martes, 19 de septiembre de 2017

Érase una vez un mirlo cantor (1970)













Título original: Iko shashvi mgalobeli / Жил певчий дрозд
Director: Otar Iosseliani
Unión Soviética, 1970, 82 minutos

Érase una vez un mirlo cantor (1970)

¡Cómo se parece a John Cassavetes el actor protagonista de Érase una vez un mirlo cantor! Pero no: no se trata del gran intérprete y cineasta americano, sino de Gela Kandelaki. Su personaje es el joven percusionista de una orquesta sinfónica que pasa el tiempo de aquí para allá, ora flirteando con alguna muchacha ora entrometiéndose en los más diversos asuntos. Se ha acostumbrado a irrumpir en el foso en el último momento los días que hay concierto, para desesperación del director y de los responsables de la sala. Pero Gia, que ése es su nombre, hace ya mucho que optó por tomarse la vida con calma...



Como ocurre tantas veces en el cine del georgiano Otar Iosseliani, Érase una vez un mirlo cantor es una película que fluye ante nuestros ojos y en la que los personajes cantan (o canturrean) bastante a menudo. Tal vez por la tradición polifónica del país transcaucásico o simplemente porque con dicho hallazgo el director pretende mostrar en imágenes su particular manera de tomarse la vida.

Sea como fuere, hay algo en el recorrido urbano de Gia que recuerda un tanto al de Cléo en la obra maestra de Agnès Varda, sólo que liberado de ataduras espacio-temporales así como de la angustia existencial que atenazaba a aquella mujer. Con todo, el hecho de que Iosseliani elija como leitmotiv el pasaje "Erbarme dich, mein Gott!" ("¡Apiádate de mí, Dios mío!") de La Pasión según San Mateo de Bach podría interpretarse, en cierto modo, como un presagio de las consecuencias que inevitablemente terminará acarreando la vacuidad de la existencia tan despreocupada que lleva Gia.


Estamos en camino / Los niños deben reír (1936)














Título original: Mir kumen on
Director: Aleksander Ford
Polonia, 1936, 63 minutos

Estamos en camino/Los niños deben reír

Continúa el ciclo de cine judío en la Filmoteca de Catalunya y esta tarde le tocaba el turno a Mir kumen on: literalmente "Estamos en camino" en el yidis de los askenazíes, aunque el filme es conocido a nivel internacional con el título de Los niños deben reír.

En la presentación previa, Octavi Martí ha trazado la trayectoria de su director, el hoy un tanto olvidado Aleksander Ford: ucraniano de nacimiento, polaco fundador de la Escuela de Łódź (donde fue profesor de Polanski) y figura un tanto controvertida por su pasado estalinista, finalmente su legado ha quedado un tanto en tierra de nadie, por lo que el acto de hoy también ha servido para reivindicar su filmografía.

Aleksander Ford (1908-1980)

A continuación, Golda van der Meer ha situado la película en el contexto bundista de La Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, habitualmente conocida con el término yidis Bund ("federación" o "unión"). De hecho, dicho organismo sería el encargado de financiar este documental, ambientado en la clínica Vladimir Medem, con finalidades tanto propagandísticas como de recaudación de fondos.

La estampa no puede ser más idílica: un poco como sucedía con aquellos alumnos tan utópicos que imaginara Alejandro Casona en su obra teatral Nuestra Natacha (1934), en apenas una hora de duración veremos a los niños y niñas de la citada clínica declamando poemas, interpretando escenas teatrales y entonando canciones de los principales autores de la tradición yidis. Por su entrañable ternura, destacan especialmente números como el de las marionetas que se rebelan contra el titiritero.


domingo, 17 de septiembre de 2017

Jodorowsky's Dune (2013)













Director: Frank Pavich
Francia/EE.UU., 2013, 90 minutos



La siempre proteica personalidad del chileno Alejandro Jodorowsky creyó dar con la horma de su zapato el día que cayó en sus manos la novela Dune de Frank Herbert. Pero la que debía ser la gran película de la historia y piedra fundacional de la nueva ciencia ficción no llegaría nunca a rodarse. Este documental explica cómo fue todo el proceso.

