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martes, 19 de agosto de 2025

Harper, investigador privado (1966)




Título original: Harper
Director: Jack Smight
EE.UU., 1966, 121 minutos

Harper, investigador privado (1966)


Después de haber protagonizado una serie de películas con las que no quedó particularmente satisfecho, como Cuatro confesiones (1964) o Lady L (1965), Paul Newman necesitaba meterse en la piel de algún personaje cien por cien norteamericano que le hiciera sentirse seguro de su interpretación para así recuperar plenamente la confianza en sí mismo. 

Se ha dicho que el actor propuso cambiarle el nombre al detective de Harper (1966), en lugar de Archer, que es como se llamaba en The Moving Target, la novela de Ross Macdonald en la que está basada la cinta, para que comenzase por la misma H inicial de Hud (1963) o The Hustler (1961), dos de los éxitos más sonados de su filmografía previa (aunque también es probable que el cambio obedeciese a algún que otro conflicto con los derechos de autor).



Lo cierto es que ya desde los títulos de crédito iniciales, con la secuencia mítica del investigador privado hurgando de buena mañana en la basura de su oficina para rescatar un filtro de café, queda meridianamente claro que estamos ante un individuo cuya existencia un tanto caótica entronca con la de ilustres predecesores del cine negro a los que muchas veces dio vida Bogart. De ahí que los productores, en un guiño cinéfilo, ofreciesen uno de los papeles secundarios, el de la rica y cínica heredera que indaga el paradero de su marido, a Lauren Bacall.

Por lo demás, no son pocas las pinceladas de humor amargo en una trama repleta de giros inesperados y en la que también se atisba un cierto erotismo incipiente en esa especie de Lolita que interpreta Pamela Tiffin. Diálogos mordaces, a cargo del guionista William Goldman, en un neo-noir ambientado en las suntuosas áreas residenciales de Los Ángeles que, con los años, ha acabado convirtiéndose prácticamente en un título de culto.



viernes, 6 de marzo de 2020

El sueño eterno (1946)




Título original: The Big Sleep
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1946, 114 minutos

El sueño eterno (1946) de Howard Hawks

Eran cerca de las once de la mañana, a mediados de octubre. El sol no brillaba y en la claridad de las faldas de las colinas se apreciaba un aspecto lluvioso. Vestía mi traje azul oscuro, corbata y vistoso pañuelo fuera del bolsillo, zapatos negros y calcetines de lana del mismo color adornados con ribetes azul oscuro. Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno, y no me importaba que se notase. Era todo lo que un detective privado debe ser. Iba a visitar cuatro millones de dólares.

Raymond Chandler
El sueño eterno
Traducción de José Antonio Lara

Hay títulos evocadoramente atractivos cuyas resonancias, a caballo entre lo poético y lo mítico, bastan por sí solas para remitir a una época o ilustrar un determinado ambiente. El sueño eterno es uno de ellos. Como prueba de lo cual podrían mencionarse la pluma de Raymond Chandler o la inmortal criatura de ella surgida, el detective Philip Marlowe, aunque la lista de nombres que contribuyeron a elevar la adaptación fílmica de la novela a la categoría de leyenda es de las que quitan el aliento, desde la participación en el guion del premio Nobel William Faulkner hasta el protagonismo de Bogart y Bacall, pasando por la puesta en escena de uno de los directores más relevantes de la época dorada de Hollywood: Howard Hawks.

Con The Big Sleep el cine negro entraba en una nueva dimensión, marcada por argumentos crípticos y un erotismo latente que hoy nos cuesta detectar, pero cuyo gancho atraía a las multitudes a las salas de proyección como la miel a las abejas. De hecho, si un filme de tales características salió adelante fue única y exclusivamente con la finalidad de repetir la química entre la pareja protagonista que ya se había dado en otro clásico de Hawks: Tener y no tener (1944). De ahí que, en los carteles publicitarios, los nombres de los actores figurasen muchísimo más destacados que el propio título de la película.



No obstante, parece ser que la cosa no acababa de funcionar como la primera vez, pese a que la relación entre Bogie y su adorada Lauren acabaría cristalizando en el matrimonio de ambos, motivo por el cual los estudios Warner decidieron añadir escenas y alterar el montaje inicialmente previsto. Resultado: una trama ininteligible en la que lo de menos es sacar algo en claro, sino dejarse arrastrar por la subyugante atmósfera de crímenes, chantajes y pasiones en la que se verán involucrados un viejo general y sus dos hijas.

