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martes, 10 de octubre de 2023

Golpe de suerte (2023)




Título original: Coup de chance
Director: Woody Allen
Francia/EE.UU., 2023, 93 minutos

Golpe de suerte (2023) de Woody Allen


Independientemente de que Coup de chance (2023), quincuagésima película dirigida por Woody Allen, adquiera relevancia por ser (como él mismo ha insinuado) la que cierre su extensa filmografía, el hecho de haberla rodado en París y en francés le otorga una credibilidad que a veces se echaba en falta en su producción anterior. Entre otras cosas porque esa burguesía ilustrada que invariablemente protagoniza todos sus filmes parece más auténtica si se expresa en la lengua de Molière que no cuando reside en las populosas avenidas neoyorquinas. Calidez a la que también contribuye, en buena medida, la vivaz fotografía del maestro Storaro.

Como ya sucediera en Match Point (2005), a veces el destino de los personajes depende del más puro azar, de una posibilidad entre un millón, hasta el extremo de que el encuentro casual de Fanny (Lou de Laâge) y Alain (Niels Schneider) desencadena la pasión que en su día no vivieron en el instituto, cuando eran apenas dos adolescentes, y los celos de un marido ridículamente posesivo al que da vida Melvil Poupaud.



Añádase una suegra un poco metomentodo (Valérie Lemercier) y lo que a priori parecía una comedia ligera de costumbres en torno a una típica crisis matrimonial termina convirtiéndose en un drama detectivesco un tanto previsible, pero no por ello menos encantador. Sobre todo si ese París de postal a lo Jacques Prévert, de terrazas a orillas del Sena y parques solitarios, viene aderezado con una selecta banda sonora jazzística cuyo leitmotiv es el "Cantaloupe Island" de Herbie Hancock.

Así pues, ni los tópicos más manidos ni las fórmulas más trilladas impiden que el octogenario Woody Allen ofrezca la enésima versión de sí mismo, destilando la fina ironía de quien conoce a la perfección su oficio, además del alma humana, y, por ende, no duda en jugar al cazador cazado mediante oportunos giros de guion a la altura de su excepcional talento como narrador.



viernes, 2 de agosto de 2019

La doble vida de Verónica (1991)




Título original: La double vie de Véronique
Director: Krzysztof Kieślowski
Francia/Polonia/Noruega, 1991, 98 minutos

La doble vida de Verónica (1991)
de Krzysztof Kieślowski


Dos jóvenes, idénticas hasta en el nombre, nacieron el mismo día, aunque en distintos lugares del mundo: una en París y la otra en Cracovia. En principio, ambas viven sin ser conscientes de la existencia de un doble, pero lo cierto es que sus respectivos destinos están indisolublemente conectados.

« Madame Bovary, c'est moi... » Ni Flaubert pronunció jamás la tan célebre frase que con tanta insistencia se le atribuye ni, probablemente, Kieślowski concibió La doble vida de Verónica como un filme autobiográfico. Y, sin embargo, puestos a buscar una explicación que arroje un poco de luz sobre el posible significado de una historia a caballo entre lo metafísico y lo poético, cabría la posibilidad de que las dos mujeres representasen las dos existencias del cineasta: una primera en Polonia, bajo el yugo comunista; la segunda, ya en Francia, pudiendo rodar con entera libertad los que iban a ser sus últimos proyectos.



Como ya será habitual en lo sucesivo, la música de Zbigniew Preisner adquiere en esta película un protagonismo considerable, ya sea musicando un pasaje del "Paraíso" de la Divina Comedia o mediante el subterfugio de valerse de un apócrifo holandés del siglo XVIII, llamado Van De Budenmayer, al que también se aludía en la novena entrega del Decálogo y que volverá a mencionarse en Trois couleurs: Rouge (1994), donde la protagonista, por cierto, es de nuevo Irène Jacob.

Abundando en la simbología que encierra el guion escrito por Piesiewicz y Kieślowski, convendría llamar la atención sobre el hecho de que Alexandre Fabbri (Philippe Volter) es, además de aspirante a escritor, un consumado experto en el arte de manejar las marionetas. Y ¿qué es Verónica, sino un títere en manos del destino? ¿Y la anciana que camina encorvada por la calle? ¿Acaso no pudiera ser un indicio de la presencia divina en aquel lugar, como el personaje de Artur Barcis en el Decálogo? Muchas incógnitas y ninguna respuesta: "Triste es el fin de quien muere conocido por todos, pero siendo un misterio para sí mismo".


martes, 7 de marzo de 2017

El señor Henri comparte piso (2015)




Título original: L'étudiante et Monsieur Henri
Director: Ivan Calbérac
Francia, 2015, 98 minutos

« N'attrape pas froid ! »

El Sr. Henri comparte piso (2015)


Hace una semana, comentando Manual de un tacaño, nos preguntábamos cuál sería el siguiente de los arquetipos creados por Molière en inspirar alguna comedia francesa de éxito. Y la respuesta no ha tardado en llegar, puesto que hasta los menos avispados sabrán percibir el ascendente ejercido por Le Misanthrope sobre L'étudiante et Monsieur Henri (estrenada comercialmente entre nosotros con el título de El Sr. Henri comparte piso).

