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domingo, 9 de febrero de 2025

Drácula de Bram Stoker (1992)




Título original: Bram Stoker's Dracula
Dirección: Francis Ford Coppola
EE.UU./Reino Unido, 1992, 128 minutos

«I have crossed oceans of time to find you…»

Drácula de Bram Stoker (1992) de Coppola


El sol casi rozaba las cimas de los montes, y las sombras de todo el grupo se proyectaban sobre la nieve. Vi al Conde tendido dentro de la caja, sobre la tierra, que con la brutal caída desde el carro se le había esparcido por encima. Estaba mortalmente pálido, igual que una máscara de cera; sus ojos rojos centelleaban con una mirada horrible y vindicativa que yo conocía muy bien.

Bram Stoker
Drácula (1897)
Traducción de Francisco Torres Oliver

Que Bram Stoker's Dracula (1992) sea la versión cinematográfica más fiel al texto original no significa que no se tome también sus licencias. Sobre todo porque, dotada de una estética como de videoclip, muy de los noventa, resulta de un barroquismo superior incluso al de la propia novela. Su director, el mismo Coppola que contaba en su haber con sonados fracasos de taquilla y/o crítica como Corazonada (1981) o la tercera parte de El padrino (1990), se empeñó en reconciliarse con el público mediante la nada fácil tarea de adaptar, por enésima vez, la obra cumbre del terror gótico.

A diferencia de las estilizadas interpretaciones que Bela Lugosi y Christopher Lee habían protagonizado para la Universal y la Hammer, respectivamente, el Conde al que da vida Gary Oldman tiene tanto de monstruo como de dandi, pese a que también luzca sus mejores galas cuando se trata de seducir a la joven Mina (Winona Ryder) en los elegantes salones del Londres victoriano. Sin embargo, ya no se trata de un individuo altanero y engominado, sino que su estilo, con mostacho y melenas, tiene más de incomprendida estrella del rock, víctima de siglos de soledad, que no de aristócrata decadente.



Aunque si por algo destaca esta nueva lectura del mito vampírico es a causa de la enorme carga sexual que se hace explícita con cada incursión nocturna del Nosferatu (y su corte de sensuales odaliscas, entre ellas Monica Bellucci) en las alcobas de sus "conquistas". Lo cual no deja de ser, hasta cierto punto, una tergiversación del sentido primigenio de la obra, cuyo innegable trasfondo puritano (la lucha del bien contra el mal) queda reducido a un simple flirteo en el que Mina cede inicialmente a los encantos del maligno.

No podemos concluir, por último, sin destacar la imponente banda sonora del polaco Wojciech Kilar (1932-2013), uno de los puntos fuertes de la cinta y base sobre la que se sustenta buena parte del ritmo narrativo. Y lo mismo pudiera decirse del imaginativo diseño de vestuario de la japonesa Eiko Ishioka, el maquillaje y los efectos de sonido, categorías, estas tres, que fueron recompensadas con sendos premios Óscar.



viernes, 7 de abril de 2023

La pasión de Cristo (2004)




Título original: The Passion of the Christ
Director: Mel Gibson
EE.UU., 2004, 127 minutos

La pasión de Cristo (2004) de Mel Gibson


Pocas películas han suscitado tanta controversia como The Passion of the Christ (2004). Y no sólo por la explicitud con que se muestra el suplicio al que, según atestiguan los evangelios, fue sometido Jesús, sino también a causa del innegable antisemitismo, así como el enfoque ultracatólico que subyace en una producción auspiciada por los Legionarios de Cristo. Sea como fuere, lo cierto es que el grado de implicación de Mel Gibson en el proyecto llegó a tal extremo que el actor no tuvo reparos en invertir hasta 25 millones de dólares de su propio bolsillo para que su tercer largometraje como director fuese una realidad.

Una fe en lo que hacía que se tradujo, asimismo, en la firme voluntad de que la cinta se rodase íntegramente en latín y arameo (la lengua en la que quizá hablaba Jesús de Nazaret) y además fuese exhibida en todo el mundo en versión original, en principio sin subtítulos, aunque en este aspecto las presiones comerciales fueron tan grandes que no le quedó más remedio que acabar cediendo. Y, sin embargo, son varias las objeciones que se le podrían hacer a dicho afán de verismo, comenzando por la caracterización del Mesías con barba y melena: atributos que se le añadieron tardíamente, ya en época bizantina, pero que contrastan con las representaciones de los primeros cristianos, para quienes Jesús era un joven imberbe.



