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lunes, 24 de agosto de 2026

La dinamita está servida (1968)




Director: Fernando Merino
España, 1968, 76 minutos

La dinamita está servida (1968) de Fernando Merino


No son pocas las referencias a Bonnie and Clyde (1967) en una película que, un año después del estreno del hoy ya mítico trabajo de Arthur Penn, recurría a un imaginario de evidentes resonancias hollywoodenses, por aquel entonces muy a la orden del día. Así pues, tanto Laura Valenzuela como Tony Leblanc, la flamante pareja protagonista de La dinamita está servida (1968), aparecen ataviados con un look y unas maneras que remiten, en todo monento, a las fijadas por los icónicos Faye Dunaway y Warren Beatty en el ya mencionado (y oscarizado) homenaje a los legendarios gánsteres.

Por otra parte, la puesta en escena ideada por Fernando Merino, alocada y colorida, bebe de otro gran referente como son los cartoons, de manera que los personajes desfilan a menudo a cámara rápida como si de dibujos animados se tratase. Por eso mismo abundan tanto las explosiones (procedentes de bombas, disparos y otros medios por el estilo) en una trama sin mayor pretensión que divertir al espectador emulando el lenguaje visual propio de los cómics. Eso y un cierto toque psicodélico, incluso lisérgico, característico de finales de los sesenta, acaba de conformar el ambiente genérico de una sencilla comedia amable.



Al mismo tiempo, están también muy presentes algunos elementos típicos de aquella España desarrollista que ya por aquel entonces empezaba a ser una potencia turística de primer orden. Así pues, tras varios insertos con exteriores rodados en París, Nueva York, Cuenca o Pamplona, la acción se sitúa finalmente en la localidad ampurdanesa de Begur, a cuyos parajes idílicos ha ido a pasar unos días el monarca del imaginario reino de Chaila (Rafael Alonso). Ni que decir tiene que el cuantioso séquito que lo acompaña, compuesto por numerosas odaliscas y fieles lacayos, será motivo de muchos de los gags, pese a que el mandatario oriental, mujeriego empedernido, se encapricha finalmente de una turista (María Silva) que se hospeda en su mismo hotel.

Por último, parte de la intriga gira en torno a una conspiración internacional que tiene por objetivo derrocar al soberano, si bien los susodichos Mike (Leblanc) y Dory (Valenzuela), con la ayuda inestimable del camarero Bruno (Alfredo Landa), parecen más interesados en hacerse con las valiosísimas joyas que el jeque esconde en su suite, motivo por el cual, en lo que supone una evidente parodia de Rififí (1955), planean abrir un boquete, a través de la chimenea de la habitación de abajo, para instalar un periscopio y así poder espiar los movimientos de su presa.



lunes, 6 de junio de 2022

Varietés (1971)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1971, 99 minutos

Varietés (1971) de J.A. Bardem


Casi veinte años después del estreno de Cómicos (1954), Juan Antonio Bardem se descolgaba con un remake en clave musical de su propia película, al servicio, como suele decirse en estos casos, de una Sara Montiel que ya sobrepasaba la cuarentena. A diferencia de su predecesora, Varietés (1971) es una cinta repleta de colorido en la que la carga dramática queda atenuada ante la profusión de números cantados ("La pícara ingenua", "La bien pagá", "Toda una vida", "Lágrimas negras"...) y el consabido sex appeal de la actriz.

De hecho, si Cómicos contenía una honda reflexión sobre las interioridades y miserias de un oficio que Bardem, en tanto que hijo de actores, conocía de primera mano, Varietés se rueda, en cambio, en una época en la que el mundo del espectáculo, como el propio país, atraviesa una situación algo más boyante. Lo cual da como resultado una cinta desprovista de contenido social, apenas un vodevil para lucimiento de la Montiel excelentemente fotografiado, eso sí, por el francés Christian Matras (1903–1977).



La rivalidad entre la joven aspirante Ana Marqués (Sara Montiel) y la veterana Carmen Soler (Trini Alonso) dará lugar a más de una situación tensa a consecuencia del carácter despótico de la segunda, así como los sucesivos amoríos de Ana con el pianista Miguel Solís (Vicente Parra) y el empresario teatral Arturo Robles (Chris Avram): avatares de una compañía de variedades en la década de los treinta que acaparan la práctica totalidad del argumento.

Con gran acierto por su parte, Bardem deja en el anonimato a "ese juez invisible que se llama público", mostrando apenas negrura cuando enfoca el espacio, más allá del escenario, que se supone ocupa el patio de butacas. Oportuna manera de subrayar la fragilidad de quienes, en un mundo de zancadillas y sinsabores, pasan la mayor parte de su vida esperando, ya sea "el triunfo, la gloria, el dinero o sólo el aplauso".



viernes, 17 de diciembre de 2021

Todos a la cárcel (1993)




Director: Luis García Berlanga
España, 1993, 99 minutos

Todos a la cárcel (1993) de García Berlanga


No hay más que ver el título que le puso Berlanga a esta película para hacerse una idea de la que estaba cayendo en la España inmediatamente posterior a los fastos del 92, cuando lo habitual era desayunarse cada mañana con la noticia de un nuevo caso de corrupción política. A este respecto, Todos a la cárcel (1993) esboza un microcosmos de arribismos aún más sombrío, si cabe, que el de la mítica La escopeta nacional (1978), pues, tal y como afirmó el cineasta valenciano en su momento: "Los negocios que antes se hacían en las cacerías se hacen ahora en las prisiones".

En esta ocasión "Saza" encarna a don Artemio Bermejo, un modesto empresario que, con la finalidad de que le abonen el importe de una antigua deuda, acude a la cárcel Modelo de Valencia, donde está previsto celebrar los festejos del Día Internacional del Preso de Conciencia. Toda una odisea, repleta de los habituales secundarios del universo berlanguiano, a cuál más esperpéntico, y que acabará, como no podía ser de otra manera, como el rosario de la aurora.



