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lunes, 23 de junio de 2025

Del amor y de la muerte (1977)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1977, 82 minutos

Del amor y de la muerte (1977) de Giménez Rico


Se hace difícil no interpretar en clave alegórica una película sobre un señor feudal estrenada en la España de la Transición. En ese sentido, Del amor y de la muerte (1977) contiene los elementos necesarios para leer entre líneas lo que Miguel Madrid y José Luis García Sánchez, autores del guion, se propusieron tal vez al idear la historia del viejo don Diego (Antonio Ferrandis) y su no menos abusivo heredero Gonzalo (Simón Andreu). Vamos: que el paralelismo con el ya difunto caudillo y las fuerzas reaccionarias de su entorno debió resultar diáfano para algunos espectadores de aquel entonces.

En ese mismo orden de cosas, el joven Rodrigo (Pedro Mari Sánchez), vilipendiado por los gerifaltes del lugar, pudiera verse como un trasunto de la joven democracia española, amenazada por múltiples peligros, o incluso del flamante monarca que llevaba un par de años ocupando la jefatura del Estado. De ahí que su metódica e inflexible venganza final, en la que el pastor liquida mediante espada, hacha o flechas a quienes le ofendieron en el pasado, tenga mucho de ajuste de cuentas como el que habría supuesto en el 77 la ruptura democrática contra los excesos de la dictadura franquista.



La presencia en el reparto de la siempre tentadora Amparo Muñoz, una de las actrices fetiche del cine de la Transición y que se hallaba en el momento álgido de su carrera, aporta al conjunto un toque sensual, inevitable, por otra parte, en una cinematografía inmersa en pleno proceso de liberación tras cuatro décadas de censura recalcitrante. Erotismo que, en el caso de La Polaca, cuyo papel de molinera presenta bastantes aristas, adquiere una dimensión mucho más perversa.

Ecos de tragedia griega, en la que se mezclan lo incestuoso y el afán de revancha, en el marco de una historia propia del romancero viejo rodada en localizaciones de Guadalajara y Albacete. Por eso la acción arranca y acaba con el mismo plano general de una era donde se trilla el grano y las palabras de un juglar que por allí cruza recitando sus versos: "De ella nació un rosal blanco, / de él nació un espino albar. / Crece el uno, crece el otro: / los dos se van a juntar / y las ramas que se alcanzan / fuertes abrazos se dan. / Y las que no se alcanzaban / no dejan de suspirar. / El amo, lleno de envidia, / ambos los mandó cortar. / El galán que los cortaba / no cesaba de llorar. /  De ella naciera una garza, / de él un fuerte gavilán: / juntos vuelan por el cielo, / juntos vuelan par a par".



viernes, 7 de diciembre de 2018

Último encuentro (1967)




Director: Antonio Eceiza
España, 1967, 78 minutos

Último encuentro (1967) de Antonio Eceiza


Puede que a las nuevas hornadas de cinéfilos el nombre de Antxon Eceiza no les diga gran cosa: un poco/bastante porque la tendencia generalizada es propensa a denostar el cine español y otro tanto, quizá, porque el malogrado director donostiarra (que fallecería el 15 de noviembre de 2011 a la relativamente temprana edad de 76 años) dirigió su última película —Felicidades, Tovarich— en 1995. Sin embargo, hubo una época en la que, de la mano de su paisano Elías Querejeta, Eceiza debutó por la puerta grande optando a la Palma de Oro en Cannes.

Último encuentro, que así se titulaba la cinta en cuestión, no pasaba de ser una producción al servicio del bailaor Antonio Gades, por aquellos tiempos en plena efervescencia cinematográfica si se tiene en cuenta que participó, en apenas cuatro años, en hasta seis películas: aparte de Los Tarantos (1963) y El amor brujo (1967), ambas de Rovira-Beleta, formaría parte también, entre otros, del reparto de Con el viento solano (1966) de Mario Camus.



En el primero de la anterior lista de títulos, Gades ya había coincidido con el actor Daniel Martín, quien interpreta aquí al abatido Juan, antiguo guitarrista flamenco al que la traición del que fuera su mejor amigo sumió en una melancolía perpetua. Pero el destino ha querido que el uno y el otro coincidan en el plató de un programa de televisión (La llave del recuerdo, conducido por el mítico José Luis Uribarri, que hace de sí mismo). Aunque dicho espacio, que, en principio, tenía como única misión ensalzar la trayectoria de Antonio Esteve (nombre real de Gades), abre la caja de Pandora de un pasado incómodo que enfrenta al artista con sus orígenes humildes y el insulso presente que le toca vivir junto a una esposa burguesa (María Cuadra) a la que no presta excesiva atención y un representante tan sibilino como pragmático (José María Prada) obsesionado con hacerlo triunfar a cualquier precio.