Por otra parte, resulta inevitable establecer comparaciones con la no menos polémica La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988), de la que ésta vendría a ser una especie de réplica sectaria. No en vano, tanto la puesta en escena de Scorsese como la banda sonora de Peter Gabriel parecen haber sido deliberadamente plagiadas en una cinta cuyos supuestos méritos cinematográficos (por ejemplo, la fotografía de Caleb Deschanel) quedan eclipsados ante el efectismo obsesivo (y un tanto sádico) que denotan tantísimos latigazos y litros de hemoglobina.

Aun así, nadie puede negarle a Mel Gibson el mérito de haber cosechado un éxito considerable en su momento gracias a una propuesta que no dejaba de ser arriesgada y que precisamente el año que viene, coincidiendo con el vigésimo aniversario del estreno, tendrá lista su secuela, titulada provisionalmente The Passion of the Christ: Resurrection (2024) y que contará de nuevo con Jim Caviezel en el papel protagonista.

"Stabat Mater..."


martes, 24 de septiembre de 2019

Los años más bellos de una vida (2019)




Título original: Les plus belles années d'une vie
Director: Claude Lelouch
Francia, 2019, 90 minutos

Los años más bellos de una vida (2019)
de Claude Lelouch


En una entrada reciente de su blog La panxa del bou, nuestra amiga Júlia Costa comentaba, a propósito del éxito cosechado en su momento por Un homme et une femme (1966), que las escenas de cama —que, vistas hoy, podrían parecer más bien candorosas— en la Barcelona de mediados de los sesenta resultaban, sin embargo, altamente excitantes. Y la prueba está, sigue comentando Júlia, en que uno de los temas de conversación giraba en torno al hecho de si la pareja, por más que les hubiesen puesto una sábana estratégicamente colocada entre sus cuerpos, no debió de notar algo...

Lo cierto es que, al margen de la mojigatería imperante en aquella España en blanco y negro, el filme de Claude Lelouch no sólo obtuvo una arrolladora repercusión internacional —coronada con dos Óscar, dos Globos de Oro, un BAFTA y una Palme d'Or en Cannes, que se dice pronto—, sino que, gracias, entre otras cosas, a la pegadiza banda sonora compuesta por Francis Lai, pasaría a formar parte, por siempre jamás, de la memoria colectiva.

Les vieux amants haciéndose una selfie

Claro que morir de éxito tiene, por lo común, peor prensa comparado con el hálito romántico del fracaso puro y duro. Seamos sinceros: lo de Lelouch con Un homme et une femme es como lo de Mike Oldfield con Tubular Bells. Es decir, que cada equis años toca llevar a cabo la correspondiente puesta al día para que el respetable vuelva a pasar por caja y así repetir la eficacia de una fórmula que, por sencilla, parece inagotable.

Con Les plus belles années d'une vie (el título alude, indirectamente, a otro gran clásico de la historia del cine: Los mejores años de nuestra vida (1946) de William Wyler, que en Francia se tituló Les plus belles années de notre vie) son ya tres las entregas de la saga, tras una mediocre segunda parte, digna de olvido, estrenada en 1986. Los mismos personajes, pero medio siglo después... Jean-Louis (Trintignant) es ahora un anciano aquejado de alzhéimer que, embebido en sus propias ensoñaciones, recibe en la residencia la visita de Anne (Anouk Aimée), la que fuera su gran amor. Continuas (e innecesarias) autocitas que remiten, en forma de flashback, a la película original se encargarán de hacer el resto.

Los niños de 1966, pero un poco más talluditos...

viernes, 19 de abril de 2019

El secreto de los hermanos Grimm (2005)




Título original: The Brothers Grimm
Director: Terry Gilliam
Reino Unido/Chequia/EE.UU., 2005, 118 minutos

El secreto de los hermanos Grimm (2005) de Terry Gilliam


Volver a insistir en el habitual derroche de imaginación del que hace gala Terry Gilliam filme tras filme sería repetirse. En su lugar, baste decir que el ex Monty Python lleva muchos años, tal vez demasiados, haciendo la misma película. Lo cual no significa que su trabajo carezca de interés (que ya creo que lo tiene: y mucho), sino más bien que, a veces, se agradecería una cierta mesura entre tanto engendro saltando por aquí y por allá. Y es que durante su infancia Gilliam debió de ser un niño hiperactivo, a juzgar por el ritmo frenético que es capaz de imprimir a todo cuanto hace. 

