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domingo, 12 de enero de 2025

La caída de la casa Usher (1960)




Título original: The Fall of the House of Usher
Director: Roger Corman
EE.UU., 1960, 80 minutos

La caída de la casa Usher (1960) de Roger Corman


Pese a ser teóricamente una cinta de bajo presupuesto, The Fall of the House of Usher (1960) se rodó en color y cinemascope, lo cual le otorga un punto de distinción bastante acorde con el ambiente decimonónico en el que transcurre la historia. Fue, además, la primera de una serie de adaptaciones (hasta ocho en total) que el director y productor Roger Corman llevó a cabo a partir de relatos de Edgar Allan Poe (1809-1849). Le seguirían títulos como, por ejemplo, El péndulo de la muerte (1961), que ya tuvimos ocasión de comentar en este mismo blog hace algunos años. El guion, al igual que en ocasiones posteriores, corrió a cargo del novelista Richard Matheson.

A finales de la década de los veinte, el francés Jean Epstein, en colaboración con Luis Buñuel, había llevado a la pantalla este clásico de la literatura de terror. En cambio, la versión que nos ocupa bebe menos de fuentes vanguardistas y tira más de efectos típicos de lo que sería una simple película de género rodada en decorados de cartón piedra. Sin que ello vaya en detrimento, claro está, de su interés cinematográfico. La excelente fotografía, por cierto, corrió a cargo de Floyd Crosby, padre del cantante y futura estrella del rock David Crosby.



Apenas cuatro personajes integran el reparto de la historia. Además del enfermizo Roderick Usher (magistralmente interpretado por un comedido Vincent Price sin su habitual bigote) y de su hermana-rehén Madeline (Myrna Fahey), completan el elenco Philip Winthrop (Mark Damon), prometido de la joven que intentará rescatarla de su cautiverio, y el viejo mayordomo Bristol (Harry Ellerbe). Aunque, como todo el mundo sabe, el verdadero protagonismo recae sobre la propia casa, una destartalada mansión en mitad de la nada que, por razones desconocidas, se desmoronará gradualmente, engullendo con ella a sus moradores.

De todos modos, pudiera decirse que la casa y cuanto la rodea son en realidad un estado mental fuera del tiempo: el espectro de algo que existió alguna vez. Quizá por eso al caer al suelo en la cripta familiar el ataúd reservado para Madeline se aprecia que éste ya contenía un esqueleto, como si se quisiese dar a entender que los habitantes del lugar no son más que fantasmas.



jueves, 1 de agosto de 2024

En algún lugar del tiempo (1980)




Título original: Somewhere in Time
Director: Jeannot Szwarc
EE.UU., 1980, 104 minutos

En algún lugar del tiempo (1980)


Pese a la escasa repercusión en taquilla de Somewhere in Time (1980), la película experimentaría posteriormente un inusitado éxito hasta el extremo de convertirse en título de culto para los miles de personas que integran su club de admiradores. A medio camino entre la ciencia ficción y un drama romántico de época, el filme supuso, además, el otro gran papel en la carrera de Christopher Reeve antes de que el actor quedase definitavemente encasillado como rostro habitual de Supermán.

El guion de Richard Matheson, a partir de su propia novela Bid Time Return, sitúa los hechos en dos planos temporales muy distintos. Por una parte, el dramaturgo Richard Collier (Reeve) se halla en plena crisis creativa ocho años después de que, en 1972, una misteriosa anciana le hiciese entrega de un reloj. En cambio, Elise McKenna (Jane Seymour) tiene ante sí una prometedora trayectoria sobre los escenarios en el Chicago de 1912. Dos almas separadas por el tiempo y la distancia, pero que, sin embargo, vivirán una hermosa historia de amor más allá de toda lógica.



Probablemente es esa atmósfera un tanto onírica, a la que contribuye enormemente la música de Rajmáninov (Rapsodia sobre un tema de Paganini), lo que explica el encanto de una cinta cuya trama se adentra en territorios no muy distintos a los que después han explorado otros clásicos del género como, por ejemplo, Ghost (1990).

