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domingo, 5 de abril de 2026

La tonta del bote (1970)




Director: Juan de Orduña
España, 1970, 105 minutos

La tonta del bote (1970) de Juan de Orduña


Tercera y última adaptación cinematográfica de La tonta del bote (1970), exitoso sainete que ya había conocido un par de versiones previas: la dirigida por Gonzalo Delgrás en 1939 y otra, a cargo de Ricardo Núñez, en el 56. Ésta, por cierto, la produjo José Frade y a día de hoy sigue siendo, de lejos, la más recordada por el gran público, quizá porque su protagonista, una Lina Morgan en estado de gracia, gozaría de enorme popularidad en años sucesivos de carrera teatral y televisiva.

Ese último adjetivo, de hecho, define precisamente el lenguaje utilizado por el veterano Juan de Orduña en una puesta en escena estilizada (a base de decorados sobre fondo blanco) que recuerda bastante a las coreografías que por aquel entonces solía confeccionar Valerio Lazarov para tantísimos espacios musicales y de entretenimiento de RTVE. Aun así, la historia de la cándida Susana (Lina Morgan) no deja de ser una variante más o menos vernácula del tradicional cuento de la Cenicienta, en este caso una pobre huérfana de buen corazón que, a pesar de ser tratada a patadas por unos y otros, aún tiene tiempo de recoger colillas para un anciano amigo suyo.



El gracejo chulesco de los diálogos, a partir de la pieza teatral homónima de Pilar Millán Astray, con la participación de Rafael J. Salvia y Eloy Herrera Santos en el libreto, recrea los ambientes populares del Madrid de principios del siglo XX haciendo gala de un desparpajo similar, por ejemplo, al desplegado por Javier Aguirre en Pierna creciente, falda menguante (1970), estrenada apenas unos meses después. La banda sonora de Los Pekenikes y Los Tarantos aportaba al conjunto un cierto toque yeyé (en abierto contraste con el vestuario de época) que subraya el carácter cómico de una cinta cuyo título se ha convertido en expresión de uso común.

Cine con vocación popular y de consumo, cierto, pero hecho con evidente cariño, a uno y otro lado de la cámara, por una generación de profesionales irrepetible. Así pues, la vieja escuela de los Roberto Rey (en el papel del ciego Sarasate), Antonio Casal (don Ambrosio), Tomás Blanco (Basilio) o Félix Dafauce (cura) le daba el relevo a unos jovencísimos Pepe Sacristán (Narciso), Paca Gabaldón (Asunta) o Luis Varela (Lorito). Bajo la atenta mirada, eso sí, de Arturo Fernández (Felipe) y María Asquerino (Engracia), pertenecientes a una generación intermedia. Dirigidos, todos ellos, por el ya mencionado Orduña (1900-1974) apenas cuatro años antes de su fallecimiento.



lunes, 7 de diciembre de 2020

La comunidad (2000)




Director: Álex de la Iglesia
España, 2000, 110 minutos

La comunidad (2000) de Álex de la Iglesia


Planteamiento típicamente castizo, el recurso de situar la acción en una comunidad de propietarios se ha explotado hasta la saciedad, con derivaciones de todo tipo, desde la teatral Historia de una escalera, de Buero Vallejo, hasta las tiras cómicas que Ibáñez hacía transcurrir en el mítico 13, Rue del Percebe, pasando, en los últimos años, por series televisivas de enorme popularidad, como Aquí no hay quien viva o La que se avecina.

Sin embargo, y por insólito que ello pudiera parecer, Álex de la Iglesia y su guionista Jorge Guerricaechevarría concibieron una trama coral que, además de rendir homenaje a los grandes clásicos del suspense, recuperaba para la gran pantalla a intérpretes de la categoría de Sancho Gracia (Castro), María Asquerino (Encarna), Terele Pávez (Ramona) o Manuel Tejada (Chueca): veteranos, todos ellos, de la escena, cuyo protagonismo queda patente en el propio cartel promocional de la película.



Cinéfilo como es, el director bilbaíno quiso incluir diversas referencias fílmicas en La comunidad. Algunas muy evidentes, como el contubernio malévolo de los vecinos a lo Semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) o la escena final de la azotea, con Carmen Maura pendiendo de un conjunto escultórico, que remite a Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959). De hecho, es ésta una cinta de lo más hitchcockiano ya desde sus títulos de crédito iniciales —que podrían recordar a los de Vértigo (1958)— o la sublime orquestación que compuso Roque Baños para la banda sonora.

Todo un despliegue de medios en el que brilla con luz propia Carmen Maura (Julia), encargada de dar vida a una agente inmobiliaria en horas bajas que un buen día se encuentra trescientos millones de las antiguas pesetas bajo una baldosa: tremendo golpe de fortuna que el resto de moradores del edificio, capitaneados por su maquiavélico administrador (soberbio Emilio Gutiérrez Caba), no verán precisamente con buenos ojos.

"Sporting-Real Sociedad..."


sábado, 6 de julio de 2019

Don Quijote cabalga de nuevo (1973)

















Director: Roberto Gavaldón
España/Méjico, 1973, 130 minutos

Don Quijote cabalga de nuevo (1973)
de Roberto Gavaldón

-Aún la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquí son tortas y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.

Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha (1615)
Capítulo II

Más que una adaptación de la obra de Cervantes, Don Quijote cabalga de nuevo fue un producto fabricado a medida para el lucimiento de Mario Moreno, "Cantinflas". Tanto es así que el mismísimo hidalgo, interpretado por Fernando Fernán Gómez, quedaba reducido a mera comparsa al servicio de las habituales humoradas del cómico mejicano. Es, por así decirlo, un Quijote correcto, pero al mismo tiempo desdibujado, como si le faltara brío.

Tampoco se puede decir que el guion de Carlos Blanco fuese precisamente un portento en lo que a ritmo narrativo se refiere, quizá debido, en buena medida, a un metraje innecesariamente largo. En cualquier caso, uno de los puntos fuertes de la película es la dirección artística del siempre magnífico Gil Parrondo, quien recrea, a partir de localizaciones castellanas, un genuino ambiente quijotesco.



Y aunque en su línea habitual de candidez, el personaje de Cantinflas deja ir alguna que otra réplica impagable. Como cuando, a punto de convertirse en gobernador de la ínsula Barataria, promete que abolirá la pena de muerte, "porque la muerte no merece la pena". Simpático retruécano que pone de manifiesto hasta qué punto Cantinflas no hace tanto de Sancho Panza, sino de sí mismo.

Por último, de entre la amplísima nómina de secundarios que integraron el reparto destacan los nombres de María Fernanda D'Ocon (en el papel de una Aldonza Lorenzo que, poco a poco, se va creyendo ella misma que también es Dulcinea), Paca Gabaldón (entonces Mary Francis) como Altisidora, Ricardo Merino (Sansón Carrasco) o Emilio Laguna y Laly Soldevila haciendo de Duques. María Luisa Ponte apenas tiene relevancia en su rol de ama y les pasa un poco lo mismo a Valeriano Andrés como Barbero y, sobre todo, a Javier Escrivá: un Cervantes más bien antipático, ayudante del juez (José Orjas), y desprovisto de personalidad. Lo cual resulta comprensible si, como ya se ha dicho, se tiene en cuenta que el único que debía brillar con luz propia era Cantinflas.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Niño nadie (1997)




Director: José Luis Borau
España, 1997, 100 minutos

Niño nadie (1997) de José Luis Borau


Si la lógica decide
de la verdad y el error,
niño cierto, niño falso,
blanco de contradicción.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si entre la carne y el verbo
imposible fue el amor,
niño nadie, niño nunca,
niño nada, niño no.

"Villancico" (1972)
Rafael Sánchez Ferlosio

«Una película a lo Bergman, pero en clave carpetovetónica». Hombre: escuchando esta peculiar definición que el propio José Luis Borau soltó en el momento del estreno de Niño nadie, se le ocurre a uno aquella frase de Baroja (absolutamente espuria, por otra parte) al enterarse de la existencia de una publicación periódica llamada El Pensamiento Navarro: «¿Pensamiento y Navarro? ¡Imposible!» Porque una cosa es que Evelio, el protagonista al que da vida Rafael Álvarez "El Brujo", exprese sus dudas existenciales con mayor o menor fortuna y otro muy distinto cantar es que este confuso gatuperio tenga algo que ver con la profundidad alcanzada por el cineasta sueco en cualquiera de los títulos de su extensa filmografía.

Se lamentaba Borau, por otra parte, de la indiferencia absoluta con que fue acogido un filme que, además, terminaría siendo el penúltimo de su carrera (cerrada, definitivamente, tres años más tarde con Leo). De lo cual se deduce, volviendo a la apócrifa anécdota barojiana a la que antes aludíamos, que este tipo de disquisiciones metafísicas nunca fueron muy del gusto del público por estos pagos.

"¡Me ha convencido!"

En fin: incomprendida o no, convergen en Niño nadie diversas referencias literarias y filosóficas, algunas confesas y otras veladas. De entre las primeras, la más destacable es La vida es sueño de Calderón, a cuyos ensayos incluso asisten los personajes justo en el momento en el que Irene (Paca Gabaldón) recita el célebre monólogo de Segismundo. Menos evidente, pero igualmente perceptible, es el eco de la incertidumbre unamuniana en la relación que entablan Evelio y su mentor don Dámaso de Blas (Josep Castillo) y que tanto recuerda a la establecida entre Augusto Pérez y el mismísimo Unamuno en la nivola Niebla. De hecho, hay algunos diálogos, como el que a continuación reproducimos, que parecen extraídos de dicha obra:

EVELIO: No estoy preparado, ya lo sabe. ¡Soy un don nadie!
DÁMASO: Nunca mejor dicho, además.
EVELIO: Hombre: que lo diga yo, la verdad, vale; pero que lo diga usted…
DÁMASO: No hay razón para molestarse. Es usted un don nadie como cualquier hijo de vecino. Ellos, yo, usted: todos somos don nadies. ¿Por qué íbamos a ser rancho aparte? Si el tiempo y la distancia no existen, según ha demostrado Einstein, ¿por qué íbamos a existir nosotros? Somos una entelequia, una ficción, y hemos de actuar en consonancia. Al menos, de momento.

Lo demás no deja de ser una enmarañada amalgama de temas y situaciones de toda índole y de muy dudoso interés, desde sectas los miembros de las cuales se desnudan para celebrar sus reuniones secretas hasta trenecitos eléctricos tirados por una locomotora de oro, pasando por un equipo de fútbol juvenil en cuyos vestuarios se instalarán Evelio y Asun (Icíar Bollaín). Lo dicho: infumable.

"Hola, Niño Nadie"