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sábado, 3 de septiembre de 2022

Ensalada Baudelaire (1978)




Director: Leopoldo Pomés
España, 1978, 90 minutos

Ensalada Baudelaire (1978) de Leopoldo Pomés


Se ha llegado a insinuar en más de una ocasión si Haneke habría visto esta película, la única dirigida por el fotógrafo Leopoldo Pomés (1931-2019), y que tantas similitudes plantea con el argumento de Funny Games (1997). A este respecto, y teniendo muy reciente el visionado de ambos filmes, uno se decanta por pensar que el parecido, si bien resulta más que razonable, pudiera deberse también al modus operandi que habitualmente suelen emplear los asaltantes de viviendas, sobre todo cuando, además de delincuentes, se trata de neuróticos que disfrutan torturando a sus rehenes.

Polémicas al margen, lo cierto es que Ensalada Baudelaire (1978) constituye en toda regla un título de culto dentro del cine de la transición, máxime si se tiene en cuenta la temática un tanto truculenta que aborda. Romà Gubern y el arquitecto Òscar Tusquets colaboraron en un guion repleto de elementos que oscilan entre el sadismo y una cierta morbosidad erotizante muy propia de la época del destape. Sin embargo, el contexto ideológico que se intuye en el fondo de la trama apunta más bien en la dirección de lo que vendría a ser una lectura actualizada de la conflictividad social.



Según lo anterior, las tensiones entre los distintos personajes obedecen a motivos eminentemente clasistas, de modo que Santi (Llorenç Santamaria) y Juan (Ricardo Masip) humillan a Andrea (Marina Langner) y a Carlos (Xabier Elorriaga) como represalia por gozar de un estatus privilegiado del que ellos se sienten excluidos. Asimismo, la aristocrática Andrea, hija de un marqués con mucho abolengo y poco dinero, desdeña a Carlos a pesar de que su marido es un acaudalado industrial que, al casarse con ella, salvó de la ruina a su padre.

Con todo y con eso, una serie de giros inesperados de guion nos demostrarán que las cosas no son siempre lo que parecen, de modo que, habiendo finalizado la acción, una voz en off invita a los espectadores a permanecer atentos porque, aparte de la conclusión que todos acaban de ver, otros dos desenlaces serían también posibles.



sábado, 26 de junio de 2021

Raza, el espíritu de Franco (1977)




Director: Gonzalo Herralde
España, 1977, 79 minutos

Raza, el espíritu de Franco (1977) de Gonzalo Herralde


Yo la guerra no la entiendo más que como un movimiento ecológico. El mundo tiene capacidad para un número limitado de personas. En cuanto hay ese crecimiento tiene que haber una guerra, tiene que haber otro Diluvio, tiene que haber un terremoto para equilibrar las fuerzas con medio a relación del ambiente en que viven. […] El héroe yo creo que está muy en relación en directo con el coñac: a mayor coñac más heroicidad.

Alfredo Mayo

Curioso experimento con la mira puesta en desentrañar la verdadera personalidad del Caudillo a través del análisis de la película Raza (1942) y el testimonio del actor Alfredo Mayo, protagonista de la misma, así como de Pilar Franco, hermana del Generalísimo. Resultado: una desmitificación en toda regla apenas dos años después de que el dictador hubiese pasado a mejor vida.

Valiéndose del montaje en paralelo, Gonzalo Herralde y su colaborador Romà Gubern alternan las declaraciones de los susodichos con fragmentos extraídos del filme que escribiera un tal Jaime de Andrade (pseudónimo tras el que se esconde Francisco Franco, verdadero autor del guion). De lo cual se infiere el enorme parecido entre algunos aspectos de la biografía de éste y la de José Churruca, su alter ego cinematográfico.