Lo curioso del asunto es que si ya en la ficción el Grand Hotel sugería la nostalgia por una época idealizada, las numerosas convenciones que allí celebran regularmente los fans han acabado convirtiendo el lugar en centro de peregrinaje, lo que constituye todo un fenómeno sociológico que excede los límites estrictamente cinematográficos. Buena prueba, en cualquier caso, de la fuerza de un relato que ahonda en cuestiones tan profundas como el poder de la mente o la búsqueda de la felicidad.



viernes, 7 de junio de 2024

El diablo sobre ruedas (1971)




Título original: Duel
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1971, 90 minutos

El diablo sobre ruedas (1971) de Spielberg


Dicen que las ideas más simples suelen ser también las más fructíferas, por lo menos en lo que a tensión narrativa se refiere. Buena prueba de ello serían los noventa minutos (apenas 74 en su inicial montaje televisivo) de Duel (1971), intensa road movie, hoy película de culto, de un joven Spielberg cuyo dominio del suspense en el sentido hitchcockiano del término quedaba patente en este primer título relevante de su extensa filmografía. Partiendo de una premisa tan básica como la persecución por carretera de un camión de gran tonelaje que se dedica a acosar, sin motivo aparente, a un modesto conductor que circula a bordo de su turismo por las vías secundarias del desierto de Nuevo Méjico, se genera, sin embargo, una intriga de grandes proporciones que preludia lo que el mismo director llegaría a conseguir, con el tiempo y muchos más medios a su alcance, en títulos hoy ya míticos como Tiburón (1975).

De hecho, se podría decir que el camión cisterna (un Peterbilt, modelo 281, de 1955) tiene más de bestia fabulosa a lo Godzilla que no de máquina. Quizá por ello el guion de Richard Matheson, a partir de su propio relato, opta por un tratamiento alejado de la espectacularidad basada en explosiones y centra su trama en un enfrentamiento donde lo que prima es la superioridad física del atacante sobre la insignificancia del individuo anónimo, un magnífico Dennis Weaver (1924-2006) en el papel más recordado de su carrera. Por supuesto, dicho efecto quedaba reforzado por el hecho de que nunca llegamos a ver la cara del conductor del tráiler, de modo que el protagonismo recae plenamente sobre la mastodóntica "criatura" (según parece, Spielberg eligió este modelo y no otro porque la cabina, con la disposición de los faros y demás elementos, recuerda vagamente una cara).



No han faltado, a lo largo del tiempo, múltiples interpretaciones a propósito del sentido último de una historia que, como La cabina (1972) de Mercero, convierte lo cotidiano y aparentemente inofensivo en terrorífico. Se ha dicho que el personaje de David Mann (Weaver) simboliza la lucha del hombre contra la mecanización de un mundo cada vez más deshumanizado o incluso el empeño de un típico ciudadano de clase media sin atributos por demostrar su virilidad frente a la imponente reciedumbre de un atacante infinitamente superior. Cábalas, tal vez fruto de la mera especulación, que, tratándose de un modesto telefilme rodado en doce días cuyo éxito rebasó con creces las expectativas iniciales de sus creadores, pudieran parecer exageradas.

Cabría destacar, eso sí, la pericia a nivel técnico de un cineasta que, ya desde la escena inicial, hace un uso portentoso de recursos como el plano secuencia y la cámara subjetiva, permitiendo, por otra parte, que el espectador sea testigo en diversas ocasiones del diálogo interno del protagonista mientras éste trata de afrontar una situación que lo desborda. Detalles de maestro en ciernes (como las placas de matrícula, quizá de anteriores víctimas, que recubren la parte frontal del camión o el color rojo, símbolo de un destino sangriento, del indefenso Plymouth Valiant fustigado sin tregua sobre el asfalto) que denotan el talento de quien estaba llamado a ser uno de los puntales de la futura industria cinematográfica.