La nota predominante conforme avanza la acción alude a los antiguos opositores al régimen franquista, hoy reconvertidos en altos cargos del Estado, que presumen públicamente de su conciencia social (con lectura de manifiesto incluida) mientras, al mismo tiempo, se hallan implicados en las más oscuras corruptelas. En ese sentido, la prisión en la que transcurren los hechos vendría a ser una especie de metáfora del conjunto de la nación cuyos dirigentes, ya se trate del sagaz Quintanilla (José Sacristán) o el marrullero alcaide al que da vida Agustín González, hacen y deshacen a su antojo rocambolescos tejemanejes.

Galardonada con tres premios Goya (Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Sonido), Todos a la cárcel plasmaba en imágenes el desencanto de su director con respecto a la deriva de la sociedad española tras quince años de democracia y sucesivos gobiernos socialistas. Un desbarajuste colectivo, dilapidando recursos públicos, del que el banquero Tornicelli (Torrebruno), reclamado por la justicia de doce países, sale indemne como si nada, tal vez porque a ningún mandamás le conviene enemistarse con la mano que mueve los hilos.



lunes, 1 de noviembre de 2021

Mi general (1987)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1987, 106 minutos

Mi general (1987) de Jaime de Armiñán


Lo que algunos años antes habría sido del todo impensable (una comedia en la que se parodiara al Estado Mayor del Ejército español) fue realidad, ya en plena democracia y habiendo entrado a formar parte de la Comunidad Económica Europea, por obra y gracia del siempre ocurrente Jaime de Armiñán. Mi general (1987) presenta a un grupo de altos mandos en la reserva que, por aquello de ponerse al día, se reúnen en Gerona para asistir a un cursillo a propósito de las últimas innovaciones tecnológicas en materia armamentística.

No puede decirse que a semejante atajo de carcamales les haga excesiva gracia recibir lecciones por parte de unos jovencísimos capitanes, por muy bien preparados que éstos estén, de modo que el carácter díscolo e incluso pueril de muchos de los susodichos se irá manifestando conforme avancen las clases. Y es curioso porque, como si de niños se tratase, los generales terminan por adoptar los mismos roles que suelen darse en las aulas de cualquier colegio: del Pozo (Fernando Fernán-Gómez) es el bromista del grupo, Mendizábal (Héctor Alterio) el enamoradizo dispuesto a fugarse de noche para verse con su amada (Mónica Randall), Izquierdo (Rafael Alonso) el acusica, Torres (José Luis López Vázquez) el enclenque...



También está el típico que siempre llega tarde, el que copia en los exámenes y, cómo no, el encargado de rebautizar a los profesores con un mote de lo más hiriente. En este particular, los destinatarios de apodos y mofas reproducen, asimismo, los perfiles habituales de todo equipo docente: Pujol (Juanjo Puigcorbé) peca de indeciso, Sarabia (Joaquín Kremel) le toma a del Pozo la misma ojeriza de la que él fue objeto en la academia militar...

El retrato que la película lleva a cabo del estamento castrense, con los caprichos y arbitrariedades de quienes están acostumbrados a hacer siempre su santa voluntad, ofrece una imagen grotesca, por momentos esperpéntica, de unas altas instancias tan ancladas en el pasado franquista como inoperantes desde el punto de vista de la eficacia táctica. Sin embargo, y en abierta oposición a la eficiencia de esos jóvenes altamente cualificados que les dan clases, la vieja guardia hace gala de una camaradería que los humaniza, mostrándolos interesados por los consejos sexológicos de un consultorio radiofónico o dispuestos a montar jarana a pesar de lo que dicten las ordenanzas.



martes, 12 de octubre de 2021

127 millones libres de impuestos (1981)




Director: Pedro Masó
España, 1981, 104 minutos

127 millones libres de impuestos (1981)


La labor de Rafael Azcona como coguionista de 127 millones libres de impuestos (1981) se advierte enseguida por el tono coral de una puesta en escena que pudiera recordar a las del maestro Berlanga. No obstante, fue Pedro Masó el responsable de producir y dirigir esta sátira a propósito de un empresario de la construcción que, abrumado por las deudas, planea el falso secuestro de su abuela en connivencia con el resto de miembros de la familia.

Máximo accionista de la deficitaria Valgañón e Hijos, don Arturo (José Luis López Vázquez) carga con la responsabilidad de urdir un tinglado capaz de alejar a los acreedores y, al mismo tiempo, convencer a las autoridades policiales de la veracidad de los hechos. Contará para ello con la ayuda inestimable de su mujer (María Silva), su futuro cuñado (Agustín González), un hermano medio idiota (Julián Navarro), sus hermanas Celia (Amparo Soler Leal) y Pity (Amparo Baró) y hasta de su propio padre (Fernando Fernán-Gómez).



A decir verdad, la complicidad de todos ellos en semejante chapuza resulta por completo interesada, ya que quien más quien menos depende económicamente del dinero que les pasa Arturo. Razón de más para colaborar en una iniciativa que, si sale bien, les garantizaría seguir viviendo indefinidamente de gorra. Incluso la anciana doña Concha (Amelia de la Torre) se deja secuestrar con tal de percibir las dos mil pesetas que se juega a diario en el bingo.