Sin embargo, Alfredo Mayo, a diferencia del héroe que encarna en la pantalla, jamás sintió especial apego por la vida militar y por no saber no sabe ni quiénes fueron los almogávares. A este respecto, Raza, el espíritu de Franco (1977) abunda en revelaciones de este tipo, sobre todo en boca de doña Pilar. Así, por ejemplo, sabemos de la separación de sus padres (que ella niega, aunque es público y notorio que el patriarca de los Franco abandonó a mujer e hijos para trasladarse a Madrid, donde vivió amancebado) o que sus antepasados fueron a parar todos a la administración de la armada en lugar de convertirse en valerosos marinos, como habría sido lo lógico en el Ferrol, donde tenía su sede la escuela naval.

Toda una saga familiar, más corrientucha que su exaltación fílmica, de la que la hermanísima acabaría en cierta manera renegando cuando, años después, declaró que mejor les hubiera ido si Paquito, en lugar de Jefe del Estado, hubiese sido un simple fontanero, albañil o vendedor de periódicos. Palabras contundentes, en su línea de mujer campechana, pero que entran en abierta contradicción con algunas informaciones a propósito de la enorme fortuna que doña Pilar habría amasado aprovechándose de su apellido.



martes, 4 de mayo de 2021

Brillante porvenir (1965)




Directores: Vicente Aranda y Romà Gubern
España, 1965, 93 minutos

Brillante porvenir (1965) de Aranda y Gubern


La ópera prima de Vicente Aranda, codirigida en colaboración con el hoy eminentísimo Romà Gubern, ha sido a menudo comparada con El gran Gatsby de Scott Fitzgerald (1925) cuyo argumento también giraba en torno a las fiestas organizadas por un poderoso hombre de negocios. Como en la novela, el telón de fondo de Brillante porvenir (1965) es una sociedad marcada por profundas diferencias de clase (en este caso, la Barcelona burguesa) y el difícil encaje en su seno de un advenedizo inicialmente acogido con grandes muestras de cordialidad, pero al que rechazarán a partir del momento en el que sus intereses entren en conflicto con los del omnipotente López (Josep Maria Angelat).

La presentación de Antonio (Germán Cobos) en la secuencia inicial deja bien a las claras el origen humilde de un individuo que, gracias a un golpe de suerte, va a cambiar su trabajo como oficinista y la modesta pensión en la que habita por la opulencia de la parte alta de la ciudad. Un ascenso fulgurante que, de la mano de Lorenzo (Arturo López), le permite entrar en contacto con un modo de vida que hasta entonces le era ajeno, pero cuyos códigos desconoce por completo. Algo que al final se acabará revelando de vital importancia puesto que pone al descubierto diferencias insalvables entre el falso arquitecto y el mundo farisaico, basado en una incipiente especulación inmobiliaria, al que ha ido a parar.



A este respecto, la bella Montse (Serena Vergano) representa la línea roja que el intruso no debería cruzar jamás si no quiere que lo expulsen de ese edén al que se le permite acceder tal vez sin merecerlo. De hecho, no hay ningún problema si Antonio quiere disfrutar de la compañía de bellas señoritas de vida alegre como Carmen (Josefina Güell), Irene (Gloria Osuna) o incluso Núria (Mónica Randall). Pero la codiciada Montse es otro cantar: hermana de Lorenzo, objeto de deseo de López, la atractiva joven que un día se fue a París huyendo del ambiente cateto que aquí la atenazaba no parece digna para un plebeyo como Antonio por más que ésta se deje querer.

