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jueves, 12 de agosto de 2021

La noche del sábado (1950)




Director: Rafael Gil
España, 1950, 96 minutos

La noche del sábado (1950) de Rafael Gil


Don Jacinto Benavente había estrenado la pieza teatral homónima en la que se basa esta película el 17 de marzo de 1903 en el Teatro Español de Madrid. Fue su protagonista la mítica María Guerrero, quien volvería a meterse en la piel de Imperia una década más tarde, en 1912. Para el montaje de 1921, en cambio, sería otra leyenda de las tablas, en este caso Margarita Xirgu, la encargada de interpretar a ese mismo personaje. Con semejantes precedentes, queda claro, pues, por qué cuando el director Rafael Gil decidió llevar a cabo la adaptación cinematográfica de esta "novela escénica" pensó en ofrecerle el papel principal a la mejicana María Félix, digna heredera de las divas que la antecedieron.

La acción de La noche del sábado (1950) arranca en febrero de 1900 en los bajos fondos de la capital italiana, agitada por los efectos de una feroz epidemia de malaria que obliga a decretar el toque de queda (de hecho, la escena inicial, con un bando que prohíbe beber el agua de las fuentes públicas y los carabinieri desalojando por la fuerza la trattoria del viejo Caretto, demuestra que ni las imágenes actuales de díscolos juerguistas callejeros son nada nuevo ni la inconsciencia humana tiene remedio).



Volviendo a las particularidades que configuran la esencia del argumento, se aprecia enseguida que Imperia (María Félix), una humilde bailarina (y, eventualmente, prostituta) que, tras ser descubierta por un joven escultor, acabará codeándose con lo más selecto de la aristocracia, tiene algo de Cenicienta. En cambio, el apasionado Leonardo Alfieri (José María Seoane) vendría a ser una especie de Pigmalión moderno, dispuesto a disputarse con los príncipes Miguel (Rafael Durán) y Florencio (Manolo Fábregas) los favores de la escultural mujer.

Dando muestras de su habitual pericia, Rafael Gil y el guionista Antonio Abad Ojuel firman un melodrama de innegable sabor folletinesco en el que los lujosos salones decimonónicos del imaginario reino de Preslavia se alternan con el regusto popular y hasta cierto punto bohemio de los espectáculos circenses.



domingo, 23 de mayo de 2021

La fiebre sube a El Pao (1959)




Título original: La fièvre monte à El Pao
Título alternativo: Los ambiciosos
Director: Luis Buñuel
Francia/Méjico, 1959, 97 minutos

La fiebre sube a El Pao (1959) de Luis Buñuel


El Pao, capital de la imaginaria isla de Ojeda, alberga una penitenciaría repleta de presos políticos cuyas duras condiciones de vida la convierten en un polvorín. De ahí el descontento popular contra unos dirigentes corruptos que, en lugar de atender las demandas de la población local, dedican sus esfuerzos a hacerse la guerra sucia entre ellos mismos. Una lucha por el poder que incluye a la despampanante esposa del gobernador (María Félix), mujer tan tentadoramente hermosa como promiscua.

Cuando acceda al puesto de máximo mandatario de la prisión, el idealista Ramón Vázquez (interpretado por un Gérard Philipe que fallecería prematuramente, a la edad de treinta y seis años, apenas unos meses después del estreno) intentará a toda costa velar por los derechos de los reclusos, entre los que se encuentra el profesor Cárdenas (Domingo Soler), mentor del joven cuando éste estudiaba Derecho en la universidad. Tarea nada fácil, por cierto, ya que el nuevo gobernador (Jean Servais), funcionario abyecto que ha medrado haciendo suyos los métodos dictatoriales del presidente Barreiro, aspira también a conquistar a la susodicha Inés, que ahora es la nueva amante de Vázquez...



En la única alusión que dedica en sus memorias a La fièvre monte à El Pao (1959) Buñuel se limita a decir que plagió el argumento de la ópera Tosca. Comentario cuando menos insólito, teniendo en cuenta que dicho filme no era sino la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Henry Castillou (1921-1994). En todo caso, el silencio de don Luis a propósito de esta coproducción franco-mejicana resulta bastante revelador respecto a la poca estima que quizá sentía hacia lo que, presumiblemente, debió de ser un encargo realizado sin excesivo entusiasmo.