Ni que decir tiene que hacerse pasar por los raptores y cobrar el cuantioso rescate dará pie a las situaciones más hilarantes, si bien el trasfondo particular que se trasluce tras tanto despropósito es el de una sociedad corrupta cuyos líderes empresariales, adeptos a la cultura del pelotazo, son los que peor ejemplo dan cuando se trata de hacer frente a sus obligaciones fiscales.



sábado, 9 de octubre de 2021

Cinco tenedores (1980)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1980, 94 minutos

Cinco tenedores (1980) de Fernando Fernán-Gómez


Comedia negra o sátira corrosiva son sólo algunos de los calificativos que ha merecido Cinco tenedores (1980), enésima incursión de Fernando Fernán-Gómez tras las cámaras. En realidad, la cosa parece que va de cuernos. O de la doble moral que impera en los salones de lujo y las alcobas de la alta burguesía. Su protagonista, don Aurelio (José Sazatornil), es el propietario del selecto restaurante San Huberto, local en el que tiene su sede el prestigioso club de monteros del mismo nombre. 

A decir verdad, el ambiente que se respira en las reuniones de dicha agrupación deja entrever su vinculación con el anterior régimen. De hecho, el himno con el que culminan cada ágape ("¡Somos cojonudos! ¡Los que más! ¡Los que más!") recuerda bastante al "Cara al sol". Incluso uno de los asistentes, adormilado momentáneamente bajo el efecto de algún efluvio alcohólico, se levanta de improviso con el brazo en alto, suscitando la inmediata reprimenda del personaje interpretado por Rafael Alonso: "¡No politices el acto, hombre!"



Sin embargo, lo verdaderamente rocambolesco de la historia radica en el hecho de que el bueno de don Aurelio y su esposa (Concha Velasco), quienes, hasta la fecha, no han logrado tener descendencia, se encuentran, de un día para otro, con un ahijado veinteañero que se instala con ellos en casa. Y no sólo eso, sino que el tal adonis, un joven apolíneo que responde al nombre de Miguel (Manuel de Benito), acabará yaciendo con su madrina durante una ausencia del respetable (y, en lo sucesivo, cornudo) restaurador. Que la señora se quede embarazada o que su marido sea estéril complicarán aún más, si cabe, una situación ya de por sí espinosa.

Pese a no ser autor del guion, obra de Esmeralda Adam y Manuel Ruiz-Castillo, lo cierto es que a Fernán-Gómez le debía de resultar muy cercano el tema de las infidelidades conyugales (su compañera, Emma Cohen, lo abandonaría por aquellas mismas fechas para irse a vivir con el novelista Juan Benet, aunque no tardaron mucho en reconciliarse), por lo que cabría ver en esta película algo más que un simple encargo. En todo caso, el discurso final que se marca don Aurelio ante sus atónitos comensales, elogio y alabanza de los cuernos, es un portento en lo que a argumentación retórica se refiere, dada la modernidad de su enfoque, auténtica superación de la concepción calderoniana del honor, y, sobre todo, porque aboga por dejar de lado la hipocresía, de una vez por todas, en nuestras relaciones.



martes, 7 de septiembre de 2021

Las Ibéricas F.C. (1971)




Director: Pedro Masó
España, 1971, 90 minutos

Las Ibéricas F.C. (1971) de Pedro Masó


Atención, porque esta película tiene mucha tela... Tanta, que casi daría para una tesis doctoral en vez de una entrada en el blog. Y eso que, por el tema que trata, pudiera parecer tremendamente moderna y avanzada a su tiempo. Pero no, amigos míos: nada más lejos de la realidad. Las Ibéricas F.C. (1971) responde cien por cien a los parámetros de la factoría Masó, el productor (y, en esta ocasión, director debutante) que creara un estándar cuyos ingredientes básicos giraban en torno a la obsesiva cosificación del cuerpo femenino. 

Sin ánimo de agraviar la memoria de don Pedro (1927–2008), pudiera decirse en su descargo que supo captar como nadie los gustos del público en un país, el nuestro, sediento de carne (valga la incongruencia) tras varias décadas de severa doctrina nacionalcatólica. Un atrevimiento, entonces audaz, que hoy se nos antoja inasumible por lo que tiene de abiertamente misógino. En ese aspecto, las integrantes del equipo de fútbol que da nombre a la cinta destacan, como subraya la voz en off que precede a los títulos de crédito, por tener una "delantera" de Primera División.



Huelga decir que en la España del 71 se consideraba el deporte rey, asimismo, como "sólo para hombres". Por lo que la imagen de unas chicas vestidas de corto podía resultar, además de insólita, transgresora. Motivo éste que suscita el obstinado voyerismo de cuantos acuden al estadio, incluido Bonilla (Pepe Sacristán), quien, más que masajista, parece "tocólogo". Únicamente una pareja de gais, espectadores habituales de los encuentros en su versión masculina, se atreven a exteriorizar un descontento que, al final, acabará costándoles ser víctimas de una agresión homófoba a manos de otro hincha.

No obstante, el momento más bestia de todo el filme tiene lugar en el transcurso de una conversación entre Piluca (La Contrahecha) y Chelo (Rosanna Yanni), cuando escuchamos en boca de una mujer la siguiente apología de la violencia machista:

CHELO: ¡Pues, chica! ¡Lárgalo [a tu novio]!
PILUCA: ¡No puedo!
CHELO: ¿Por qué?
PILUCA: ¡Porque sacude unos guantazos divinos!
CHELO: ¿A quién?
PILUCA: ¡A mí! […]
CHELO: ¡Tú eres masoquista!
PILUCA: ¡De eso nada! Lo que pasa es que le quiero.
CHELO: ¡A mí me pega un tío y la patá que le doy...!
PILUCA: Lo dices porque no te han zumbao todavía, pero el día que te sacudan ya me dirás. Pasa lo mismo que con el primer beso. […] ¡El día que se te presente un tío con dos remos te pierdes! ¡Y si te sacude te mueres!

Sobran comentarios. Simplemente cabría añadir que la última secuencia, con cinco de las once jugadoras vestidas de novia, desmiente cualquier lectura en favor de la igualdad de sexos. Todo lo contrario: por más puntapiés que le den al balón, el rol que se les reserva a todas ellas es el de esposa sumisa.



domingo, 29 de agosto de 2021

Carola de día, Carola de noche (1969)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1969, 91 minutos

Carola de día, Carola de noche (1969)


Joven heredera de un hipotético estado centroeuropeo en el que ha triunfado la revolución, la princesa Carola Jungbunzlav (Marisol) aterriza en el aeropuerto de Barcelona acompañada de un estricto séquito que la somete a una rigurosa vigilancia. Pero la muchacha es joven y necesita divertirse, motivo por el que abandona de incógnito su residencia para mezclarse con la gente de la ciudad condal y terminar, tras haber conocido a un chico muy majo (Tony Isbert), trabajando como artista en una moderna sala de fiestas llamada Chez nous…

Ya se sabe cómo funcionan estas cosas: una película que sirve para promocionar a una cantante y viceversa. Carola de día, Carola de noche (1969) tenía como objetivo, además, la nada fácil tarea de lanzar la imagen definitiva de Marisol como mujer. Visto así, se comprende que el argumento sea lo de menos en una cinta cuyo aliciente primordial reside en las canciones de su banda sonora y en la espectacularidad de los números musicales a que éstas dan lugar en la pantalla. Así, por ejemplo, destaca poderosamente la soberbia versión pop, según un arreglo de Alfonso Sainz de los Pekenikes, de la "Marcha triunfal" de la ópera Aida de Verdi.



Sin embargo, esta nueva Marisol no sólo aspiraba a convertirse en sex-symbol, sino que el aire de los tiempos (estamos a finales de los sesenta) obligaba también a dárselas de intelectual y rebelde. Dentro de unos límites, por supuesto. Pero el caso es que los títulos de crédito arrancan con imágenes de conflictos bélicos en color sepia mientras de fondo suena la voz de las Vainica Doble interpretando el "Romance del reino perdido": curioso modo de empezar, puesto que esos derrotados que vemos marchar rumbo al exilio parecen remitir a los republicanos españoles tras el fin de nuestra guerra civil. Todo un atrevimiento tratándose de un filme teóricamente destinado a relanzar la carrera de una antigua niña prodigio.

Pese a que el resultado final no fuese nada del otro jueves, cabe destacar, aun así, la gran cantidad de actores y celebridades que prestaron su amistosa colaboración en forma de fugaces cameos: Chicho Ibáñez Serrador, Amparo Baró, José Luis Coll, Mónica Randall, Jaime de Mora y Aragón, José María Rodero, Fernando Fernán-Gómez... Este último, transportista provisto de motocarro, interpreta al típico patán que, al grito de "¡Estás como un tren!", se dedica a piropear en plena calle a la protagonista con no demasiado éxito.



martes, 20 de julio de 2021

El andén (1957)




Director: Eduardo Manzanos
España, 1952-1957, 68 minutos

El andén (1957) de Eduardo Manzanos


Los originales títulos de crédito de El andén (1957) nos muestran a los actores del reparto saludando, uno tras otro, desde la ventanilla de un vagón de tren conforme una vibrante voz en off recita sus nombres y la cámara avanza en trávelin lateral. El director de la cinta, Eduardo Manzanos Brochero (1919–1987), la había filmado, sin embargo, cinco años antes, en 1952, justo en los inicios de una carrera como cineasta en la que el futuro conde de Casa Barreto destacó más en las funciones de guionista o productor. 

De los motivos a propósito de la demora en el estreno del que había de ser su segundo largometraje no se sabe gran cosa. Pudiera tratarse de algún contratiempo con la censura, considerando que el personaje de Manuel (José Bódalo) encabeza un amago de revuelta popular que al final queda en nada. Quién sabe. En cualquier caso, el argumento y los diálogos corrieron a cargo del poeta José García Nieto y el minero y sindicalista (además de escritor) Manuel Pilares, ambos habituales del Café Gijón.



Los vecinos de la pequeña localidad de Vallina tienen como centro neurálgico el apeadero de la estación local: un microcosmos regido por el afable don Javier (Jesús Tordesillas), venerable anciano a punto de jubilarse y que personifica, en cierta medida, el alma del pueblo. Lo cual lo convierte en una especie de mediador, capaz de apaciguar con su sabiduría las aguas revueltas del devenir cotidiano. Una filosofía de vida que el buen hombre concreta en las palabras que, a modo de consejo, dedica al arrogante ingeniero interpretado por Fernando Rey: "En Vallina todo se va haciendo despacio, y todo se arregla después, sin violencia, cuando Dios quiere".

Aparte de lo ya expuesto, llama poderosamente la atención el hecho de que los habitantes del lugar experimentan verdadera admiración por el talgo: prodigio de modernidad en la España depauperada de principios de los cincuenta cuyos maquinistas, haciendo caso omiso de las muestras de entusiasmo de los vallinenses, pasan de largo, a toda velocidad, como aquella comitiva yanqui de Bienvenido, Mister Marshall (1953). Elocuente metáfora, en la línea del típico esquema tradición versus progreso, que, aun así, y a pesar de que el tren articulado carezca de parada en la modesta Vallina (mal que le pese a don Javier), no impide que una multitud, encabezada por el alcalde (Juan Calvo), se desplace hasta Madrid para pedir clemencia en favor de su jefe de estación.



lunes, 10 de mayo de 2021

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971)




Director: Pedro Lazaga
España, 1971, 93 minutos

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) de Pedro Lazaga


La pieza teatral en dos actos de Jardiel Poncela en la que se basa esta película se había estrenado el 16 de febrero de 1943 en el madrileño Teatro de la Comedia. Con varias diferencias respecto a lo que Pedro Lazaga mostrará en pantalla casi tres décadas más tarde. De entrada, porque los accidentes ferroviarios que padecen los personajes en la obra de teatro han sido sustituidos, en su versión cinematográfica, por accidentes automovilísticos. Pero, por otra parte, y ahí es precisamente donde radica el contraste más notorio, los actores de Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) hacen gala de un histrionismo un tanto chabacano que poco o nada tiene que ver con el humor inteligente de Jardiel.

