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domingo, 22 de junio de 2025

El cronicón (1970)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1970, 94 minutos

El cronicón (1970) de Antonio Giménez Rico


Con un poco de comedia de época y otro poco de opereta, El cronicón (1970) basa buena parte de su comicidad en la inclusión de elementos anacrónicos. Por eso los miembros de la corte medieval bailan a ritmo yeyé o el avispado Aladino (Luis Sánchez Polack, "Tip") lleva gafas de montura metálica. A semejante voluntad paródica obedece también la ambientación yanqui del Nuevo Mundo cuando don Blas Testa de Buey (Cassen) y sus secuaces cruzan el charco para ir en busca de El Dorado.

Ayudado en las labores de guion por su buen amigo José Luis Garci, Antonio Giménez-Rico (1938-2021) pergeña un engendro tan adorable como disparatado que se abre y se cierra con sendas citas literarias: "La moralidad que tiene un punto de satírica es muy gustosa, pero ha de ponderar en común para ir segura" (Baltasar Gracián, Arte y agudeza de ingenio) y "Para sermón de lego ya es bastante sin licencia del prior" (Francisco de Quevedo, La hora de todos y la fortuna con seso).



Música de Carmelo Bernaola, fotografía de José Luis Alcaine y un elenco de secundarios inolvidables, encabezado por Venancio Muro (Alicán), Esperanza Roy (Condesa Genoveva) o Manolo Gómez Bur (Conde Sandro), que aparecen haciendo de estatuas vivientes en los títulos de crédito iniciales. También intervienen, en papeles menores de fieles servidores de la ley, Antonio Casal (el Justicia Mayor) y José Orjas (Comisario).

Que un aristócrata algo crédulo y aquejado de impotencia mande a un navegante insensato al otro confín de la tierra en pos del remedio infalible para sus males y que esa panacea se llame Dilaila (Rosanna Yanni) y luzca tres lunares en lo más recóndito de su escultural cuerpo da una idea de por dónde van los tiros. Que es precisamente como acaba la película: con un tiroteo en medio de un pinar y los varones acosados por una tribu de bellas indias antropófagas que amenazan con echarlos a la marmita. ¡Apoteósico!



jueves, 15 de agosto de 2019

¡¡¡A tope!!! (1984)




Director: Ramón Fernández
España, 1984, 89 minutos

¡¡¡A tope!!! (1984) de Ramón Fernández


Impagable documento de época para unos, abominable engendro para otros, ¡¡¡A tope!!! pertenece a esa extraña categoría —tan propia del cine español, por otra parte— de las películas musicales. Que no son bien bien la misma cosa que un musical al uso, sino una especie de videoclip de hora y media en el que la trama (cuando la hay) no es más que relleno entre actuación y actuación.

El momento álgido de este tipo de cintas fue la década de los sesenta, de modo que para 1984, fecha de estreno de ¡¡¡A tope!!!, el género iba ya bastante de capa caída. Y es que la manera de promocionar a los grupos y hasta la forma de consumir música habían cambiado para entonces enormemente. Incluso la propia Movida madrileña ya no era lo que había sido algunos años antes.



En cualquier caso, ¡¡¡A tope!!! depara momentos tan abracadabrantes como ver compartir escenario a Loquillo (con sus Trogloditas), Alaska y Jaime Urrutia de Gabinete, cantando aquello de "Yo para ser feliz quiero un camión". O a los gallegos Golpes Bajos recordándonos que los suyos (y aun los nuestros) eran/son "Malos tiempos para la lírica". Nacha Pop, Derribos Arias y Aviador Dro quedan más en segundo plano en un elenco cuya presencia estelar (¡interpretan hasta cinco temas!) son los Objetivo Birmania.

Y en cuanto a los amores y desamores de Juanjo "el Zanahorio" y Raquel, poco se puede comentar más allá de las típicas correrías de unos hormonados estudiantes de COU que se pasan el día circulando en ciclomotor, yendo a guateques/conciertos o tomándole el pelo a don Braulio (alias "don Capullo") con la complicidad de Rafaela (Aparicio). Situaciones más propias de posteriores series televisivas como Al salir de clase o Compañeros. De hecho, el propio Tito (Ramón) Fernández acabaría su carrera dirigiendo la primera temporada de Cuéntame cómo pasó.

