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miércoles, 28 de agosto de 2024

Isla Perdida (2024)




Título original: Haunted Heart
Director: Fernando Trueba
España/EE.UU./Colombia, 2024, 128 minutos

Isla Perdida (2024) de Fernando Trueba


Como si de un trampantojo se tratase, comienza Haunted Heart (2024) dejando entrever una serie de elementos (ambiente estival, cotidiano, a orillas del mar) que pudiera hacer pensar, por ejemplo, en el cine de Rohmer. Craso error, porque lo que le aguarda al espectador durante las próximas dos horas no tiene nada que ver con ese tipo de planteamiento a lo Nouvelle vague.

Fiel a su condición de cinéfilo irredento, eso sí, Fernando Trueba se sirve de recursos muy diversos para lograr que la trama avance y vaya gradualmente transformándose en un thriller romántico de inspiración hitchcockiana. Así pues, cada nueva pista que descubra Álex (Aida Folch) en su afán por conocer mejor al misterioso hombre del que está perdidamente enamorada dejará al descubierto el turbio e inquietante pasado de Max (Matt Dillon).



El hecho de que haya rodado en inglés y en una remota isla griega el que de momento es su último largometraje corrobora, una vez más, la vocación cosmopolita de un director que, siempre que puede, aprovecha para colar en sus películas alguna pincelada jazzística, otra de sus grandes pasiones/obsesiones. Lo cual, dicho sea de paso, le sirve en esta ocasión no sólo para perfilar el lado oscuro del protagonista, sino también para emular una escena calcada al célebre momento de Casablanca (1942) en el que el personaje de Bogart enfurece cuando de repente escucha una melodía que le evoca recuerdos dolorosos de su vida anterior.

Sin embargo, y por más ilustres que sean los referentes de los que bebe el guion, escrito por Trueba junto con Rylend Grant, a la historia narrada le falta credibilidad, aparte de que esboza personajes, sobre todo en la primera parte, la que transcurre en el restaurante durante el verano, que luego, como si quedasen colgados, tendrán escasa o nula trascendencia en el desarrollo posterior de la acción. Aun así, la progresiva tensión dramática de la cinta, elegantemente fotografiada por el colombiano Sergio Iván Castaño y con banda sonora del prestigioso compositor polaco Zbigniew Preisner, colaborador habitual de Trueba en los últimos tiempos, desemboca en un final que no por previsible resulta menos trágico.



viernes, 23 de agosto de 2024

La reina de España (2016)




Director: Fernando Trueba
España, 2016, 128 minutos

La reina de España (2016) de Fernando Trueba


La gradual popularidad de la que ha sido objeto La niña de tus ojos (1998), uno de los títulos de mayor éxito comercial en la filmografía del director Fernando Trueba, llevó a que el cineasta madrileño proyectase una secuela con el mismo elenco de actores. Sin embargo, aquello de que "segundas partes nunca fueron buenas" parece cumplirse con La reina de España (2016), irregular continuación de las andanzas de unos personajes que, después de haberse visto inmersos en mil y una correrías en la Alemania nazi, se reencuentran al cabo de los años con motivo de una producción histórica auspiciada por los americanos.

Han transcurrido alrededor de un par de décadas y Macarena Granada (Penélope Cruz) es ahora una reputada estrella de Hollywood que regresa a la que fuera su patria para protagonizar un filme en el que interpreta a Isabel la Católica. Aunque la verdadera sorpresa se la va a llevar el resto del equipo cuando, procedente de Francia, regresa el añorado Blas Fontiveros (Antonio Resines), a quien todos daban por muerto.



Uno de los principales atractivos del guion de Trueba reside en la gran cantidad de guiños y referencias cinéfilas que encierra, tanto en los diálogos como en la propia ambientación. Así pues, los numerosos carteles de películas que adornan las paredes, por ejemplo el de El malvado Carabel (1956) de Fernán-Gómez, ayudan a contextualizar el momento exacto en el que tiene lugar la acción. Como lograda resulta, por otra parte, la alusión indirecta a determinados mitos cuyo trasunto, caso del alcoholizado John Scott (Clive Revill), remedo de John Ford, remite a la época dorada del séptimo arte.