Nacía así, más por accidente que por voluntad propia, un modelo cinematográfico que tendría su continuidad, durante la década siguiente, en el Macguffin hitchcockiano hasta desembocar, ya en nuestros días, en las entelequias de un David Lynch o incluso en filmes de Christopher Nolan como Memento (2000) u Origen (2010). Hubo, por cierto, un olvidable remake de 1978, rodado en Inglaterra, y en cuyo reparto participaron Robert Mitchum, James Stewart y Joan Collins.


sábado, 9 de febrero de 2019

Salud (1980)




Título original: HealtH
Director: Robert Altman
EE.UU., 1980, 105 minutos

Salud (1980) de Robert Altman


En una línea similar al Bogdanovich de Texasville que comentábamos ayer, aunque mucho más inspirado, Robert Altman plantea en HealtH una de sus características comedias corales para, esta vez, cargar contra el obsesivo empecinamiento de los norteamericanos por la alimentación saludable (cuando el término ortorexia aún no figuraba en los diccionarios) y, en última instancia, arremeter también contra la perversión del sistema democrático en aquel país.

Aun así, cabe admitir que los diálogos del filme están excesivamente orientados a conseguir el chiste final o la agudeza que cierre la escena antes de pasar a la secuencia siguiente. Estructura de gag, procedente, sin duda, de la riquísima tradición vodevilesca de Broadway, y que nos brinda perlas como las que a continuación se transcriben:



ESTHER BRILL: ¡Está demostrado científicamente que tener un orgasmo acorta la vida en veintiocho días!
ENFERMERA: Pues esta noche yo estaría dispuesta a acortar la mía un mes o incluso dos...
* * *
ASISTENTES: ¡Hay un hombre en el fondo de la piscina!
ESTHER BRILL: (aguzando la vista desde lo alto de la terraza del hotel) ¿Qué piscina...?

La tal Brill, virgen a los ochenta y tres y aquejada de narcolepsia galopante, no es otra sino Lauren Bacall en uno de los papeles más disparatados que se le recuerdan: el de candidata a presidir la Happiness, Energy And Longevity Through Health, poderosísima organización político-sanitaria cuyo acrónimo da título a la película. En realidad, el objetivo de Altman era radiografiar el sistema de partidos imperante en Estados Unidos y cómo, a menudo, la elección de uno u otro candidato depende de factores tan, en principio, ajenos a la política como su presencia en los medios de comunicación de masas. De ahí que Altman parodie el formato televisivo de los debates de precampaña electoral, contando con la participación del moderador Dick Cavett haciendo de sí mismo.


jueves, 12 de julio de 2018

El último pistolero (1976)




Título original: The Shootist
Director: Don Siegel
EE.UU., 1976, 100 minutos

El último pistolero (1976) de Don Siegel


La noticia del fallecimiento de la reina Victoria copa la portada de los periódicos locales el mismo día que J.B. Books llega a la ciudad. Impresionado por la magnificencia con que la soberana británica se ha despedido del mundanal ruido, el viejo pistolero, sabedor que padece un cáncer en fase terminal, resolverá en su fuero interno urdir un plan que le permita marcharse con semejante dignidad.

También John Wayne fue, a su manera, un monarca (pese a que su alias fuese El Duque): un ídolo de masas que, tras haber participado en casi doscientas películas (dos de ellas —El Álamo, 1960 y Boinas verdes, 1968— dirigidas por él mismo), ponía el punto final a su carrera con este wéstern crepuscular que tantos paralelismos plantea con la delicada situación personal que el actor estaba atravesando en aquel entonces.



Aunque Wayne, que fallecería tres años más tarde a consecuencia de un cáncer de estómago, no es la única vieja gloria del reparto de The Shootist: Lauren Bacall encarna a Bond Rogers, la viuda que le alquila una habitación (lo de Bond, por cierto, era un claro homenaje a Ward Bond, el mítico secundario fallecido en 1960) y un James Stewart algo abatido por el peso de los años y sus problemas de sordera interpreta al doctor que se ve en el apuro de tener que diagnosticarle la terrible enfermedad a Books. Todos ellos, como John Carradine (en un fugaz papel de enterrador) o Richard Boone (Sweeney), fueron imposiciones del viejo Duke, quien no dudaría en enfrentarse con el director Don Siegel, por éste y otros temas, hasta salirse con la suya.

Veteranos en el ocaso de sus días que compartieron cartel con un jovencísimo Ron Howard (Gillom), el mismo que, con el devenir de los años, se acabaría convirtiendo en el afamado director de títulos como Una mente maravillosa (2001), El código Da Vinci (2006), el documental The Beatles: Eight Days a Week (2016) y la reciente (y, en opinión de muchos, fallida) Han Solo (2018). En El último pistolero Howard es apenas un crío, aunque no le tiembla el pulso a la hora de darle la réplica a toda una leyenda (dentro y fuera de la pantalla) que no sólo le enseñará a mejorar su puntería sino que, en un acto de enorme simbolismo, le venderá su caballo poco antes del fatal desenlace, convertido así en el improvisado testigo (real y alegórico) que la vieja guardia del viejo Hollywood le pasaba a una nueva generación de intérpretes y cineastas.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Tener y no tener (1944)




Título original: To Have and Have Not
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1944, 100 minutos

Tener y no tener (1944) de Howard Hawks


You know how to whistle, don't you, Steve? You just put your lips together and blow...

