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sábado, 18 de mayo de 2024

Yo soy Fulana de Tal (1975)




Director: Pedro Lazaga
España, 1975, 95 minutos

Yo soy Fulana de Tal (1975) de Pedro Lazaga


Lo malo que tiene esto de escribir, es que hay que pensar un rato largo. Y con toda la cabeza. Porque hay pensamientos chiquitos, que sólo nos ocupan un cachetín de cerebro. Pero contar la vida de una, ya son palabras mayores. Y a mí, la verdad, el asunto escritura se me da fatal.

Álvaro de Laiglesia
Yo soy Fulana de Tal

Si hacer que una prostituta relatase sus memorias había constituido todo un atrevimiento en 1963, fecha de publicación de la novela de Álvaro de Laiglesia en la que se basa la película homónima, llevarla a la pantalla una década más tarde coincidió con el inicio de lo que muy elocuentemente iba a denominarse El destape.

A grandes rasgos, la puesta en escena de Pedro Lazaga para Yo soy Fulana de Tal (1975) se plantea como un larguísimo flashback que abarca la trayectoria vital de Mapi (Concha Velasco) desde que ésta se vio apremiada por las circunstancias a abandonar su pueblo hasta que, de nuevo desamparada, recala en un club nocturno donde dará comienzo su carrera profesional.



Aparte del jeta que la dejó embarazada y un novio algo zoquete, de nombre Afrodisio (Paco Algora), dos van a ser los hombres maduros que marquen la vida sentimental de la joven tras su llegada a la ciudad: Rodolfo (Fernando Fernán-Gómez) y Marcelo (Antonio Ferrandis). El primero es un pedante y algo mojigato profesor particular que, después de enseñarle a leer y recitarle versos, saldrá por patas cuando descubra que la muchacha espera un hijo; el segundo, en cambio, es un pintor con aspecto de playboy al que conoce en una boîte de Benidorm y que, además de pintarla desnuda, se convertirá en su amante.

Poco más se puede añadir de una cinta cuyo único aliciente residía en un morbo que hoy ha quedado completamente obsoleto. Aun así, resulta cuando menos curiosa la particular fórmula mágica del 60-20, es decir, sexagenario y con veinte millones en el banco, por la que se rige Merche (May Heatherly) a la hora de buscar "novio" y que no dudará en inculcarle a su pupila Mapi.



domingo, 28 de marzo de 2021

La noche de los cien pájaros (1976)




Director: Rafael Romero Marchent
España, 1976, 82 minutos

La noche de los cien pájaros (1976)


ADRIÁN.—¿Tan poco has recibido de mí hasta ahora?
JUANA.No me quejo. Es natural que un hombre como tú piense en otras cosas. ¿Qué he sido yo para ti, al fin y al cabo? El pájaro en la mano, bien seguro. Y claro, ¡qué vas a desear tú! Como todo el mundo, los ciento volando a tu alrededor. ¡Ay!

Jaime Salom
Acto II

Hace poco más de un año fallecía en Madrid, nonagenario, Rafael Romero Marchent, director con una filmografía de lo más heterogéneo a sus espaldas en la que abundan, sobre todo, los wésterns. Según leo en IMDb, 1976 fue el más prolífico de sus años en activo, ya que, con esa fecha, llegó a estrenar la friolera de hasta seis largometrajes. Entre ellos esta adaptación de la pieza teatral homónima en dos actos que el dramaturgo Jaime Salom había presentado en el madrileño teatro Marquina en febrero del 72.

El guion corrió a cargo de Juan Miguel Lamet, Santiago Moncada y José Luis Garci, quien, previamente, ya había adaptado otra obra de Salom: La casa de las Chivas (1972), que dirigió León Klimovsky. Muchos son, a decir verdad, los cambios respecto al texto original, siendo el más destacable la ausencia de algunos personajes (por ejemplo, en la película no hay ni rastro de Ruiz, un comisario de policía amigo íntimo de la pareja protagonista). Otros, en cambio, parecen más gratuitos, como el nombre de los amantes: Adrián en la obra de teatro, Enrique (Javier Escrivá) en el filme, y Lilian por Mónica (Ágata Lys).



Todo parece indicar que la cinta en cuestión debió de contar con un presupuesto tirando a exiguo, lo cual explicaría la ya mencionada supresión de personajes, así como la reducción de la trama (un elaborado juego escénico en el que se desarrollaban dos planos temporales distintos) a una simple historia de adulterio en torno a un tipo frustrado y su afable esposa carnicera (Carmen Sevilla). No obstante, a buen seguro que un cinéfilo empedernido como Garci fue el responsable de que el vaso de agua con la dosis letal destinada a Juana se transformase, en clara referencia a Sospecha (1941) de Hitchcock, en vaso de leche.