Se incluye, además, una canción ("La Tierra es una bola de colores", con letra de Antonio Gala y música de Antón García Abril, interpretada por Jaime Morey) que sirve de hilo conductor a lo largo de todo el filme y suena de fondo cada vez que la pareja protagonista se tira los trastos a la cabeza: recurso que, a nivel visual, adquiere su máxima comicidad cuando el estribillo recalca aquello de "¡Te quiero, te quiero mucho, vida mía!" mientras vemos a Ramiro (José Luis López Vázquez) y a Blanca (Esperanza Roy) gritarse airadamente.



La tesis de la cinta (si es que de tesis puede hablarse) vendría a ser que, a veces, un matrimonio en apariencia mal avenido tiene más posibilidades de seguir adelante que no uno cuyos cónyuges estén todo el día haciéndose arrumacos. O eso, al menos, es lo que le ocurre al pobre Ramiro Peláez, quien deseará que su señora vuelva a ser tan fiera como solía serlo antaño cuando, tras sufrir un grave percance, ésta adopta el comportamiento tierno y cariñoso de su difunta hermana Rosa. Con el agravante de que dicha transmutación conlleva también, como es lógico, que Blanca (que es Rosa por dentro, de ahí el título) se sienta atraída por su cuñado Héctor (Pepe Rubio).

Típica comedia de enredo en la que los personajes desean a toda costa revertir la situación, se convierte, en manos del prolífico Pedro Lazaga, en un vehículo al servicio del elenco de actores. Además de los ya mencionados, destacan Josele Román en su papel de criada amnésica y Valeriano Andrés como doctor y sabio despistado. También Rafael Alonso, que da vida a un dramaturgo a punto de estrenar su nueva comedia, y Manuel Alexandre, el profesor encargado de reeducar a Blanca.



viernes, 23 de abril de 2021

Mi calle (1960)




Director: Edgar Neville
España, 1960, 91 minutos

Mi calle (1960) de Edgar Neville


Tras treinta años de profesión, Edgar Neville ponía el broche de oro a su carrera como director con un filme coral que era, además, el compendio perfecto de todo su universo creativo. Hay en Mi calle (1960) un protagonismo absoluto del Madrid con solera, enjambre humano cuya evolución a lo largo de la película abarca aproximadamente medio siglo de la historia de España. Arranca la acción en 1906, con un niño vestido de escocés y los ecos del atentado contra la comitiva nupcial de Alfonso XIII, y acaba, después de haber revisado el período de la Segunda República y la Guerra civil, con un autobús de dos pisos encallado en el mismo socavón de siempre.

Los tipos que habitan el lugar son hombres y mujeres de muy diversa condición social a los que una voz en off irá presentando durante los primeros compases. Se trata del señor Marcelino (Roberto Camardiel), "constructor de acordeones, bandurrias y guitarras"; el carnicero Pablo López (Rafael Alonso), enamorado de una señorita cursi con vocación de tiple, o el republicano Rufino Meléndez (Pedro Porcel), "un hombre dedicado a la fabricación de paraguas en un país donde no llueve casi nunca". La peluquera Julia (Conchita Montes) se encarga de llevar chismes todo el día de aquí para allá, mientras la pobre Petra (Susana Campos) bebe los vientos por un organillero llamado Lesmes (Antonio Casal) que no le hace demasiado caso.



Son varios los momentos musicales en los que se intercala alguna canción. Por ejemplo, ya en los títulos de crédito iniciales, la voz de Nati Mistral nos deleita con la "Balada de Madrid", aunque luego es Milagros (Lina Canalejas) quien, en compañía de otras criadas, se marca el cuplé "¡Ay, mi Tomás!" en el patio de luces de la comunidad en donde sirven. Y entre la pléyade de secundarios que integran el reparto una sorpresa: el escritor francés de origen argentino Héctor Bianciotti (1930–2012) dando vida al hermano pintor de la solterona Purita (Gracita Morales).

A pesar de su apariencia amable, lo cierto es que la panorámica que Neville lleva a cabo tomando como pretexto un rincón del Madrid castizo obedece a un planteamiento ideológico completamente sesgado. Sobre todo en lo tocante a cómo son retratados los personajes de ideología progresista, desde el estrambótico  matrimonio Peluquistáin (él será nombrado ministro de la República) hasta el bisoñé de don Rufino y su lorito entonando el Himno de Riego. Por no hablar del arisco Fabricio (Agustín González), quien ya desde pequeño da muestras de un carácter especialmente huraño. Queda claro, a este respecto, que Neville siente mucha más simpatía por el afable Marqués de Abantos (Jorge Rigaud), quien encarna un ideal aristocrático similar al del propio cineasta. No en vano, la alabanza que lleva a cabo a propósito de las bondades de la equitación coincide de pleno con lo expuesto por el director, una década antes, en El último caballo (1950).



domingo, 27 de diciembre de 2020

La guerrilla (1973)




Director: Rafael Gil
España/Francia, 1973, 89 minutos

La guerrilla (1973) de Rafael Gil


Lo de Azorín con el teatro recuerda remotamente a la relación que mantuvo Cervantes con la poesía: el hombre lo intentó en repetidas ocasiones (y no era un mal dramaturgo), aunque en vano se esforzaba en aparentar "la gracia que no quiso darle el Cielo..." El hecho es que, siendo un representante destacadísimo de la Generación del 98, no ha pasado a la posteridad precisamente por obras teatrales como La guerrilla, estrenada en el madrileño Teatro Benavente el 11 de enero de 1936. Su autor la concibió con la intención de mostrar que hasta en las peores tesituras hay lugar para el entendimiento. De ahí que la pareja protagonista estuviese formada por un oficial napoleónico (Marcel) y una joven labradora castellana (Pepa María) que se enamoran durante la invasión de 1808 a pesar de pertenecer a bandos enfrentados.

