayo de 2016

Currito de la Cruz (1949)












Director: Luis Lucia
España, 1949, 99 minutos



La novela de Alejandro Pérez Lugín (1870–1926) que tantas veces se llevó a la gran pantalla obtuvo su más celebrada versión de la mano del director Luis Lucia y del diestro Pepín Martín Vázquez (1927–2011). Claro que buena parte del éxito fue igualmente debida al concurso de los principales actores de reparto de la época: Manuel Luna en el papel del veterano torero Manuel Carmona, Nati Mistral como la "muñequilla" Rocío, Juan Espantaleón dando vida al padre Ismael (empedernido aficionado a la lidia), Jorge Mistral encarnando al altanero matador Ángel Romera (alias "Romerita") o Tony Leblanc como el gracioso Gazuza.

Caricaturas de los actores principales del reparto

En opinión de algunos, el Currito de la Cruz del 49 es una de las mejores películas sobre toros que jamás se hayan rodado: bueno, para gustos colores. Sí que es verdad que se percibe en ella un cierto tono didáctico (ahí está, por ejemplo, la escena en la que Romerita le explica a una turista inglesa, cómicamente interpretada por María Isbert, cómo se preparan y seleccionan en la dehesa las reses más bravas antes de llevarlas al ruedo), pero quizá el filme peca de un folclorismo excesivo, así como del uso y abuso por parte de los actores de un acento andaluz que acaba resultando un tanto engolado.

A otros les sobrarán los sacerdotes que, mirando al cielo con ojos de cordero degollado, dan gracias por el perdón que, tras innúmeras fatigas, finalmente concede el padre a la pródiga "Muchequilla" o que ruegan misericordia en similar actitud durante el tránsito de quien fue diablo en vida y sensato varón en el momento de su agonía. ¿Qué se le va a hacer? El nacionalcatolicismo lo impregnaba todo en aquel entonces, hasta asuntos tan a ras de suelo como los vinculados a la tauromaquia.

Aunque no menos importante es la rivalidad entre Carmona y Romera, agravada por las pretensiones de Romerita sobre su hija Rocío, así como la trama folletinesca que de todo ello se deriva. Aun así, el ternero Pajarito será el inocente testigo de que también en el terreno amoroso Currrito de la Cruz acabará venciendo. Lo demás forma parte de la leyenda: la del diestro hecho a sí mismo que desde la humilde inclusa fue capaz de hacer realidad su sueño de triunfar como torero.


P,D.: El cinéfilo observador deberá estar muy pendiente hacia el final de la peli (minuto 88 de metraje, para ser exactos) y prestar atención al capote que Currito de la Cruz está manejando en plena faena. En el reverso se pueden leer nítidamente el nombre y apellidos de su "verdadero" propietario: Pepín Martín Vázquez.

Antes del atardecer (2004)









Título original: Before Sunset
Director: Richard Linklater
EE.UU., 2004, 80 minutos

Antes del atardecer (2004) de Richard Linklater

Segunda parte de la célebre trilogía de Linklater que vuelve a reunir a los personajes de Before Sunrise. Si en el 95 la ciudad protagonista fue Viena ahora lo es París, adonde Jesse (Ethan Hawke) acude para presentar su primera novela, en la que precisamente narra aquellos hechos. Céline (Julie Delpy) y él rememorarán durante una larga conversación lo acontecido nueve años antes.

La magia y el romanticismo parecen, sin embargo, haber quedado atrás: él se ha casado y tiene un hijo; ella no acaba de encontrar la estabilidad sentimental pese a ser una mujer independiente con una sólida carrera profesional. A veces en broma, a veces reprochándose el no haber acudido a la cita que tenían pendiente en Viena, ambos recorren las calles de la capital francesa, con trayecto por el Sena a bordo de un bateau mouche incluido, hasta recalar en el apartamento de Céline, donde, tras la aparición fugaz de sus padres (en el filme y en la vida real), ella interpretará a la guitarra una de sus canciones, basada, como el libro de Jesse, en unos hechos que les marcaron profundamente.

A nivel cinematográfico, lo más remarcable de Before Sunset es la madurez de sus diálogos, los cuales son obra de los propios actores (el guion lo firman ellos junto al director, Richard Linklater), así como el intento de mostrar su encuentro en una larga toma de 80 minutos que da como resultado la sensación de que la película fluye de un modo natural.

Los clarines del miedo (1958)









Director: Antonio Román
España, 1958, 77 minutos



A los héroes anónimos de la Fiesta. Nadie los recuerda porque no alcanzaron sus ilusiones y sueños de gloria. Muchos de ellos, sin embargo, dejaron sus vidas por esas plazas de los pueblos de España, y todos, su juventud...

Filigranas y Aceituno son dos toreros que sobreviven de aldea en aldea lidiando en modestas capeas. El primero (Rogelio Madrid) es un joven con la ilusión de abrirse camino, mientras que el veterano Aceituno (Francisco Rabal) dejó un día el oficio de limpiabotas para probar fortuna en los ruedos. Sin embargo, y por diferentes motivos, tanto al uno como al otro los atenaza el miedo. Lo cual es un serio problema en vísperas de una novillada. De todos modos, tras conocer a la bella Fina (la francesa Silvia Solar) tendrán un aliciente para superar el pánico y enfrentarse al toro. De hecho, Filigranas promete dedicarle la faena si hace caso omiso de la prohibición del estirado Juanito (José María Labernié) y acude a verlos a la plaza. Ella le corresponde con un rojo clavel que le lanza desde su balcón...