Buenos conocedores del medio que describen (a fin de cuentas, procedían de él), Aranda y Gubern aprovechan para sentar las bases de lo que más tarde será la Escuela de Barcelona, si bien esta cinta carece aún de la experimentación formal que posteriormente definirá dicha corriente. En todo caso, además de una crítica feroz contra la hipocresía imperante en aquel ambiente, no faltan guiños autobiográficos por parte de unos autores que mencionan a Ricardo Bofill (compañero de viaje y marido de la actriz Serena Vergano) en alguno de los diálogos o que hacen que Montse y Antonio se den cita en la terraza del Bagatela, bar de la Diagonal que regentaba la madre de Gubern.



domingo, 22 de noviembre de 2020

Dragón Rapide (1986)




Director: Jaime Camino
España, 1986, 105 minutos

Dragón Rapide (1986) de Jaime Camino


Los prolegómenos del alzamiento militar de julio del 36, que acabarían desembocando en nuestra aciaga Guerra Civil, le sirven a Jaime Camino y su coguionista Romà Gubern para trazar un relato cronológico y pretendidamente objetivo de los hechos. Son días de rumores y conciliábulos, marcados por el ruido de sables de los generales golpistas. El asesinato de Calvo Sotelo precipitará el resto de acontecimientos.

Dragón Rapide supuso la primera vez en la historia del cine español que un actor se atrevía a meterse en la piel de Francisco Franco y lo cierto es que Juan Diego, pese a su irregular caracterización (se nota que lleva la cabeza rapada para simular las entradas del pelo) compuso un papel más que meritorio del futuro Caudillo.



Porque el Franco del que aquí se nos habla no es todavía la figura que se hará con las riendas del bando nacional, sino un aspirante que se prepara concienzudamente para ello, capaz de mandar arrestar a un soldado por faltarle un botón de la camisa o, según cuentan sus simpatizantes, de hacer que fusilen a un legionario que se negaba a comerse el rancho.

En todo caso, resulta bastante interesante la aproximación propuesta por Camino, similar, en cierta medida, a la que adoptará muchos años después el Amenábar de Mientras dure la guerra (2019), mostrando a un Franco en pijama y en el lecho conyugal o preocupado porque su hija Carmencita está triste. El avión que lo traslade desde su destierro canario hasta Marruecos, un De Havilland DH-89, cambiará para siempre su destino y el de todo un país.



sábado, 21 de noviembre de 2020

Espérame en el cielo (1988)




Director: Antonio Mercero
España, 1988, 105 minutos

Espérame en el cielo (1988) de A. Mercero


La sospecha de que, a lo largo de la historia, algunos grandes dignatarios se han servido de un doble que suplantase su personalidad durante la celebración de determinados actos viene ya de antiguo. Y Franco (pese a no ser ni grande ni digno) tampoco ha quedado al margen de tales habladurías. Real o apócrifa, dicha leyenda urbana sirvió de base para que Antonio Mercero escribiese, en colaboración con Horacio Valcárcel y Romà Gubern, una de sus mejores películas.

Ni que decir tiene que buena parte del mérito de Espérame en el cielo (1988) se debió al acierto con el que fue elegido el reparto de actores. Para empezar, a causa del enorme parecido físico entre el argentino Pepe Soriano y el dictadorzuelo al que interpreta; y, en segundo lugar, por la innegable vis cómica de Chus Lampreave en el papel de sufrida esposa y espiritista aficionada o ese atildamiento tan de falangista lameculos que le valió un Goya a Saza como mejor actor de reparto.



Raptar a un simple ortopedista con la finalidad de convertirlo, tras ser sometido a arduo entrenamiento, en la viva imagen del Caudillo supone una arriesgada misión al más alto nivel de Estado. Que conllevará para el pobre Paulino Alonso, además de verse privado de libertad, un régimen de vida tan estricto como el observado por su sosias (ayuno sexual incluido).