Con un inglés de andar por casa, a veces directamente en castellano, Jodorowsky narra frente a las cámaras de Frank Pavich la génesis y posterior desarrollo del proyecto; su particular manera de convencer a quienes iban a ser sus colaboradores; gente que, según sus vehementes palabras, serían guerreros del espíritu: el productor Michel Seydoux; Salvador Dalí, Orson Welles, David Carradine, Mick Jagger en pequeños papeles; Moebius (Jean Giraud), Dan O'Bannon, H.R. Giger, Chris Foss o Douglas Trumbull en el apartado técnico y artístico; Pink Floyd en la música... Y así un largo etcétera de grandes personalidades, incapaces de resistirse a su temperamento desbordante.

Jodorowsky (izquierda) y Jean Giraud (derecha)


Pero, una vez confeccionada la plantilla con los mejores, vino la parte más complicada: viajar hasta Hollywood para conseguir financiación. Y ahí es donde se estrella el sueño de un hombre, porque, por más impactante que fuese el monumental storyboard elaborado a tal efecto y que les servía de carta de presentación, los productores americanos veían con total recelo a su director: el mismo "chiflado" que había protagonizado El Topo (1970) o La montaña sagrada (1973) y que pretendía llevar a cabo un largometraje de no menos de quince horas.

Aun así, y a pesar del rechazo frontal de los estudios a su proyecto y la posterior versión fallida a cargo de David Lynch, multitud de pequeños detalles revelan que lo que él pretendía hacer no cayó en saco roto, sino que sería reutilizado en años venideros en multitud de producciones futuristas. Sin ir más lejos, su mismo equipo fue el encargado de diseñar con notable éxito la primera entrega de Alien y la propia saga de Star Wars deja entrever el ascendente que las ideas del visionario Jodorowsky tuvieron sobre el concepto general ideado por George Lucas. ¿Quien sabe? Tal vez fue mejor así: al menos la leyenda ha ido alimentando el mito hasta convertirlo en la mejor película jamás filmada y eso ya sí que nadie puede pararlo.


Furia española (1975)














Director: Francesc Betriu
España, 1975, 76 minutos



A buen seguro que el rodaje de Furia española debió de ser muy divertido a juzgar por lo disparatado de muchas de sus situaciones. Con el telón de fondo de la Liga de Cruyff, la película mostraba una instantánea de la ciudad condal que hoy en día se nos antoja impagable, poblada por criaturas cuyo universo tenía como epicentro las Ramblas y sus oscuros aledaños. La misma Barcelona sórdida que Francesc Betriu volvería a retratar, décadas después, en su documental Mónica del Raval, aunque los pisos turísticos y la especulación urbanística le van restando autenticidad de año en año.

Sebastián, su protagonista, trabaja cobrando las entradas en las golondrinas del puerto. Interpretado por Cassen, es el típico pusilánime que tantas veces retrató el cine cómico español en los sesenta y setenta: sin más ambición que celebrar los goles del Barça, su vida transcurre entre fulanas del barrio chino hasta que conoce a Juliana (Mónica Randall), que no es mucho más honesta pero accede a casarse con él. Mientras tanto, don Amadeo (Carlos Ibarzábal), su suegro, se dedica a cultivar marihuana en cajas de zapatos desperdigadas por toda la casa, con la esperanza de forrarse.

Mónica Randall (Juliana) en el puerto de Barcelona

Y cuando, finalmente, Sebastián y el resto de socios de la peña barcelonista Estanislao pueden cantar el alirón en el Camp Nou, Juliana se pone de parto. Aunque, teniendo en cuenta que incluso las monjas de la maternidad son culés acérrimas, hasta las posibles complicaciones que experimenta la parturienta pasan a un segundo plano.