Cuesta reconocerlo, pero ese tipo de las gafas es Steven Spielberg


domingo, 19 de abril de 2020

El péndulo de la muerte (1961)




Título original: Pit and the Pendulum
Director: Roger Corman
EE.UU., 1961, 77 minutos

El péndulo de la muerte (1961)
de Roger Corman

Estremeciéndome de pies a cabeza, me arrastré hasta volver a tocar la pared, resuelto a perecer allí antes que arriesgarme otra vez a los horrores de los pozos —ya que mi imaginación concebía ahora más de uno— situados en distintos lugares del calabozo. De haber tenido otro estado de ánimo, tal vez me hubiera alcanzado el coraje para acabar de una vez con mis desgracias precipitándome en uno de esos abismos; pero había llegado a convertirme en el peor de los cobardes.

Edgar Allan Poe
El pozo y el péndulo
Traducción de Julio Cortázar

Ya desde sus psicodélicos títulos de crédito iniciales, Pit and the Pendulum es un cromo lisérgico rebosante de los tópicos más frecuentes en el cine de terror de los años sesenta, desde las mazmorras de cartón piedra de un castillo repleto de telarañas hasta los primeros planos del rostro perturbador de Vincent Price. No faltan, asimismo, los rayos y truenos en un paraje inhóspito al borde de un acantilado solitario ni la celda de castigo en donde un antiguo inquisidor español torturó a no pocos reos valiéndose de los más sofisticados aparatos para el tormento.

La acción transcurre en 1546 en una remota fortaleza cuyo propietario, Nicolás Medina (Price), vive atenazado por el recuerdo de una vivencia traumática que marcó su infancia. Éste, individuo inestable al que la reciente muerte de su esposa ha terminado sumiendo en un permanente estado de desasosiego, cuenta, desde hace algún tiempo, con la compañía de su hermana Catherine (Luana Anders) quien, procedente de Barcelona, procura hacerle más llevadera su tristeza.



Sin embargo, la visita inesperada del inglés Francis Barnard (John Kerr), hermano de la difunta, coincidirá con una serie de fenómenos extraños que van a poner en entredicho que Elizabeth (Barbara Steele) esté realmente muerta.

Con un guion del novelista Richard Matheson, basado, a su vez, en el relato homónimo de Edgar Allan Poe, El péndulo de la muerte posee el característico brío de las producciones de Roger Corman, si bien adolece de alguna que otra imprecisión histórica e incluso lingüística, como esa manía que tienen los personajes de utilizar el término doña como si fuese sinónimo exacto de señora. De ahí que sus diálogos abunden en expresiones graciosísimas del tipo "¡Hola, doña!" o "¡Adiós, don Medina!" Con todo y con eso, la cinta, magistralmente fotografiada por Floyd Crosby en formato Panavisión, se deja ver con agrado.


lunes, 23 de marzo de 2020

El último hombre... vivo (1971)




Título original: The Omega Man
Director: Boris Sagal
EE.UU., 1971, 98 minutos

El último hombre... vivo (1971) de Boris Sagal


Parece ser que un ejemplar de I Am Legend cayó en manos de Charlton Heston durante un vuelo a Los Ángeles. Y quedó tan impresionado tras la lectura que contactó de inmediato con su agente para que comprara los derechos del libro... sin saber que dicha novela ya había sido adaptada en 1964 con Vincent Price en el papel principal. Aunque no acaba ahí la anécdota. Cuando, tiempo después, tuvo ocasión de ver aquella vieja cinta de serie B, se limitó a comentar que le parecía: "Increíblemente fallida, totalmente desconcertante, mal interpretada, descuidadamente escrita y fotografiada."

'Apártate que me tiznas', le dijo la sartén al cazo... Porque el remake no es mucho mejor, que digamos. Contó con más medios, por supuesto, si bien la mayor parte destinados a pagar los trescientos mil dólares que el amigo Heston se embolsó por meterse en la piel del doctor Neville. Eso sí: los maniquíes que se hacen pasar por cadáveres o el penoso maquillaje blancuzco de los miembros albinos de la Familia son igual de cutres que los de la versión anterior.