"Si me necesitas, silba..." Y, sin embargo, la frase ni fue escrita por los dos premios Nobel que colaboraron en la película (Hemingway por su novela y Faulkner como guionista) ni tampoco estaba previsto que formase parte de los diálogos. Como suele suceder muchas veces, la que acabaría siendo una de las máximas míticas de la historia del cine surgió fruto de la casualidad, durante un ensayo en los estudios Warner. Fue Howard Hawks el responsable de que dicha improvisación con una incipiente estrella llamada Lauren Bacall acabase incluyéndose en el guion definitivo y, por esa puerta, entrar en el olimpo de los momentos inmortalizados a través del celuloide.

Sin embargo, Tener y no tener no resultó una película multipremiada: apenas un galardón del National Board of Review concedido a Bogart por su papel de Harry Morgan fue todo su bagaje. No cumplió, pues, con la expectativa de ser otra Casablanca que la Warner había depositado en ella. Y es que, de hecho, son varios los puntos en común entre ambos clásicos, habida cuenta de la deliberada voluntad de repetir el éxito que la major había cosechado dos años antes con el mismo actor protagonista y un argumento en el que también se mezclaban héroes de la Resistencia empeñados en abandonar el aislamiento de un pequeño enclave colonial para liberar del yugo nazi a Francia y al resto del mundo.

Como ocurría en Casablanca, un pianista vuelve a animar las veladas

En este caso, la acción se trasladaba desde el norte de África hasta la Martinica, en aguas del mar Caribe, gestándose durante el rodaje una de las parejas más célebres que jamás vieron los siglos (pasados y venideros): la Slim de la pantalla era, en la vida real, apenas una principiante que a duras penas llegaba a los veinte años. Pero, a pesar de la diferencia de edad (Bogie ya tenía 44...), surgió de inmediato la química entre ambos, para delirio de mitómanos y desesperación de Howard Hawks, que ya le había echado el ojo a la sílfide. Se casaron al año siguiente y permanecerían juntos hasta que el cáncer se llevó al actor en 1957. El resto forma parte ya de la leyenda.

Aunque no hay que olvidarse de los demás secundarios que trabajaron en To Have and Have Not. Algunos, como el francés Marcel Dalio, ya habían participado en Casablanca, adonde hacía de crupier en el casino de Rick (Bogart). Aquí, vuelve a colaborar en favor de la causa aliada, pero esta vez haciendo de enlace entre Harry Morgan y el matrimonio de Bursac. El alcoholizado Eddie (Walter Brennan) es quizá el contrapunto cómico más notable de la película, con sus peculiares andares a base de saltitos y dejando a cuadros a propios y extraños con una pregunta recurrente: "Was you ever bit by a dead bee? ("¿Te ha picado alguna vez una abeja muerta?") Algo a lo que sólo la avispada Slim sabrá responder, metiéndose en el bolsillo a Eddie, a Harry y a todo ser viviente que haya visto alguna vez Tener y no tener.


viernes, 26 de mayo de 2017

Ernest y Célestine (2012)




Título original: Ernest et Célestine
Directores: Stéphane Aubier, Vincent Patar y Benjamin Renner
Francia/Bélgica/Luxemburgo, 2012, 80 minutos

Ernest y Célestine (2012)


¿Qué pueden tener en común un oso y una ratona? A priori se diría que más bien poca cosa, aunque, como punto de partida, se trata de un reto sin duda interesante, sobre todo si ella va para dentista y él es un pobre músico callejero. Pero para el equipo integrado por Stéphane Aubier, Vincent Patar y Benjamin Renner nada es imposible, como ya quedara de sobras probado con su imaginativa Pánico en la granja (2009).

Visualmente, Ernest et Célestine daba vida al universo de elegantes acuarelas concebido por la ilustradora belga Gabrielle Vincent (1928-2000). Y si, además, el guion iba a cargo del escritor Daniel Pennac, la apuesta no podía fallar. Sobre todo teniendo en cuenta qué actores pusieron sus voces a los personajes: de la versión francesa destacan la de Lambert Wilson en el papel de Ernest y la de Féodor Atkine como Juez Grizzly, emulados (en la versión americana) por Forest Whitaker, Paul Giamatti (Juez Rata) y la mismísima Lauren Bacall, quien ponía el broche de oro a su extensa carrera dándole voz a La Gris, la temible institutriz del hospicio.

Lambert Wilson


También en el apartado musical encontramos nombres ilustres, como el del cantautor Thomas Fersen, intérprete del tema central: "La chanson d'Ernest et Célestine". La banda sonora la compuso Vincent Courtois.

Planteando la historia como el encuentro de dos seres enfrentados con sus respectivos mundos (uno subterráneo, el otro en la superficie), Pennac demuestra ser conocedor de filmes como Metrópolis (1927), pese a que también denota la influencia de clásicos de la literatura universal al mostrar a Ernest atado y transportado por los ratones como si se tratase de Gulliver en Liliput.

Uso expresionista de la sombra a lo Nosferatu