Independientemente de que su propuesta no gozase de excesiva aceptación por parte de público y crítica, lo cierto es que el mayor del clan Trueba reunió a un buen puñado de nombres ilustres (Jorge Sanz, Javier Cámara, Rosa Maria Sardà, Ana Belén, Loles León, Neus Asensi, Santiago Segura...), aparte de otras tantas celebridades (Arturo Ripstein o hasta Bayona) que se prestaron a interpretar pequeños papeles o incluso fugaces cameos. En resumen, todo un all star al servicio de una trama tan rocambolesca como deliberadamente inverosímil, con rescate incluido en el Valle de los Caídos, que culmina con la visita del mismísimo Caudillo (Carlos Areces) al rodaje y el memorable duelo dialéctico que entabla con la protagonista.



jueves, 22 de agosto de 2024

El olvido que seremos (2020)




Director: Fernando Trueba
Colombia, 2020, 137 minutos

El olvido que seremos (2020) de Fernando Trueba


La superproducción colombiana El olvido que seremos (2020) recrea la vida del doctor y profesor universitario Héctor Abad Gómez (1921-1987), interpretado magistralmente por Javier Cámara, quien, además de meterse en la piel de tan insigne personaje, reproduce a la perfección el acento de Medellín. Y es que en dicha ciudad, precisamente, transcurre la mayor parte de la trama, que la cámara capta en color o en blanco y negro dependiendo de si los hechos narrados pertenecen a un pasado feliz o a la crispación del presente.

Años convulsos, por lo tanto, en el seno de una sociedad marcada por continuos atentados terroristas y donde la integridad personal y profesional de un honesto padre de familia y excelente médico entra en conflicto con los intereses de la oligarquía local. Situación que, sin embargo, no hará en absoluto mella sobre los principios inquebrantables del hombre.



Tal vez porque el guion de Fernando Trueba se basa en la novela autobiográfica del hijo de Abad, la película se centra especialmente en su faceta más familiar, ofreciendo un retrato entrañable (y a ratos, por qué no decirlo, un tanto sensiblero) del día a día entre el protagonista y su numerosa prole, formada por la esposa (Patricia Tamayo), cinco chicas y un varón. La mirada de este último, por cierto, tanto la del niño (Nicolás Reyes Cano) como la del adulto (Juan Pablo Urrego), resultará crucial a lo largo del relato.

Así pues, los valores humanistas que encarna el doctor Abad le hacen acreedor de una especial trascendencia en la transformación del mundo que le rodea, ya sea por su obsesión en implementar medidas higiénicas que redunden en mejores condiciones sanitarias para los sectores más desfavorecidos de la población o inculcando esos mismos valores a los suyos y a sus alumnos.



viernes, 30 de agosto de 2019

Krzysztof Kieślowski: I'm So-So... (1995)




Título en español: Krzysztof Kieślowski: me encuentro regular...
Director: Krzysztof Wierzbicki
Polonia/Dinamarca, 1995, 56 minutos

Krzysztof Kieślowski: I'm So-So... (1995)
de Krzysztof Wierzbicki


Ya hace días que terminó el ciclo dedicado a Kieślowski en la Filmoteca de Catalunya, pero aún nos quedaba pendiente visitar la exposición que acompaña dicha retrospectiva. Además de carteles de sus películas y una selección de fotografías en blanco y negro realizadas por el propio cineasta durante el curso 1965-1966, cuando era alumno de la Escuela Nacional de Cine de Łódź, la muestra se completa con la proyección del interesante documental Krzysztof Kieślowski: I'm So-So... (1995), dirigido por Krzysztof Wierzbicki, el que fuera su ayudante de dirección en no pocos filmes.

Teniendo en cuenta que Kieślowski moriría al año siguiente y que por las fechas en que tiene lugar esta entrevista él ya estaba retirado, sus palabras adquieren una mayor relevancia, hasta el punto de convertirse en una especie de testamento en el que repasa su filmografía, así como los hechos más relevantes de toda una vida. Aunque, en los primeros minutos, son un doctor, un sacerdote, un grafólogo y hasta un vidente quienes intentan precisar los rasgos esenciales de su carácter.



En líneas generales, el director aporta algunas claves que permiten entender mejor su trabajo. Por ejemplo, cuando aclara que le gusta ser ambiguo a la hora de plantear una historia. De ahí que sus películas susciten varias interpretaciones, de las que el espectador deberá elegir la que le plazca. Él, en particular, está de acuerdo con todas...