The Family: zombis inquisitoriales


Aun así, con su tono marcadamente afro y un punto psicodélico (el protagonista entra en un cine para disfrutar del documental sobre Woodstock, cuyos diálogos conoce de memoria), The Ωmega Man es hoy uno de esos títulos de culto que, merced al auge de la moda vintage, hacen las delicias de directores amantes de lo retro como Tim Burton o Tarantino.

Un filme que, por otra parte, contiene  numerosas referencias mesiánicas, motivo por el cual Charlton Heston aparece varias veces con los brazos en cruz, sobre todo en el plano final (y hasta aquí podemos leer...). No obstante, a día de hoy, lo más llamativo de la película es escuchar, en una de las secuencias iniciales, cómo un locutor de radio advierte reiteradamente a la ciudadanía aquello de "Stay in your homes! Stay in your homes!" ¿Les suena de algo...?


domingo, 22 de marzo de 2020

El último hombre sobre la Tierra (1964)




Título original: The Last Man on Earth
Directores: Ubaldo Ragona y Sidney Salkow
Italia/EE.UU., 1964, 87 minutos

El último hombre sobre la Tierra (1964)


Primera de las cuatro adaptaciones cinematográficas de I Am Legend (1954), novela del escritor estadounidense Richard Matheson, autor, entre otras, de la célebre El increíble hombre menguante, a cuya versión ya dedicamos, en su día, la entrada pertinente. El argumento, a medio camino entre la distopía y las historias de terror, gira en torno a una terrible pandemia que acaba con la mayor parte de la población mundial, mientras que al resto los convierte directamente en peligrosos zombis que sólo salen de noche. Únicamente un hombre, el doctor Robert Morgan (Vincent Price), permanecerá inmune al virus debido a que, años atrás, cuando trabajaba en Panamá, fue mordido en una pierna por un murciélago...

Otra de esas cintas premonitorias cuyo escenario de calles desoladoramente vacías es hoy, por desgracia, realidad en muchos puntos del planeta. Como el escepticismo, al parecer connatural a la condición humana, ahora y hace más de medio siglo, presente en algunas líneas de los diálogos: "I'm a scientist, not an alarmist!", replica Morgan cuando su buen amigo Ben (Giacomo Rossi Stuart) le advierte del peligro que está a punto de cernerse sobre sus destinos.



Sí, de acuerdo: ni se trata de una obra maestra en su género ni el paso del tiempo le ha sentado especialmente bien. Sin embargo, quien tenga ocasión de ver The Last Man on Earth comprobará con asombro el enorme parecido entre su turbamulta de criaturas vampíricas y los muertos vivientes que, poco después, catapultarían a la fama a George A. Romero. Influencia, por cierto, que, de tan evidente, el propio director tuvo que acabar admitiendo.

Por lo demás, esta coproducción italoamericana de bajo presupuesto hará las delicias de quienes disfruten con la detección de gazapos, incongruencias y habituales meteduras de pata del cine de serie B: una chimenea humeante en la panorámica de una ciudad que se supone deshabitada, vehículos circulando en lontananza a través de esa misma localidad "fantasma". Aunque tiene también, por qué negarlo, el encanto de unas localizaciones romanas (como el fascista Palazzo della Civiltà Italiana, cuya escalinata aparece sembrada de cadáveres) que, a priori, uno no relacionaría jamás con un filme de estas características. ¿O tal vez sí...?


jueves, 28 de enero de 2016

El increíble hombre menguante (1957)




Título original: The Incredible Shrinking Man

Director: Jack Arnold
EE.UU., 1957, 81 minutos

"Hay otros mundos, pero están en éste..."
Paul Éluard

Si Scott hubiese ido a buscar la cerveza, la película
se habría titulado La increíble mujer menguante


La relatividad de lo humano ya no es solamente un trasfondo conceptual, sino un entorno ficticio. Un gato pasa a convertirse realmente en un tigre; una araña, en un monstruo de pesadilla como ningún troglodita tuvo que afrontar jamás. Pues otra de las características de Matheson es que, para crear sus situaciones extraordinarias o terroríficas, no suele recurrir a mundos o ambientes extraños, sino -lo que es mucho más inquietante- se limita a alterar la perspectiva de lo cotidiano.

