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sábado, 21 de diciembre de 2019

Buenos días (1959)




Título original: Ohayô
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1959, 90 minutos

Buenos días (1959) de Yasujiro Ozu

La historia que había concebido originalmente, tiempo atrás, tenía un tono muy contenido. Sin embargo, a medida que envejezco, pienso también en los aspectos comerciales, así que la transformé en un producto que entretuviera al publico. O, mejor dicho, más que una preocupación por los aspectos comerciales, quería que la película llegara al público más amplio posible.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Sí: Ozu también hizo comedias. Algo que conviene tener en cuenta, tratándose de un cineasta cuyos filmes, la mayor parte de las veces, se suelen encuadrar en la categoría, hasta cierto punto etérea, del "drama familiar". Éste, en concreto, es el remake un tanto sui géneris de He nacido, pero... (1932), película muda del propio realizador japonés que ya tuvimos ocasión de comentar en este mismo blog hace algunas semanas. Aunque, a decir verdad, ambas cintas son tan diferentes entre sí que únicamente comparten la idea central: una pareja de hermanos de corta edad que se atreve a cuestionar la autoridad paterna hasta el punto de declararse en huelga (de hambre o de silencio, respectivamente).

En realidad, Ohayô nos habla de temas que, a finales de la década de los cincuenta, estaban a la orden del día en el país asiático, tales como la antinomia entre progreso occidentalizante y la preservación de las esencias tradicionales o, de un modo más preciso, los peligros que iba a comportar en el seno de la sociedad nipona la irrupción de un artilugio maligno, rival directo del cinematógrafo, y hacia el que Ozu muestra una desconfianza sin ambages: la televisión. De hecho, el motivo de la discordia paternofilial será precisamente la compra de un receptor, razón por la cual los chicos se refugian, siempre que pueden, en casa de unos vecinos para ver los combates televisados de sumo.



"Alguien dijo que la televisión producirá cien millones de idiotas..." La frase —proferida, no sin cierta preocupación, por el padre (Chishû Ryû) mientras éste charla con sus amigos en la barra de un bar— pone de manifiesto, bien a las claras, los recelos que dicho invento suscitaba en una época de cambios profundos marcada por la rápida expansión de nuevos usos y costumbres, la mayoría importados del mundo anglosajón, que en Buenos días se concretan en la obsesión por hacer que los niños aprendan inglés o en ciertos elementos del interior de las casas (electrodomésticos, ventanas y puertas correderas de cristal en lugar del clásico papel de arroz...) que demuestran hasta qué punto los tiempos estaban cambiando.

Por último, y obedeciendo a la voluntad expresa de "llegar al público más amplio posible", Ozu no duda en explotar al máximo la vis cómica de unos niños que, ya sea mediante concursos de flatulencias (provocadas por la ingestión de piedra pómez) o cualquier otro tipo de monerías más o menos divertidas, terminan por ganarse la simpatía del espectador.


miércoles, 11 de diciembre de 2019

El sabor del té verde con arroz (1952)




Título original: Ochazuke no aji / お茶漬けの味
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1952, 116 minutos

El sabor del té verde con arroz (1952) de
Yasujiro Ozu

Era un guion escrito durante la guerra y guardado a buen recaudo a causa de la censura de entonces, lo cual era una pena. Así que lo recuperé. En la primera versión el protagonista partía para la guerra, pero los tiempos han cambiado. Lo modifiqué, y en la nueva versión el protagonista se marchaba a Sudamérica. Con esto se debilitó el aspecto dramático de la historia, pero lo que yo quería transmitir era que en un hombre hay otras cualidades propiamente masculinas, aparte de las que normalmente miran las mujeres, como la belleza del rostro o el buen gusto. Pero creo que no lo conseguí.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Carpas en un estanque devorando ávidamente el cebo que les echan unas jóvenes; oficinistas que juegan a pachinko al concluir su jornada laboral; conciliábulos de esposas indómitas; crisis matrimoniales, como consecuencia de una rutina insufrible, que se saldan con mucha sabiduría y un poco de arroz en su punto…

Desde su misma génesis, el hecho de que Ochazuke no aji fuese un antiguo proyecto reelaborado para adaptarlo a los nuevos tiempos terminaría condicionando la propia esencia de una película en la que hay algo que no acaba de convencer. Porque no es lo mismo irse a la guerra que irse a Montevideo, ni la floreciente sociedad nipona de principios de los cincuenta, algo más acomodada tras el período de ocupación estadounidense, daba el mismo juego en términos melodramáticos.