Mención aparte merece el tema político, tan presente en su obra a causa de las circunstancias históricas bajo las que fue concebido. Dice Kieślowski que muchos censores le confesaban a media voz: "Yo le comprendo; yo estoy de acuerdo con usted: ¡son mis superiores los que no me dejarán pasar una película como ésta!" Razones, todas ellas, que quizá expliquen por qué el polaco, en un momento dado de la charla, se defina a sí mismo en los siguientes términos: "Soy pesimista, así que siempre imagino lo peor, siempre. Para mí, el futuro es un agujero negro. Hemos hablado antes sobre el miedo. Pues bien: si hay algo que temo es el futuro. Me da verdadero pánico."


domingo, 11 de agosto de 2019

Tres colores: Rojo (1994)




Título original: Trois couleurs: Rouge
Director: Krzysztof Kieślowski
Suiza/Francia/Polonia, 1994, 99 minutos

Tres colores: Rojo (1994) de Krzysztof Kieślowski


Con Rojo no sólo se cierra una trilogía, y aun la retrospectiva que la Filmoteca de Catalunya le ha dedicado a Krzysztof Kieślowski (1941–1996), sino que la película supuso su testamento fílmico, toda vez que el cineasta polaco, quien había asegurado que daba por concluida su carrera, fallecería apenas dos años después del estreno.

Como ya sucediera en La doble vida de Verónica (1991), la protagonista volvió a ser la actriz Irène Jacob, convertida ahora en una modelo de pasarela que, accidentalmente, atropella a la perra de un viejo juez jubilado (Jean-Louis Trintignant). El hombre, un tanto misántropo, vive parapetado en su domicilio particular, desde donde se dedica a espiar a los vecinos.



Tal vez consciente de que estaba rodando su último filme, Kieślowski recupera en él toda una serie de elementos recurrentes que aparecen dispersos a lo largo de su filmografía. Sobre todo en lo tocante a los caprichos del destino, tema que abordara, a principios de los ochenta, en El azar (1981). Sólo que, en esta ocasión, la suerte que aguarda a sus personajes, aun siendo accidentada, no parece tan cruel.

Si Azul se inspiraba en la idea de libertad y Blanco en la de igualdad, Rojo explora, siempre desde el particular enfoque de su director, el concepto de fraternidad. Que hará que dos personas en apariencia tan distintas terminen por compenetrarse hasta el punto de que sus respectivas trayectorias vitales, tras haber discurrido por vías paralelas sin ellos saberlo, acaben finalmente convergiendo.


viernes, 9 de agosto de 2019

Tres colores: Blanco (1994)



















Título original: Trois couleurs: Blanc
Director: Krzysztof Kieślowski
Francia/Polonia/Suiza, 1994, 92 minutos

Tres colores: Blanco (1994)
de Krzysztof Kieślowski

Aparte de ser la segunda entrega de la trilogía Tres colores de Kieślowski, Blanco es también, casi con toda probabilidad, una de las películas más contradictorias que jamás se hayan filmado, puesto que, a pesar de su título, el sentido del humor que destila la trama es bastante negro...

Y es que el cineasta polaco, que en Azul había planteado una puesta en escena muy francesa, volvió con Blanco al universo que mejor conocía: el de su país natal, en este caso tras la caída del Muro y posterior irrupción de un cruento neoliberalismo sin escrúpulos que todo lo impregna y todo lo domina.



Llamarse Karol Karol (Zbigniew Zamachowski) y regresar a Polonia dentro de un baúl ya son suficientes indicios para hacerse una idea aproximada de cómo es el protagonista de esta historia. En París, su esposa Dominique (Julie Delpy) solicita el divorcio alegando que no se ha consumado el matrimonio. Aun así, Karol, peluquero de profesión al igual que su ex, continúa enamorado de ella, por lo que finge su propia muerte con la esperanza de volver a verla. Aunque, por una extraña carambola del destino, es Dominique quien termina en una prisión polaca.

Pero, volviendo al tema del humor negro al que antes aludíamos, son muchos los detalles que acercan este filme al particular universo de directores españoles como Berlanga (por la visión crítica y sarcástica de una sociedad irremediablemente corrupta en la que el igualitarismo socialista ha dado paso al "sálvese quien pueda") o incluso el Antonio Mercero de La cabina (de hecho, hay un momento en el que Karol a punto está de acabar como José Luis López Vázquez en aquel mítico cortometraje).


jueves, 8 de agosto de 2019

Tres colores: Azul (1993)

















Título original: Trois couleurs: Bleu
Director: Krzysztof Kieślowski
Francia/Polonia/Suiza, 1993, 94 minutos

Tres colores: Azul (1993)
de Krzysztof Kieślowski

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada...