En suma, la estampa que se mostraba en Furia española a través del humor negro era la de una realidad sumamente degradada, cuyos alienados habitantes buscan consuelo en el sexo o en el fútbol. Análisis un tanto tosco de la sociedad tardofranquista, pero que no es lo más interesante de la película. Porque lo llamativo del trabajo llevado a cabo por Betriu y su colaborador José Luis García Sánchez son esos pequeños detalles que van dejando dispersos en uno u otro plano, como si de un cuadro de El Bosco se tratase. Por ejemplo, el libro que reposa sobre una mesa en casa de Juliana y que lleva por título La verdadera historia de Matesa. O la pintada que hay a la entrada de dicha finca y que reza "Parleu català" (más tarde volverá a aparecer, pero alguien la habrá tachado). Son, en fin, pequeños indicios de lo que se estaba cociendo a nivel político y que anunciaban un cambio inminente en la sociedad española.

Cassen y Ovidi Montllor (derecha) en el Nou Camp

sábado, 16 de septiembre de 2017

El amante doble (2017)













Título original: L'amant double
Director: François Ozon
Francia/Bélgica, 2017, 107 minutos



Con cada nueva entrega, François Ozon parece ir un poco más allá, sabedor, quizá, de que se ha convertido en el cineasta de la provocación (o eso, al menos, es lo que se espera de él). En ese sentido, L'amant double supone un giro hitchcockiano respecto a su producción más reciente, si bien ello no es del todo insólito, ya que 8 femmes (2002) debía buena parte de su atmósfera de suspense al universo personal del cineasta británico. Sólo que, quince años más tarde, lo que en aquel entonces se presentaba bajo el aspecto de una amable comedia musical ahora nos llega en forma de tortuoso thriller a lo Brian De Palma.

Un poco como ocurría en Obsession (Fascinación, 1976), inspirada, a su vez, en Vértigo (1958), Ozon opta por bucear en los complejos de la protagonista, aunque la diferencia estriba en el hecho de que en esta nueva versión del mito es él y no ella quien se desdobla en dos personalidades opuestas. Así pues, Jérémie Renier será, simultáneamente, el dulce Paul Meyer y el salvaje Louis Delord, ambos psiquiatras de profesión y amantes de la atormentada Chloé (Marine Vacth).



De cómo una joven de veinticinco años que adora los gatos llega a forjar en su mente semejante embrollo mejor no decir nada aquí. Baste señalar que a muchos les parecerá inverosímil y mal resuelto, lo cual era también previsible tratándose del siempre mordaz Ozon, a menudo dispuesto, como bien sabrán sus seguidores, a jugar con el espectador. En cualquier caso, la presencia de Jacqueline Bisset en el papel de madre no deja de ser una grata sorpresa por lo que tiene de conexión con el Truffaut de La noche americana (1973) y el Chabrol de La ceremonia (1995).

Curiosamente, la banda sonora de Philippe Rombi (colaborador habitual de Ozon) es lo menos hitchcockiano de la película: alejado de su acostumbrado registro orquestal (muy cercano, por cierto, al de Bernard Herrmann en la mencionada Ocho mujeres), propone para L'amant double una agresiva sonoridad electrónica que es el fiel reflejo de los tiempos en los que vivimos. Claro que, cambiando de tema, no faltará quien, ante un filme de tales características, reconozca de inmediato los mismos clichés que el cine francés no se cansa de explotar una y otra vez.



La escala (2016)














Título original: Voir du pays
Directoras: Delphine Coulin y Muriel Coulin
Francia/Grecia, 2016, 102 minutos

La escala (2016)

Ver mundo: ése es el título original de esta película dirigida por las hermanas Coulin. Quizá porque sus protagonistas, ex combatientes en la guerra de Afganistán, han recorrido distancias enormes no sólo en el espacio sino, sobre todo, de una cultura a otra. Como dice uno de los soldados al aterrizar en suelo chipriota: "Hemos pasado del burka al tanga en cuestión de horas".