Natalia... Sí, es Cristina Torres: la Desi de Verano azul

domingo, 30 de septiembre de 2018

No somos de piedra (1968)




Director: Manuel Summers
España, 1968, 89 minutos

No somos de piedra (1968) de Manuel Summers


¿Me lo parece a mí o No somos de piedra es uno de los títulos más denostados en la ya de por sí infravalorada filmografía de Manolo Summers? Pues es una verdadera lástima, porque bajo su apariencia de españolada al servicio de Alfredo Landa se encuentra una sátira mordaz de los españolitos apocados y rijosos, pero también de la España mojigata, aquélla en la que los supernumerarios del Opus Dei inundaban de beatería santurrona la vida pública, al tiempo que escalaban posiciones en los sucesivos gobiernos franquistas en forma de tecnócratas.

Su protagonista, Lucas Fernández (Landa), es el típico hombrecillo insignificante, propietario de un Seiscientos, padre de familia numerosísima y obsesionado por toda hembra que se cruce en su camino, aunque de poco le sirve, dado su carácter pusilánime y reprimido.



Enriqueta (Laly Soldevila), esposa del susodicho, católica practicante y puritana de tomo y lomo, se negará en redondo a tomar la píldora contraceptiva, por lo que al sufrido marido no le quedará más remedio que ingeniárselas para hacerla transigir, aunque con un resultado tirando a pobre.

Escrita y producida en colaboración con Juan Miguel Lamet, No somos de piedra inauguraba la vertiente más comercial dentro de la producción de su director, lo cual no impidió que el inconfundible toque humorístico de Summers estuviese presente en forma de animaciones y globos sobreimpresos con los pensamientos de los personajes, así como a través de la participación de numerosos amigos en fugaces cameos, entre los que cabe destacar a García Berlanga haciendo de guardia urbano o a Lucía Bosé y Natalia Figueroa vestidas de monja.


domingo, 4 de febrero de 2018

La fierecilla domada (1956)




Director: Antonio Román
España/Francia, 1956, 89 minutos

La fierecilla domada (1956)


BELTRÁN: La mujer no se humilla por serlo. Ser mujer, Catalina, es... es sentirse débil, tener ansias de protección, saber acunar a un hijo, mirar dulcemente. Ser mujer, Catalina, es... es asustarse de un ratón...

Tal vez el paso del tiempo haya hecho estragos en La fierecilla domada degradando su magnífica fotografía en color, aunque los decorados de Sigfrido Burmann mantienen intacta la magnificencia medievalizante del cartón piedra. Sin embargo, del contenido de algunos de sus diálogos, como el que introduce estas líneas, mejor no hablar...

Desde luego, Shakespeare siempre es una garantía y, pese a tratarse de una coproducción con Francia, la versión dirigida por Antonio Román se benefició de un reparto encabezado por Carmen Sevilla y Alberto Closas, pero en el que también destacaban nombres como Manolo Gómez Bur (el infortunado y eterno pretendiente don Mario de Acevedo) o los franceses Jacques Dynam (el rollizo escudero Florindo) y Claudine Dupuis (Blanca, la hermosa hermana de la "fiera" por domar).



Comedia de capa y espada surgida de la factoría del productor Benito Perojo y en la que nombres y topónimos se adaptaban a la realidad hispánica, en lugar de mantener la ambientación italiana del texto original. De ahí que unos bastante castizos Catalina de Martos y Ribera (Sevilla) y Don Beltrán de Lara (Closas) se dirijan a Gandía para protagonizar sus enredos amorosos.

Y, claro está: no podía intervenir Carmen Sevilla sin que la hiciesen cantar ni que fuese una breve tonada, a dúo con Alberto Closas. "Amor, ¿dónde estás, amor?", como el resto de la banda sonora, fue compuesta por Augusto Algueró, con quien la actriz, por cierto, aún no había contraído matrimonio (estarían casados entre los años 1961 y 1974).


domingo, 4 de junio de 2017

Parranda (1977)




Director: Gonzalo Suárez
España, 1977, 85 minutos

Parranda (1977) de Gonzalo Suárez


Quizá porque su director es oriundo de aquellas tierras, las localizaciones de Parranda, que destilan verde por los cuatro costados, se llevaron a cabo en diferentes puntos de la geografía asturiana (Llanes, Mieres y Oviedo). Y eso que la historia se supone que transcurre en la Galicia profunda. De hecho, se trata de una adaptación de la misma novela de Eduardo Blanco Amor que muchos años después acabaría convirtiéndose en A esmorga (2014).