Corintios, 13, 3

Tras perder a su marido y a su hija en un fatídico accidente de coche, Julie (Juliette Binoche) decide romper drásticamente con su pasado y abandonarse a una profunda soledad. Es por eso que se deshace de los bienes de su esposo, destruye sus partituras, vende la mansión que habían compartido, despide a los sirvientes, recupera su apellido de soltera y se instala en un modesto apartamento parisino. No conserva el menor rastro de su vida anterior, excepto un colgante de piedras azules que adornaba la habitación de su hija. Ahora, la única familia de Julie es su propia madre, ingresada en una residencia, aunque la anciana, que ya no la reconoce, la confunde con otra persona cuando la va a visitar...

La primera entrega de la trilogía dedicada a los colores de la bandera francesa denota un cierto amaneramiento en su puesta en escena que tal vez sea debido al hecho de rodar en otro país y en otra lengua. En cualquier caso, la premisa de anteponer el azul al normal desarrollo del relato provoca que la filigrana acabe por devorar al argumento. En ese sentido, es muy probable que Kieślowski hubiese ya dado lo mejor de sí mismo cuando era aquel cineasta valiente, dispuesto a enfrentarse a la férrea maquinaria del Estado polaco durante la época del comunismo, en vez de un prestigioso realizador del Este invitado a trabajar en Francia por el todopoderoso Marin Karmitz.



Aun así, no puede negarse que Bleu sigue siendo una gran película, sobre todo gracias a la soberbia banda sonora compuesta por Zbigniew Preisner y en especial por esa «Canción para la unificación de Europa» cuya letra, procedente de la Primera epístola de San Pablo a los corintios, prefigura, en buena medida, el comportamiento que observará la protagonista durante todo el filme.

Porque, como ya sucediera en su célebre Decálogo (donde cada episodio estaba inspirado en uno de los diez mandamientos), los títulos que integran la trilogía Trois couleurs parten, respectivamente, de los elementos que conforman el lema de la República Francesa. De modo que, para Kieślowski, el azul es el color de la libertad. La misma que aspira a conseguir Julie a toda costa, aun a riesgo de aislarse del mundo.


viernes, 2 de agosto de 2019

La doble vida de Verónica (1991)




Título original: La double vie de Véronique
Director: Krzysztof Kieślowski
Francia/Polonia/Noruega, 1991, 98 minutos

La doble vida de Verónica (1991)
de Krzysztof Kieślowski


Dos jóvenes, idénticas hasta en el nombre, nacieron el mismo día, aunque en distintos lugares del mundo: una en París y la otra en Cracovia. En principio, ambas viven sin ser conscientes de la existencia de un doble, pero lo cierto es que sus respectivos destinos están indisolublemente conectados.

« Madame Bovary, c'est moi... » Ni Flaubert pronunció jamás la tan célebre frase que con tanta insistencia se le atribuye ni, probablemente, Kieślowski concibió La doble vida de Verónica como un filme autobiográfico. Y, sin embargo, puestos a buscar una explicación que arroje un poco de luz sobre el posible significado de una historia a caballo entre lo metafísico y lo poético, cabría la posibilidad de que las dos mujeres representasen las dos existencias del cineasta: una primera en Polonia, bajo el yugo comunista; la segunda, ya en Francia, pudiendo rodar con entera libertad los que iban a ser sus últimos proyectos.



Como ya será habitual en lo sucesivo, la música de Zbigniew Preisner adquiere en esta película un protagonismo considerable, ya sea musicando un pasaje del "Paraíso" de la Divina Comedia o mediante el subterfugio de valerse de un apócrifo holandés del siglo XVIII, llamado Van De Budenmayer, al que también se aludía en la novena entrega del Decálogo y que volverá a mencionarse en Trois couleurs: Rouge (1994), donde la protagonista, por cierto, es de nuevo Irène Jacob.