El evidente complejo de inferioridad que atormenta a Enrique "manos largas", cada vez más abrumado por el hecho de no haber concluido sus estudios universitarios y haberse tenido que conformar, tras siete años de matrimonio, con una existencia anodina junto a una mujer a la que no ama, actúa de motor de la historia. Por eso mismo, el iluso afán de prosperar de un hombre que se siente extraño viviendo en el seno de la clase trabajadora nublará su horizonte vital haciéndole caer en los brazos de una joven pintora, hija de su antiguo profesor, con la que intentará recuperar el tiempo perdido, sin darse cuenta de lo mucho que valía el amor sincero de Juana.



viernes, 25 de diciembre de 2020

Jarrapellejos (1988)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1988, 102 minutos

Jarrapellejos (1988) de Antonio Giménez Rico


La Joya recortaba su sombría silueta a la luz de las estrellas. […] Con su abundancia de torres, cúpulas y cimborrios de tanta iglesia, parecía una monstruosa vegetación de hongos sobre un enorme estercolero. Sí, sí; pueblo monstruoso, de monstruosa humanidad en putrefacción, en fermentación de todos los instintos naturales con todas las degradaciones de una decrépita sociedad en la agonía. Allí, para llegar a la posesión del pan y de la hembra —esto que consiguen los pájaros con su bella y sencilla libertad— se pasaba a través de la mentira, de los hipócritas engaños, del robo, hasta del crimen. Damas que lograban los más altos prestigios por la prostitución y el adulterio, como Orencia y la condesa; cándidas muchachas rendidas al dinero o al despotismo de hombres como don Pedro Luis y el Garañón; curas con hijos y públicas queridas y curas alcahuetes, como don Roque y el tuerto don Calixto; novias atropelladas por la autoridad, como aquella del barbero; cristianos condes vendedores de reses muertas de carbunco...; alcaldes ladrones de los pósitos; estafadores a lo Zig-Zag; bandidos en toda la extensa gama que iba desde el Gato a Marzo y Saturnino; jueces libertadores de asesinos y encausadores, a sabiendas, de inocentes...; y encima, flotando con la siniestra sombra de un murciélago brutal, Jarrapellejos, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero...

Felipe Trigo
Jarrapellejos

Los términos tan absolutamente categóricos de los que se sirve Felipe Trigo para denunciar aquella España caciquil de 1914 no dejan lugar a dudas respecto al posicionamiento ideológico de un novelista que con demasiada frecuencia se ha visto condenado al olvido. Postergación de la que se propusieron rescatarlo Antonio Giménez Rico y Manuel Gutiérrez Aragón al adaptar para la gran pantalla la más célebre de sus obras, protagonizada por ese don Pedro Luis Jarrapellejos que, amparándose en la imponente sonoridad de su apellido, todo lo puede y todo lo controla en la imaginaria villa extremeña de La Joya.

Como ya sucediera en la heroica Vetusta donde Clarín situó La Regenta, Trigo se vale de un microcosmos provinciano cuyos defectos son, en realidad, extrapolables al resto de la nación. En ese sentido, el clima fatídicamente corrupto que se respira en La Joya obedece a la impunidad con la que los miembros de la aristocracia local ejercen sus privilegios de clase sobre unos lugareños desamparados para los que poco o nada han cambiado las cosas desde los aciagos días del feudalismo.



Novela esencialmente coral, son tantas y tan variadas las situaciones descritas en ella que difícilmente se podía aprovechar todo el material que proporciona, por lo que su versión fílmica transmite a ratos una cierta sensación de resumen frívolo. Así pues, ni la evolución personal de Octavio (un jovencísimo José Coronado en los inicios de su carrera) queda bien reflejada ni su idilio con Ernesta (Lydia Bosch) posee la profundidad que en el libro es fruto de páginas y páginas de sutil galanteo.

Se salva, eso sí, por la convincente interpretación de Antonio Ferrandis en el papel de omnipotente oligarca, así como por la presencia de Juan Diego en un rol de señorito libidinoso muy en la línea del que ya interpretara algunos años antes a las órdenes de Mario Camus en Los santos inocentes (1984). En cambio, y tal vez porque el recuerdo de lo acontecido a principios de aquella misma década con El crimen de Cuenca (1980) aún podía tener su peso en el inconsciente de los productores a la hora de mostrar según qué cosas, lo cierto es que las tropelías a las que se ve sometido por parte de la Justicia el socialista Cidoncha (Joaquín Hinojosa) quedan excesivamente atenuadas en comparación con lo descrito en el texto.



jueves, 19 de noviembre de 2020

Vamos por la parejita (1969)




Director: Alfonso Paso
España, 1969, 68 minutos

Vamos por la parejita (1969) de Alfonso Paso


Mucho más conocido por su faceta de autor teatral y guionista, Alfonso Paso (1926–1978) dirigió también seis largometrajes. Que no son, huelga decirlo, el summum del séptimo arte, pero que encarnan a la perfección la idiosincrasia del franquismo sociológico. O, si se prefiere, de los gustos del público consumidor de un determinado tipo de productos comerciales que por aquel entonces gozaban de enorme popularidad.

