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martes, 18 de octubre de 2022

Girasoles silvestres (2022)




Director: Jaime Rosales
España/Francia, 2022, 107 minutos

Girasoles silvestres (2022) de Jaime Rosales


La siempre incisiva mirada de Jaime Rosales ha centrado su última película, Girasoles silvestres (2022), en las vicisitudes de una joven madre que vive en el extrarradio de Barcelona. Y que, como tantas otras mujeres de su generación, se ve abocada a luchar cada día en muy diversos frentes, que van desde la precariedad laboral hasta la violencia machista. Sin embargo, lo que define como personaje a Julia (Anna Castillo) no es tanto su contexto social, sino los altibajos de una vida afectiva por la que irán desfilando tres hombres absolutamente distintos.

Por una parte está Óscar (Oriol Pla), el típico garrulo arrogante, a la par que posesivo. Un individuo que, pese a sus iniciales muestras de afecto con Julia y sus dos hijos (a quienes obliga a llamarle "papá"), terminará levantándoles la mano. En cambio, Marcos (Quim Àvila) responde a un perfil mucho más tranquilo: militar destinado en Melilla, es el padre biológico de los niños y, aunque inicialmente acoge a su antigua familia, las constantes desavenencias entre Julia y él harán inviable que la reconciliación perdure en el tiempo.



El tercer y último es Álex (Lluís Marquès), amigo de infancia de la protagonista y tal vez, dada su condición de persona de orden, el más equilibrado de todos. Pero eso no significa, ni mucho menos, que su relación con Julia vaya a ser un camino de rosas y los reproches, como con sus anteriores parejas, terminarán siendo algo tristemente habitual.

La puesta en escena ideada por Rosales denota un sabio uso de la elipsis, prescindiendo de cuantos acontecimientos se consideran secundarios para el avance de la acción. Así pues, el espectador se encuentra más de una vez (desaparición de la niña, embarazo de Julia...) ante la sorpresa de que determinadas situaciones se resuelven fuera de campo, sin que se haya estimado oportuno explicitar cómo ni por qué. En todo caso, la impresión de conjunto es que el director se mantiene fiel a su estilo, si bien optando por un lenguaje algo más convencional que en trabajos anteriores.



lunes, 4 de julio de 2022

Todo es de color (2016)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 2016, 96 minutos

Todo es de color (2016) de G. García Pelayo


Nadie mejor que Gonzalo García Pelayo, productor de la legendaria banda Triana, para rendir homenaje al conjunto andaluz y a su vocalista Jesús de la Rosa Luque (1948-1983), muerto prematuramente en accidente de tráfico cuando regresaba de un concierto benéfico que habían dado en San Sebastián. 

Ya desde el primer plano de la película (un trávelin que avanza a través del cementerio de Villaviciosa de Odón, donde descansan los restos del cantante, así como los del batería Juan José Palacios, el "Tele") queda meridianamente claro por qué cauces va a discurrir Todo es de color (2016), una cinta inclasificable que no es ni un documental ni una comedia ni una road movie ni un musical aunque beba de cada uno de esos géneros.



Habrá quien considere, no sin razón, que la puesta en escena ideada por García Pelayo resulta poco ortodoxa, lo cual es el mejor cumplido que se le puede hacer a un cineasta imaginativo que cultivó con suma maestría el cine más underground en títulos hoy ya míticos como Vivir en Sevilla (1978) o Corridas de alegría (1982).

Sin embargo, y contra lo que en primera instancia cabría suponer, la añoranza por el tiempo pasado no es, ni mucho menos, el elemento esencial de un filme cuyo objetivo reside en mostrar la pervivencia de un legado musical único, fusión de flamenco y rock progresivo. De ahí esa sensación de reencuentro entre diferentes generaciones, jóvenes y mayores a los que une la pasión por canciones como "Abre la puerta" o "Hasta volver". Una gran familia, integrada, entre otras caras conocidas, por Raimundo Amador y Jorge Cadaval de los Morancos, que peregrinará hasta Los Caños de Meca (Cádiz) para reunirse con Eduardo Rodríguez Rodway, único miembro vivo del grupo.



miércoles, 16 de marzo de 2016

Manuela (1976)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 105 minutos, 1976

Manuela (1976) de G. García Pelayo


Una joven ataviada con un vistoso vestido rojo baila un intenso zapateado sobre la tumba de un poderoso cacique local, de cuerpo presente, ante la atónita mirada de su cortejo fúnebre. Quien haya visto Manuela recordará forzosamente una escena que, como esta, es un apasionado derroche de arrebato y éxtasis. Y si, además, se tiene en cuenta el año de filmación de la película (en otoño de 1975, "en Lebrija, Carmona y Sevilla", tal y como se indica en los títulos de crédito iniciales), será fácil darse cuenta del paralelismo evidente con la muerte del dictador por aquellas mismas fechas: don Angosto Cortés de la Fuente (el nombrecito se las trae...) equivale, pues, a Francisco Franco Bahamonde.

Adaptada libremente a partir de la novela homónima de Manuel Halcón (1902-1989), Manuela supuso en los albores de la Transición un intento de cine andaluz que fuera más allá de los tan manidos tópicos de raigambre folclórica, amén de la ópera prima del afamado productor musical (y, más tarde, jugador profesional de póquer) Gonzalo García Pelayo.

El toque personal del director se percibe, entre otros elementos, en el tratamiento de la banda sonora, integrada por canciones de grupos que fueron producidos por él mismo, principalmente Triana, Lole y Manuel, Goma, Gualberto García o Hilario Camacho. Poco importa si temas como "Sé de un lugar", "Abre la puerta", "En el lago" o "Todo es de color" pegan mucho, poco o más bien nada con la historia que cuenta el filme: lo realmente destacable es el efecto rompedor que producen. De hecho, todos ellos pertenecen a un álbum mítico también publicado en el 75: El patio, LP de debut de Triana, el trío sevillano capitaneado por Jesús de la Rosa.

En cuanto al elenco de actores, está encabezado por el siempre convincente Fernando Rey en el papel de señorito andaluz secretamente enamorado de la protagonista, Charo López como la sensual Manuela y Máximo Valverde interpretando a Antonio. Les secundan algunos de los habituales del cine patrio de aquel entonces: Fernando Sánchez Polack (El Moreno), Víctor Israel (Aguacharco) o Luis Barboo (El Jarapo, inquietante cazador furtivo padre de Manuela).

En años sucesivos, y a pesar de que abandonaría la dirección en 1983 por un periodo de tres décadas, el cine de Gonzalo García Pelayo se iría volviendo paulatinamente más underground y menos racial, aunque siempre marcado por la honda impronta de su temperamento.