Abundando en la simbología que encierra el guion escrito por Piesiewicz y Kieślowski, convendría llamar la atención sobre el hecho de que Alexandre Fabbri (Philippe Volter) es, además de aspirante a escritor, un consumado experto en el arte de manejar las marionetas. Y ¿qué es Verónica, sino un títere en manos del destino? ¿Y la anciana que camina encorvada por la calle? ¿Acaso no pudiera ser un indicio de la presencia divina en aquel lugar, como el personaje de Artur Barcis en el Decálogo? Muchas incógnitas y ninguna respuesta: "Triste es el fin de quien muere conocido por todos, pero siendo un misterio para sí mismo".


domingo, 28 de julio de 2019

Decálogo, diez (1989)

















Título original: Dekalog, dziesięć
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1989, 57 minutos

Decálogo, diez (1989) de Krzysztof Kieślowski

"No codiciarás los bienes ajenos". Como todo el mundo sabe, los grandes coleccionistas, movidos por un irrefrenable afán acaparador, atesoran compulsivamente piezas valiosísimas durante toda la vida para que, una vez muertos, sus herederos se deshagan de ellas sin el menor miramiento. Quizá por ello, porque Kieślowski y Piesiewicz se reservaban una pirueta sarcástica para culminar su Decálogo, la décima y última entrega de la serie tiene como protagonistas a los hijos de un filatélico difunto.

Que ambicionan sacarse una pasta a costa de la admirable colección que les ha legado el finado, si no fuera porque, en los círculos en los que se van a tener que mover, la picaresca es casi o incluso más importante que saber reconocer un ejemplar de valor incalculable.

En aras de subrayar la vis cómica de la historia, los hermanos Jerzy (Jerzy Stuhr) y Artur (Zbigniew Zamachowski) poseen caracteres del todo opuestos, de manera que si el primero es un padre de familia serio y un poco crédulo (la "broma" le costará un riñón...), el otro, en cambio, es un célebre cantante de rock dispuesto a echarle morro al asunto.


Decálogo, nueve (1990)
















Título original: Dekalog, dziewięć
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 58 minutos

Decálogo, nueve (1990) de Krzysztof Kieślowski

"No desearás a la mujer de tu prójimo". Tras recibir la confirmación, por parte de su médico de cabecera, de que, en lo sucesivo, ya no podrá mantener relaciones sexuales satisfactorias, Roman (Piotr Machalica) se irá distanciando progresivamente de su esposa, motivo por el cual Hanka (Ewa Blaszczyk) tiene una aventura con otro hombre. Sin embargo, los celos van a desatar una tormenta de resultados imprevisibles en el interior de Roman...

De hecho, llegará al extremo de pincharle el teléfono a Hanka y hasta de trasladarse al apartamento en el que su mujer y su amante se dan cita para así presenciar los encuentros amorosos de la pareja. Conducta obsesiva suscitada por la impotencia y que terminará derivando en una violenta pulsión suicida.

Al margen de lo arriba expuesto, la novena entrega del Decálogo es célebre por anticipar una serie de elementos que Kieślowski reutilizará en los títulos más destacados de su posterior filmografía, básicamente La doble vida de Verónica (1991) y la trilogía de los Tres colores (1993-1994).


viernes, 26 de julio de 2019

No matarás (1988)

















Título original: Krótki film o zabijaniu
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1988, 84 minutos

No matarás (1988) de Krzysztof Kieślowski

El presidente Trump aboga en un mitin por recuperar la pena de muerte y las masas enfervorizadas aplauden de inmediato la ocurrencia como si en ella radicase la solución a todos los males. Son unas imágenes que hoy han reproducido los noticiarios de todo el mundo y que, sin proponérselo, demuestran la vigencia que sigue teniendo el filme de Kieślowski.

Porque, más allá de ser uno de los mandamientos capitales (si no el que más), "No matarás" significa, ante todo, "No matarás aunque seas el Estado y tu víctima un asesino sin atenuantes". Dos momentos de la película avalan con especial crudeza dicha tesis: uno es el asesinato del taxista, brutal y arbitrario; el otro, la sofisticada maquinaria que el estamento jurídico ha diseñado para acabar ensañándose sobre el reo con similar ferocidad...



Sin embargo, cuando, a raíz de las pesquisas del sumario, tengamos noticia de los antecedentes familiares y de la sordidez ambiental que han determinado la conducta de Jacek (Miroslaw Baka) se hará todavía más evidente la absurdidad de un sistema que no sólo engendra violencia, sino que, paradójicamente, se vale de ella para reprimirla.