Sin embargo, y a pesar de su origen literario, son varias las escenas en las que Suárez parece tener en mente otras fuentes de inspiración adicionales. Por ejemplo, cuando Bocas, Cibrán y Milhombres (el trío protagonista, encarnado, respectivamente, por José Luis Gómez, José Sacristán y Antonio Ferrandis) profanan el pazo del señor de Andrada (Fernando Hilbeck): viéndolos arrojarse sobre las ricas viandas que colman la mesa de la cocina, manoseando el caviar y el queso inmaculado con sus zarpas mugrientas de haragán harapiento, ¿a quién no le vienen a la memoria los desharrapados de Viridiana? Y al igual que Buñuel compone con ellos un retablo viviente inspirado en La última cena de Da Vinci, también en Parranda resulta relativamente fácil encontrar alusiones pictóricas.

La composición del plano recuerda a El triunfo de baco de Velàzquez

En todo caso, a los tres hombres les espera un destino trágico y, por más que vivan en desenfreno continuo, la fatalidad les aguarda. Así pues, una de las ancianas vestidas de riguroso negro que presencian sus devaneos en casa de la Monfortina (Queta Claver) no dudará en sentenciarlos: "Caballos, caballos, caballos. Ni de corral ni de cuadra. Ni de hierba ni de montaña. Caballos de matadero: esos sois y allí acabaréis..." Medio sibila, medio meiga, el augurio de la mujer se cumplirá punto por punto. Lo cual se opone frontalmente a lo que tiempo atrás le había dicho el Bocas a Cibrán con tal de tranquilizarlo: "Oye, Cibrán... Si alguien va a pasarlas putas por esto, soy yo. Y mírame. ¿Crees que tengo miedo? Pues no. No me verán llorar." Palabras que acabarán resultando del todo irónicas, sobre todo para Cibrán.

Cipriano Canedo, alias Cibrán

En cuanto a Milhombres, le une al Bocas una relación en sí misma contradictoria: a menudo vapuleado, continuamente despreciado por éste (quien no cesa de pedirle a Cibrán que no le deje solo con él), experimenta, sin embargo, una atracción homosexual de fatales consecuencias. Socorrito (Marilina Ross), ese ser candoroso que, a condición de que huela bien, le pide que le haga un hijo al primero que se cruce en su camino, se acabará convirtiendo involuntariamente en víctima propiciatoria de tanta depravación.


sábado, 18 de febrero de 2017

Mi tío Jacinto (1956)




Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1956, 87 minutos

Mi tío Jacinto (1956) de Ladislao Vajda


Se ha comparado muy a menudo el ambiente de miseria reflejado en Mi tío Jacinto con el neorrealismo italiano y, aunque no sea exactamente lo mismo, sí que es cierto que hay más de una semejanza. Para empezar, porque la pareja formada por Antonio Vico (Jacinto) y Pablito Calvo (Pepote) es idéntica a la que ocho años antes habían encarnado los italianos Lamberto Maggiorani y Enzo Staiola en Ladrón de bicicletas.

Con todo, no fue ése el único referente del que se sirvió el húngaro Ladislao Vajda: también es fácil acordarse de Chaplin y Jackie Coogan en El chico (The Kid, 1921), por no hablar del parecido físico entre Antonio Vico y Buster Keaton, aunque esto último pueda ser más casual. De todos modos, de lo que se trataba era de explotar el filón del éxito comercial que previamente había tenido Marcelino pan y vino, otra coproducción hispanoitaliana con Vajda a la cabeza y protagonizada igualmente por el mismo niño con cara de querubín.



Entroncando con la más pura tradición picaresca, de tipos que sobreviven como pueden en el Rastro madrileño, aunque sea recogiendo colillas, hay en Mi tío Jacinto no pocos momentos estelares. Uno de ellos es el interrogatorio en comisaría, donde, al mismo tiempo que se les toma declaración a los implicados en la compraventa de relojes de dudosa procedencia, el comisario y sus subordinados van redactando en paralelo un escrito de queja dirigido a sus superiores para trasladarles su malestar por el lamentable estado en el que se encuentran las dependencias policiales. Otro es, qué duda cabe, la escena en la que de repente se pone a llover durante la corrida de toros y Tip evita que se le moje el traje de luces a Jacinto: ese paraguas es el mismo con el que el torero había tachado antes su nombre del cartel de la charlotada y con el que dará una última estocada sobre un árbol al acabar la película.