De entrada, Vamos por la parejita es un título que denota bien a las claras una de las obsesiones primordiales del régimen: el del incremento de la natalidad. Reforzado, para más inri, con la tozudez del protagonista por incrementar su ya de por sí larga descendencia, formada íntegramente por mujeres, con un vástago masculino que sea la honra de su orgullo viril.



A tal efecto, Juan Fernández (Antonio Garisa) estará dispuesto a lo que haga falta con tal de asegurar la pervivencia de su "ilustre" apellido. Incluso a tener una aventura extramatrimonial con una oronda viuda (Florinda Chico) que, pese a ser madre de cuantiosos varones, hará una excepción con el susodicho donjuán y le dará otra niña más que sumar a su ya extensa colección de hijas y de nietas.

Sin embargo, y en consonancia con el histrionismo del que hace gala el protagonista cada vez que le anuncian el nacimiento de una nueva heredera, podría decirse que el planteamiento ideado por Paso hunde sus raíces en un modelo tan preclaro como la comedia clásica latina, cuyos personajes respondían a similares perfiles básicos (el padre desesperado, la esposa fiel, la amante seductora, el hijo tarambana...) a los aquí expuestos. Y que el autor adaptaba a los roles sociales de finales de los sesenta, como ese yerno yeyé (proteico-copto) que una de sus hijas se traerá de Londres para desesperación del patriarca de la familia.

Bajo ese flequillo se esconde un jovencísimo Emilio Gutiérrez Caba


viernes, 21 de agosto de 2020

Cateto a babor (1970)




Director: Ramón Fernández
España, 1970, 83 minutos

Cateto a babor (1970) de Ramón Fernández

Cateto a babor es ya de por sí un título lo suficientemente explícito como para no detenerse en los pormenores de una historia que había conocido el éxito catorce años antes en su primera versión, en blanco y negro. Sólo que Recluta con niño (1956) resultaba todavía más meridiano si cabe. Porque el hecho de que un pueblerino se presente en el cuartel con un crío de la mano supone un punto de partida que se presta a innumerables situaciones cómicas, a cuál más delirante.

En cualquier caso, el remake que nos ocupa fue concebido con una descarada finalidad propagandística cuyo objetivo primordial no era otro sino captar el mayor número posible de incautos para que se alistasen en la armada. De ahí la presencia (e insistencia) en mostrar el cartel que el tremendo sargento Canales (José Gálvez) tiene colgado en la pared de su gabinete: "¡Muchacho: la Marina te llama!" Visión paternalista e idealizadora del estamento militar como si se tratase del mejor de los destinos posibles e incluso de una universidad de la vida encargada de instruir a los paletos. 



Lo demás (los múltiples apuros del protagonista en su penosa adaptación a la disciplina castrense) será apenas un pretexto para hacer alarde de la moderna flota de portaaviones del ejército nacional y demás ventajas que conlleva la pertenencia a tan insigne cuerpo. Por eso subraya uno de los cadetes (Pepe Sacristán) los diez días de permiso de que gozarán los voluntarios tras unas maniobras en alta mar o se enfatiza el carácter benévolo del comandante (José Suárez) frente a los métodos expeditivos del susodicho Canales.

Sin embargo, y gracias a la cariñosa acogida que entre todos dispensan al dicharachero Quique, la magnánima familia del "Tigre de San Fernando" desmiente que el sargento sea tan severo como lo pintan. Es más: al final se acabará demostrando que su obstinación en pulir catetos ha valido la pena, puesto que el tal Miguel Cañete Moste (Alfredo Landa) no sólo saca a relucir unas inesperadas dotes para el ejercicio de la carrera naval, sino que, una vez que la invidente Julia (Enriqueta Carballeira) recupera milagrosamente la vista, es muy probable que el hombre haya ganado también un yerno.


lunes, 25 de diciembre de 2017

Las que tienen que servir (1967)




Director: José María Forqué
España, 1967, 79 minutos

Las que tienen que servir (1967)


"Como es evidente estamos en España..." Es la voz de Alfredo Landa la que nos habla sobre un fondo jazzístico notable de Antón García Abril acompañando imágenes de un partido de béisbol. Sin embargo, no todo es tan obvio. Como que hoy hace justo cuarenta años que falleció Chaplin y no vamos a comentar ninguna película del genial artista. No, no: la cosa queda mucho más cerca, aunque se remonte a una década antes. 