He ahí el sombrío círculo vicioso en el que la especie humana se halla inmersa desde que el mundo es mundo y que Kieślowski, sabedor de las debilidades que nos impiden eludirlo, opta por traducir visualmente oscureciendo los márgenes del encuadre, a veces incluso la mitad de la pantalla.


jueves, 25 de julio de 2019

Decálogo, ocho (1990)




















Título original: Dekalog, osiem
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 55 minutos

Decálogo, ocho (1990) de Krzysztof Kieślowski

"No dirás falso testimonio ni mentirás". Que la protagonista del capítulo octavo del Decálogo sea una distinguida profesora universitaria de ética no es precisamente casual, ya que lo que va a destaparse es un oscuro episodio de su pasado que pondrá en tela de juicio la presunta rectitud moral de la mujer.

Pero también asistimos a la trascendental confrontación de Elzbieta (Teresa Marczewska) con su verdadera identidad: la de la niña judía que en 1943 a punto estuvo de morir a manos de los nazis y que, milagrosamente, salvó el pellejo para convertirse, años más tarde, en una eminente investigadora norteamericana experta en el tema del holocausto.

El colaboracionismo es, por definición, uno de los asuntos más incómodos que puedan abordarse tanto en el plano de la ficción como, sobre todo, en el estrictamente historiográfico. De ahí que Piesiewicz y Kieślowski, ya de por sí ambiguos en el tratamiento de la mayoría de sus guiones, eviten en éste de un modo especial el hablar a las claras, limitándose a diseminar, aquí y allá, leves indicios que permitan desentrañar la auténtica naturaleza de los personajes. Como ese vecino de Zofia (Maria Koscialkowska) que presume orgulloso de su colección de sellos alemanes o el hijo ausente de la mujer, que se niega a vivir con ella porque quizá intuye la implicación que tuvo su madre con el genocidio.


Decálogo, siete (1990)


















Título original: Dekalog, siedem
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 55 minutos

Decálogo, siete (1990) de Krzysztof Kieślowski

"No robarás..." Aunque la séptima entrega del Decálogo de Kieślowski también podría titularse "El que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón". Porque el dilema al que debe enfrentarse la joven Majka (Maja Barelkowska) pasará, forzosamente, por una drástica solución: habiéndose quedado embarazada a muy temprana edad, fue su propia madre quien le arrebató a la criatura para educarla como si fuese suya (y haciendo creer a la niña que es hija de la abuela).

Cuando finalmente Majka se lía la manta a la cabeza y decide fugarse con la pequeña, quizá ya es demasiado tarde. Sobre todo porque es muy improbable que Ania vaya a llamar "mamá" a quien ella sigue considerando su hermana mayor.

De nuevo una pizca de tragedia griega planeando sobre la trama ideada por Piesiewicz y Kieślowski. Que, una vez más, derivará en interesantes connotaciones freudianas. A título de ejemplo, baste señalar que la pobre Ania es aquejada por terribles y frecuentes pesadillas que la hacen despertarse gritando en mitad de la noche. Qué son o qué simbolizan esos lobos con los que sueña queda abierto a la especulación de los espectadores.


miércoles, 24 de julio de 2019

Sin fin (1985)




Título original: Bez końca
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1985, 107 minutos

Sin fin (1985) de Krzysztof Kieślowski


Es axioma universalmente aceptado en los círculos cinéfilos considerar buen augurio el hecho de que una película dé comienzo siendo narrada por un difunto. Así arrancaba, por ejemplo, Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, 1950) de Billy Wilder, por citar el paradigma de tan necrófila categoría. 

Y así es como empieza Bez końca, el filme que supondría la primera de tantísimas colaboraciones entre el cineasta Krzysztof Kieślowski y su guionista habitual, a partir de entonces, Krzysztof Piesiewicz. También fue, por cierto, el inicio de la fructífera asociación entre Kieślowski y el compositor Zbigniew Preisner. Conforman el reparto muchos de los actores habituales en las producciones del director polaco: Grazyna Szapolowska (Urszula), Aleksander Bardini (el letrado Labrador), Maria Pakulnis (Joanna), Artur Barciś (el encarcelado Darek)…

El difunto Antek (Jerzy Radziwilowicz)


Crítica con el sistema socialista en la misma medida que lo había sido, anteriormente, El azar (1981), Sin fin plantea un escenario moralmente desolador como consecuencia del estado de sitio decretado por el general Jaruzelski entre diciembre de 1981 y julio de 1983. Una drástica y sanguinaria ley marcial mediante la que se pretendió neutralizar la creciente popularidad del sindicato católico Solidarność.