Carlo Frabetti
"Presentación: Hombre menguante, hombre creciente, hombre pleno, hombre nuevo"
El hombre menguante (traducción de María Teresa Segur)



Podríamos conformarnos con ver una simple película de serie B en esta parábola sobre los peligros latentes que acechan a la humanidad, pero cualquier espectador mínimamente avisado reparará enseguida en su enorme valor alegórico: rodada en plena Guerra Fría, El increíble hombre menguante plasma en imágenes la desconfianza generada por el desarrollo desmesurado de la ciencia y los hipotéticos imprevistos que pudieran derivarse de la escalada atómica entre potencias. En ese sentido, la sociedad americana fue especialmente vulnerable a dicha paranoia, siendo el cine de ciencia ficción el medio que mejor supo captarla en forma de temores irracionales. Mediante su novela y posterior adaptación a la gran pantalla, el guionista Richard Matheson incide en lo insignificante que puede llegar a sentirse el ciudadano medio frente a un mundo que percibe como potencialmente amenazante.



Hay implícita, por lo tanto, una clara voluntad de incidir en la idea de regreso a la naturaleza: Scott Carey no sólo irá menguando sino que sobre todo irá convirtiéndose gradualmente en un salvaje, una especie de hombre de las cavernas que debe aguzar el ingenio cada día para obtener alimento y vencer a los predadores que continuamente amenazan su existencia. Aunque con una diferencia capital entre libro y película: mientras que al final de la novela el protagonista se dispone a descubrir un nuevo mundo infinitesimal en el que tal vez habiten formas de vida alternativas (otras civilizaciones, otros hombres menguantes como él...), en la película Scott pone su mirada en las estrellas con la convicción de que hay un dios para el que no existe el cero. Como también resulta muy revelador el hecho de que el narrador omnisciente en tercera persona de la novela sea sustituido en el filme por una incongruente narración en primera persona del protagonista.



No tardarían en proliferar, como consecuencia del éxito obtenido por la película de Jack Arnold, las consabidas secuelas o filmes simplemente inspirados en planteamientos similares: El asombroso hombre creciente (Bert I. Gordon, 1957), El ataque de la mujer de 50 pies (Nathan Juran, 1958), La rebelión de los muñecos (Bert I. Gordon, 1958), Viaje alucinante (Richard Fleischer, 1966), La increíble mujer menguante (Joel Schumacher, 1981)… Aunque también la comedia, en un registro radicalmente distinto, como por otra parte es lógico, se haría eco del temor suscitado por el rumbo imprevisible que tomaba la ciencia. Me siento rejuvenecer (Howard Hawks, 1952) o El profesor chiflado (Jerry Lewis, 1963) son los ejemplos más célebres.



jueves, 14 de enero de 2016

Cinefòrum 28 de gener







Benvolgudes i benvolguts,

Continuen les sessions del Cinefòrum Sant Miquel!

El proper dijous 28 de gener, a les 17'30 h., al nostre saló d'actes, tindrà lloc la segona d'elles. En aquesta ocasió hem triat un clàssic de la ciència-ficció: El increíble hombre menguante, adaptació de la novel·la homònima de Richard Matheson (1926–2013) que va ser dirigida el 1957 per Jack Arnold.

El seu protagonista, Scott Carey, anirà encongint de forma gradual després d'haver estat exposat a una misteriosa boira que traversa durant un viatge en vaixell...

Hi haurà una breu presentació abans de començar i un col·loqui posterior a la projecció (en versió original anglesa subtitulada en castellà). La pel·lícula té una durada de 80 minuts.

Com és habitual, l'assistència està oberta a tota la comunitat de l'escola: alumnes i ex alumnes, pares, mares, personal no docent, professores i professors...

Hi esteu tots convidats!

A continuació, una selecció dels cartells que en el seu moment van servir per promocionar el film: