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martes, 12 de mayo de 2020

Lázaro de Tormes (2000)




Directores: Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez
España, 2000, 88 minutos

Lázaro de Tormes (2000)
de Fernán Gómez y García Sánchez

En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y, visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé de lo hacer. Y, así, me casé con ella, y hasta agora no estoy arrepentido, porque, allende de ser buena hija y diligente servicial, tengo en mi señor el arcipreste todo favor y ayuda.

Anónimo
La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades (1554)

Pese a tratarse de la típica adaptación cinematográfica, a la que tan dado ha sido siempre el cine español, de un clásico de nuestra literatura, este Lázaro de Tormes posee, sin embargo, el aliciente de reunir un elenco de actores en el ocaso de sus respectivas carreras. Magníficos intérpretes, todos ellos, como ese inmenso Paco Rabal haciendo de ciego, dirigidos por otro de los grandes, Fernando Fernán Gómez, quien, debido a problemas de salud, no pudo finalizar un rodaje que acabaría completando García Sánchez y que, al fin y a la postre, terminó siendo su testamento fílmico (al menos como director).

Ganadora de dos Goyas, al mejor diseño de vestuario y al mejor guion adaptado, tal vez su origen teatral (recuérdese que Rafael Álvarez "El Brujo" había arrasado antes en los escenarios con uno de sus habituales monólogos inspirado en este mismo personaje) le pasa factura a una película en la que lo escénico acaba anteponiéndose a la acción con demasiada frecuencia.

"¡Blancooo, garnacha y albillooo!"

Con todo y con eso, lo que en la novela es una larga carta en primera persona aquí se resuelve, con muy buen criterio, en forma de declaraciones del Lázaro adulto ante distintos tribunales que juzgan su "caso". Lo cual dará lugar a una estructura un tanto cervantina, en la que se superponen distintos planos temporales. Veamos un ejemplo: el imputado narra, ante la audiencia que escucha su testimonio, cómo solía ejercer de pregonero de vinos por las calles de Toledo; y ese Lázaro de hace algunos años es el que, a su vez, se retrotrae hasta su infancia para contarle a la nutrida muchedumbre, que se ha dado cita a su alrededor en una plaza pública, los episodios más relevantes (los toros de Guisando, la longaniza, el poste de Escalona...) de su entrada en el mundo como mozo de ciego.

Aunque lo más original de esta recreación es que intenta rellenar las lagunas del relato de Lázaro proponiendo personajes y situaciones que, sin estar en el texto original, apenas desentonan con la lógica interna del mismo. Así pues, tanto Pedro Machuca (Agustín González) como el alcalde (Juan Luis Galiardo) no son sino creaciones espurias del propio Fernán Gómez, hombre de letras que supo prescindir de algunos de los caracteres más célebres de la obra anónima (caso del hidalgo empobrecido) para explorar nuevas posibilidades de un texto imperecedero.


domingo, 6 de octubre de 2019

El crack (1981)




Director: José Luis Garci
España, 1981, 119 minutos

El crack (1981) de José Luis Garci


Cine negro en la España cutre de 1980... Quizá no se trate del mejor período histórico para situar la acción de una película de detectives, aunque, en manos de un cinéfilo de pro como Garci, todo es posible cuando se cuenta con un actor principal de la categoría de Alfredo Landa. Vista hoy, la primera entrega de El crack ha ganado enteros como documento que preserva un Madrid que ya no existe, con sus cines de la Gran Vía y el Frontón Madrid antes de los envites de la especulación inmobiliaria.

Ya la primera escena, un a modo de prólogo que tiene lugar en un solitario bar de carretera, es un portento en lo que a la puesta en escena se refiere, con la voz de José María García despotricando de fondo desde algún transistor encendido y Germán Areta (Landa) que continúa con su cena, sin inmutarse, mientras un par de chorizos intentan atracar el establecimiento.



Y es que el tal Areta es un tipo duro, de los que no se andan con chiquitas. Sólo cuando se reúne con Carmen (María Casanova) y su hija Maite es capaz de mostrar su lado más tierno y familiar, aunque también por ahí le va a tocar sufrir lo suyo. Porque cuando uno apunta alto y no se arredra ante nada se expone a salir malparado.

