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domingo, 18 de agosto de 2024

El mujeriego (1963)




Director: Francisco Pérez-Dolz
España, 1963, 105 minutos

El mujeriego (1963) de Pérez-Dolz


Aparte de haber dirigido el célebre filme policíaco A tiro limpio (1963), la que para muchos es considerada como su obra cumbre, Paco Pérez-Dolz firmaba aquel mismo año la comedia El mujeriego (1963), teóricamente uno de esos vehículos al servicio del humorista de turno, en este caso el histriónico Casto Sendra, más conocido por su nombre artístico: Cassen (1928-1991).

En un primer momento, según relata Ferran Alberich en su interesantísima monografía sobre el cineasta catalán (Paco Pérez-Dolz: El camí de l'ofici, 2007), habría sido el propio Cassen quien sugirió a la productora Este Films un guion de su cosecha, al parecer tan de brocha gorda que Pérez-Dolz se vio obligado a reescribirlo por completo de arriba a abajo, dándole un enfoque mucho más realista.

Con Carmen de Lirio, la viuda de al lado


A grandes rasgos, el protagonista de la cinta, Juan Domínguez Choto, representa al típico españolito de la época del desarrollismo, feo, canijo y, por encima de todo, obsesionado con el sexo. Así que sólo le faltaba acertar los catorce resultados de una quiniela para dejar plantada a su novia (Paloma Valdés) y liarse la manta a la cabeza... Sin embargo, y contrariamente a lo que en principio cabría esperar, lo más reseñable de una película de tales características no reside tanto en la comicidad de las situaciones, que también, sino en pequeños detalles que permiten entrever la inteligencia de su director. 

Así, por ejemplo, el hecho de que un quiosquero confiese que el Romancero gitano de Lorca se vende "como el agua" o que el tal Domínguez, pese a no ser ninguna lumbrera, lea y cite el ensayo del doctor Marañón sobre la figura de Don Juan apunta un trasfondo menos frívolo de lo que a priori pudiera creerse. Quizá por ello, porque los diálogos contienen réplicas intencionadas, se hace que uno de los personajes, el señorito andaluz, aluda a la Nouvelle Vague para, acto seguido, sentenciar: "A mí me gusta el cine español, cine agradable, sencillo, donde te sale un niño que canta, ¡ole!, y es un niño que canta".



sábado, 13 de julio de 2024

La víctima número diez (1965)




Título original: La decima vittima
Director: Elio Petri
Italia/Francia, 1965, 93 minutos

La víctima número diez (1965) de Elio Petri


Fantasía futurista adornada con algún que otro toque humorístico. En realidad, como se suele decir en estos casos, un vehículo para el lucimiento de Mastroianni (inusualmente teñido de rubio) y, sobre todo, de una escultural Ursula Andress que venía precedida de su aura de chica Bond. Lo cierto es que La decima vittima (1965) pudiera haber tenido algún interés en manos de, pongamos por caso, un director tipo Jean-Luc Godard, quien por aquellas mismas fechas andaba también metido en proyectos vagamente relacionados con la ciencia ficción, caso de Alphaville (1965).

Erotismo latente y diseño pop art, tanto de interiores como de vestuario, en una película cuyo argumento, adaptación de un relato de Robert Sheckley (1928-2005), plantea un mundo regido por computadoras en el que, alternativamente y hasta completar el cupo de diez muertes, a unos les toca el papel de víctimas y a otros el de asesinos. Todo debidamente retransmitido por televisión e incluso con patrocinadores. Curiosa manera de controlar y mantener a raya la violencia, convirtiéndola en espectáculo de masas, a no ser que se interponga la chispa del amor y haga de las suyas...



En principio, parece que el italiano Elio Petri era partidario de un enfoque serio de la historia, pero el todopoderoso Carlo Ponti, productor de la cinta, acabó imponiendo su criterio para llevarse el guion de Tonino Guerra y Ennio Flaiano a un terreno mucho más ligero (léase, comercial), con una fuerte influencia del mundo del cómic y los códigos visuales propios del lenguaje publicitario.

Lo curioso del caso es que, pese a lo intrascendente de su planteamiento, con el paso de los años esta inverosímil (a la par que amable) distopía colorista tenía todos los puntos para terminar convirtiéndose en filme de culto. Buena prueba de ello es la influencia que posteriormente ha ejercido sobre otros títulos, de entre los que destacan  la saga de Austin Powers o Los juegos del hambre.



domingo, 12 de julio de 2020

Diego Corrientes (1959)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1959, 98 minutos

Diego Corrientes (1959) de Isasi-Isasmendi


Sierra Nevada, 1778... La acción arranca con un gran plano general de las montañas, entre cuya inmensidad la cámara detecta la presencia de un jinete. Al acercarse, se distingue la efigie del famoso bandolero que da título a la película: Diego Corrientes (1757-1781), apodado 'El Generoso' por su afición a robar a los ricos para repartirlo entre los más necesitados, como si de un Robin Hood dieciochesco se tratase.