En realidad, y esto es una constante en la filmografía de Ozu, la película vuelve a plantear, por enésima vez, el conflicto generacional entre la vieja guardia, partidaria de mantener las tradiciones, y una nueva generación de mujeres pro occidentales que opta por rebelarse contra los dictados de la autoridad marital o paterna. De ahí que la díscola sobrina, ataviada con ropajes modernos (en oposición al perenne quimono de su tía), se niegue a aceptar un casamiento concertado que va en contra de sus principios de mujer independiente.

Por lo demás, El sabor del té verde con arroz contiene el consabido recital de planos desprovistos de presencia humana en los que el director se explaya mostrando los interiores de una estilizada vivienda japonesa, a la que convierte, como en la mayoría de sus filmes, sobre todo los últimos, en un "personaje" más de la trama. Quedarán para el recuerdo la escena en la que Chishû Ryû, secundario habitual en los repartos del maestro, se marca un número musical entonando una vieja tonada o el sobrio banquete doméstico mediante el que el matrimonio Satake intenta limar sus asperezas.


jueves, 14 de noviembre de 2019

Otoño tardío (1960)




Título original: Akibiyori
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1960, 128 minutos

Otoño tardío (1960) de Yasujiro Ozu

En este mundo todos consiguen que se vuelvan complicadas hasta las cosas más simples. Y aunque parezca compleja, la esencia de la vida puede resultar, inesperadamente, de lo más sencilla. Esto es lo que quería yo explicar con esta película. [...] Hacer emerger una tristeza llena de dignidad, aparcando todos los componentes dramáticos y no haciendo llorar a los personajes, hacer sentir el pulso de eso que llamamos vida, sin utilizar acontecimientos especiales... eso es lo que he intentado por todos los medios llevar a la escena.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Revisar la filmografía de Ozu, título a título y en un breve lapso de tiempo, puede provocar que determinados espectadores no lleguen a apreciarla en su justa medida por el simple hecho de que la mayoría de películas se parecen bastante entre ellas. Craso error, ya que es en realidad nuestra mirada occidental —enferma de prejuicios románticos pese a que las vanguardias entonaran, en su día, la necesidad de matar, de una vez por todas, al claro de luna— la que se resiste a aceptar que todo un corpus se articule a partir de variaciones sobre un mismo tema.

Y, sin embargo, basta revisar la literatura anterior al siglo XIX para darse cuenta enseguida de que incluso aquí hubo artistas que aplicaron el mismo método de trabajo. ¿O es que la mayoría de sonetos del Siglo de Oro no están escritos sobre la base de un mismo patrón? Curiosamente, muchos de los poetas de aquel período que han pasado a formar parte de nuestro canon, los que hoy consideramos más "originales" (Garcilaso, Lope...), fueron redescubiertos y salvados del olvido gracias a la sensibilidad romántica, que los prefirió frente a otros más anodinos (Hurtado de Mendoza, Herrera...), pero no por ello forzosamente desdeñables.

Las botellas de cerveza de la marca Sapporo aparecen en no pocos filmes de Ozu

Consideraciones que pueden aplicarse sin mayor problema al cine de Ozu y a su enésima versión de una historia con tintes autobiográficos a la que el director japonés recurrió asiduamente. Porque, sin ser lo que hoy llamaríamos un remake, Akibiyori planteaba de nuevo la dificultad de los hijos solteros para abandonar el hogar familiar. En este caso, centrándose en una estrecha relación madre-hija agravada por la viudez de la señora Miwa (Setsuko Hara) y el empeño de su entorno por buscarle un nuevo marido.