He ahí el contexto histórico y social en el que se desarrolla la historia de Urszula, traductora de Orwell, madre de un hijo y viuda del abogado cuyo espíritu, ya desde la escena inicial, va a ser testigo de la mayor parte de acontecimientos. Puede que Piesiewicz y Kieślowski no albergasen la más mínima intención de valerse de símbolos en su cine —tal y como manifestara el primero de ellos, hace unos días, en su reciente visita a la Filmoteca de Catalunya—, aunque ello no impide que quien lo desee vea, en determinados momentos de Bez końca (el curandero que "sana" a sus pacientes a través de la hipnosis, la fiel esposa que aparca sus ideales para prostituirse a cambio de cincuenta míseros dólares...), una advertencia certera de lo que le esperaba a Polonia tras el comunismo.


martes, 23 de julio de 2019

Decálogo, cuatro (1990)

















Título original: Dekalog, cztery
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 55 minutos

Decálogo, cuatro (1990) de Krzysztof Kieślowski

"Honrarás a tu padre y a tu madre". Según la mayoría de comentaristas, el cuarto episodio del Decálogo aborda lo que podría calificarse de caso edípico. Y es que, como en las mejores tragedias griegas, Anka (Adrianna Biedrzynska) viola un tabú en forma de sobre cuyo contenido no debería haberse desvelado hasta después de la muerte del padre (Janusz Gajos).

A raíz de las revelaciones que desencadena dicha transgresión, la joven —quien, sintomáticamente, es estudiante de arte dramático— no dudará en confesar lo muy atraída que se siente hacia la figura paterna, con todo lo que ello conlleva.

Sin embargo, y ahí es cuando interviene el habitual toque irónico del tándem Kieślowski/Piesiewicz, las cosas no son siempre lo que parecen y una verdad o una mentira se pueden intercambiar como si nada con tal de mantener las cosas tal y como estaban... Mientras tanto, el habitual y sigiloso vecino que se pasea por el barrio a lo largo de las diez entregas (Artur Barciś), deambula tranquilamente parapetado bajo el casco de una canoa blanca.


Decálogo, tres (1990)




Título original: Dekalog, trzy
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1990, 56 minutos

Decálogo, tres (1990) de Krzysztof Kieślowski


"Santificarás las fiestas". Puede que la nochebuena no sea el momento idóneo para ir en busca de tu antiguo amante y pedirle un favor de los gordos. Sobre todo si éste consiste en que te ayude a localizar a tu marido por los hospitales de Varsovia...

Pero Janusz (Daniel Olbrychski) ejerce como taxista, cosa que facilita enormemente los desplazamientos a través de la capital en las gélidas noches de invierno. De modo que Ewa (Maria Pakulnis) recurre a él, a pesar de que no le hubiera quedado muy buen recuerdo de la relación que un día los unió.

Y aunque dicho argumento parezca propio de una comedia negra —con el buen hombre plantando a su esposa e hijos en la vigilia de Navidad y fingiendo, para más inri, el robo de su propio vehículo— lo cierto es que todo en esta tercera entrega del Decálogo destila un innegable sabor a soledad: la de quienes un buen día renunciaron a su propia felicidad a cambio del tedioso bienestar familiar.


martes, 16 de julio de 2019

Decálogo, dos (1990)
















Título original: Dekalog, dwa
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1990, 57 minutos

Decálogo, dos (1990) de Krzysztof Kieślowski

"No tomarás el nombre de Dios en vano." Arduo dilema el que planteaba la segunda entrega del Decálogo de Kieślowski. Una mujer, violinista de la orquesta filarmónica, acude a la consulta de un veterano doctor aquejada por una disyuntiva de muy difícil solución: su marido está en coma y ella embarazada de otro hombre. ¿Qué puede hacer? Si el facultativo le asegura que el esposo carece de opciones de salvarse, ella tendría el niño; pero en caso de que aquél sobreviviera, no le quedaría más remedio que abortar.

Sin comerlo ni beberlo, el médico se siente forzado, en cierta manera, a actuar como Dios, puesto que de su respuesta dependerá el que se salve una vida humana o no. Con el añadido, nada desdeñable, por otra parte, de la carga de conciencia que ello representa en un país de fuerte tradición católica como es el caso de Polonia.