En el caso particular de los célebres hermanos Grimm, a los que dieron vida Matt Damon y el malogrado Heath Ledger, el director los imagina como una pareja de estafadores de poca monta que van de aldea en aldea y, conchabados con otros dos ayudantes, fingen ahuyentar los malos espíritus. Pero la cosa cambia cuando topan con un pueblo afectado por una maldición auténtica.



Directa o indirectamente, la mayoría de personajes de las leyendas que en su día fueron recopiladas por Jacob y Wilhelm Grimm intervienen durante la compleja trama, dando lugar a un enmarañado batiburrillo en el que, al final, uno ya no sabe muy bien ni adónde va ni de dónde viene la acción. Dejémoslo en que la pareja se adentra en un bosque cuyos árboles cobran vida; que una bruja arrugada adquiere la apariencia de Monica Bellucci (reina de la belleza a uno y otro lado de la pantalla); que un lobo-hombre se deja caer por allí de vez en cuando y, por último, que las tumbas de doce doncellas tienen algo que ver con no sé qué hechizo que un hacha con poderes mágicos puede ayudar a neutralizar. Más o menos.

Por todo lo dicho en los párrafos precedentes sería más bien fácil encontrar similitudes entre ésta y otras cintas que, por aquellas mismas fechas, hicieron un uso similar de la fantasía: la saga de El señor de los anillos (2001-2003), El laberinto del fauno (2006), El pacto de los lobos (2001), Sleepy Hollow (1999)... Aunque para dar con el título que mejor ha sabido captar la esencia de los cuentos populares habría que retrotraerse hasta 1984, año de estreno de la excelsa En compañía de lobos, de Neil Jordan.


domingo, 14 de enero de 2018

Des gens qui s'embrassent (2013)




Título en español: Gente que se besa
Directora: Danièle Thompson
Francia/Bélgica, 2013, 97 minutos

Des gens qui s'embrassent (2013)


Pese a haber dirigido apenas seis largometrajes desde su debut en 1999 con La bûche, da la sensación de que la monegasca Danièle Thompson (el apellido inglés lo tomó de su primer marido, un financiero británico) lleva toda la vida haciendo películas, tal vez porque antes fue una reputada guionista al servicio de cineastas como Claude Pinoteau (La boum, 1980; La neige et le feu, 1991) o Patrice Chéreau (Ceux qui m'aiment prendront le train, 1998). De hecho, fue nominada al Oscar por Cousin cousine en 1975. Y como directora, aún tenemos muy reciente su último filme, Cézanne et moi, estrenado en España el pasado mes de agosto y que recreaba la amistad entre dicho pintor y el novelista Émile Zola.

La que no llegó a estrenarse en salas comerciales fue su anterior trabajo, Des gens qui s'embrassent, aunque sí pudo verse en el Festival de Cine Hebreo de Barcelona. Se trata de una comedia coral, coescrita junto a su hijo Christopher, al estilo de Cena de amigos (2009) o Patio de butacas (2006), dos de sus títulos más celebrados, en la que la acción gira en torno a los Melkowich, una atípica familia judía: Roni (Kad Merad), tan hortera como ostentoso, fan incondicional de Frank Sinatra, ha levantado un imperio gracias a "democratizar" la venta de diamantes entre amplios sectores de la sociedad; Zef (Éric Elmosnino), en cambio, es un afamado violinista residente en Nueva York y que respeta escrupulosamente los preceptos del Talmud. Ni que decir tiene que se llevan a matar. Las esposas de ambos, por cierto, son también completamente antagónicas: la despampanante Giovanna (Monica Bellucci) es una mujer superficial obsesionada por el lujo que sólo se preocupa de su apariencia física; la espiritual Irène (Valérie Bonneton), por contra, es amante de la música como su marido y bastante sumisa, lo cual le costará la vida al ser atropellada cuando iba a buscarle un sándwich de pastrami. Aunque calcadas a sus respectivos padres, las primas Noga (Lou de Laâge) y Melita (Clara Ponsot) mantienen una estrecha relación. En cuanto al anciano patriarca de la familia (Ivry Gitlis), su demencia senil no sólo le hace confundir continuamente a unos y a otros, sino que le convierte en un personaje tan entrañable como divertido. Pero cuando Noga conozca a un apuesto joven (Max Boublil) que viaja en el mismo vagón de tren que ella las cosas cambiarán drásticamente para todos...



