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lunes, 6 de noviembre de 2023

Los pedigüeños (1961)




Director: Tony Leblanc
España, 1961, 84 minutos

Los pedigüeños (1961) de Tony Leblanc


Un cierto aire de déjà vu flota a lo largo de Los pedigüeños (1961), tal vez porque su director, productor, guionista y autor de la banda sonora, el mismo Tony Leblanc que, además de protagonizarla, había debutado tras las cámaras pocos meses antes dirigiendo El pobre García (1961), contaba en su haber con varias interpretaciones de pícaro moderno dedicado a vivir del sablazo, siendo su papel en Los tramposos (1959), de Pedro Lazaga, el más destacable a este respecto. 

Fuese por ello o quizá porque la película no llega a arrancar plenamente, lo cierto es que ésta queda reducida a mero divertimento por más que la vis cómica de su reparto, completado con la presencia de López Vázquez, Venancio Muro y Gracita Morales, invite a esbozar una sonrisa a cada momento viendo cómo los susodichos se fingen mudos, ciegos o cojos para suscitar la compasión de la gente.



Y es que tanto el jeta de Fortunato Calandria (Leblanc) como sus compañeros de fatigas están siempre dispuestos a urdir lo que haga falta con tal de sustraerle los cuartos al prójimo, ya sea cantando el flamenco que no saben o reclamando a lágrima viva las deudas que supuestamente les dejó a deber algún difunto al que jamás conocieron. A fin de cuentas, el lema que proclaman con orgullo ("¡Siempre pedimos, nunca robamos: todos para uno como buenos hermanos!") define a la perfección el ideal de vida de estos simpáticos gorrones.

Aun así será una mujer (Licia Calderón) la que logre que Fortu siente la cabeza, por lo que la cinta se estructura como un larguísimo flashback en el que el hoy padre de familia rememora sus viejas andanzas con tal de convencer a su chaval de las inconveniencias de ser un vividor. Aunque ya se sabe que "la rama sale al tronco" y el pequeño Juanín revelará similares dotes a las de su progenitor para sacarle el dinero a los demás.



viernes, 13 de noviembre de 2020

Los días de Cabirio (1971)




Director: Fernando Merino
España, 1971, 97 minutos

Los días de Cabirio (1971) de F. Merino


La inequívoca alusión del título de este filme a las fellinianas Notti di Cabiria (1957) deja entrever que su protagonista, un típico ejemplar de españolito acomplejado y reprimido que responde al nombre de Alfredo Velázquez, probará fortuna dedicándose durante un tiempo al "oficio" de palanquero, curioso eufemismo en referencia a la prostitución masculina. Por este motivo, el protagonista, harto de que su novia Mari Carmen (Teresa Rabal) rechace cualquier tipo de contacto carnal con él antes del matrimonio, se traslada a Sitges recomendado por un antiguo compañero de la mili (Simón Andreu) para ponerse a las órdenes de Tía (José Franco), proxeneta y propietario de una bombonería que le sirve de tapadera, eterno rival de Tío (Margot Cottens), su equivalente femenino y competencia directa en lo que parece un negocio muy rentable.

Los mil y un lances a los que allí se enfrente el bueno de Alfredo (Landa), alias Perejil, en compañía de frívolas bellezas nórdicas y alguna que otra esposa despechada suponen un cúmulo de decepciones para quien creía que esto de seducir suecas adineradas era coser y cantar. En ocasiones por una mera cuestión de equívoco. Por ejemplo cuando, creyendo haber conquistado a la bella Anita (Mirta Miller), descubre que, en realidad, ella es "lo mismo que él, pero en mujer..."



Ambigüedades que, amén de provocar buena parte de las situaciones cómicas de la trama, servía al equipo de guionistas (entre ellos Alfonso Paso y Juan Miguel Lamet) para ahorrarse problemas con una censura que, pese al teórico aperturismo del régimen franquista, no habría consentido que se hablase a las claras de lo que, por otra parte, cualquier espectador de la época comprendía perfectamente sin necesidad de entrar en detalles.