A diferencia de propuestas anteriores —estamos pensando, básicamente, en el drama Primavera tardía (1949)— o incluso posteriores, como la sublime El sabor del sake (1962), con la que cerraría su carrera, Ozu prefirió que Otoño tardío tuviese, en cambio, un cierto aire de comedia sofisticada a lo Lubitsch, con esos banquetes en los que los tres amigos del difunto no sólo ponen de manifiesto un machismo a todas luces inherente a la tradición japonesa, sino que colocan las botellas de cerveza sobre la mesa de manera que se vea siempre la marca. Y es que Ozu, por muy trascendental que fuese, también se dejó tentar por los posibles dividendos de una publicidad incipiente.


martes, 12 de noviembre de 2019

El sabor del sake (1962)




Título original: Sanma no aji
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1962, 113 minutos

El sabor del sake (1962) de Yasujiro Ozu

Mientras escribíamos [el guion] falleció la madre de Ozu, y cuando, terminado el funeral, regresó a Tateshina, Ozu escribió en su diario esta nota: [...] "¡Qué dolorosa es para mí la primavera, qué doloroso beber este sake! Mientras hablo de cosas que no tienen sitio en mi corazón crece la añoranza por la primavera que pasa".

Kogo Noda y Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Ozu se despedía del mundo y del cine con una de sus típicas historias familiares, en esta ocasión sin la actriz Setsuko Hara en el reparto, pero con la presencia del siempre eficaz Chishû Ryû interpretando a uno de esos viudos entrañables que se van a vivir con los hijos.

En esencia, Sanma no aji —algo así como "El sabor del lucio" (que no "del sake", como reza la traducción castellana)— comparte no pocos elementos con otra cinta de Ozu que ya tuvimos ocasión de comentar aquí hace apenas unos días: Primavera tardía (Banshun, 1949). De hecho, son abundantes los paralelismos entre una y otra, desde el actor protagonista (de nuevo Chishû Ryû) hasta la dependencia padre-hija o la obsesión por buscarle, a toda costa, un marido a la muchacha.



Muchas de estas similitudes han sido estudiadas por la arquitecta Marta Peris Eugenio, autora del libro La casa de Ozu (Shangrilá Ediciones), cuyo contenido, fruto de su tesis doctoral, ha servido para ilustrar la presentación de esta tarde en la sala Laya de la Filmoteca catalana. Por ejemplo en lo tocante a cómo el cineasta solía recrear en sus películas el interior de una típica casa japonesa (estilizada, todo líneas puras, casi como un cuadro de Mondrian), a consecuencia de un elegante proceso de depuración que se irá acentuando conforme pasen los años.

Lo cual desemboca, en un alarde minimalista avant la lettre, en lo que Peris denomina "planos vacíos": momentos de transición en los que el encuadre queda provisionalmente despoblado de figuras humanas durante escasos segundos, confiriendo, así, al espacio un protagonismo que entronca de pleno con la visión trascendente de la realidad por parte del cineasta.


domingo, 10 de noviembre de 2019

Primavera tardía (1949)




Título original: Banshun / 晚春
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1949, 108 minutos

Primavera tardía (1949) de Yasujiro Ozu

Dicen que soy muy meticuloso cuando se trata de la calidad de los pequeños detalles de la escena, o de los vestidos que llevan los actores. Es cierto. [...] En cualquier caso, aunque se pueda engañar al ojo de la gente no se puede engañar a la cámara de cine. Las cosas auténticas ganan cuando se ven filmadas...

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

En su ya clásico estudio a propósito del cine de Ozu, Bresson y Dreyer, el también director Paul Schrader hablaba de un estilo trascendental que todos ellos tendrían en común. Y a fe que, al revisar Primavera tardía, hay determinados momentos en los que uno puede tener la sensación de estar viendo una película de cualquiera de los tres. Como, por ejemplo, esa manzana que el padre (Chishû Ryû) pela pacientemente en la última secuencia y que vendría a ser una suerte de metáfora visual a propósito de la soledad que el anciano sabe que le espera tras haberse roto el vínculo que lo unía con su hija (Setsuko Hara).