Entrañable en la sencillez y modestia de su planteamiento, la película ofrece momentos antológicos de guion, como aquello de que el suplantador se toque la oreja cada vez que aparece en el No-Do para que su mujer Emilia sepa que se trata de él y no del verdadero Generalísimo. O cuando los acólitos que asisten a los cuadros escénicos en el teatro de El Pardo jalean el "¡Arriba España!" del supuesto Jefe del Estado y el auténtico les replica, imperturbable: "Yo nunca digo: 'Viva Franco'. Por lo demás, han cumplido ustedes con su deber...".



martes, 28 de julio de 2020

Sexo, maracas y chihuahuas (2016)




Director: Diego Mas Trelles
España, 2016, 87 minutos

Sexo, maracas y chihuahuas (2016)
de Diego Mas Trelles


No era un tipo apuesto que respondiese al perfil del típico Latin Lover. Y, sin embargo, Xavier Cugat (1900-1990) supo jugar sus cartas con una habilidad extraordinaria. Fue tal la popularidad por él alcanzada que contó con la amistad de varios presidentes norteamericanos y hasta trabajó para Al Capone, amén de haber participado en más de veinte producciones hollywoodenses y presumir de ser el descubridor de talentos tan rutilantes (y tan dispares) como Frank Sinatra, Rita Hayworth o Woody Allen.

O eso, al menos, es lo que se desprende de las múltiples declaraciones del violinista y director de orquesta contenidas en Sexo, maracas y chihuahuas, documental dirigido por Diego Mas Trelles a mayor gloria de un hombre, nacido en Gerona y emigrado a Cuba, que pasó en cinco ocasiones por el altar y al que no le hacía falta abuela a juzgar por la cantidad de veces que, en múltiples entrevistas y declaraciones de archivo, afirma haber sido el primero en esto, aquello y lo de más allá. Y es que, si al otro lado del Atlántico, por aquellas mismas fechas, Franco inauguraba pantanos que aplacasen la "pertinaz sequía", el avispado 'Cugui' (como le apodaban sus íntimos) inauguraba los casinos por docenas en la incipiente industria del ocio de Las Vegas.



Ya entrado en años, el otrora coleccionista de estrellas en el Paseo de la Fama y excelente dibujante decidió volver a su patria, estableciéndose en el Hotel Ritz de Barcelona, adonde solía dirigirse montado en un imponente Rolls-Royce dorado. Poco importa que luciese un aparatoso peluquín o que las inclemencias del tiempo hubiesen hecho mella sobre su figura hasta aproximarla a la de un viejo verde: octogenario e incansablemente vitalista, todavía seguía apadrinando a jóvenes promesas (entre ellas la hoy célebre Nina de OT) con la intención de catapultarlas a la fama.

Sin embargo, y a pesar de que la inmensa mayoría de personalidades que aportan su testimonio (Isabel Coixet, Javier Gurruchaga, Chucho Valdés…) alaban el legado del artista, no faltan voces discordantes como la del historiador Romà Gubern, quien tilda a Cugat de oportunista y personaje de reputación como mínimo dudosa. Sea como fuere, lo cierto es que hasta el final de sus días este catalán universal demostró un olfato inigualable para los negocios, ya fuese vendiendo pipas, chihuahuas o lo que se terciase.


sábado, 23 de mayo de 2020

Mañana será otro día (1967)




Director: Jaime Camino
España, 1967, 101 minutos

Mañana será otro día (1967) de Jaime Camino


Es una película un tanto Nouvelle vague: ella podría ser Anna Karina y él Belmondo. Claro que también tiene algo de Dos en la carretera (1967), si no fuese porque ambas son del mismo año y la cinta de Stanley Donen no se estrenó en España hasta octubre, mientras que Mañana será otro día salió a finales de mayo. Pero bueno: aun así, Sonia Bruno se parece un montón a Audrey Hepburn y aquel apuesto Juan Luis Galiardo le daba un cierto aire a Albert Finney.

Argumento laxo: Paco y Lisa llegan a Barcelona, procedentes de Madrid, en un descapotable robado. El muchacho aspira a ser actor, mientras que su pareja trabaja esporádicamente como modelo publicitaria. Pero la vida está muy dura y Paco acabará de escolta de un individuo nada recomendable. Resultado: crisis sentimental y abandono de Lisa de la pensión con vistas al puerto donde conviven, para dedicarse a los desfiles de alta costura e incluso a la prostitución de lujo.