Curiosamente, ambos filmes comparten algo más que su indudable fuente de inspiración clásica: se trata de la presencia de la joven actriz Noémie Schmidt, claro valor en alza del cine francés. Si en la peli de Fred Cavayé era la hija del avaro, un año antes (en lo que supuso su largometraje de debut) había encarnado a Constance Piponnier, la joven de Orléans, hija de un mercader de hortalizas, que decide trasladarse a París y que irá a topar con el huraño viudo Henri Voizot (Claude Brasseur). En un principio reacio a admitir a nadie en sus dominios, el anciano se acabará, sin embargo, dulcificando un tanto a raíz de alquilarle una habitación a la estudiante y convivir con ella.

Pero el señor Henri, como misántropo de libro que es, nunca abandonará del todo la acrimonia que lo caracteriza, en especial en lo concerniente a su hijo y a su metódica nuera Valérie (Frédérique Bel), a la que detesta. De hecho, hasta intenta convencer a Constance de que seduzca a Paul (Guillaume de Tonquédec) para así destruir el matrimonio. Y como ésta va necesitada de dinero... Además, ya antes la hemos visto liada con su profesor de autoescuela, con lo que el espectador no se sorprende de la posible relación con un hombre mayor que ella.



Aparte del motivo del eterno cascarrabias, es en Constance en la que encontramos otros temas de interés. Como, por ejemplo, que su nombre de pila no es casual, pues a pesar de haber suspendido cinco veces el carné de conducir o la asignatura que le falta para terminar la carrera, ella no se rinde (no pierde la "constancia"). Y tampoco en su sueño, alentado por el octogenario Henri, de convertirse en compositora. En esto último, se gana la confianza del abuelo tras interpretar en el piano que fue de su difunta esposa el Adagio en re menor de Alessandro Marcello en la conmovedora transcripción de Bach. Y como ésta falleció al caer por una ventana como consecuencia de su afición por la bebida, no es extraño que Monsieur Henri intente evitar ahora que Constance ahogue sus penas en el alcohol. Porque, por más acritud que desprendan a veces sus palabras, lo que le ocurre en realidad a este hombre es que su manera de decir "te quiero" o "me importas" es "no hagas esto", "no hagas lo otro" o simplemente "¡abrígate, que te vas a resfriar!"

Pieza teatral antes que película, ambas a cargo del bretón Ivan Calbérac, por su planteamiento basado en el retrato amable de los conflictos entre padres e hijos o en la problemática derivada de la convivencia forzosa de personajes pertenecientes a distintas generaciones, El Sr. Henri no sólo comparte piso sino también algunos puntos en común con la reciente Retour chez ma mère de Éric Lavaine, que ya tuvimos ocasión de analizar hace algunas semanas.


lunes, 20 de junio de 2016

Grandes familias (2015)




Título original: Belles familles
Director: Jean-Paul Rappeneau
Francia, 2015, 113 minutos

Grandes familias (2015) de J.P. Rappeneau


Jean-Paul Rappeneau es un director al que le gusta tomarse su tiempo entre película y película, quizá porque necesita planificar hasta el último detalle de los proyectos en los que se implica. De ahí que desde su debut tras la cámara en el remoto 1958 con Chronique provinciale apenas hayan sido nueve los largometrajes dirigidos por el cineasta. El principal hito de su carrera fue, sin lugar a dudas, Cyrano de Bergerac, en 1990. Y la penúltima entrega, en 2003, había sido Bon voyage, coescrita en colaboración con el hoy premio Nobel de literatura Patrick Modiano.

Del mismo director nos llega ahora Belles familles, una historia sobre herencias familiares en la línea de filmes como Propiedad privada (2006), del belga Joachim Lafosse, de la que esta sería la versión edulcorada. Lo primero que llama la atención de Grandes familias es su reparto, plagado de estrellas del cine francés, comenzando por Mathieu Amalric, al que acompañan nombres de la talla de André Dussollier (es la segunda vez, en pocas semanas, que vemos a estos dos actores compartir escena, tras Tres recuerdos de mi juventud, de Arnaud Desplechin), Gilles Lellouche, Karin Viard, Nicole Garcia o Guillaume de Tonquedec. Nómina a la que cabría añadir la belleza de la joven Marine Vacth. Queda claro, pues, que Rappeneau es un realizador consagrado con el que todos los actores desean trabajar.



El otro detalle que deslumbra es el despliegue de medios, con localizaciones por medio mundo, algunas tan dispares y remotas como Londres, Shanghái o Zanzíbar. De nuevo un indicio de la importancia de Rappeneau, quien no parece escatimar en recursos porque todo está a su alcance.

¿Y el guion? ¡Ah, pequeño gran problema! Pues resulta que el guion (escrito con el auxilio, entre otros, del también director Philippe Le Guay) es de una superficialidad irrebatible: se diría que Grandes familias es una de esas películas que no llegan nunca a arrancar porque tampoco hay mucho que explicar. En ese orden de cosas, ni la disputa de la familia Varenne por la vieja casa familiar ni la relación de Jérôme (Mathieu Amalric) con la exótica Chen-Lin (Gemma Chan) ni, mucho menos, el posterior flechazo por Louise (Marine Vacth) son en absoluto creíbles. En nada de lo que se cuenta, ni siquiera en el esbozo de la complicada relación de Jérôme con su padre, se ha logrado insuflar ni un ápice de vida. Y es una lástima, porque considerando el currículum de quienes han intervenido en ella cabía esperar mucho más.

El director Jean-Paul Rappeneau