La versión cinematográfica que dirigiría años más tarde Rafael Gil, con guion de Rafael J. Salvia y el francés Bernard Revon, fue una coproducción auspiciada con motivo del centenario del nacimiento de José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967). La presencia de capital galo en la película explica un acercamiento a los hechos lo suficientemente ecuánime como para satisfacer a los espectadores de uno y otro lado de los Pirineos. Así, por ejemplo, se introducen episodios que no figuraban en el texto original, como la escena en la que Santamour (Jacques Destoop) salva a un niño de morir ahogado en el río, lo cual convierte al coronel en honorable, a diferencia del carácter profanador de sus tropas.



Guerra, amor y muerte se dan cita en un filme que, pese a estar bien contado, carece de la emoción que requerían semejantes temas. A este respecto, ni el ya mencionado Destoop ni mucho menos la debutante Julia Saly, alias "La Pocha" (célebre bailaora que acabaría trabajando en ínfimas producciones de terror a las órdenes de Paul Naschy), podían dar más de sí. No obstante, el mayor reclamo del elenco era un Paco Rabal que se mete en la piel de El Cabrero, líder de la guerrilla auspiciada por los ingleses (otra diferencia respecto al drama en tres actos de Azorín).

En definitiva, parece cine de los cuarenta, aunque filmado en tecnicolor, lo cual explica la indiferencia con la que la cinta fue acogida en el momento de su estreno. Un patrioterismo trasnochado —tanto como el régimen franquista que, a punto de llegar a su ocaso, aún fomentaba tales pastiches históricos— capaz de dejar perlas como la arenga que le suelta El Cabrero a Santamour: "Lo que sea de España, bueno o malo, lo haremos nosotros […] Ustedes quieren hacernos felices a tiro limpio. ¡Vamos, a la fuerza! ¡A golpazos! ¿Pero es que no se dan cuenta de que no se puede imponer una idea por la violencia? ¡Y menos a nosotros! Mal camino... ¡Mal camino! Para convencer. Y para vencer, ¡peor! ¡Y no hablemos más, amigo, no hablemos más...!" Ecos unamunianos que denotan un rechazo encarnizadamente frontal ante cualquier injerencia extranjera.



sábado, 19 de diciembre de 2020

Tormento (1974)




Director: Pedro Olea
España, 1974, 89 minutos

Tormento (1974) de Pedro Olea


Después los dos primos hablaron un poco, sin que nadie se enterase de lo que dijeron. Amparito, en el opuesto ángulo del coche, atendía a las maniobras de la estación y observaba sin chistar los viajeros que, afanados, corrían a buscar puestos; los vendedores de refrescos, de libros y periódicos, las carretillas que transportaban equipajes y el ir y venir presuroso del jefe y los empleados. Deseaba que el tren echase a correr pronto. La inmensa dicha que sentía parecíale una felicidad provisional, mientras la máquina estuviese parada. […] Un tren que parte es la cosa del mundo más semejante a un libro que se acaba.

Benito Pérez Galdós
Tormento

La banda sonora que Carmelo Bernaola compuso para Tormento (1974) tiene un cierto regusto de organillo, al igual que los grabados de época sobre los que figuran impresos los títulos de crédito iniciales. Resabios del Madrid castizo en el que transcurre la acción de la novela y cuyos ambientes decimonónicos aparecen tan bien recreados en esta película.

Fiel a la ideología anticlerical de su autor, el texto galdosiano centra su trama en un sacerdote, Pedro Polo, que, desprovisto de auténtica vocación religiosa, se enamora perdidamente de la sumisa Amparo Sánchez Emperador. Todo un atrevimiento para la España de 1884, fecha de publicación de la obra, y que casi un siglo más tarde, ya en las postrimerías del régimen franquista, seguía siendo un tema tan tabú como morboso.



Buena prueba de ello fue el éxito cosechado por Pedro Olea en el Festival de cine de San Sebastián de aquel año, cuyo jurado, presidido por Nicholas Ray, le otorgó el Premio Perla del Cantábrico al mejor filme de habla hispana. Galardón más que justificado, habida cuenta de las magníficas actuaciones de un elenco que encabezaron Concha Velasco (Rosalía de Bringas), Paco Rabal (Agustín Caballero) y Ana Belén (Amparo).

En realidad, tanto el libro como su adaptación cinematográfica (con guion, entre otros, del novelista Ángel María de Lera) comparten una misma voluntad de erigirse en alegato contra la mojigatería hipócrita y los convencionalismos sociales. De ahí que el indiano don Agustín, movido por su pragmatismo de hombre de mundo, cierre el relato exponiendo los fundamentos de una ética decididamente individualista: "Que digan lo que quieran. ¿Qué me importa el orden, la moral, la familia... ni nada de eso? Se acabaron los principios. Me pongo el mundo por montera. ¿Qué importa que no nos casemos si podemos amarnos, verdad?" Tesis que contrasta con el célebre "¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!" de la zaherida Rosalía en el andén de la estación, uno de los finales más célebres de la historia del cine español.



domingo, 22 de noviembre de 2020

Dragón Rapide (1986)




Director: Jaime Camino
España, 1986, 105 minutos

Dragón Rapide (1986) de Jaime Camino


Los prolegómenos del alzamiento militar de julio del 36, que acabarían desembocando en nuestra aciaga Guerra Civil, le sirven a Jaime Camino y su coguionista Romà Gubern para trazar un relato cronológico y pretendidamente objetivo de los hechos. Son días de rumores y conciliábulos, marcados por el ruido de sables de los generales golpistas. El asesinato de Calvo Sotelo precipitará el resto de acontecimientos.