Un poco como lo que decía don Juan en la escena XII del Tenorio ("Yo a las cabañas bajé, / yo a los palacios subí..."), Areta lo mismo se codea con rateros que con financieros. No obstante, su hábitat natural son los barrios bajos del Madrid castizo, donde frecuenta barberías a la antigua usanza, en las que el peluquero lo mismo te afeita que te relata los grandes combates de la historia del boxeo. Es, por así decirlo, el equivalente chulapo y matritense del barcelonés Pepe Carvalho, pese a que, en el tramo final del filme, se desplace hasta las calles de Nueva York, como si tal cosa, con el propósito de saldar una dolorosa cuenta pendiente.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Niño nadie (1997)




Director: José Luis Borau
España, 1997, 100 minutos

Niño nadie (1997) de José Luis Borau


Si la lógica decide
de la verdad y el error,
niño cierto, niño falso,
blanco de contradicción.

Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.

Si entre la carne y el verbo
imposible fue el amor,
niño nadie, niño nunca,
niño nada, niño no.

"Villancico" (1972)
Rafael Sánchez Ferlosio

«Una película a lo Bergman, pero en clave carpetovetónica». Hombre: escuchando esta peculiar definición que el propio José Luis Borau soltó en el momento del estreno de Niño nadie, se le ocurre a uno aquella frase de Baroja (absolutamente espuria, por otra parte) al enterarse de la existencia de una publicación periódica llamada El Pensamiento Navarro: «¿Pensamiento y Navarro? ¡Imposible!» Porque una cosa es que Evelio, el protagonista al que da vida Rafael Álvarez "El Brujo", exprese sus dudas existenciales con mayor o menor fortuna y otro muy distinto cantar es que este confuso gatuperio tenga algo que ver con la profundidad alcanzada por el cineasta sueco en cualquiera de los títulos de su extensa filmografía.

Se lamentaba Borau, por otra parte, de la indiferencia absoluta con que fue acogido un filme que, además, terminaría siendo el penúltimo de su carrera (cerrada, definitivamente, tres años más tarde con Leo). De lo cual se deduce, volviendo a la apócrifa anécdota barojiana a la que antes aludíamos, que este tipo de disquisiciones metafísicas nunca fueron muy del gusto del público por estos pagos.

"¡Me ha convencido!"

En fin: incomprendida o no, convergen en Niño nadie diversas referencias literarias y filosóficas, algunas confesas y otras veladas. De entre las primeras, la más destacable es La vida es sueño de Calderón, a cuyos ensayos incluso asisten los personajes justo en el momento en el que Irene (Paca Gabaldón) recita el célebre monólogo de Segismundo. Menos evidente, pero igualmente perceptible, es el eco de la incertidumbre unamuniana en la relación que entablan Evelio y su mentor don Dámaso de Blas (Josep Castillo) y que tanto recuerda a la establecida entre Augusto Pérez y el mismísimo Unamuno en la nivola Niebla. De hecho, hay algunos diálogos, como el que a continuación reproducimos, que parecen extraídos de dicha obra:

EVELIO: No estoy preparado, ya lo sabe. ¡Soy un don nadie!
DÁMASO: Nunca mejor dicho, además.
EVELIO: Hombre: que lo diga yo, la verdad, vale; pero que lo diga usted…
DÁMASO: No hay razón para molestarse. Es usted un don nadie como cualquier hijo de vecino. Ellos, yo, usted: todos somos don nadies. ¿Por qué íbamos a ser rancho aparte? Si el tiempo y la distancia no existen, según ha demostrado Einstein, ¿por qué íbamos a existir nosotros? Somos una entelequia, una ficción, y hemos de actuar en consonancia. Al menos, de momento.

Lo demás no deja de ser una enmarañada amalgama de temas y situaciones de toda índole y de muy dudoso interés, desde sectas los miembros de las cuales se desnudan para celebrar sus reuniones secretas hasta trenecitos eléctricos tirados por una locomotora de oro, pasando por un equipo de fútbol juvenil en cuyos vestuarios se instalarán Evelio y Asun (Icíar Bollaín). Lo dicho: infumable.

"Hola, Niño Nadie"