Lisa (Sonia Bruno)

Independientemente de que se reconcilien o no, lo cierto es que el destino que les aguarda no invita a presagiar buenos augurios. Más que nada porque el coche en el que se marchan de la Ciudad Condal, rumbo a Torremolinos, vuelve a ser robado: en esta ocasión al propio Barín (Alberto Berco), antiguo jefe de Paco y, según parece, sacerdote de vida disoluta. "Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón". Con lo cual se cierra el círculo y la película. Mañana será otro día... igual que éste pudiera ser su título completo.

Segundo largometraje del director Jaime Camino, el paso del tiempo le ha otorgado el valor añadido de documento gráfico (cuidadosamente fotografiado en Eastmancolor por Luis Cuadrado) en el que admirar la Barcelona de finales de los sesenta: las Ramblas, Plaza Cataluña, la Plaza Real, la Diagonal, las atracciones del Tibidabo... Si bien la intención del cineasta y de su guionista Romà Gubern era muy otra cuando la escribieron: radiografiar la cara oculta de una urbe en apariencia amable, pero capaz de fagocitar con su doble moral las ilusiones de dos vividores de medio pelo que tendrán que pagar un altísimo precio por intentar hacerse un hueco en ella.

Paco (Juan Luis Galiardo)

viernes, 14 de diciembre de 2018

Liberxina 90 (1970)




Director: Carlos Durán
España, 1970, 85 minutos

Liberxina 90 (1970) de Carlos Durán


Pues, como no podían hacer Victor Hugo, los miembros de la Escuela de Barcelona se dedicaron sistemáticamente a hacer Mallarmé... Tal y como sucede con la práctica mayoría de filmes surgidos al calor de aquel movimiento, Liberxina 90 responde, punto por punto, a unos parámetros experimentales de los que hoy muchos abominan. En cualquier caso, la exposición LIBERXINA, Pop y nuevos comportamientos artísticos, 1966-1971, que podrá verse en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) hasta el 22 de abril del año que viene, toma su nombre de esta película del malogrado Carlos Durán.

Por desgracia, el malditismo que habitualmente rodea el legado de quienes, a finales de la década de los sesenta y primeros setenta, se atrevieron a imaginar un cine innovador desde el seno de la barcelonesa Gauche divine termina por traducirse, con demasiada frecuencia, en la invisibilidad de un buen puñado de títulos que hoy merecerían ser reivindicados como capítulo esencial de nuestro patrimonio fílmico.

William Pirie junto a Romy en un chiringuito de la Barceloneta

Porque imaginar una droga en forma de gas con la propiedad de hacer que las masas piensen por sí mismas era (y, en buena medida, sigue siendo) un planteamiento tan inaudito como revolucionario. En ese sentido, el guion coescrito por el propio Carlos Durán y Joaquim Jordà planteaba un escenario entre futurista y distópico que apenas difiere del de Fata/Morgana (1966), filme mítico del mismo período que dirigiera Vicente Aranda a partir de un relato de Gonzalo Suárez.

Las localizaciones iniciales de Liberxina 90 pueden hacernos pensar en el Antonioni de Il deserto rosso (1964) y, sobre todo, de L'eclisse (1962) cuando, posteriormente, la acción se traslade a una fría barriada de bloques de pisos. También hay algo del Godard de La Chinoise (1967) en la escena en la que los protagonistas lanzan proclamas subversivas desde el salón de su apartamento mientras de fondo suena una canción de Pau Riba. En fin, huelga decir que la censura franquista, tras un kafkiano y tortuoso procedimiento, impuso que se cortase la copia que se proyectó en el Festival de Venecia para, por último, acabar condenando la cinta a un ominoso ostracismo del que ya nunca se recuperaría.


lunes, 21 de mayo de 2018

España otra vez (1968)




Director: Jaime Camino
España, 1968, 105 minutos

España otra vez (1968) de Jaime Camino

Han pasado treinta años. Una parte de mí mismo quedó enterrada en estas ruinas...