Des gens qui s'embrassent posee el habitual gusto por el detalle de su directora, comenzando por el reparto: sólo Monica Bellucci podía encarnar el papel de glamurosa consorte habituada a las recepciones suntuosas y a las fiestas a bordo de un fastuoso yate en Saint-Tropez; o Ivry Gitlis, violinista en la vida real y al que el resto del equipo debía escribirle los diálogos en grandes paneles para que no se quedase en blanco. Y lo mismo podría decirse de las localizaciones: la parisina Place de la Concorde y el selecto restaurante Maxim's, la Saint Pancras Station de Londres...

Como es habitual en su filmografía, Thompson nos habla en esta película de cómo han cambiado los tiempos, los códigos, los roles sociales y familiares; de hasta qué punto es absurdo discutir por nuestras diferencias religiosas o personales. En una palabra: un canto a la tolerancia y a la diversidad que la lleva a imaginar un mundo donde sólo haya "personas que se besan".


jueves, 20 de agosto de 2015

Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (2002)




Título original: Astérix & Obélix: Mission Cléopâtre
Director: Alain Chabat
Francia/Alemania, 2002, 107 minutos

Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (2002)


Domingo 9 de agosto. Tediosa noche de estío. Sopor veraniego en pleno secarral almeriense. Ni un solo cine en muchos kilómetros a la redonda. En un canal perdido de la TDT ponen Astérix y Obélix: Misión Cleopatra. Nada mejor que hacer (ni que ver). Y como siempre viene bien practicar algo de francés (merced al sistema Dual), pues allá que me lanzo.

Al margen del mérito indiscutible que poseen los personajes creados por Albert Uderzo, las sucesivas adaptaciones para la gran pantalla  que de ellos se han realizado distan mucho de igualar al original. Ni los filmes de animación ni Astérix y Obélix contra César (Claude Zidi, 1999), Astérix en los juegos olímpicos (Frédéric Forestier y Thomas Langmann, 2008) o Astérix & Obélix: Al servicio de Su Majestad (Laurent Tirard, 2012) destacan más que como meros productos de consumo destinados a un público de masas.

En lo que a Misión Cleopatra se refiere, dirigida por el cómico Alain Chabat (quien se reserva, además, el papel de Julio César), cabe mencionar las múltiples  referencias de todo tipo que contiene, ya sean pictóricas (La balsa de la Medusa o la Gioconda), televisivas (La mujer biónica), musicales ("Alexandrie, Alexandra" de Claude François) o incluso literarias: cuando Obélix (Gérard Depardieu) se carga la enorme nariz de la esfinge, está aludiendo a Cyrano de Bergerac por partida doble, ya que la frase que pronuncia el galo es a la vez un verso de la obra de Rostand que el propio Depardieu encarnó en la versión dirigida por Jean-Paul Rappeneau en 1990.



Por descontado que también son innumerables las alusiones cinematográficas: las carreras de cuádrigas de Ben-Hur, la voz metálica de Darth Vader o la inconfundible banda sonora de Star Wars son algunos de los ejemplos más evidentes.

Queda claro, pues, que el anacronismo es una de las principales armas sobre las que reside la comicidad de Misión Cleopatra, así como, por otra parte, los continuos juegos de palabras, algunos de ellos intraducibles o difíciles de captar para el público no francófono (como la retahíla de nombres galos acabados en -ix a la que se añaden los de Mathieu Kassovitz o Malcolm X...)

Puede que Jamel Debbouze o Christian Clavier no interpreten los papeles de su vida, aunque siempre es digna de admirar la belleza de Monica Bellucci en esta insólita apuesta que la enfrenta contra el hombre más poderoso de Roma.