Lo más llamativo de Último encuentro, amén de la destreza taconeante de Gades sobre los tablaos, es una estructura a base de continuas elipsis y saltos temporales que culmina, como no podía ser de otra manera, con un desenlace de lo más trágico. Claro que no todo es tan tremendo en un filme concebido por dos vascos para poner al día (y vender, de paso, en el extranjero) una imagen más moderna de la España de pandereta. En ese aspecto es muy revelador el número en el que Antonio baila por bulerías la música yeyé de Los Shakers (el conjunto integrado por los hijos de José Luis Sáenz de Heredia) con unos carteles de promoción turística estratégicamente situados detrás de la banda.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Corazón solitario (1973)




Director: Francesc Betriu
España/Francia, 1973, 92 minutos

Corazón solitario (1973) de F. Betriu


Referencia 236 B. Madrid. Soy soltero, de buena profesión. Aún no tengo cuarenta años. Las chicas que me conocen me consideran bien parecido y elegante, pero sin afectación. Tengo una sólida formación moral que debo a mi madre, que en gloria esté. Mi profesión es la más bonita del mundo: soy compositor e instrumentista; mi músico preferido es Mozart. Desearía correspondencia con chicas españolas jóvenes, inteligentes y que les guste la buena música. Firmado: “Corazón Solitario”. PD.: No tengo ningún defecto físico.

Partiendo de lo que vendría a ser una parodia más o menos confesa de El último cuplé (1957) de Juan de Orduña, el primer largometraje dirigido por Francesc Betriu supuso una hilarante, a la par que cáustica, comedia negra escrita en colaboración con José Luis García Sánchez y Manuel Gutiérrez Aragón. Aunque también incluye diversos números musicales, la mayoría de corte semifolclórico, y algún que otro cameo: el dramaturgo Francisco Nieva, Benet Rossell (polifacético artista homenajeado ayer y hoy en la Filmoteca de Catalunya), etc.



Narra las vicisitudes del mojigato Antoñito (el francés Jacques Dufilho, en un papel muy similar a los que, por aquellas fechas, solía interpretar José Luis López Vázquez): clarinetista en la orquesta "Los habaneros" de la sala de fiestas El Molino Rojo y solterón empedernido profundamente marcado por la figura materna, tras la previa publicación de un anuncio en la prensa, conocerá a Rocío (La Polaca), despampanante cordobesa guiada por la firme convicción de convertirse algún día en una gran artista, pero a la que un torero de segunda fila (Máximo Valverde) dejó embarazada cinco meses atrás.

Tiene Corazón solitario, como tantos títulos de las postrimerías del franquismo, aquella extraña mezcla, entre burlona y melancólica, sórdida y tierna a la vez, que hace de ella una obra equiparable a No es bueno que el hombre esté solo (1973) de Pedro Olea, La cera virgen (1972) de Forqué o, incluso, Amador (1966) de Regueiro. Así pues, su protagonista es el típico españolito reprimido, un poco el hazmerreír del vecindario, virginalmente bondadoso y, precisamente por ello, candidato a padecer en sus propias carnes las sacudidas del destino.

Betriu comentaba esta tarde en la Filmoteca que si la película se ha conservado fue más por azar que por otra cosa: enviada a concurso al Festival de Venecia, la cinta llegó cuando el certamen ya se había clausurado, por lo que, ante los requerimientos de los organizadores, el director se quedó con la copia (la única que se ha conservado). Porque si bien la distribuyó la Paramount, no puede decirse que la compañía americana pusiera mucho empeño en tal cometido, habida cuenta de que sus verdaderas intenciones no eran otras sino colocar, mediante dicha argucia legal, sus propios productos en Europa.


domingo, 20 de diciembre de 2015

El amor brujo (1986)




Director: Carlos Saura
España, 1986, 100 minutos

El amor brujo (1986) de Carlos Saura


Un largo y lento plano secuencia nos conduce al interior del estudio, engalanado con un majestuoso decorado de Gerardo Vera, en el que tendrá lugar la acción de la película. Parece como si su director quisiera remarcar que lo que nos disponemos a ver no es más que una ficción intemporal.

En todo caso, Carlos Saura ya había inaugurado su ciclo flamenco para el productor Emiliano Piedra con Bodas de sangre (1981) y Carmen (1983), así que la versión que proponía de El amor brujo no hacía sino ahondar en los mismos postulados allí expuestos. Y de nuevo en colaboración con Cristina Hoyos (Candela) y Antonio Gades (Carmelo), siendo este último el nexo de unión con los filmes de Rovira Beleta que él mismo había protagonizado en los sesenta.

Ahora serán Carmelo, Candela y José (Juan Antonio Jiménez) los que se enzarcen en una terna cuasi onírica de la que Saura sabe servirse con maestría para elaborar una composición del encuadre de abrumadora belleza. No hay más que ver el número de la "Danza ritual del fuego", en la voz de Rocío Jurado, para darse cuenta de que la fuerza de las imágenes está a la altura de la partitura de Manuel de Falla.



Claro que, puestos a buscar alguna pega, la actuación de las Azúcar Moreno tal vez no haya soportado igual de bien el paso del tiempo...