Sin ser una de las muestras más logradas del landismo, Los días de Cabirio llevaba a cabo una radiografía bastante precisa de algunas de las obsesiones recurrentes del macho celtíbero, agobiado por las trabas de un moralismo estricto (representado por la familia de Mari Carmen o un trabajo de ordenanza mal remunerado) que le impide dar rienda suelta a su temperamento rijoso y siempre ávido de echar una cana al aire en ambientes turísticos más proclives a la relajación de costumbres. Sea como fuere, el caso es que Alfredo regresará al interior convertido en ídolo de masas y dispuesto a zanjar los escrúpulos de su santa novia valiéndose de algo tan carpetovetónico y poco sutil como es el "¡Ordeno y mando!"



domingo, 18 de agosto de 2019

El Litri y su sombra (1960)




Director: Rafael Gil
España, 1960, 90 minutos

El Litri y su sombra (1960) de Rafael Gil


Dependiendo de qué aspectos se tengan en cuenta, una biografía taurina como El Litri y su sombra podría ser merecedora de valoraciones radicalmente opuestas. Si nos atenemos al apartado técnico, cabe la posibilidad de destacar la fotografía en espléndido Eastmancolor de Michel Kelber o los decorados del siempre eficiente Enrique Alarcón. Los encuadres, la iluminación, las localizaciones en enclaves típicamente andaluces (en su gran mayoría de la provincia de Huelva)… En fin, todo lo referente a la puesta en escena certifica la pericia de Rafael Gil como realizador. Y lo mismo puede decirse de unas interpretaciones más que correctas a cargo de los secundarios habituales: Ismael Merlo, Manolo Morán, Pepe Isbert…

Ahora bien: cualquier intento de analizar el contenido del filme según los parámetros actuales se revelará, de inmediato, tarea por completo infructuosa. Para empezar porque hoy la propia tauromaquia no pasa de ser, en opinión de muchos, más que una crueldad intolerable basada en el maltrato animal, lo cual supone, ya de entrada, que los valores latentes en una película de tales características resulten del todo inasumibles.



En segundo lugar, el guion de Agustín de Foxá —curioso personaje vinculado al régimen (fue, de hecho, uno de los autores del "Cara al sol"), al que se deben frases tan ocurrentes como "Soy conde, soy gordo, fumo puros; ¿cómo no voy a ser de derechas?"— destila una misoginia muy acorde con el ideario franquista. Sobre todo considerando que, con excepción de la resignada madre y la leal novia del diestro, la mujer es vista, en todo momento, como una tentación, personificada en la actriz Katia Loritz, que podría distraer al torero de su destino providencial. Como dice un espontáneo: "¡Siempre hacen daño las mujeres! ¡Deberían prohibirlas, al menos durante la temporada!"

Por lo demás, la cinta es una fidedigna recreación de los orígenes de una célebre estirpe de matadores, narrada muy enfáticamente a través de la voz de Ángel Baltanás e interpretada con solvencia por el mismo Miguel Báez y Espuny (Gandía, 1930), cuya figura recibe el enaltecimiento de la multitud, con cohetes incluidos, cada vez que corta una oreja.


martes, 10 de julio de 2018

Historias de Madrid (1958)




Director: Ramón Comas
España, 1958, 90 minutos

Historias de Madrid (1956-1958) de Ramón Comas


Ésta es la Cibeles. Una de las plazas más bonitas y concurridas de Madrid. Y ésa que hay en el centro es una servidora. Cuando ocurrieron los hechos que voy a narrar, venía observando que un personaje bajito, de aspecto malhumorado, aparecía todas las semanas el mismo día y a la misma hora por la esquina del Banco de España. La curiosidad es un defecto muy femenino y decidí seguirle. Me hubiera gustado saber qué pensaba de mí. Seguramente yo sólo era para él... eso: la Cibeles. Y nunca habría sospechado que un día lanzaría al dominio público sus deseos, dudas y vacilaciones, así como las de Mari Pepa, Rosa, Pablo, Felipe, don Higinio y tantos otros personajes relacionados en esta historia. Todos ellos sencillos, alegres y simpáticos. Características principales que adornaron y adornarán a estos habitantes de Madrid. La historia comienza un miércoles a las siete y media de la mañana y a la entrada de la iglesia de San Nicolás.

Si hace unas semanas comentábamos el caso de Once pares de botas (1954) de Rovira Beleta, una película narrada por la farola de Canaletas, ahora le toca el turno a Historias de Madrid, filme coral que supuso el debut en la dirección de Ramón Comas y que, como acabamos de ver, tiene como cronista nada más y nada menos que a toda una diosa (o a la escultura de la misma que preside la celebérrima fuente de la capital de España).