Rodada en Eastmancolor en la madrileña villa de Torrelaguna, Los clarines del miedo adaptaba una novela de Ángel María de Lera. No puede decirse que sea, ni mucho menos, un filme redondo, teniendo en cuenta que la acción parece condensarse excesivamente. Posee, eso sí, la fuerza de unos actores notables, sobre todo Paco Rabal, así como la penúltima aparición en pantalla del legendario Manuel Luna, quien interpreta al crítico taurino Antares. Es además interesante cómo intenta profundizar en la vertiente psicológica de quienes se juegan la vida frente al astado, mostrando sus debilidades y desmitificando la supuesta valentía de unos hombres cuyas miserias quedan al descubierto. Sería asimismo destacable el hecho de que el guion se recrea en la brutalidad de los lugareños, quizá con el objetivo de lograr el contraste con la lucha interior de los diestros.

Para los que la película sí que tuvo un significado especial fue para los debutantes Rogelio Madrid y Silvia Solar, ya que no solo supuso el inicio de sus respectivas carreras (él, por cierto, había realmente sido antes torero; ella, en cambio, había ya interpretado pequeños papeles en varias producciones previas) sino también el de su vida en común.

viernes, 6 de mayo de 2016

Las cartas de Alou (1990)










Director: Montxo Armendáriz
España, 1990, 90 minutos



En su novela epistolar Une si longue lettre, la escritora senegalesa Mariama Bâ (1929-1981) explicaba, bajo el prisma de una cierta ambición feminista, buena parte de sus experiencias personales mediante una serie de cartas dirigidas a su mejor amiga. Independientemente de si Montxo Armendáriz tuvo en cuenta o no este clásico de la literatura africana contemporánea a la hora de escribir el guion de Las cartas de Alou, vale la pena señalar la coincidencia puesto que tanto en el caso del libro como en el de la película dicha estructura está puesta al servicio de una misma finalidad: la de denunciar, respectivamente, injusticias sociales como la situación de la mujer en el África subsahariana o la de los inmigrantes ilegales en España.

Solo un productor de la talla de Elías Querejeta podía alumbrar un proyecto tan cautivador como este: cine comprometido, con actores no profesionales, hablado en diferentes idiomas, rodado en localizaciones reales y tras un minucioso proceso de documentación. El gambiano Mulie Jarju (Alou) iniciaba así una carrera de actor (entonces amateur) que llega hasta la actualidad, puesto que el año pasado formó parte del reparto de Palmeras en la nieve, de Fernando González Molina. Le acompañaron entonces Ahmed El-Maaroufi en el papel de Moncef, compañero de fatigas de Alou, y Eulàlia Ramon como Carmen, la muchacha de un pueblo de Lleida de la que se enamorará el protagonista.

Concha de oro en San Sebastián y ganadora de dos Goyas (Mejor guion y fotografía), Las cartas de Alou representó una interesantísima vía del cine español, entroncada con el cinéma vérité, y que tendría su continuidad en películas como Bwana (1996), del también vasco Imanol Uribe.

Todo modo (1976)









Director: Elio Petri
Italia/Francia, 1976, 125 minutos



En lo que suponía el penúltimo largo de su carrera, Petri volvió a optar por el lenguaje críptico y alegórico como principal forma de expresión. Este Todo modo de 1976, adaptación de la novela homónima de Leonardo Sciascia, debe su nombre a una frase de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús: "Todo modo para buscar la voluntad divina". Ya se ve, pues, desde el título por dónde van a ir los tiros: en la línea de El amargo deseo de la propiedad (1973), anterior trabajo del director italiano y que ya comentamos hace unos días en este blog, la crítica feroz hacia determinados estamentos se traduce en impactantes escenas concebidas bajo el prisma de una irreverente farsa cuasi surrealista muy próxima al cine de Fellini.

La plana mayor de la Democracia Cristiana, y en especial Aldo Moro (dos años antes de su rapto y asesinato a manos de las Brigadas Rojas, conviene tenerlo presente), son satirizados hasta el extremo de presentarlos como un oscuro grupo que se retira durante tres días a hacer unos ejercicios espirituales a una especie de complejo subterráneo posmoderno. El enteco M. (Gian Maria Volontè) mantendrá en aquellas espaciosas salas, tan amplias como gélidas y oscuras, una equívoca relación con Don Gaetano (Marcello Mastroianni), taimado sacerdote que moverá los hilos de aquel enigmático entramado con una calculada mezcla de astucia y egoísmo.

No estamos frente a un filme ni fácil ni cómodo (tampoco lo fue para Italia la época en la que este se filmó), como enseguida se desprende de la inquietante banda sonora de Ennio Morricone que envuelve la mayoría de escenas. Una música de órgano que recuerda vagamente el estilo de Olivier Messiaen y que sustituyó, en el último momento, a la composición del jazzista Charles Mingus inicialmente destinada a acompañar las imágenes.

M. (Gian Maria Volontè) en la escena final de Todo modo