Dragón Rapide supuso la primera vez en la historia del cine español que un actor se atrevía a meterse en la piel de Francisco Franco y lo cierto es que Juan Diego, pese a su irregular caracterización (se nota que lleva la cabeza rapada para simular las entradas del pelo) compuso un papel más que meritorio del futuro Caudillo.



Porque el Franco del que aquí se nos habla no es todavía la figura que se hará con las riendas del bando nacional, sino un aspirante que se prepara concienzudamente para ello, capaz de mandar arrestar a un soldado por faltarle un botón de la camisa o, según cuentan sus simpatizantes, de hacer que fusilen a un legionario que se negaba a comerse el rancho.

En todo caso, resulta bastante interesante la aproximación propuesta por Camino, similar, en cierta medida, a la que adoptará muchos años después el Amenábar de Mientras dure la guerra (2019), mostrando a un Franco en pijama y en el lecho conyugal o preocupado porque su hija Carmencita está triste. El avión que lo traslade desde su destierro canario hasta Marruecos, un De Havilland DH-89, cambiará para siempre su destino y el de todo un país.



sábado, 3 de octubre de 2020

Amanece, que no es poco (1989)




Director: José Luis Cuerda
España, 1989, 110 minutos

Amanece, que no es poco (1989)
de José Luis Cuerda


De llevarse a cabo una encuesta para dilucidar cuál sería la película más extravagante en toda la historia del cine español, es muy probable que dicho "honor" le correspondiera a la inefable Amanece, que no es poco (1989). Su director y guionista, el albaceteño José Luis Cuerda, nos dejaba en febrero de este año, legando para la posteridad una docena de largometrajes de ficción (más algún que otro trabajo televisivo), de entre los que éste sea, quizá, el que más a menudo ha merecido la etiqueta de filme de culto. En realidad, Cuerda ya venía ensayando la comedia coral desde su debut en la gran pantalla con Pares y nones (1982), una típica trama desenfadada de enredo amoroso a varias voces. Planteamiento al que, un año más tarde, con la realización del telefilme Total (1983), añadiría ese genuino toque campestre tan característico de buena parte de su filmografía, consolidado posteriormente gracias al éxito de la adaptación cinematográfica de El bosque animado (1987).

Un padre y un hijo (profesor en la universidad de Oklahoma) que viajan en moto con sidecar, un pastor mandinga que da placer sexual a las esposas de los aldeanos, un borracho que se desdobla sin darse cuenta, un guardia civil con acento catalán, el hortelano que dedica una sentida oda a la calabaza, el maestro que enseña la lección a ritmo de góspel, disidentes soviéticos que asisten al alzamiento de ostia en la misa de doce, intelectuales que plagian a Faulkner, una asamblea de mujeres que decide quiénes se presentan a puta, adúltera y marimacho en las elecciones municipales... Situaciones, a cuál más insólita, que explicarían por qué se ha abusado tanto del término surrealista a la hora de intentar definir (o, por lo menos, clasificar en alguna categoría conocida) el peculiar sentido del humor presente en los diálogos de Amanece, que no es poco. "Parece lo de siempre, pero es lo nunca visto...", advertía su eslogan publicitario (véase, más arriba, el cartel de la película). En efecto, quien decidiere aventurarse por los vericuetos de este microcosmos carpetovetónico descubrirá que ni las acciones ni lo que dicen sus múltiples personajes resulta tan absurdo como, en principio, cabría esperar.



Hay, en primera instancia, una impronta netamente berlanguiana, heredera del modelo establecido a partir de ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953). De hecho, no sólo el reparto está constituido por la misma generación de secundarios (los irrepetibles "Saza", Manuel Alexandre, Chus Lampreave, Cassen...), sino que el personaje del alcalde (Rafael Alonso), con el recibimiento multitudinario que la población dispensa al "munícipe por antonomasia" y las palabras que éste dirigirá después a los exaltados vecinos que se congregan en la plaza del pueblo, remiten inevitablemente al discurso que Pepe Isbert pronunciaba desde el balcón consistorial de Villar del Río. La diferencia, sin embargo, estriba en el hecho de que, si en los cincuenta se entonaba aquello de "¡Americanos, os saludamos con alegría!", ahora el alcalde pilla por la solapa al portavoz de los "futuros líderes que ejerzan el poder omnímodo" (Gabino Diego) para espetarle un áspero: "¡A mí no me jodáis vosotros los americanos!"

