miércoles, 2 de agosto de 2017

El perro mongol (2005)














Título original: Die Höhle des gelben HundesShar nokhoïr tam
Directora: Byambasuren Davaa
Alemania/Mongolia, 2005, 93 minutos

El perro mongol (2005)

"¡Deja eso! ¡No se juega con Dios!", le dice Nansalmaa a su hermano pequeño, que se ha apoderado de un Buda de porcelana. La directora Byambasuren Davaa asegura que la frase surgió espontáneamente mientras los niños jugaban en el interior de la tienda de campaña familiar. Preparada o no, la escena pone de manifiesto una de las constantes del cine oriental: la predilección por captar la inocencia de la mirada infantil sobre la realidad, como puede apreciarse ya desde la lejana Buenos días (1959), de Ozu, hasta la más reciente Buda explotó por vergüenza (2007), de la iraní Hana Makhmalbaf.

También El perro mongol (2005), a pesar de estar financiada con capital alemán, se inscribe en dicha corriente, a través de una familia de nómadas, los Batchuluun, y sus tres hijos. En cualquier caso, aunque la película nació del proyecto de fin de carrera de la realizadora, estudiante en Munich, la clara vocación documental del filme no impide que su estructura sea la propia de un drama de ficción, llegando a mascarse la tragedia en algunas secuencias (como es el caso de la desaparición del pequeño Babbayar).



El otro género del que participa la película es el de filme con animales, comenzando por el propio perro que Nansal encuentra en una cueva y del que querrá desprenderse el padre aduciendo que tal vez se crió con los lobos, hecho que podría facilitar el que éstos siguiesen sus huellas y matar más ovejas del rebaño.

Habría, por último, un tercer estrato en el filme: el de la vertiente antropológica o incluso folclórica, subrayado por la música de Dagvan Ganpurev o las canciones rituales que entonan los propios protagonistas. Así pues, el visionado de El perro mongol nos proporciona información sobre temas tan variados como la dieta de los nómadas, a base de lácteos, o sus relatos de transmisión oral. Sobre este último aspecto conviene recalcar el claro paralelismo entre el cuento del perro amarillo que le explica la abuela a Nansal y el propio devenir de los Batchuluun a raíz del hallazgo del cachorro. Lo cual pone de manifiesto la sabiduría que encierran estas enseñanzas de origen budista ("uno no puede morderse la palma de la mano ni hacer que un grano de arroz se sostenga sobre un alfiler"), basadas en el respeto a la naturaleza y en la interconexión con la tierra por vía de la reencarnación. 

A lo mejor es por eso por lo que no hay disputas entre los miembros de esta comunidad, en cuyo seno únicamente se respira armonía. Visión idílica de la que (todo hay que decirlo) quizá se abusa un poco y que no está exenta de algunos nubarrones, como la escena en la que un coche pasa por aquellos páramos haciendo propaganda electoral: anuncio de que el progreso acecha y de que el estilo de vida nómada tiene los días contados.


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