El motivo de su estancia en un complejo turístico de cinco estrellas de la isla es el llevar a cabo una escala de descompresión, término que se utiliza en el argot militar para designar el proceso de restablecimiento de los reclutas, previo a su reincorporación a la vida civil una vez de regreso en territorio francés. Para ello son sometidos a duras sesiones de realidad virtual en las que se recrean los episodios más cruentos de la guerra, guiados por la teoría de que revivir las experiencias traumáticas ayuda a cicatrizar las heridas.



En el caso de Aurore (Ariane Labed), Marine (Soko) y Fanny (Ginger Romàn) su situación se ve agravada, además, por el hecho de que son las únicas mujeres en una compañía exclusivamente masculina. De modo que para ellas la descompresión será relativa, ya que ni sus propios compañeros ni los locales que intentan conquistarlas durante una furtiva escapada nocturna son capaces de sustraerse a la tentación de querer saciar en ellas sus bajos instintos.

Al acabar la película a uno le queda una sensación un tanto confusa a propósito del verdadero objetivo de Voir du pays: ¿se trataba de hacernos pensar que el ejército francés (y, por extensión, todos los ejércitos) lo integran individuos marcados de por vida por las duras circunstancias a las que han sido expuestos? ¿O más bien estamos ante una crítica de la jerarquía militar, que pretende lavar el cerebro de sus veteranos para convertirlos en seres inofensivos antes de que regresen a sus casas? ¿O sencillamente se intenta reflexionar sobre el ejército de un país dispuesto a luchar por defender la democracia en el extranjero pero incapaz de erradicar comportamientos sexistas en el seno de sus propias fuerzas armadas? Quizá haya un poco de todo ello. En todo caso, las autoras dejan que sea el espectador quien extraiga libremente sus propias conclusiones.


Los cuervos (1961)















Director: Julio Coll
España, 1961, 92 minutos

«Para esta operación hace falta un hombre que se preste voluntariamente a morir...»



Dedicamos esta película a todos los hombres honrados que aún quedan en el mundo. A todos aquellos que trabajan, aman y sufren en las grandes ciudades, y creen en la honestidad de sus semejantes.

La explicitud del título no deja lugar a dudas sobre la naturaleza de las relaciones que unen a los personajes de esta cinta coescrita por Julio Coll y José Germán Huici a partir de una historia de Gabriel Moreno Burgos: como el sombrío pájaro carnívoro de brillante plumaje negro, filmado en los títulos de crédito iniciales al compás del soberbio fondo jazzístico compuesto para la ocasión por José Solá, los miembros del consejo de administración de la compañía Zetumeno S. A. harán lo imposible por sacarse los ojos los unos a los otros en una contrarreloj de consecuencias imprevisibles.

Porque don Carlos, máximo accionista de la empresa y al que encarna el actor Jorge Rigaud, padece una enfermedad cardíaca que puede acabar con su vida en cualquier momento, circunstancia que será aprovechada por el ladino César (secretario personal del patrón, interpretado por Arturo Fernández) para urdir el plan perfecto que sacie sus aspiraciones de venganza. Y es que el joven arribista no sólo ha seducido a Laura, hija de don Carlos (la mejicana Rosenda Monteros, quien había intervenido, un año antes, en Los siete magníficos), sino que, además, el padre del propio César se arruinó por culpa del que ahora es su jefe.



De lo cual se deriva una segunda trama, mucho más próxima a las fabulaciones de la ciencia ficción que no a los entresijos de las altas finanzas o de la burguesía barcelonesa, en la línea de títulos como Los ojos sin rostro (Georges Franju, 1960) o Los crímenes del doctor Mabuse (Fritz Lang, 1960). Esos enigmáticos doctores alemanes, capaces de llevar a cabo los más arriesgados experimentos montando su clandestina sala de operaciones en una ruinosa mansión de las afueras, recuerdan enormemente a los dementes científicos que protagonizaban los mencionados filmes.