En todo caso, la cinta —agraciada con una impecable fotografía en blanco y negro a cargo de Gabriel Figueroa— contiene alguna de las esencias buñuelianas, desde el asfixiante ambiente insular (en sentido real y figurado) hasta una tendencia, rayana en lo obsesivo, a filmar primeros planos de las piernas de la Félix, codiciado objeto del deseo de unos hombres capaces de sacrificarlo todo con tal de satisfacer su propia ambición.



jueves, 16 de agosto de 2018

La corona negra (1951)




Director: Luis Saslavsky
España/Francia, 1951, 102 minutos

La corona negra (1951) de Luis Saslavsky


La siempre visionaria fantasía de Jean Cocteau concibió esta historia de olvidos y traiciones situada en un Tánger tan irreal como extravagante. Aunque lo verdaderamente atractivo de La corona negra no es sólo el barroquismo de su estructura construida a base de flashbacks, que también, sino, sobre todo, un reparto internacional en el que sobresalían los nombres de María Félix, Rossano Brazzi y Vittorio Gassmann, dirigidos por Luis Saslavsky. Es decir, un francés, un argentino, dos italianos y una mejicana rodando una película española en el norte de África: forzosamente, el resultado final estaba predestinado a ser, como mínimo, interesante.

Y a buen seguro que así fue, teniendo en cuenta la mezcla de exotismo y film noir en una cinta que arranca entre las dunas del desierto en pleno temporal con la figura errática de una bella mujer, perdida y amnésica, a la que intenta retener un bosque de brazos que brotan de la arena. La imagen, de una fuerza poética incontestable, marcará con su onirismo el resto de la trama hasta adentrarnos en una confusa red de recuerdos de la que Mara (María Félix) irá progresivamente recuperando las piezas de un rompecabezas cuya solución es una bandada de buitres...



Ciertamente, el hieratismo de la Doña no fue nunca su mejor potencial como actriz, aunque aquí, aquejada de alucinaciones mientras no recobra la memoria, dicha solemnidad le viene que ni pintada a su personaje de viuda fatal. Y tan fatal, ya que, de un modo u otro, todos los hombres que se cruzan en su camino saldrán malparados.

Es por eso, por lo del mal fario y demás supersticiones, que no falta en esta historia quien eche las cartas o sepa leer el porvenir en las arenas del desierto. Detalles que anuncian la fatalidad que se cierne sobre los implicados casi tanto como algunos símbolos sobre los que la cámara se detiene insistentemente: unas tijeras, un espejo roto, un ataúd en cuyo interior reposan las codiciadas joyas que el difunto señor Russel se llevará consigo a la tumba...


viernes, 12 de enero de 2018

Faustina (1957)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1957, 94 minutos



Parodia amable del mito de Fausto al servicio de la irresistible María Félix, Faustina fue una de aquellas superproducciones locales en las que el envoltorio era casi más importante que la propia historia. Filmada en un Eastmancolor que nada tiene que envidiar al de películas de similar factura que por aquel entonces se estaban rodando en Hollywood, posee un reparto excepcional en el que, aparte de la mejicana, sobresalían los dos Fernandos (Rey y Fernán Gómez) más toda una pléyade de secundarios excepcionales, desde Pepe Isbert haciendo de cura hasta Tony Leblanc o Guillermo Marín, pasando por el omnipresente Xan das Bolas.

Estructuralmente, está narrada a través de un largo flashback mediante el que el diablo Mogón (Fernán Gómez) relata sus desdichas al espeleólogo Valentín (Fernando Rey), quien, de forma accidental, se ve atrapado en el interior de una gruta subterránea de difícil acceso, en plena sierra, hasta la que se había desplazado en compañía de su novia Elena (Elisa Montés).



Lo demoníaco es un tema que, posiblemente debido a la morbosidad que suscitaba en aquella España nacionalcatólica, se puso de moda en el cine patrio por aquellos años: títulos como El diablo toca la flauta (1953) de Forqué, el filme colectivo de episodios El cerco del diablo (1952) o incluso Los jueves, milagro (1957) de García Berlanga así lo atestiguan. Aunque, a decir verdad, ver al orondo Juan de Landa ataviado con la cornamenta y las patas de cabra de Mefistófeles invita más a la risa que no al espanto.

Claro que, por aquello de eludir la pertinaz censura, el avispado Sáenz de Heredia (que era hombre afecto al Régimen, pero no tonto) situó la acción en una imaginaria monarquía de opereta cuyo príncipe, el ingenuo Natalio, cae perdidamente enamorado de la protagonista, lo cual solivianta a los gerifaltes de su gobierno. Y no es para menos, que esta mujer no sólo ha pactado con el maligno su rejuvenecimiento, sino que es capaz de tener en vilo a todo un auditorio con algo a priori tan prosaico como la lectura en voz alta de las noticias del periódico.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Sonatas (1959)




Director: Juan Antonio Bardem
España/Méjico, 1959, 110 minutos

Sonatas (1959) de Juan Antonio Bardem


Sólo por la excelsa fotografía en color de Gabriel Figueroa y Cecilio Paniagua, Sonatas ya sería merecedora de figurar entre lo más granado del cine español. Mucho más, teniendo en cuenta lo atractivo de su vestuario y de las localizaciones. Desgraciadamente, en el buen cine lo que cuenta no es tanto el envoltorio, sino, sobre todo, el contenido.