Por otra parte, y aunque en menor grado, se aprecia, asimismo, una ligera nota italianizante en detalles como los hombres que brotan de la tierra o en medio de un campo de coles (caso del personaje interpretado por Ferran Rañé), así como por la afición a levitar de algunos parroquianos, elementos, ambos, que ya estaban presentes en Miracolo a Milano (1951) de De Sica. Con todo y con eso, lo que acaba predominando, y que su director desarrollará ampliamente en las posteriores Así en el cielo como en la tierra (1995) y Tiempo después (2018), es la sátira local: una forma sutil (o no tan sutil) de parodiar la idiosincrasia nacional, en clave manchega, que la imperante obsesión por lo políticamente correcto haría inviable en un panorama como el actual. Aun así, y a la espera de esclarecer si todos somos contingentes, lo que sí queda meridianamente fuera de toda duda es que la capacidad de reírse de uno mismo sigue siendo, hoy más que nunca, necesaria.



viernes, 14 de agosto de 2020

Al otro lado del túnel (1994)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1994, 105 minutos

Al otro lado del túnel (1994) de Jaime de Armiñán


Dos guionistas se instalan en un vetusto monasterio oscense con la intención de escribir una historia romántica ambientada en la brumosa Escocia. Pero a medida que vayan transcurriendo los días, se darán cuenta de que la delgada línea que separa la realidad de la ficción puede deparar innumerables sorpresas. Para empezar, porque un monje metomentodo (Rafael Alonso) no para de inmiscuirse en sus asuntos. Aunque va a ser una joven panadera (Maribel Verdú) la que los lleve de  cabeza con sus argucias, hasta el extremo de que ambos queden prendados de los encantos de la moza.

El viejo Miguel Marcos (Fernando Rey), escritor consagrado y cascarrabias irredento, representa al olmo hendido por el rayo al que, sin embargo, la presencia inesperada de la joven Mariana sumirá en una especie de letargo melancólico de pasión reverdecida que no es sino la antesala de su particular canto de cisne: la última vez que se enamora, cautivo en las redes de una circe rural cuyas maquinaciones contribuyen a certificar la impotencia del hombre antes de que éste se adentre en las profundidades tenebrosas de un viaje definitivo que lo conduzca "al otro lado del túnel".



Amparándose en el vigor de su juventud, el mejicano Aurelio (Gonzalo Vega) constituye el tercer vértice de este particular triángulo. Hijo de exiliados republicanos, su indiscreción propicia que todo el pueblo ande al corriente del desarrollo argumental que proyecta junto a su colaborador en la soledad del convento-hotel. Y aunque carezca de la destreza que permite a su socio arrancar dulces melodías del órgano monástico, Aurelio se deja seducir por el hechizo de Mariana, dando así pie a que la personalidad de ésta, con la ayuda subrepticia de su madre (Amparo Baró), se inmiscuya en la trama hasta suplantar a la heroína original. 

Porque este divertimento de Jaime de Armiñán, personal homenaje en clave satírica, con ribetes de work in progress, a sus muchos años de labor cinematográfica, tiene algo de juego cervantino: la caricatura con la que el experimentado (y cabe suponer que también, y sobre todo, escarmentado) hombre de cine se dispone a hacer mutis por el foro con un sutil corte de mangas que bien pudiera ser la certificación, repleta de sarcasmo o de una profunda sabiduría senequista (vaya usted a saber) del célebre verso de Gil de Biedma: "Envejecer, morir, es el único argumento de la obra…"


domingo, 3 de noviembre de 2019

Don Juan Tenorio (1952)




Director: Alejandro Perla
España, 1952, 97 minutos

Don Juan Tenorio (1952) de Alejandro Perla


DOÑA INÉS: ¡Ay! ¿Qué filtro envenenado / me dan en este papel, / que el corazón desgarrado / me estoy sintiendo con él? / ¿Qué sentimientos dormidos / son los que revela en mí; / qué impulsos jamás sentidos, / qué luz, que hasta hoy nunca vi? / ¿Qué es lo que engendra en mi alma / tan nuevo y profundo afán? / ¿Quién roba la dulce calma / de mi corazón? BRÍGIDA: Don Juan...

José Zorrilla
Don Juan Tenorio
Acto III, Escena III (vv. 299-310)

La práctica totalidad de reseñas a propósito de la presente versión cinematográfica del Tenorio coinciden unánimemente en señalar su condición de "teatro filmado", como si ello fuera un defecto, tal vez obviando que la película se llevó a cabo con el firme empeño de dejar constancia del montaje de la Compañía de Teatro Nacional María Guerrero bajo la dirección escénica de Luis Escobar y Huberto Pérez de la Ossa. Los decorados y figurines, huelga decirlo, corrieron a cargo de Dalí.

Aclarado lo cual, convendría destacar, por lo ingenioso de su concepción teatral, algunas de las soluciones dramáticas que entonces se adoptaron. Tal es el caso, por ejemplo, de la turbadora presencia sobre el escenario de las Parcas que, según reza una advertencia en los títulos de crédito iniciales, "representan […] la fuerza diabólica que empuja a don Juan hacia su perdición". De modo que, envolviendo con sus hilos el cuerpo de don Gonzalo de Ulloa (Pablo Álvarez Rubio) y, más tarde, el de doña Inés (Mari Carmen Díaz de Mendoza), prefiguran la muerte inminente que espera tanto al padre como a la hija.

Enrique Diosdado en el papel de don Juan Tenorio


De la labor de Pérez de la Ossa como profesor de declamación en el Conservatorio de Madrid dan buena fe los actores del elenco, encabezado por Enrique Diosdado (Tenorio) y José María Rodero (don Luis), recitando los versos de Zorrilla con la vehemencia propia de los grandes clásicos. Un empaque que hoy se nos puede antojar excesivo, cierto, pero que convierte al filme en preciado documento a la hora de entender cuál era el método empleado por la escuela interpretativa de aquel entonces.

Y poco más se puede añadir: la trascendencia del texto original, con su final apoteósico, hace ya mucho tiempo que perdió su razón de ser. Y por más que en algún teatro se siga representando cada primero de noviembre, el Tenorio, tal vez a causa de su discutible trasfondo misógino, terminaría por convertirse en pasto de parodias entre lo humorístico y lo grotesco. A este respecto, se cuenta que el mismísimo Valle-Inclán, luciendo aquellas barbas tan largas que gastaba, bordaba el papel de Brígida...

"¿No es cierto, ángel de amor...?"