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sábado, 29 de julio de 2017

Fortunato (1942)




Director: Fernando Delgado
España, 1942, 72 minutos

Fortunato (1942) de Fernando Delgado


Pocos actores ha habido en nuestro país tan galdosianos como don Antonio Vico. "¿Galdosiano...?", se preguntará alguno. ¡Toma, claro! Protagonizó Fortunato (1942) y, años después, Mi tío Jacinto (1956), así que, a ver: ¿quién mejor que él para recibir dicho apelativo si fue, sucesivamente, Fortunato y Jacinto?

La misma gracia que el dicharacho anterior tiene, sobre poco más o menos, el filme que nos disponemos a comentar. ¿Significa eso que sea una película fallida? Hombre, depende: si el propósito era que el espectador sintiese unas ganas irrefrenables de abofetear al protagonista, pues no: en ese caso se logra plenamente el objetivo. Ahora bien: si de lo que se trataba, en cambio, era de hacernos sentir compasión ante los males del tal Fortunato Méndez, entonces...

También cabría achacar su falta de chispa a la pieza teatral en la que se inspira ("Historia tragicómica en tres cuadros") de los hermanos Álvarez Quintero, muy aplaudida cuando su estreno, en noviembre de 1912, pero seguramente bastante alejada de los gustos actuales. Aunque a lo mejor no hay que darle tantas vueltas al tema: ni todas las pelis envejecen igual ni puede uno andar con muchas exigencias cuando se trata de valorar el cine español de principios de los cuarenta.



Sea como sea, lo que sí vale la pena destacar es la dimensión radicalmente distinta que adquiere la odisea de este pobre hombre (pobre en ambos sentidos: pecuniario y de espíritu) al trasladar la acción, como indica un rótulo inicial, a 1934. Lo que para los Álvarez Quintero era un simple ejercicio de evasión, concebido con la finalidad de transmitir la alegría de vivir pese a todos los contratiempos que experimenta el cesante Méndez hasta volver a encontrar un empleo que le permita mantener a su prole, se convierte, de la mano de Fernando Delgado, en un alegato encubierto contra los desmanes de la República y un canto de esperanza con la vista puesta en la estabilidad que debía aportar el nuevo régimen. El diálogo final resulta, en ese sentido, muy elocuente:

ROSARIO: (Llorando) ¡Míralos qué contentos!
FORTUNATO: Sí. 
ROSARIO: Ya tienen pan nuestros hijos. 
FORTUNATO: Sí, Rosario. Gracias a Dios. Sí. 
ROSARIO: Gracias a Dios. ¡Que Él te bendiga! Pero no quiero que nos separemos más. ¡No nos separaremos más! ¿Lo oyes? Mira, ya tengo otro empleo para ti, el premio a tu heroísmo. Nuestros hijos tendrán pan, pero no a costa de tantos sacrificios. Ahora sí que seremos felices de veras...

Claro que ese ahora de Rosario adquiere tintes sarcásticos si se piensa que la pareja tendrá que enfrentarse (y ellos aún no lo saben) a las penurias de la guerra civil y de la inmediata posguerra.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

La aldea maldita (1942)




Director: Florián Rey
España, 1942, 62 minutos

“Más vale ser amo pobre que criado rico”



La aldea maldita, "poema cinematográfico" de inspiración calderoniana con "motivo y realización de Florián Rey" y dividido en cuatro capítulos debidamente introducidos por rótulos de letra gótica (además de los créditos de escayola que quieren semejar distinguidas lápidas cinceladas), fue la versión sonora que el director hizo del argumento ya llevado a la gran pantalla por él mismo en 1930. Sólo que doce años después, los cambios que se introducen son notables y en paralelo a los producidos en el seno de la sociedad española.

De entrada, la pareja Florencia Bécquer (Acacia) / Julio Rey de las Heras (Juan) releva a la formada por Carmen Viance y Pedro Larrañaga en el filme mudo. Pero si en el período silente Juan iba a parar a la cárcel por rebelarse contra el cacique local, en este caso es ella la descarriada, al negarse a emigrar a la ciudad con el resto de vecinos. Situación que se agravará aún más, si cabe, cuando tres años después la encuentre su casto marido alternando en una taberna.

Pero aparte del giro conservador, y de los arcaizantes trajes regionales que lucen ahora los personajes (en oposición a la sencillez indumentaria del año 30), merece la pena destacar determinados aspectos de esta nueva versión, a menudo denostada entre nosotros, más por desconocimiento y prejuicios pueriles de quienes hablan de oídas que no por otro motivo: a tal efecto, convendría recordar el considerable éxito del que gozó la película en Francia.

El momento del éxodo, por ejemplo, con su larga procesión de carromatos tirados por bueyes, es de una fuerza visual admirable. Y, lo que son las cosas: no sólo salta a la vista la influencia del cine soviético en el tratamiento de las imágenes, sino que en la partitura que las acompaña resulta fácil reconocer temas de Prokofiev y hasta del Mussorgsky de Cuadros de una exposición. Pero lo más impactante es que dicha secuencia parece calcada del similar desfile de retirada que, salvando las distancias, llevan a cabo las tropas republicanas en Sierra de Teruel (L'espoir) de André Malraux, estrenada en el 45 pero rodada entre 1938-1939. Lo cual demuestra hasta qué punto se atraen los polos opuestos...



Con todo, la versión del 42 de La aldea maldita acabará derivando en su desenlace hacia posturas cuasi místicas, con Acacia convertida en penitente de sí misma y arrepentida Magdalena a quien Juan lavará los pies en señal de perdón, mientras suenan de fondo campanas y una melodía que podría pertenecer a la Obertura 1812 de Chaikovski.