El primer escollo con el que topó el filme de Bardem fue que los cuatro volúmenes de la obra valleinclanesca que se pretendía adaptar sobrepasan de largo el marco cinematográfico, lo cual obligó a ceñirse a apenas dos episodios concretos de un texto tan amplio: uno de Sonata de otoño (1902) y otro de Sonata de estío (1903). En segundo lugar, el propio cineasta sentía más apego por el Valle-Inclán revolucionario de Tirano Banderas y los esperpentos que no hacia el decadentismo modernista de los inicios de su carrera literaria.

"Feo, católico y sentimental": Bradomín (Rabal) consolando a Concha (Bautista)

Todo ello dio como resultado un bonito cromo, tan huero como deslavazado, en el que se echan de más algunos pegotes más bien innecesarios, como la escena del exorcismo en la parte gallega o el rito de los hombres voladores en la mejicana. Eso y la inclusión de personajes procedentes de otras obras del universo creado por el escritor gallego: es el caso del don Juan Manuel Montenegro de las Comedias bárbaras, interpretado en un breve papel por Rafael Bardem, padre del director (su madre, por cierto, la actriz Matilde Muñoz Sampedro, también interviene, haciendo de Candelaria).

En definitiva, trasplantar a un director de perfil tan político como Bardem al monumental paisaje mejicano o a los pazos de la Galicia profunda dio lugar a una película no exenta de cierto encanto, pero desprovista de alma y en la que las interpretaciones de Francisco Rabal (Bradomín), Aurora Bautista (Concha), Fernando Rey (Casares) o María Félix (Niña Chole) adolecen de una postura enfática que les resta credibilidad.

La Niña Chole (María Félix), interpelada en plena calle por Bradomín

sábado, 13 de mayo de 2017

Una mujer cualquiera (1949)













Director: Rafael Gil
España, 1949, 83 minutos



Para valorar una película de tales características en su justa medida, se impone la necesidad imperiosa de tener en cuenta dos o tres cuestiones preliminares. De entrada, titularla Una mujer cualquiera ya suponía una clara invitación a la morbosidad, toda vez que ser una cualquiera, más entonces que ahora, apelaba al rancio concepto de la honra y a la vergonzosa mancilla que conlleva el carecer de ella. Pero es que si la fémina en cuestión era, además, la mejicana María Félix (mito erótico de varias generaciones, amén de diva exótica), se comprenderá que el españolito retraído de finales de los cuarenta se sintiera irremisiblemente atraído por una cinta que constituía una pura tentación.

Un poco en esa línea, el vecino interpretado por José Nieto se creerá con derecho a acosar a Nieves, igual que otros hombres la atosigan de un modo u otro a lo largo de los casi noventa minutos de metraje. Incluso su marido (Tomás Blanco) no duda en espetarle:

-¿De qué vas a vivir?
-Trabajaré.
-No sabes trabajar, Nieves. Sólo sabes ser guapa. Es el único trabajo que la gente te puede dar. [...] Tu ambiente era la calle. Y, tarde o temprano, volverás a ella. [...] Eres demasiado guapa para que nadie se fije en otra cosa que en tu belleza. Caerás bajo, Nieves. Volverás a la calle. A lo tuyo...



Desde luego, se hecha en falta el humorismo habitual de Miguel Mihura en este guion tan crudo que escribiera para lucimiento de "la Doña". Apenas en contadas ocasiones dejará entrever su chispa, como cuando al padre de Luis le da por cantar en euskera o suelta, achispado en plena cena, aquello de "¡y brindo para que te cases con la chica y tengáis muchos niños pequeños que echen clavos en la carretera para que se les pinchen las ruedas a los automovilistas y tengan que quedarse aquí haciendo gasto!" Parece una réplica de Tres sombreros de copa...

El portugués Antonio Vilar hace un digno papel al lado de María Félix: por una vez, más que de femme cabe hablar de homme fatal, quizá porque la tradición hispánica es más dada a las tramas folletinescas que no a la sofisticación del Cine negro. Aun así, en determinados momentos, envueltos en ese halo de misterio que aporta el theremín a la banda sonora de Manuel Parada, hasta se diría que recuerdan a la pareja protagonista de They Live by Night (Los amantes de la noche, 1948). Pero ni Rafael Gil es Nicholas Ray ni la España autárquica el mejor de los mundos para dos enamorados.