Faltaría, para terminar, un breve recuerdo de otros títulos en los que se note que haya influido éste. El caso más evidente sería, tal vez, el de El monosabio (1978) de Ray Rivas, en el que el Juanito que interpreta José Luis López Vázquez también hará lo imposible para reunir el dinero que le permita ver cumplido su sueño de torear en una novillada. Menos patético, pero igualmente marcado por la picaresca, es el caso del joven Juan interpretado por Óscar Cruz en Los golfos (1960) de Carlos Saura: de nuevo una historia de sacrificio y astucia para sufragar un debut taurino que el destino se empeña, sin embargo, en hacer fracasar.


domingo, 22 de enero de 2017

Dame un poco de amooor...! (1968)




Director: José María Forqué
España, 1968, 91 minutos

Dame un poco de amooor...! (1968)


¿Cómo es posible que una joya como ésta no haya gozado hasta la fecha de una mayor difusión? Pues, probablemente, por lo de siempre: porque en este país nos cuesta valorar lo propio, sobre todo si fue producido durante el franquismo. Pero lo cierto es que, en su género, Dame un poco de amooor...! (1968) es una auténtica obra maestra (le pese a quien le pese y digan lo que digan los enterados de turno).

Concebida según el modelo fijado por las películas que Richard Lester o George Dunning filmaron con los Beatles, el protagonismo absoluto es para Los Bravos en su momento de máxima popularidad. Poco importa lo flojo que sea el argumento (en realidad, ello es una premisa inexcusable del subgénero película-al-servicio-de-un-grupo-musical). Que nadie se llame a engaño: aquí lo principal era promocionar la música de Mike Kennedy y su banda.



De ahí que ver a Luis Peña haciendo de Chou-Fang (un Fu-Manchú de pacotilla) sea lo de menos. Y lo mismo sirve para Tip y Coll, Álvaro de Luna, Laly Soldevila o Rafaela Aparicio. Lo que cuenta de verdad es la estética pop, las animaciones inspiradas en el universo del cómic a cargo de Francisco Macián y el colorido psicodélico de las actuaciones del quinteto, vestidos de superhéroe o de torero, viajando en un camión de bomberos o ataviados con un kimono en el gimnasio.

Verdaderamente, sería espectacular poder disfrutar de las imágenes y la música de Dame un poco de amooor...! en versión restaurada, aunque de momento nos tendremos que conformar con una copia cutre en DVD (copiada de un VHS...) como la que ha proyectado esta tarde la Filmoteca.


sábado, 25 de junio de 2016

Megatón Ye-Ye (1965)




Director: Jesús Yagüe
España, 1965, 77 minutos

Megatón Ye-Ye (1965) de Jesús Yagüe


Las comedias musicales al servicio de grupos y cantantes de moda fueron un fenómeno habitual en el cine de los sesenta, empezando por las películas de Richard Lester sobre los Beatles, que en seguida se convertirían en el modelo a imitar. También aquí llegó esta costumbre, quizá con producciones más modestas que no han logrado resistir el paso del tiempo pero que conservan intacto todo el valor de un documento de época.

Megatón Ye-Ye, dirigida por el debutante Jesús Yagüe en 1965, se inscribe en ese tipo de películas. Las estrellas promocionadas fueron, en este caso, el solista Juan Erasmo 'Mochi' y la banda Micky y Los Tonys. El argumento, que es lo de menos en filmes como este, muestra por una parte la relación amorosa que Juan entabla con la rubia Elena (María José Goyanes) antes de que esta se marche una temporada a París, más los devaneos que en su ausencia mantiene con la morena Isabel (Gloria Cámara) y, por otro lado, la llegada al estrellato del conjunto liderado por el alocado Micky y su mánager Fausto (Álvaro de Luna).

