viernes, 11 de agosto de 2017

¡Qué verde era mi valle! (1941)













Título original: How Green Was My Valley
Director: John Ford
EE.UU., 1941, 118 minutos

¡Qué verde era mi valle! (1941) de John Ford

Voy a envolver mis dos camisas, el otro par de calcetines y el mejor traje en el pañolón azul que se solía poner mi madre en la cabeza para hacer las labores de casa y me voy del valle. [...] Siempre me ha parecido que el hombre que se resuelve a abandonar las cosas que conoce, para dirigirse a lugares desconocidos, tiene que sentir una impresión profunda. El mismo sentimiento que inspiraban las rosas que cortaba en el jardín para llevarlas al cementerio. Pero los hombres se diferencian de las rosas en su capacidad para adoptar resoluciones. Y yo creo que sus sentimientos han de ser, por eso mismo, más profundos.

Richard Llewellyn
¡Qué verde era mi valle!
Traducción de Pedro Ibarzábal

Con la magia propia de los grandes clásicos, sólo reservada a los títulos más sobresalientes de la historia del cine, How Green Was My Valley posee la virtud de enganchar al espectador desde el primero hasta el último de sus fotogramas. No en vano, estamos hablando de la película que en su momento se impuso a Ciudadano Kane con cinco premios Óscar, logrando arrebatarle, entre otros, los de mejor filme y mejor director.

Sus primeros veinte minutos son un a modo de introducción para que nos familiaricemos con el ambiente y los tipos que una vez lo habitaron. De modo que, antes de entrar propiamente en lo que serían los entresijos de la trama, la cámara planea por la idílica cuenca minera de una de tantas aldeas del País de Gales (reconstruida, en realidad, en California, dado que la vieja Europa estaba en guerra...).

Por extraño que parezca, hay planos cuya composición
 recuerda a la de Metrópolis (1927) de Fritz Lang

Pero la apacible vida de los Morgan y demás vecinos del lugar se irá viendo paulatinamente ensombrecida conforme la industria del carbón deje de garantizarles el sustento. Como primera reacción los hijos mayores de la familia se manifiestan a favor de crear un sindicato, algo que horroriza al patriarca (Donald Crisp) y a algunos miembros de la iglesia local. Conflicto generacional que se acaba saldando con la emigración de dos de los vástagos a América. Porque el éxodo, más que la mina, acabará siendo la verdadera lacra de aquellas tierras.

Lo cual, tanto en la novela de Richard Llewellyn como en el guion de Philip Dunne, queda claro desde buen principio a través del recurso de la voz en off del narrador: un Huw (Roddy McDowall, actor que años después participaría en la saga de El planeta de los simios) que, ya adulto, rememora su infancia cuando está a punto de abandonar el pueblo para siempre. Dicha estructura le da al relato un aire de cuento idealizado que, entre otras cosas, atenúa la crítica social implícita por situar la acción en un ambiente obrero. De hecho, la huelga se enfoca como motivo de discordia entre la vecindad, mientras que el término socialismo se emplea en varias ocasiones no sin cierto recelo, siendo el pastor Gruffyd (Walter Pidgeon) el verdadero líder de la comunidad.

Aunque otros contrastes que planteaba ¡Qué verde era mi valle! y que, sin duda, contribuyeron a su éxito comercial fueron el de los conocimientos adquiridos en la escuela (vistos como algo ridículo e inútil por parte de la madre, quien se burla del latín y de los problemas de aritmética sobre cómo llenar bañeras con agujeros) frente a la sabiduría popular de toda la vida y, de un modo especial, el papel reservado a la mujer, ya sea la madre coraje (Sara Allgood), la bella y resignada viuda (Anna Lee) o la hermana (Maureen O'Hara) que se casa por conveniencia con el altivo hijo del dueño de la mina pese a estar enamorada (¡oh, escándalo!) del apuesto y sabio pastor Gruffyd. Todas ellas mujeres fuertes, sí, pero capaces, a la vez, de poner una nota de ternura en el ambiente masculino de un verde valle en blanco y negro.


2 comentarios:

  1. Un buen resumen de los diversos temas abordados en la película de Ford, cuyo mérito principal (pero no único) es el de no perderse en el laberinto de tramas y de contrastes.

    Saludos.

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    1. Sin duda, aunque para mí el mérito reside en recrear la calidez de un ambiente rural tan entrañable como idealizado. Algo que el mismo Ford elevaría a la quintaesencia años después en "El hombre tranquilo".

      ¡Gracias por comentar!

      Saludos,
      Juan

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