Porque, siempre a vueltas con la misma temática, Ozu (célibe recalcitrante que pasó casi toda su vida con su madre y que jamás llegaría a contraer matrimonio) incide por enésima vez en la presión social que el entorno ejerce sobre una mujer soltera para que se busque marido, agravada por la decisión paterna de volver a casarse él mismo en segundas nupcias.



Aunque, y ello resulta, asimismo, de enorme interés por lo que tiene de documento histórico, otro rasgo llamativo de Banshun son las alusiones que contiene a la reciente contienda mundial, apenas cuatro años después de su fatal desenlace, así como pequeños detalles (un anuncio de Coca-Cola, la señalización que marca los límites de velocidad en inglés...) que denotan la presencia americana en el país.

Una pareja que pasea sosegadamente en bicicleta bajo el sol; trenes que avanzan con la misma parsimonia con la que fluye la acción; la familia pasando el día en los templos de Kamakura; padre e hija embelesados durante una representación de teatro noh que parece salida de un filme de Mizoguchi... En definitiva, son muchos los instantes memorables de una película marcada por el habitual tono cadencioso que caracteriza la filmografía de Ozu.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Principios de verano (1951)




Título original: Bakushû
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1951, 125 minutos

Principios de verano (1951) de Yasujiro Ozu

En esta película, más que la historia en sí, quería ilustrar algo más profundo... como el samsara o la fugacidad de las cosas (mujo). Así que trabajé muy duro. Hubo quien dijo que el niño que aparece en la película es demasiado vivaz e indisciplinado. Pero es la edad: cuando crezca cambiará. He tratado de no contarlo todo exhaustivamente, de dejar aquí y allá un toque de indefinición para dar a la película un sabor agradable que se pudiera degustar cada vez que se viera. Creo que las personas que tienen ese tipo de sensibilidad lo habrán entendido... Y Setsuko Hara es una persona exquisita. Me gustaría tener otras cuatro o cinco actrices como ella.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Como todo gran cineasta, Ozu posee un estilo capaz de evocar la obra de otros grandes directores: individuos que, pese a vivir y rodar en regiones o épocas muy distantes a las del japonés, participan, sin embargo, de una misma sensibilidad artística. ¿Cómo ver Bakushû y no acordarse de la afabilidad de los personajes de Rohmer? ¿O los ideogramas de los títulos de crédito, bellamente dibujados sobre tela de saco, sin pensar en la fórmula recurrente de la que Woody Allen suele servirse para dotar a sus filmes de un sello personal e inmediatamente reconocible? Hasta un realizador en apariencia tan alejado de Ozu como Eugène Green, ¿no podría haber aprendido de él esa particular insistencia en hacer que los actores digan sus diálogos mirando frontalmente a cámara?

En cualquier caso, Principios de verano presenta un conflicto familiar hasta cierto punto parecido al que, siete años después, se expondría en Flores de equinoccio (1958): la libertad de las mujeres para elegir marido. Tema que hoy puede sonar a rancio, pero que, en el contexto de un país en vías de modernización, revela el empeño de algunos sectores de la sociedad nipona por enterrar definitivamente cualquier atisbo de su pasado feudal.



Y lo mismo podría decirse respecto a los más pequeños del hogar, siempre dispuestos a perpetrar alguna que otra trastada, preferiblemente abusando de la paciencia de los abuelos, y cuya simpatía prefigura, asimismo, la que Ozu acabará de explotar en el que, con toda probabilidad, sea uno de los títulos más populares del tramo final de su filmografía: Ohayô (1959).

Con todo, y por más controversia que pudiera generar en la época la decisión finalmente adoptada por la protagonista, queda claro que desde la industria cinematográfica del país asiático se abogaba por la independencia de la mujer como uno de los medios más eficientes para favorecer que la sociedad avanzara en la dirección correcta. Y ello —como, por otra parte, es habitual en Ozu— sin perder ni un ápice de la serenidad que le era tan característica.