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miércoles, 5 de agosto de 2026

José María (1963)




Título italiano: Giorno di fuoco a Red River
Director: Josep Maria Forn
España, 1963, 82 minutos

José María (1963) de Josep Maria Forn


Tal y como se advierte al inicio de José María (1963), la película no pretende ser tanto un biopic fidedigno en torno a la figura de El Tempranillo como una libre adaptación a propósito del célebre bandolero del siglo XIX. En efecto, el guion de José Antonio de la Loma, producido por los Estudios IFI y dirigido por el entonces habitual de la casa Josep Maria Forn, muestra al protagonista como un individuo honesto, a pesar de su condición de forajido, incapaz, como él mismo afirma en un momento dado, de atacar a nadie por la espalda. Se le muestra, además, luciendo a todas horas una llamativa chupa de cuero, como si de un ídolo rock se tratase, lo cual, aparte de ofrecer una imagen moderna del personaje, conecta en cierto modo con la estética wéstern.

Y lo cierto es que así fue como se vendió en Italia, donde la cinta, con los nombres del elenco debidamente americanizados, circuló bajo el título de Giorno di fuoco a Red River, haciendo pasar las serranías andaluzas por los paisajes áridos de Nuevo Méjico. Curiosa segunda vida de una producción el reparto de la cual estaba casualmente encabezado por un actor de dicha nacionalidad, Raf Baldassarre, cuya interpretación de José María Hinojosa se enmarca en la leyenda romántica del bandido de buen corazón que, en el fondo, anhela llevar una vida como los demás. Por eso se enamora de la aristócrata Isabel (Ángela Bravo) y por esa misma razón terminará suscitando la clemencia del mismísimo Fernando VII (Manuel Gas).



Y así hasta cuatro tramas distintas se entretejen a lo largo de un fresco repleto de tópicos en el que no faltan caballos, patillas, trabucos y los habituales números flamencos, inevitable nota folclórica en la que se enmarca el destino trágico del hombre al que algunos apodaban "El Rey de Andalucía".

Espectaculares exteriores en las inmediaciones del municipio gaditano de Grazalema, escarpado escenario de multitud de filmes de similar temática, sirven de telón de fondo para una recreación histórica en la que, sin embargo, por arte de magia (cinematográfica) se cuelan también diversas secuencias rodadas en un enclave a priori tan barcelonés como el Castillo de Montjuïc.



viernes, 26 de diciembre de 2025

Nuevas amistades (1963)




Director: Ramón Comas
España, 1963, 103 minutos

Nuevas amistades (1963) de Ramón Comas


A determinadas edades conviene dormir, en otras es conveniente no cenar demasiado, en época de exámenes es preciso no leer novelas. La vida, por cualquier parte, le ofrecía a uno aquellas saludables máximas de la sabiduría popular.

Juan García Hortelano
Nuevas amistades

Avalada por el prestigioso Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix-Barral, que le había sido concedido en 1959, la primera novela de Juan García Hortelano era objeto de su correspondiente adaptación cinematográfica apenas cuatro años después. El encargado de dirigirla, Ramón Comas, tenía en su haber la muy meritoria Historias de Madrid (1958) y aún firmaría un par de trabajos más antes de retirarse prematuramente de la realización.

No obstante, y por motivos obvios, Nuevas amistades (1963) dista de poseer la fuerza del texto en el que se basa, entre otras cosas porque la censura franquista no lo hubiese permitido. Así pues, comparada con el original, la película resulta una copia resumida y descafeinada, carente de la crítica social con la que su autor retrataba la vida ociosa de unos jóvenes de buena familia que, de un día para otro, se ven envueltos en el turbio asunto de un aborto clandestino.



En ese orden de cosas, y por más que García Hortelano colaborase en el guion de la cinta, junto con Juan García Atienza y Joaquín Bollo Muro, no hay ni rastro en pantalla de los barrios de chabolas del extrarradio madrileño ni tampoco se detallan excesivamente los preparativos y demás intríngulis a los que deben hacer frente los protagonistas. Escabrosidades que en un libro podían pasar más o menos desapercibidas, pero que, por considerarse tabú, difícilmente era viable verbalizarlas o mostrarlas en imágenes.

El resultado es un filme anodino, si bien oportunamente ilustrado con la banda sonora jazzística de Pedro Iturralde, pero desprovisto en su elenco de primeras figuras (con la excepción, en un papel secundario, de José María Rodero) y cuyo desenlace adquiere tintes moralizantes cuando el doctor amonesta a la pandilla de amigos por la irresponsabilidad de la que han hecho gala al no saber gestionar una situación que llega a desbordarlos.



sábado, 4 de julio de 2020

Piedra de toque (1963)




Director: Julio Buchs
España, 1963, 102 minutos

Piedra de toque (1963) de Julio Buchs


Carlos (Arturo Fernández) lleva una existencia de lo más ociosa, viviendo a costa de la inmensa fortuna de su padre, un afable hombre de negocios, viudo y ya entrado en años, que, sin embargo, le dará un tremendo disgusto al hijo al anunciarle que va a casarse con su secretaria. Y es que Dora (Susana Campos), que así se llama la bella señorita, mantiene, desde hace tiempo, una relación sentimental con Carlos. Extremo que el buen hombre ignora, pero que, ante la alergia del joven al compromiso, tampoco es impedimento para que Dora acepte, dejando al pobre Carlos en la más mísera de las tribulaciones.

Cuando se estrenó Piedra de toque, debut de Julio Buchs en la dirección de largometrajes, Guinea Ecuatorial estaba a punto de inaugurar la autonomía previa a su independencia definitiva respecto al Estado Español (que se haría efectiva a partir del 12 de octubre de 1968). Por tanto, era aún, y a todos los efectos, una colonia africana cuya economía se basaba en el cultivo de extensas plantaciones de cacao como las que posee don Enrique (Alfonso Godá), el padre del protagonista.

Sin ser consciente de ello, el padre le "roba" la chica al hijo


Aparte de la exuberancia del paisaje selvático, magníficamente fotografiado en Eastmancolor por Manuel Hernández Sanjuán, el interés del filme radica en los diversos dilemas que plantea. El primero de ellos tiene que ver con el difícil proceso de adaptación de un señorito holgazán como Carlos en un entorno radicalmente distinto al de su zona de confort madrileña, si bien contará para ello con la ayuda inestimable de Montoro (Roberto Camardiel), el experimentado administrador de las fincas guineanas paternas, que tendrá la santa paciencia de ejercer de cicerone del heredero. Aunque la encrucijada que mayores quebraderos de cabeza acarrea a Carlos se deriva del hecho de haber conocido a Elena (Ángela Bravo), una joven local, hija de españoles, que trabaja haciendo portes con su destartalada camioneta. Disyuntiva que se agrava cuando Dora se planta de improviso en Guinea...

Hay, por último, mezclada con cierta dosis de religiosidad, una leve cuestión racial que implica a Carlos (cuyos prejuicios, al respecto, saltan enseguida a la vista) y al padre Antonio Anwé (el norteamericano William Marshall), misionero entrometido, perpetuamente vestido de blanco, que va a tener un papel decisivo en la aclimatación (y salvación) del indeciso: "Los plateros usan de la piedra de toque para distinguir lo que es oro de lo que tan sólo resulta ser una vulgar imitación. Ve a tu casa. Allí, frente a la mujer que en ella tienes, reflexiona, mira hondo hacia tu interior. Y, si tu voluntad te empuja de nuevo a buscar a Elena, entonces, vuelve..."