Y es que, independientemente de lo que decidan, tanto el uno como la otra arrastran el peso de su propio pasado, cada cual con sus respectivos fantasmas (el viejo galeno, sin ir más lejos, se sincera a menudo con su asistenta mientras toman el té en la cocina de su apartamento). Sea como fuere, a Kieślowski lo que le gusta filmar de cerca son esas pequeñas filigranas que actúan como paralelismo sutil del estado anímico de sus personajes. Así, por ejemplo, cuando Andrzej despierte de su largo letargo, se insertará el primer plano de una avispa que, casi ahogada en el interior de un vaso, logra en el último instante librarse de una muerte que parecía segura.


Decálogo, uno (1989)




Título original: Dekalog, jeden
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia/Alemania, 1989, 53 minutos

Decálogo, Uno (1989) de Krzysztof Kieślowski


"Amarás a Dios sobre todas las cosas". En esta primera entrega de su particular Decálogo, Kieślowski y el guionista Krzysztof Piesiewicz plantean la situación límite que debe afrontar un padre cuyo hijo fallece como consecuencia de haberse roto el hielo sobre el que patinaba el niño. Fatalidad aún más dolorosa si se tiene en cuenta que es el hombre quien, fiándose de la supuesta infalibilidad de sus propios cálculos matemáticos, envía a la criatura al fatídico destino que le aguarda sobre la superficie helada del lago.

Pese a llamarse Krzysztof, no se puede decir que este individuo sea particularmente cristiano: profesor universitario en la Facultad de Lingüística, mantiene una actitud vital basada, ante todo, en la confianza ciega en la razón. De ahí su pasión por los ordenadores, la aritmética o el ajedrez, aficiones, todas ellas, que ha ido inculcándole al pequeño Pawel (otro nombre irónico, por cierto, teniendo en cuenta que este último no se cae de un caballo para ganar la fe, sino que cae al agua para perder la vida).

Kieślowski, pesimista confeso e irredento, parece que haga gala de un especial gusto por el sarcasmo al colocar al padre en semejante tesitura, ya que, falto de todo fervor religioso, el hombre no puede hallar ni respuesta ni consuelo frente al altar que, desesperado, termina por derribar: tirado por el suelo, sobre un icono de la Virgen caerán algunas gotas de cera que, procedentes de los cirios que lo alumbraban, semejan lágrimas.


jueves, 4 de julio de 2019

No amarás (1988)




Título original: Krótki film o milosci
Director: Krzysztof Kieślowski
Polonia, 1988, 87 minutos

No amarás (1988) de Krzysztof Kieślowski


En esencia, el planteamiento de No amarás no dista gran cosa del de La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) de Hitchcock: un muchacho de diecinueve años, solitario y enfermizamente tímido, vive obsesionado por su madura vecina de enfrente, a la que espía con la ayuda de un telescopio. Sin embargo, en manos de Krzysztof Kieślowski (1941–1996) la historia adquiere una dimensión cuasi trascendente que va mucho más allá de la intriga morbosa (por otra parte magistral) del Mago del suspense.



La Filmoteca de Catalunya inauguraba esta tarde retrospectiva y exposición dedicadas al cineasta polaco. Y lo hacía de la mano de Krzysztof Piesiewicz, el guionista habitual de buena parte de sus películas. Hombre dotado de una circunspección típicamente eslava, en sus respuestas a las preguntas del público denota, en cambio, una cercanía que se traduce en explicaciones detalladas, sin prisas, ahondando en las cuestiones que se le plantean. Así, por ejemplo, rechaza las comparaciones con Tarkovsky, en cuyos filmes los vasos levitan, y se muestra partidario de un realismo metafísico alejado de todo simbolismo.



Es decir, que ni las botellas de leche que Tomek (Olaf Lubaszenko) deja en la puerta de Magda (Grazyna Szapolowska) representan la maternidad ni el hombre vestido de blanco que pulula por el barrio acarreando una maleta es un ángel o el ojo de Dios: si alguien ha planteado dichas interpretaciones es porque pierde de vista que el muchacho necesita hacerse pasar por lechero para poder estar cerca de la mujer o que en la zona de apartamentos en la que ambos viven hay otros vecinos.

Sexto episodio del Decálogo televisivo de Kieślowski, No amarás tuvo, no obstante, esta otra versión extendida y con un final distinto, algo que provocó disensiones entre el director y Piesiewicz, quien admite que no le gusta que Magda, en el último plano, se vea a sí misma a través del catalejo. En cualquier caso, ésta es una película sobre miradas que nos habla de un amor imposible y qué mejor manera de terminarla que con una escena que es, en sí misma, un homenaje al propio cine.