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miércoles, 14 de mayo de 2025

La buena letra (2025)




Directora: Celia Rico
España, 2025, 110 minutos

La buena letra (2025) de Celia Rico


Es una historia de silencios, como no podía serlo de otro modo estando ambientada en plena posguerra. De hecho, la fotografía de Sara Gallego refuerza esa sensación de aislamiento mediante una gama de tonalidades apagadas muy en consonancia con la existencia gris que llevan los personajes de La buena letra (2025). Vidas a buen seguro marcadas por el trauma posterior a la contienda civil cuyos comportamientos son, en buena medida, consecuencia de lo que callan, más que de lo que aparece reflejado en pantalla.

Partiendo de dicha premisa, el nuevo largometraje de la sevillana Celia Rico, tercero de su carrera tras los muy notables Viaje al cuarto de una madre (2018) y Los pequeños amores (2024), se concibe como una atmósfera hermética que apenas permite intuir las tribulaciones que enturbian la relación de Ana (Loreto Mauleón) con su marido (Roger Casamajor) y un cuñado (Enric Auquer) que irrumpe en escena para acabar de excitar los ánimos. Sólo falta que la nota "exótica" de Isabel (Ana Rujas), residente en Londres durante años, introduzca un elemento más de zozobra para que la estabilidad familiar se vaya al traste.



La mirada íntima y delicada de su directora sitúa la acción en un austero entorno rural de la Comunidad Valenciana en el que de nuevo explora las relaciones madre-hija, esta vez a través de la figura de una niña que no acaba de entender muy bien las disputas cainitas entre los adultos que la rodean.

Ingredientes todos ellos, extraídos de la novela homónima de Rafael Chirbes (1949-2015), con los que se elabora una película de enorme sutileza y profundidad psicológica que transcurre casi íntegramente en el interior de un hogar humilde. Espacio propicio para miradas y gestos cómplices, guisos aderezados con laurel y coplas de Concha Piquer. Y un desenlace trágico que no es sino la consecuencia de toda la angustia latente que se intuye de principio a fin de la trama.



sábado, 16 de septiembre de 2023

La vampira de Barcelona (2020)




Director: Lluís Danés
España, 2020, 106 minutos

La vampira de Barcelona (2020) de Lluís Danés


Una puesta en escena deliberadamente teatral (en el buen sentido de la palabra) permite que la acción de La vampira de Barcelona (2020) transcurra en la Ciudad Condal de principios del siglo XX sin menoscabo de la verosimilitud o credibilidad de su trama. Que, como todo el mundo sabe a estas alturas, recrea un caso real que en su momento hizo correr ríos de tinta: el de Enriqueta Martí Ripollés (1868-1913), más conocida como «La vampira de la calle de Poniente (hoy Joaquín Costa)» o «La vampira del Raval».

Jugando continuamente con el contraste entre las secuencias en color (pocas, con predominio del rojo) y el blanco y negro de la práctica totalidad del relato, el realizador Lluís Danés firmaba una interesantísima cinta, en formato panorámico, en la que lo histórico y lo onírico se daban la mano con absoluta naturalidad. A este respecto, la dirección artística del propio Danés destaca por una imaginativa concepción de los decorados que en ocasiones rehúye el realismo para adentrarse por unos vericuetos que pudieran recordar remotamente a los de la estética del expresionismo.



Sin embargo, el guion de Lluís Arcarazo y la novelista María Jaén no hace recaer el protagonismo sobre la susodicha Enriqueta (Nora Navas), sino que convierte a Sebastià Comas (Roger Casamajor), un oscuro reportero adicto a la morfina, en el centro de la investigación. A su vez, el periodista frecuenta la compañía de Amèlia (Bruna Cusí), una prostituta con ínfulas de cantante de ópera que lucha denonadamente por dejar atrás los sinsabores de su sórdido pasado.

Y es que en los bajos fondos de aquella Barcelona aparentemente próspera se daban cita las altas personalidades de una sociedad tan corrupta como ostentosa. Caldo de cultivo, pues, para que la depravación de la selecta burguesía saciase su sed de vicio gracias a una siniestra red de tráfico de menores encargada de abastecer a las casas de lenocinio más distinguidas de la ciudad. Supuestos raptos, crueles tormentos y otras aberraciones que la inoperancia de las autoridades policiales, encabezadas por el comisario Amorós (Sergi López), y el sensacionalismo de la prensa local, liderada por Méndez (Mario Gas), contribuirían a elevar a la categoría de leyenda urbana.



domingo, 8 de octubre de 2017

El laberinto del fauno (2006)




Director: Guillermo del Toro
Méjico/España/EE.UU., 2006, 118 minutos

El laberinto del fauno (2006)


A la ya prevista visita para esta tarde de Guillermo del Toro a la Filmoteca se unía, a última hora y para sorpresa de los asistentes, el actor Sergi López. De modo que han sido ambos quienes finalmente han presentado El laberinto del fauno, la película con la que triunfaron hace ya más de una década.

