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martes, 23 de junio de 2020

Música y lágrimas (1954)




Título original: The Glenn Miller Story
Director: Anthony Mann
EE.UU., 1954, 115 minutos

Música y lágrimas (1954) de Anthony Mann

Además de wésterns, Anthony Mann dirigió también este biopic a propósito de Glenn Miller (1904–1944): retrato sumamente almibarado del famoso músico y compositor de jazz, en el que el papel protagonista recayó, como no podía ser de otra manera, sobre un James Stewart en un registro muy cercano al que hiciera célebre en ¡Qué bello es vivir! (It's a Wonderful Life, 1946) de Capra.

Desde una modesta tienda de empeños de Los Ángeles, en la que el futuro director de orquesta se verá obligado a pignorar una y otra vez su trombón, hasta el fatídico vuelo que se pierde, con Miller en su interior, en la niebla del canal de la Mancha, el filme revisa la trayectoria del autor de clásicos como "Moonlight Serenade" mediante un guion en el que el paso del tiempo se va marcando con suma habilidad. Así, por ejemplo, cuando los recién casados acuden al club de jazz en el que, entre otros, están actuando Louis Armstrong y el batería Gene Krupa, el hecho de que los camareros sirvan ginebra en tazas de café es una forma sutil de indicar que la acción se sitúa en tiempos de la Ley Seca (1920-1933).



Aunque la esencia de la trama radica en la tenacidad mostrada por Miller hasta dar con el sonido inconfundible que distinga a su conjunto de los demás: lucha no exenta de cuantiosos tropiezos en el camino, pero para la que contará en todo momento con la complicidad de su esposa Helen (June Allyson). A este respecto, resulta enormemente sintomática esa leve punzada que ella siente en el cogote cada vez que una melodía le parece especialmente buena.

Iniciada la Segunda Guerra Mundial, la nota patriótica la aporta la incorporación a filas del músico, con el grado de capitán, dispuesto a introducir cambios en la férrea disciplina de las bandas militares. Empresa que logrará sacar adelante con el beneplácito del general Arnold (Barton MacLane) y que explica que Miller sea destinado a Europa para, con la ayuda de su orquesta, mantener alta la moral de las tropas americanas.


viernes, 7 de julio de 2017

Bola de fuego (1941)




Título original: Ball of Fire
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1941, 111 minutos

Bola de fuego (1941) de Howard Hawks


Pero ¡qué película más inteligente!: un sólido guion, inspirado en Blancanieves y los siete enanitos, milimétricamente escrito por Billy Wilder y Charles Brackett (el primero con su refinado sentido del humor centroeuropeo y el segundo haciendo gala de sus dotes argumentativas de antiguo abogado), la pericia de Hawks tras las cámaras y un elenco de actores que quita el sentido. ¿Quién puede resistirse al encanto de Ball of Fire? Por no hablar de la breve intervención del batería Gene Krupa y el memorable número de las cerillas.

Desde la primera vez que la vi (como tantas otras, en el programa ¡Qué grande es el cine! de José Luis Garci, en La 2 de TVE) me ha parecido siempre un portento por la manera en la que hace coincidir dos mundos teóricamente antagónicos: el sosiego del ambiente académico que se respira en la mansión del grupo de sabios frente al frenesí con el que irrumpe Sugarpuss O'Shea (Barbara Stanwyck). No en vano, ella es la Bola de fuego o polvorilla a la que alude el título. Y, como no podía ser menos, es la vida la que se acaba imponiendo al conocimiento vacuo y enciclopédico. Aunque ella también se dejará seducir por el encanto patoso del gramático Bertram Potts (Gary Cooper): "Looks like a giraffe, and I love him. I love him because he's the kind of a guy that gets drunk on a glass of buttermilk!"

¿Quién dijo que los libros no sirven para nada?


Es, precisamente, en ese contraste en el que radica la hilaridad de la mayor parte de situaciones, sobre todo en el plano lingüístico, ya que, habiéndose iniciado la trama a raíz del trabajo de campo que realiza el profesor Potts a propósito de la jerga en la sociedad, la bola (como en cualquier Screwball comedy que se precie) se irá haciendo cada vez más grande conforme se vayan incorporando elementos a cuál más discordante: una vedete, un grupo de gánsters, etc.

A pesar de los setenta y seis años transcurridos desde el estreno, Ball of Fire mantiene intacta su chispa y sigue siendo una óptima reflexión, en clave satírica, sobre un mundo en evolución constante y el papel que la cultura ocupa en él. Si ya en el 41 se planteaba la dicotomía entre la figura del intelectual encerrado en su torre de marfil y ajeno a la realidad en oposición al bullicio de las clases populares, ¿qué cabrá esperar de la era en la que internet y las redes sociales amenazan con vulgarizar la difusión del saber? ¿Una amenaza o una oportunidad? Probablemente ambas cosas: de nosotros depende el posicionarnos a favor o en contra.