De modo que, adelantándose en varios años a los avances médicos, Los cuervos hablaba ya de trasplantes de corazón, aunque, por otra parte, también es bastante actual el tratamiento que se hace de la corrupción empresarial y de la especulación bursátil, con delirantes escenas rodadas en el parqué de la ciudad condal, donde las acciones de Zetumeno suben y bajan en función del estado de salud de su presidente.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Loquilandia (1941)















Título original: Hellzapoppin'
Director: H. C. Potter
EE.UU., 1941, 84 minutos

Loquilandia (1941) de H. C. Potter

¿Cómo se le podría explicar lo que es Hellzapoppin' a alguien que no la haya visto nunca? Pues probablemente la mejor manera sea tomar como referencia el título en español: Loquilandia. Es decir, un mundo en el que ni la lógica ni el sentido común aparecen por parte alguna; una película carente de hilo narrativo y particularmente anárquica en su afán por dinamitar las convenciones fílmicas. En definitiva, uno de los hitos en la historia del cine cómico, coincidente en su sentido del humor con la causticidad de los Hermanos Marx.

No es de extrañar, por lo tanto, que fuese uno de los filmes de cabecera para el poeta Joan Brossa, cautivado por el discurso subversivo que encierran los, en apariencia, disparatados diálogos de Olsen y Johnson.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

David Gilmour Live at Pompeii (2017)













Director: Gavin Elder
Reino Unido, 2017, 100 minutos



Pues sí: el bueno de Gilmour no podía ser menos y ya tiene su película de igual modo que Roger Waters presentara, hace exactamente un par de años, la versión cinematográfica de la mastodóntica gira sobre The Wall: hasta ese punto llega la rivalidad entre dos egos que llevan media vida disputándose el legado de Pink Floyd, banda de bandas cuyo catálogo sigue siendo, a día de hoy, la base de sus respectivos repertorios. 

También el formato ha sido calcado a la hora de comercializar el filme: un único pase mundial en gran pantalla días antes del lanzamiento del álbum y DVD. Cine Balmes, 20 horas: ¿qué tipo de gente llena hasta rebosar la sala 9? Como era de prever, incondicionales del conjunto británico (las camisetas de The Dark Side of the Moon así lo indican). Tanto, que no les duelen prendas al pagar religiosamente los 15 euros con 50 que vale la entrada. La edad media de la concurrencia ronda la cincuentena, eso era igualmente de esperar.

Y como todo buen conocedor del grupo sabe, la elección de Pompeya como marco para el evento no es en absoluto casual: en 1972, el cineasta Adrian Maben filmó al cuarteto en el mismo anfiteatro que ahora, cuatro décadas y un lustro después, revisita David Gilmour. Sólo que, en aquel entonces, tal vez como respuesta irónica a la locura suscitada por el festival de Woodstock, la actuación tuvo lugar sin público y a plena luz del día. Lo de ahora es otro cantar: una banda de nueve músicos (esta vez sin Phil Manzanera) acompaña al que fuese guitarra y voz solista de Pink Floyd, amén del consabido despliegue de medios (especialmente de luz y de sonido) que caracteriza sus recitales. Nada que ver con la relativa austeridad de aquel lejano 72, el año previo a que el grupo abandonase la escena underground para convertirse en un fenómeno de masas.

Dave Gilmour: then & now

La versión exhibida esta noche en cines tiene una duración de cien minutos, habiendo quedado fuera alguno de los temas emblemáticos ("Money", por ejemplo) que sí aparecerán en el disco que sale a la venta el 29 de este mes. Reproducimos, a continuación el listado de canciones que hemos podido disfrutar en deleitoso Dolby Atmos, indicando entre paréntesis el álbum de procedencia y respectivo año de publicación:

1. "5 A.M." (Rattle That Lock, 2015)
2. "Rattle That Lock" (Rattle That Lock, 2015)
3. "What Do You Want from Me" (The Division Bell, 1994)
4. "The Great Gig In the Sky" (The Dark Side of the Moon, 1973)
5. "A Boat Lies Waiting" (Rattle That Lock, 2015)
6. "Wish You Were Here" (Wish You Were Here, 1975)
7. "In Any Tongue" (Rattle That Lock, 2015)
8. "High Hopes" (The Division Bell, 1994)
9. "One of These Days" (Meddle, 1971)
10. "Shine On You Crazy Diamond" (Wish You Were Here, 1975)
11. "Sorrow" (A Momentary Lapse of Reason, 1987)
12. "Run Like Hell" (The Wall, 1979)
13. "Time / Breathe (Reprise)" (The Dark Side of the Moon, 1973)
14. "Comfortably Numb" (The Wall, 1979)