Volver, con la frente marchita y demás pertrechos que cantaba Gardel, nunca fue fácil. Pero menos aún si el que regresa al cabo de media vida es un médico que vino como voluntario a luchar por la república en las filas de la Brigada Lincoln. España otra vez, coescrita por Jaime Camino, Romà Gubern y Alvah Bessie, planteaba sin ambages una historia en la que el protagonismo recaía precisamente sobre los vencidos en la contienda. Hombres que, como el propio Bessie, cruzaron el Atlántico para dejarse la piel (y el corazón) en una guerra fratricida de la que la mayoría de democracias occidentales, tras la firma del "Pacto de no intervención", se había desentendido por completo.

En su afán por presentar al doctor David Foster (Mark Stevens) como un individuo de total confianza, incapaz de levantar las sospechas de una censura aún obsesionada con aquello del contubernio judeo-masónico, lo veremos disertar en varias escenas sobre la especialidad médica en la que es una eminencia, ya sea entrevistado por Paco Rabal en un taxi, pronunciando su ponencia en el congreso en el que participa en Barcelona o, incluso, disertando con un viejo camarada (Luis Ciges) ahora metido a cura.



También hubo que hacer alguna que otra concesión para facilitar la carrera internacional de una película que fue seleccionada para los Oscar y que optó a la Palma de Oro en Cannes. No de otra manera cabe entender los innecesarios números flamencos de Manuela Vargas o los diálogos en inglés que mantienen Foster, Thompson (de nuevo Alvah Bessie) y la esposa del primero (Marianne Koch).

En definitiva, y de la misma manera que el tema de la guerra civil prefigura otros títulos de la posterior filmografía del director, la inserción de imágenes de archivo en blanco y negro anuncia, asimismo, su futura vocación documentalista, plasmada en el monumental La vieja memoria (1978). Aunque, por de pronto, España otra vez debía conformarse con abrir camino para que, en lo sucesivo, otras producciones, caso de El amor del capitán Brando (1974) de Jaime de Armiñán, se atrevieran a abordar el mismo asunto: el de aquellos viejos exiliados que, tantísimos años después, se reencontraban con un país que ya no reconocían para acabar experimentando el mismo regusto amargo que Neruda supo condensar en un verso genial: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos".


lunes, 2 de abril de 2018

El certificado (1970)




Director: Vicente Lluch
España, 1968-70, 98 minutos

El certificado (1970) de Vicente Lluch


Calificar de comedia negra a El certificado (1970) resulta un tanto impreciso: en realidad, era la España de aquel entonces la que era negra (y muchísimo, además, como tendrán ocasión de comprobar quienes vean la película). Porque sólo en un país en el que la obsesión por la honra, la pureza de la mujer y demás lastres medievales seguían estando presentes en el imaginario colectivo se podía filmar una historia como ésta.

Si bien se mira, lo de extender un documento médico que certifique la virginidad de una señorita (tal es el caso de Silvia, el personaje que interpreta Núria Espert) entronca directamente con la literatura celestinesca, aunque en este caso el ambiente en el que tienen lugar los hechos sea la Barcelona burguesa y biempensante de finales de los sesenta. La misma ciudad, por cierto, que pasaba por ser la más moderna y europea del Estado, por lo que tiene mérito que Vicente Lluch se atreviera a ridiculizar determinadas actitudes de la clase pudiente local.