Valiéndose de un tono distendido y con profusión de tacos, el director mejicano ha explicado que, siendo muy pequeño, su abuela lo inició en los misterios del pecado original. Algo que él no llegó a comprender muy bien, pero que supuso que le pusieran chapas en las plantas de los pies como pequeña mortificación que le restase años de permanencia en el Purgatorio. Aunque el verdadero litigio, entre madre y abuela, comenzó cuando la primera descubrió lo que le habían hecho...



Por esas mismas fechas comenzó a leer revistas de cine, lo que le llevaría a idear sus propios efectos especiales caseros, que filmaba con una cámara de Súper-8. Luego recibiría las enseñanzas de su mentor, Emilio García Riera, historiador del cine mejicano e hijo de una exiliada republicana, de donde tal vez le viniese el interés por situar la película hoy presentada en la inmediata posguerra.

Por su parte, Sergi López ha recordado cómo, durante el rodaje, del Toro le increpaba cada vez que se le escapaba el acento catalán: "¡Otra vez el fuet!" Señal de que es un director que está pendiente de todo. De hecho, le convenció para interpretar al pérfido Vidal durante una comida, en la que, sin haber escrito aún el guion, le contó la historia con todo lujo de detalles.



Más anécdotas: el Hombre Pálido debía, en un principio, tener una cara hiperrealista de viejo. Pero en el último momento tuvo la genial ocurrencia de sustituirla por las manos con ojos, decisión que acarreó no pocas discusiones con los catalanes David Martí y Montse Ribé, quienes finalmente ganarían el Oscar al mejor maquillaje. Y en cuanto al sonido, tan importante en esta película como lo que se ve en pantalla, recuerda del Toro que dedicaron toda una pista al chirriar del cuero de Vidal en botas y demás elementos de su atuendo.

Bromea sobre el próximo estreno de su nueva peli, La forma del agua: "A finales de enero estará en los cines (y a finales de diciembre en el eMule...) Pero no: ¡ustedes véanla en pantalla grande, que es lo mejor! Aunque éste es un argumento patético, que después nadie cumple..."



En fin: comienza la proyección. Todo un mundo de fantasía procedente de los cuentos de hadas, mezclado con el contexto histórico de los maquis y la represión franquista. Aunque, a nivel historiográfico, el rigor es relativo, puesto que los uniformes que lucen los oficiales no son exactamente los reglamentarios de aquella época: diríase que, en aras de sublimar lo que de sueño y de pesadilla tiene El laberinto del fauno, se optó por estilizar detalles que, como éste, le habrían dado un toque excesivamente realista.

Lo cual nos lleva a preguntarnos si es más cierta la vida que lleva Ofelia (Ivana Baquero) junto a su madre (Ariadna Gil) que la que intuye en una dimensión paralela habitada por ninfas, engendros y otros prodigios. Los oficinistas grises, siempre prontos a quedarse en la superficie de las cosas, dijeron en su momento que todo era una ensoñación de la niña para huir de la sordidez del ambiente que la rodea. Craso error, que ni todo es tan evidente ni las cosas son tan fáciles: ¿y si resultase que el mundo real es el que se esconde bajo tierra y las penurias derivadas de la Guerra Civil apenas un mal sueño? Tal vez por eso a Guillermo del Toro le gusta citar una frase de Kierkegaard que resume a la perfección el desenlace de su película: «El tirano muere y su reino termina; el mártir muere y su reino comienza.»


sábado, 23 de enero de 2016

El mar (2000)








Director: Agustí Villaronga
España, 2000, 107 minutos

El mar (2000) de Agustí Villaronga

"Esta obsesión por la sangre de Cristo, por la pasión, por Satanás, el hablar velozmente como si me incendiara, estar vivo y mirar como si ya me hubieran enterrado comenzó aquel año en el mes de agosto..." Con estas inquietantes palabras en boca de Manuel empieza  El mar.

El universo tortuoso y cáustico de Agustí Villaronga se veía enriquecido con un capítulo más merced a esta historia basada en una novela del también balear Blai Bonet. Sus protagonistas (Ramallo, Manuel, Sor Francisca) son apenas unos críos cuando estalla la guerra civil, pero la barbarie de la que serán testigos en una pequeña aldea les va a marcar de por vida. Fundamentalmente, porque los niños (contagiados del odio que se respira en el ambiente) acabarán causando la muerte de otros dos muchachos.

Algunos años más tarde (en 1947, a juzgar por una alusión que se hace a la muerte de Manolete) el destino hará que se reencuentren en un hospital para tuberculosos. Ahora Ramallo (Roger Casamajor) es un contrabandista a las órdenes del pérfido don Eugeni (Juli Mira); Manuel (Bruno Bergonzini), un obseso de la religión y Sor Francisca (Antònia Torrens) la encargada de velar por los enfermos.

Ángela Molina (Carmen) y Simón Andreu (en el papel de Alcántara, su marido) aportan al reparto el necesario contrapunto de veteranía.

Carmen (Ángela Molina) intenta consolar a Manuel (Bruno Bergonzini)