Apenas cuatro pertenecen a la carrera en solitario de Gilmour: los otros diez son temas de Pink Floyd, lo cual da una idea bastante precisa de cuál es la dependencia del músico británico respecto a su banda de origen. Pero eso es, al fin y al cabo, lo que demanda el público: ya se sabe que la nostalgia suele tener más gancho comercial que la originalidad artística. Aun así, os dejamos con un par de vídeos para que podáis comparar entre la creatividad desbordante de unos jóvenes Pink Floyd y el vigor del que todavía hace gala David Gilmour a sus setenta y un años. El lugar y el tema elegidos son el mismo. Lo único que no ha parado de fluir desde entonces son el tiempo y los astros: "The time is gone, the song is over, thought I'd something more to say..."



martes, 12 de septiembre de 2017

La historia del amor (2016)














Título original: The History of Love
Director: Radu Mihaileanu
Francia/Canadá/Rumanía/EE.UU., 2016, 134 minutos

La historia del amor (2016)

Tres hombres se disputan el amor de una bella muchacha en un villorrio centroeuropeo. Ella se deja querer por los tres, pero sólo uno escribirá su historia. Años después, en Sudamérica, uno de los pretendientes hace pasar por suyo el manuscrito. Un estadounidense regalará el libro a su mujer, quien lo traduce y propicia que lo lea su hija, que se llama como la bella muchacha... El director Radu Mihaileanu (Bucarest, 1958), responsable de títulos como Tren de vida (1998), El concierto (2009) o La fuente de las mujeres (2011) acudía esta tarde a la Filmoteca catalana para la presentación de su última película: The History of Love. Acostumbrados como nos tiene al carácter rocambolesco y cosmopolita de su cine, nada sorprende que la acción acontezca a caballo entre una aldea rumana antes de la Segunda Guerra Mundial y el Brooklyn neoyorquino de los años cincuenta, noventa e incluso el 2006, pasando incluso por Chile.

Basada en el best-seller homónimo de Nicole Krauss, la estructura de La historia del amor es claramente novelesca, lo que la sitúa en la misma línea de Vete y vive (2005) uno de los filmes más aclamados de Mihaileanu y que él mismo presentará mañana en la Filmoteca. Como ya ocurría en aquella cinta (centrada en las vicisitudes de los judíos etíopes que emigraron a Israel en los ochenta), uno tiene la sensación de que La historia del amor son muchas historias a la vez, que bien podrían haberse convertido en varias películas.

En su delirio, Léo imagina a Bruno para no faltar a su promesa

Tras la proyección el director comentaba cómo se ha dejado influir por la estructura que tienen hoy en día las series de televisión. De hecho, es normal que durante el primer cuarto de hora el espectador pueda sentirse un tanto perdido, hasta que logre ir atando los muchos cabos que se le irán presentando durante las más de dos horas de metraje. En palabras de Mihaileanu, es como si un virus (un virus tremendamente positivo, en este caso) se fuese contagiando desde distintas partes del globo y a lo largo de varias generaciones.

También ha tenido palabras de agradecimiento para el elenco de actores con el que ha trabajado: desde Derek Jacobi (al que viste de romano en una escena, en un claro guiño a sus célebres papeles en Yo, Claudio y Gladiator) a Elliott Gould (quien se le ofreció insistentemente para interpretar el papel de Bruno), pasando por la pareja de chicos (Sophie Nélisse y William Ainscough), a los que califica de genios.