Las que tienen que servir es uno de esos títulos recurrentes en espacios de la televisión pública como Cine de barrio; una españolada en toda regla, vaya. Y que hoy, entre los efluvios del cava y demás excesos gastronómicos propios de estas fechas, nos hemos tragado de pe a pa (porque siempre hay una primera vez para todo y esta noche le ha tocado a este clásico del denominado cine de consumo).

Francisca (Amparo Soler Leal) y Juana (Concha Velasco)

De entrada, hay que decir que antes de largometraje de la factoría Dibildos dirigido por Forqué con fotografía de Cecilio Paniagua (que no es moco de pavo) había sido exitosa comedia teatral escrita por Alfonso Paso. Por lo que no es de extrañar que la fórmula volviese a funcionar en taquilla cinco años más tarde: dos criadas al servicio de los americanos de Torrejón, con sendos novios autóctonos (a cuál más bruto y machista: Antonio el del motocarro y Lorenzo el huevero) y otros tantos pretendientes yanquis. Hay también un dentista catalán interpretado por Saza, casado con una teniente estadounidense y que prefigura, en cierto modo, el personaje que le haría célebre en La escopeta nacional (1978).

Pero lo que más llama la atención de la película, y que peor ha resistido el paso del tiempo, es esa cocina "ultramoderna" color gris metalizado, con aspecto de cabina de nave espacial, repleta de botones, pitidos, lucecitas y portezuelas que se abren y se cierran automáticamente para guisar los alimentos en el acto. En realidad, se trata de una visión paródica de los avances tecnológicos que puede encontrarse igualmente en el cine de Hollywood (piénsese, por ejemplo, en el similar aspecto que presenta la computadora que lleva de cabeza a Katharine Hepburn y Spencer Tracy en Su otra esposa, Desk Set, 1957).


jueves, 1 de septiembre de 2016

La casa de Bernarda Alba (1987)




Director: Mario Camus
España, 1987, 99 minutos

Drama de mujeres en los pueblos de España


La casa de Bernarda Alba (1987)


BERNARDA: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
MAGDALENA: Lo mismo me da.
ADELA: (Agria) Si no queréis bordarlas irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.
MAGDALENA: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
BERNARDA: Eso tiene ser mujer
MAGDALENA: Malditas sean las mujeres.
BERNARDA: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.

La casa de Bernarda Alba
Acto I
Federico García Lorca

La importancia universal que ha adquirido la figura de Federico García Lorca ha hecho que sus textos sean objeto de frecuentes adaptaciones cinematográficas. Como esta versión de su última obra dramática, La casa de Bernarda Alba, que dirigiera Mario Camus en 1987. Visualmente, se trata de un filme oscuro, no sólo por el luto impuesto por Bernarda a sus cinco hijas, sino sobre todo por la dirección de fotografía de Fernando Arribas, que pretende recrear el ambiente de enclaustramiento que se respira en aquella casa.

Irene Gutiérrez Caba fue, sin lugar a dudas, una buena elección para el papel principal: seca, austera y castradora, supo meterse en la piel de la estricta viuda. En cambio, no puede decirse lo mismo de Ana Belén en su rol de Adela, y no tanto por sus dotes interpretativas, siempre excelentes, sino porque uno no puede dejar de ver en ella a la cantante glamurosa. Cuánto hubiera ganado una pieza de este tipo en manos de un, por ejemplo, Pier Paolo Pasolini, artista al que tantos paralelismos unieron con Lorca. Un Pasolini que, como en el caso del Evangelio según Mateo, habría utilizado actrices no profesionales. Tal vez su propia madre hubiese sido una excelente Poncia, aunque no hay que desmerecer a Florinda Chico.



Especular es gratis, por supuesto, pero con ello queremos dar a entender que los personajes de este drama entroncan profundamente con una tradición que va más allá del tópico flamenco: hay en estas mujeres mucho de matronas romanas, de vestales virginales a las que se intenta preservar por todos los medios de la zafiedad del mundo y de los hombres.

Y, sin embargo, tantas precauciones resultarán a la postre contraproducentes, puesto que la represión debe acabar reventando por alguna parte: ni las recluidas logran sustraerse al impulso vital de su juventud ni Pepe el Romano al de la tentación, en un juego de atracción hacia lo vedado que dejan entrever las palabras de Martirio (Vicky Peña):

Es preferible no ver a un hombre nunca. Desde niña les tuve miedo. Los veía en el corral uncir los bueyes y levantar los costales de trigo entre voces y zapatazos, y siempre tuve miedo de crecer por temor de encontrarme de pronto abrazada por ellos. Dios me ha hecho débil y fea y los ha apartado definitivamente de mí. 

Por último, cabe destacar que Ronda, Antequera y Zahara de la Sierra fueron las localidades andaluzas elegidas para rodar los exteriores de una producción en la que se supo respetar la esencia del texto sin incurrir en una teatralidad excesiva.