Entre las sorpresas que nos deparan los casi setenta y siete minutos de metraje, el cinéfilo observador tendrá ocasión de reconocer a más de un personaje célebre de aquel entonces. Son, al respecto, dignos de mención los cameos del eurovisivo José Luis Uribarri, haciendo las veces de presentador del concurso de jóvenes promesas en el que participan Los Tonys, o de Luis Sánchez Polack (el Tip de Tip y Coll) interpretando a un ¿censor? (por lo menos lleva unas tijeras en las manos) que junto a Emilio Laguna y otros enfervorecidos energúmenos se abalanza sobre los músicos con motivo de su primera incursión cinematográfica (curioso ejemplo de cine dentro del cine).

Aunque el protagonismo absoluto se lo llevan, ¿cómo no?, las canciones: en la era previa a la aparición del videoclip se entiende que la película debía servir de plataforma de lanzamiento del repertorio de los intérpretes. La acción arranca, pues, directamente con "Ivonne", tema melódico en francés cantado por 'Mochi'. Después vendrán los títulos de crédito con un instrumental de Los Tonys y así irán llegando el resto de piezas, que a continuación detallamos:



Micky y Los Tonys - "Sulfer Soap"
Micky y Los Tonys - "I'm Over"
Mochi - "No comprendo"
Micky y Los Tonys - "Zorongo gitano" (interpretado en un bus turístico)
Micky y Los Tonys - "Pretty Baby"
Micky y Los Tonys - "Tú serás muy feliz"
Mochi - "Pediré"
Micky y Los Tonys - "Ya no estás"
Mochi - "Mi Verdad"
Micky y Los Tonys - "Un bel amour"
Micky y Los Tonys y Mochi  - "Sha La La"

Como se ve, no tenían ningún inconveniente en cantar lo mismo en castellano, que en inglés o incluso en francés. Porque si algo querían transmitir estos jóvenes del 65 era atrevimiento. E indirectamente algo de "apertura" (la que permitían las circunstancias, claro). Conviene, sin embargo, entrecomillar la palabra porque a nadie se le escapa que, en realidad, la intención última de la censura del régimen al permitir el estreno de películas como Megatón Ye-Ye era mostrar una imagen de modernidad, sobre todo de cara al exterior.

Mochi y Elena (María José Goyanes)

martes, 23 de junio de 2015

Manolo, guardia urbano (1956)




Director: Rafael J. Salvia
España, 1956, 83 minutos

Manolo, guardia urbano (1956)


"Típica comedia costumbrista". He ahí la habitual coletilla con la que se suele calificar a no pocas películas rodadas durante el franquismo. En el caso de Manolo, guardia urbano (1956) casi casi podríamos incluso añadir el adjetivo propagandística, ya que la finalidad de este filme escrito y dirigido por Rafael J. Salvia no parece ser otra sino ensalzar la tarea de uno de los cuerpos de seguridad del Estado. Así pues, el adorable Manolo Martínez encarnaría al ideal de hombre de la dictadura (campechano, simplón, dócil) en su doble función de protagonista de la historia y modelo para el espectador. Vamos: que la gente debía salir del cine pensando "¡Qué salao que es este tío!", "¡Qué majos son los agentes de la guardia urbana!" y "¡Cómo me gustaría parecerme a este Manolo!"

Y poco más se puede añadir de una película cuya trama es más bien un pretexto repleto de tópicos y lugares comunes: un bebé extraviado, un espontáneo que salta al ruedo (y que bebe los vientos por Paloma, la hija adoptiva de Manolo), un cura aficionado a las quinielas...

Lo que sí vale la pena destacar es el conjunto de secundarios que intervienen: Tony Leblanc, Ángel de Andrés, Pepe Isbert, Julia Caba Alba... E incluso, en apariciones fugaces, Antonio Ozores (como recepcionista de hotel) y Luis Sánchez Polack (el Tip del mítico dúo Tip y Coll, que interpreta a Gervasio, el criado fúnebre de un velatorio). 

Aunque los más entrañables de la nómina anterior son, sin duda, Nicolás D. Perchicot y Antonio Riquelme. El primero encarna a un veterano de la guerra de Filipinas que, en su delirio de grandeza, se ha ido ascendiendo a sí mismo en sus recuerdos hasta llegar a coronel. El segundo interpreta a Orfeo (tiene guasa el nombrecito): violinista ambulante de aspecto quijotesco que siempre afirma estar a punto de irse a París para actuar en una prestigiosa sala de conciertos, pero que vive realmente de dar el sablazo a cuantos se cruzan en su camino.