Por otra parte, y al margen de su innegable valor histórico, otro de los alicientes que ofrece El certificado es jugar a reconocer quién es quién entre los secundarios que participaron en el rodaje. En ese sentido, no son pocas las sorpresas que nos depara dicho pasatiempo, desde ver a Romà Gubern haciendo de sacerdote en el banquete nupcial o a la escritora Maria Aurèlia Capmany encarnando a una doctora (sorpresa relativa, ya que ambos habían interpretado esos mismos papeles en sendas películas de la época: Un invierno en Mallorca y Del amor y otras soledades, respectivamente) hasta identificar a un jovencísimo Mario Gas en el fotógrafo que inmortaliza a una bella modelo a las puertas de una entidad bancaria. Como no menos curioso es el hecho de que el apuesto modelo de las camisas Burlador sea José María Blanco: cuando el personaje de Núria Espert le sonríe en la última secuencia de la película, se produce el reencuentro de la pareja protagonista de Biotaxia (1968), el filme que Nunes ambientó en la Barcelona de Gaudí.

He ahí, por último, un atractivo más: el de fijarse en las localizaciones donde se rodó El certificado. Así pues, hay un par de escenas clave que transcurren en la Plaça del Rei, mientras que las instalaciones de El Corte Inglés de Plaza Catalunya también juegan un importante rol. El Café de la Ópera, la Plaça del Pi... conforman los principales escenarios del universo en el que se mueven la familia Escuder y la bella Silvia.


domingo, 25 de febrero de 2018

Jutrzenka · Un invierno en Mallorca (1969)




Director: Jaime Camino
España, 1969, 106 minutos



Il n’y a rien de si triste et de si pauvre au monde que ce paysan qui ne sait que prier, chanter, travailler, et qui ne pense jamais. Sa prière est une formule stupide qui ne présente aucun sens à son esprit ; son travail est une opération des muscles qu’aucun effort de son intelligence ne lui enseigne à simplifier, et son chant est l’expression de cette morne mélancolie qui l’accable à son insu, et dont la poésie nous frappe sans se révéler à lui. N’était la vanité qui l’éveille de temps en temps de sa torpeur pour le pousser à la danse, ses jours de fête seraient consacrés au sommeil.

George Sand
Un hiver à Majorque

Envuelta en el halo misterioso y exótico de los viajeros románticos, la estancia de la novelista Aurore Dupin, más conocida como George Sand, y del compositor Frédéric Chopin en la mallorquina Cartuja de Valldemossa durante el invierno de 1838-1839 daría pie a uno de los episodios más célebres de la literatura decimonónica. Un poco como ya hiciera, algunos años antes, el Washington Irving de los Cuentos de la Alhambra (1832), la pareja se refugió en las Baleares en busca de ambientes pintorescos, así como de un clima benigno y el sosiego que ayudasen a mitigar los problemas de salud del pianista polaco. Lo único que encontraron, sin embargo, fue la incomprensión de la población local, sumida en un ambiente de bárbaras costumbres ancestrales que hacía inviable el que pudiesen asimilar la presencia de los amantes, máxime dándose el caso de que ella era una mujer separada y avezada, entre otras excentricidades, a fumar puros o a vestirse de hombre.



Elementos, todos ellos, presentes en Jutrzenka (1969), si bien la película de Jaime Camino intentaba, a su vez, establecer algún tipo de paralelismo entre aquel desencuentro y la situación que se estaba viviendo entonces en la España franquista. Vista así, Un invierno en Mallorca sería una parábola de hasta qué punto la sensibilidad artística o la libertad individual no tenían cabida en una sociedad alienada cuyos rudos habitantes sólo eran capaces de "rezar, cantar, trabajar, pero nunca de pensar".

En otro orden de cosas, y aparte del hecho de que se incluyen algunos diálogos en catalán, el elenco de Un invierno en Mallorca nos depara diversas sorpresas. Como ver a Romà Gubern interpretando al párroco del lugar o a Daría Esteva, entonces una niña, haciendo de hija de la escritora junto a Quique San Francisco. Las italianas Lucía Bosé y Serena Vergano completaban el reparto junto al francés Henri Serre y al británico Christopher Sandford en el papel de Chopin.