Antes de que el eficiente Antonio Isasi-Isasmendi acometiese, con su habitual pericia, este proyecto, el personaje ya había inspirado un drama romántico a cargo de José María Gutiérrez de Alba, estrenado en 1848, una novela de Manuel Fernández y González (1866), así como dos películas mudas (de 1914 y 1924, respectivamente), más uno de los primeros filmes, allá por 1937, del prolífico Iquino.



"No os sorprendáis, nobles señores, que deje intactas vuestras bolsas y no me lleve vuestras alhajas. Repito que no soy un ladrón." Como se desprende de sus palabras, es el propio Diego, interpretado por el actor José Suárez, quien tiene clara su condición de justiciero. Que tendrá que vérselas con un conde engreído y petulante para evitar que el noble desahucie a los vecinos que no le pagan los tributos.

Cinta de pelucas, motines y localizaciones andaluzas, incluye, asimismo, varios números musicales de estilo folclórico, que era, junto con las aventuras a caballo de un cierto regusto wéstern, lo que más solía atraer al público de aquel entonces. Amén de la encrucijada entre dos amores, el de una aristócrata (Marisa de Leza) y el de la ardiente Carmela (Eulalia del Pino), en la que se debatirá el protagonista.


sábado, 28 de marzo de 2020

El coleccionista de cadáveres (1970)




Título internacional: Cauldron of Blood
Directores: Santos Alcocer y Edward Mann
España/EE.UU., 1967-1970, 95 minutos

El coleccionista de cadáveres (1970)


Bikini-horror no parece, a priori, la etiqueta más afortunada para catalogar una cinta de terror, si bien es cierto que El coleccionista de cadáveres se rodó en la malagueña Costa del Sol, a principios de 1967, con la despampanante Dyanik Zurakowska luciendo palmito ya desde las escenas iniciales. Sin embargo, el verdadero reclamo de la película era y es un octogenario Boris Karloff que falleció un año antes de que el filme viera la luz.

Badulescu es un cotizado escultor que, junto a su esposa y representante Tania (Viveca Lindfors), vive retirado en una fortaleza a orillas del mar desde que se quedó ciego a consecuencia de un gravísimo accidente. Paradojas de la vida, al anciano no le queda más remedio que trabajar a destajo para concluir un grupo escultórico que le han encargado, pese a que el artista, igual que Beethoven, no podrá admirar su propia creación.



Lo singular de su modo de darle forma al conjunto es que Badulescu moldea las estatuas a partir del esqueleto de animales e incluso seres humanos, razón por la que Tania, que es el verdadero agente maligno de la trama, pondrá en marcha sus maléficas artes para suministrarle la materia prima que necesita...

Que un medio reportero/medio detective francés (Jean-Pierre Aumont) se interponga en su camino jugándose el pellejo (o, más bien, la osamenta) en compañía de la pintora Valérie (Rosenda Monteros); que los gitanos del lugar desfilen en procesión o que vaticinen el porvenir; en fin: que los turistas alternen en un bar de moda llamado Shanghái, donde se organizan fiestas de disfraces en homenaje a Goya, son sólo algunos de los dispares ingredientes que se dan cita en una de las muestras más desconcertantes del intento (fallido) de aclimatar el giallo por estas latitudes.


domingo, 19 de enero de 2020

El salario del crimen (1964)




Dirección: Julio Buchs
España, 1964, 89 minutos

El salario del crimen (1964) de Julio Buchs


¿Sabe lo que es peor en un viejo policía? […] Que se acaba por no tener confianza en nadie...

Comisario Vílchez (José Bódalo)

Noir hispánico de ambientación madrileña e impecable factura técnica ya desde sus trepidantes títulos de crédito a cargo de los Estudios Moro, al ritmo de la banda sonora compuesta por Josep Solà: una partitura jazzística cuyo ritmo sincopado evoca la sonoridad de estándares del género en la línea del célebre "Take Five" de Dave Brubeck.

Como arquetípico es también su argumento, protagonizado por un Arturo Fernández que, desde una década antes, venía acumulando experiencia en este tipo de papeles, cuando encabezó o formó parte del reparto de no pocos policíacos barceloneses: Nunca es demasiado tarde (1956) o Distrito quinto (1958), ambas de Julio Coll, A sangre fría (1959) de Juan Bosch, etc.



Y en el rol de caprichosa femme fatale, esta vez le daba la réplica la actriz francesa Françoise Brion, quien interpreta a la sofisticada propietaria de una elegante boutique de modas por cuyo atractivo suspiran hasta los hombres más sensatos. Ni siquiera Mario (Fernández), pese a su reputación de implacable agente de la ley, podrá resistirse a los encantos de la bella Elsa, hasta el punto de arruinar una brillante carrera como inspector de policía...

Hijo del también director José Buchs, el malogrado Julio Buchs fallecería a los 46 años, víctima de un infarto, el 20 de enero de 1973, apenas diez días antes que su propio padre. De su breve filmografía, compuesta por una docena escasa de títulos, destacan algunos spaghetti wéstern y un par de largometrajes al servicio del entonces galán Juan Luis Galiardo.