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viernes, 17 de mayo de 2024

Rosas de otoño (1943)




Director: Juan de Orduña
España, 1943, 66 minutos

Rosas de otoño (1943) de Juan de Orduña


La cosa va de bailes de gala y veladas en la ópera, de teléfonos blancos, criadas con cofia y cartas perfumadas, pero, sobre todo, de los dimes y diretes que unos encorsetados matrimonios de la alta sociedad mantienen entre sí a consecuencia de los deslices amorosos de unos maridos especialmente mujeriegos. Circunstancia que se acaba saldando, como no podía ser de otro modo en aquella España autárquica de los primeros cuarenta, con la resignada mansedumbre de las abnegadas esposas.

Las actuaciones del reparto, encabezado por María Fernanda Ladrón de Guevara (Isabel) y Mariano Asquerino (Gonzalo), adolecen de un evidente regusto teatral, típico de la época, que en el caso de los secundarios Julia Lajos (Laura) y Fernando Fernán-Gómez (Adolfo Barona) se convierte, en cambio, en una simpática comicidad. A este respecto, la primera encarna a una oronda y desinhibida soltera que no duda en mostrar abiertamente su interés por los hombres, mientras que el segundo, en su habitual rol de galán cómico, interpreta a un refinado señorito parisino de marcado acento francés.



El drama escénico de Jacinto Benavente en el que se basa Rosas de otoño (1943) se había estrenado en Madrid a principios de siglo, si bien la lectura que de él hacen Juan de Orduña y su guionista Antonio Mas Guindal se enmarca en la retrógrada moral franquista que reservaba para la mujer un triste e insignificante papel supeditado a la voluntad masculina. De ahí que Isabel intente disuadir por todos los medios a su hijastra María Antonia (Marta Santaolalla) de que abandone a Pepe (Luis Prendes) por Federico (José María Seoane), pese a que el marido la engañe a cada momento y el otro se deshaga en atenciones con ella.

Por lo demás, la rancia moralina que encierra la historia resulta hoy por completo inasumible y esas rosas otoñales a las que alude el título, esos "amores santos que saben esperar" (y perdonar), en oposición a los amores fáciles y pasajeros que "ven deshojarse todas sus flores en una breve primavera", difícilmente entrarán en los esquemas mentales de un espectador medio del siglo XXI. Afortunadamente. Queda al menos la película como documento histórico y prueba fehaciente de lo que un día fue este país.



viernes, 21 de agosto de 2015

Me enveneno de azules (1969)




Director: Francisco Regueiro
España, 1969, 87 minutos

Me enveneno de azules (1969) de Francisco Regueiro


En su libro A la pintura (1948), Rafael Alberti incluía el poema "Azul", en cuyo verso número 14 el poeta declaraba: "Me enveneno de azules Tintoretto". Dicho verso serviría, años más tarde, a Juan Cesarabea y a Francisco Regueiro, a la sazón guionistas del filme, para dar título a Me enveneno de azules (1969), el cuarto largometraje que firmaba Regueiro.

En líneas generales, se puede decir que estéticamente la película no dista mucho de otras propuestas europeas de aquel entonces, como por ejemplo Domingo, maldito domingo (John Schlesinger, 1971) o que, en menor medida, intenta recrear una atmósfera que lo emparente con el cine francés de la Nouvelle Vague.

Peca, sin embargo, de una excesiva complacencia en la música de Beethoven y Bach con la que se envuelven no pocas escenas, así como del uso indiscriminado del trávelin, cámara en mano, rodeando a los actores mientras deambulan por escenarios madrileños ultramodernos (para la época, se entiende).



Con todo, sabe sacar partido a la presencia del ídolo de masas Junior, quien encarna al desencantado Miguel: tras pasar dos años en París, donde ha vivido el Mayo del 68 (ojo al lema "L'imagination au pouvoir" que se puede leer fugazmente, garabateado en una de sus botas), tiene que enfrentarse ahora a la mortificante figura del padre (Antonio Casas), a punto de casarse con la que fuera novia de su propio hijo, una Charo López de conmovedora belleza que recuerda en sus rasgos a Ava Gardner.

Entre las curiosidades, merece la pena destacar el uso que se hace como hilo conductor en determinados momentos de las imágenes televisivas en las que Jesús Hermida relata la llegada del hombre a la luna, sin duda una forma de subrayar esa modernidad alienante a la que aludíamos más arriba. O también, en otro orden de cosas, la presencia de Jaime Chávarri como ayudante de dirección con cameo incluido interpretándose a sí mismo.

Y si el verso de Alberti inspiró a Francisco Regueiro, el título de la cinta sirvió, a su vez, para bautizar a un dúo de rock independiente formado por dos hermanos de Yecla (Murcia): Jesús y Jose García, que comenzaron a firmar sus canciones bajo este peculiar nombre a finales de 1998.


Charo López interpreta a Marta en Me enveneno de azules (1969)