En realidad, la acción se va a situar en un modesto edificio cuyos vecinos estarán a punto de ser desahuciados por culpa de una grieta que hace temer su desmoronamiento, así como por ese "personaje bajito, de aspecto malhumorado" al que alude la Cibeles y al que interpreta el actor Mariano Azaña. Porque si algo destaca en esta película, amén de algún que otro comentario machista, es su elenco de secundarios, capitaneado por la quijotesca figura de Antonio Riquelme (don Sergio), quien no dudará en enfundarse un viejo uniforme de la guerra de Cuba para hacer frente al "ejército" de bomberos que allí se congrega manguera en ristre.



Planteamiento que posee, como se ve, su algo de contestatario y surrealista, hecho que, a buen seguro, explica los problemas que Historias de Madrid tuvo con la censura y que demorarían en cerca de dos años el estreno comercial de la cinta. En todo caso, ese punto excéntrico se concreta en diálogos como el que sigue. Tres amigas dan un paseo en barca en el estanque del Retiro:

-¿Nunca veis el agua más azul por este lado? 
-Eso es que destiñe. ¡Mira que mojarse los pies a estas horas!
-Es una costumbre que adquirí en París. Lo necesite o no, me lavo los pies dos veces al año. 
-Vamos, Rosa, no te preocupes más, no merece la pena. Todos los hombres son tontos. 
-Todos no: aún quedan algunos solteros...

Y luego están, como no podía ser menos, las canciones populares que nunca pueden faltar en un filme de tales características: el Maestro Padilla y un tal Juan Sánchez son los autores de, entre otras, "Estudiantina madrileña", "Bajo el cielo de Madrid" o "De Madrid y de Sevilla", temas de tono costumbrista e innegable sabor matritense que tienen su punto álgido cuando Rosa (María José Gil), vecinita del piso de arriba y aspirante a cupletista, participa por teléfono en un concurso radiofónico a pesar de la tromba que les está cayendo.


domingo, 26 de febrero de 2017

El hombre que viajaba despacito (1957)




Director: Joaquín Luis Romero Marchent
España, 1957, 80 minutos

El hombre que viajaba despacito (1957)


No se puede decir que haya envejecido muy bien esta comedia protagonizada por el sin par Miguel Gila (1919-2001). En todo caso, él sí que guardaba un grato recuerdo de ella, siendo prácticamente la única, de las veintiséis películas en las que participó, de la que solía hablar en términos positivos al cabo de los años. En fin, algo debía de tener cuando hasta el NO-DO (Nº 738 B, Año XV) se hizo eco del rodaje de sus exteriores en Móstoles.

Los créditos iniciales daban fe de otra de las habilidades del humorista, quizá menos conocida hoy en día: la de dibujante. Suyas son las caricaturas que acompañan a los nombres del reparto mientras suena la banda sonora compuesta por Jesús Franco, quien también ejerció como ayudante de dirección de Joaquín L. Romero Marchent.

Además de humorista, Gila fue también un notable dibujante

Es indudable que Gila borda el papel de pueblerino (lo interpretó, de hecho, toda la vida en sus célebres monólogos televisivos pegado al teléfono), aunque el problema en El hombre que viajaba despacito tal vez estriba en el hecho de que el guion carece totalmente de fundamento. La historia de un paisano que se casa mientras hace la mili y luego es padre, seguida del extraño periplo que debe recorrer hasta reunirse con su esposa Marta (Licia Calderón) para conocer al bebé carece totalmente de fundamento. Se podría objetar que ello es debido a que el humor de Gila tuvo siempre un componente surrealista considerable, pero aun así hay que reconocer que, cinematográficamente hablando, lo que le funcionaba a las mil maravillas sobre el escenario de una sala de fiestas o en los platós de televisión no resulta igual de convincente en pantalla. ¿Era Gila un artista que ganaba en las distancias cortas? Pues probablemente. Tal vez el cine no era el formato ideal para su humor, como tampoco puede decirse que sean hoy asumibles sus bromas sobre gitanos.

De todos modos, sí que conviene señalar algunos aciertos contenidos en el filme. Como esa escena inicial, en la que Gila se halla encaramado en el cañón de un tanque y que tanto recuerda a El gran dictador de Chaplin. O aquel payaso que interpreta en la plaza de un pueblo y que tiene algo de felliniano. Eso es lo bueno del cine: que, si uno escarba un poco, siempre salen a relucir referencias cinéfilas. Aunque estén pilladas por los pelos y sea en una película teóricamente menor.


martes, 3 de enero de 2017

El hincha (1958)




Director: José María Elorrieta
España, 1958, 73 minutos

El hincha (1958) de J.Mª Elorrieta


Que el deporte rey recibe ese nombre porque mueve pasiones queda más que claro en El hincha, amable comedia dirigida por José María Elorrieta a finales de los años cincuenta y protagonizada por Ángel de Andrés. 

Nicolás vive las veinticuatro horas del día por y para el fútbol, prestando atención especial al Centella, equipo de sus amores y rival acérrimo de la Unión, y a la peña de aficionados La Madrileña. A tal punto llega su obsesión balompédica que en la oficina está más pendiente de comentar con los compañeros las jugadas polémicas que no de atender al público. Como consecuencia, tanto él como don Gregorio, su inmediato superior (Antonio Riquelme), son despedidos. El resto de la trama consistirá en cómo se las ingenian el bueno de Nicolás y sus amigotes para poder costearse el viaje a Sevilla, donde el Centella debe disputar el próximo partido.

"¡Centella, Centella! ¡Ra-ra-rá!"

Al margen de que el guion pueda parecer previsible e independientemente de lo planos que son los personajes, el paso del tiempo ha jugado a favor de una película que muestra la vertiente entrañable del fútbol mucho antes de que se convirtiera en fenómeno mediático y nido de horteras tatuados. En ese sentido, El hincha sale sin duda ganando en la comparación, con su humor blanco y el ambiente sano que se respira entre los forofos.

Es, por otra parte, bastante ingenioso el prólogo que encabeza el filme, con la "retransmisión" incluida de un hipotético partido prehistórico entre trogloditas. Lo cual, unido al personaje de doña Amalia, la suegra de Nicolás (interpretada por Mary Santpere), contribuye a subrayar el carácter caricaturesco de una cinta concebida como si de un tebeo se tratase. Sus personajes, carentes por completo de cualquier tipo de inquietud intelectual, son felices única y exclusivamente con la fidelidad a los colores de su equipo. Algo que, por otra parte, resultaba enormemente hábil a la hora de evitar problemas con la censura, ya que se puede extraer entrelíneas, si se quiere, una cierta lectura crítica de El hincha, aunque, al mismo tiempo, la realidad es que la imagen que proyectaba de los españoles y de su obcecada afición por el fútbol es la que le convenía al régimen de Franco.

En la Edad de piedra ya se practicaba el futbo-litos

lunes, 20 de junio de 2016

Tenemos 18 años (1959)




Director: Jesús Franco
España, 1959, 73 minutos

Tenemos 18 años (1959) de Jesús Franco


Para alguien que, como Jesús Franco, dirigió más de doscientas películas, el cine no debía tener grandes secretos. Por lo menos, habría que concederle el mérito de haberse mantenido fiel no sólo a la profesión sino sobre todo a un estilo personalísimo que está presente a lo largo de toda su producción, como puede comprobarse en el primero de sus largometrajes: Tenemos 18 años, rodado en el lejano 1959, pero con un toque jovial muy cercano al de los cartoons americanos.

Su planteamiento es sumamente original, ya que se basa en las impresiones anotadas por las protagonistas durante un viaje. Pero como ambas poseen caracteres muy diferentes (el de la soñadora María José, Isana Medel, frente al de la alocada Pili, Terele Pávez) su percepción de los hechos también difiere bastante. De modo que se nos mostrarán ambas versiones y santas pascuas. Total: si la película se titula Tenemos 18 años es porque los protagonistas intuyen que al acercarse su mayoría de edad se acerca también el triste momento de sentar la cabeza. De manera que a lo que asistimos es al canto del cisne de su propia adolescencia: el último verano en el que están permitidas las ensoñaciones. 

Además de por el colorido de su fotografía en Eastmancolor, los dibujos animados de unos creativos títulos de crédito y por su desenfadada banda sonora jazzística (compuesta e interpretada al piano por el propio Jesús Franco y la orquesta de Don Parker), el filme destaca por ese peculiar sentido del humor del que hace gala el primo Mariano (Antonio Ozores). Y todo ello sirviendo de marco a una historia iniciática, verdadera road movie a la española, y aparentemente absurda, pero que al mismo tiempo encierra alguna que otra pincelada trágica, como el relato del atracador magistralmente interpretado por Luis Peña.

Hasta se apunta, aunque tímida y puntualmente (merced al carácter histriónico de Antonio Ozores), el elemento terrorífico del que tantas muestras daría Jesús Franco durante su prolífica carrera. ¿Qué más se puede pedir en los 73 minutos escasos de una película fresca, que apenas pretendía mostrar las vacaciones de dos universitarias por tierras andaluzas y a lomos de un desvencijado Ford T amarillo?