Doña Francisquita (1934)













Director: Hans Behrendt
España, 1934, 90 minutos



Coincidiendo con la celebración del Festival de cine judío, la Filmoteca de Catalunya ha contado esta tarde con la presencia de Mark Oliver, nieto del fundador de la productora Ibérica Films. Según el relato que ha ofrecido a los asistentes, fue David Oliver un alemán que llegó a Barcelona huyendo del nazismo y cuya empresa produciría un total de hasta cuatro largometrajes, de los que Doña Francisquita es el único que se ha conservado. Después, al estallar la guerra civil, el magnate alemán conseguiría establecerse en Londres, adonde vivió dedicado a la industria del cine hasta el final de sus días con 67 años.

Se da la circunstancia de que al morir el padre de Mark en 2011 en Vancouver (Canadá) apareció entre sus pertenencias una maleta que contenía numeroso material sobre la productora cinematográfica barcelonesa creada por su abuelo. Algunas de esas fotografías han sido mostradas antes de la proyección, lo mismo que una selección de anuncios publicitarios de animación de la época (Impermeables Búfalo, Productos para el régimen Santiveri y Colorete en polvo Tabú de la casa Dana).



En cuanto a la película que se ha proyectado a continuación, Doña Francisquita fue montada por Paul Falkenberg, el prestigioso técnico que previamente se ocupara de la edición de títulos tan emblemáticos como M de Lang o Vampyr de Dreyer. Y asimismo ocurrió con el resto del equipo, donde sobresalían nombres notables de la industria cinematográfica alemana como el director Hans Behrendt (quien fallecería en Auschwitz en el 42) o Enrique Guerner (Heinrich Gärtner) como responsable de la fotografía.

Debidamente restaurada en el 96, lo que más llama la atención de esta versión de la zarzuela homónima de Amadeu Vives es el predominio de los números musicales por encima de la trama. De lo que fácilmente se deduce que en este tipo de adaptaciones la pieza elegida servía como reclamo para un público que previamente conocía al dedillo las canciones y que acudía al cine más para tararearlas que no para estar pendientes del argumento. Con todo, el innegable ascendiente expresionista de sus imágenes, herencia de los exiliados alemanes que la realizaron, es uno de sus aspectos más destacables.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El señor Esteve (1950)














Director: Edgar Neville
España, 1950, 69 minutos



El jorn que va nàixer l'Estevet, el seu pare, el senyor Ramon, després d'esperar anys i anys aquella criatura tardana, per les contingències del comerç, no va poguer estar perenne al costat de la seva esposa.

L'auca del senyor Esteve
Santiago Rusiñol

El cine de Edgar Neville, tan reivindicado y revalorizado desde Madrid, no dispone, sin embargo, de copias restauradas que le hagan honor. Por lo menos, no de toda la treintena larga de títulos que dirigiera entre 1930 (fecha de estreno de El presidio) y 1960 (año en el que cierra su producción con Mi calle). Lo cual es una verdadera lástima, atribuible un poco a los cortes de censura (caso de Nada, 1947) y un mucho a la desidia que tradicionalmente ha caracterizado la conservación de nuestro patrimonio fílmico.

Sea como fuere, El señor Esteve (inspirada en la célebre novela de Rusiñol) comparte con Nada (adaptación de la obra homónima de Carmen Laforet a la que aludíamos en el párrafo anterior) el doble honor de su ambientación barcelonesa y de circular (cuando circulan) en pésimas versiones, mutiladas y depauperadas.



Ni en la una ni en la otra, además, consiguió su director captar el alma de la capital catalana: Neville era, a fin de cuentas, un hombre de mundo y, como mucho (y de todos es sabido), el único localismo por el que sintió una cierta admiración sincera, aunque debidamente edulcorada y sin pasar nunca de cuatro tópicos manidos, fue el madrileñismo castizo, tal vez también el flamenco. Así pues, viendo El señor Esteve uno tiene la extraña sensación de que los personajes hablan de otra ciudad distinta de Barcelona; que, por más que lleven nombres catalanes, no son los mismos que salieron del caletre de Rusiñol.

Tampoco Alberto Alba ni Manuel Dicenta, aun siendo excelentes actores y esforzarse en imitar el acento del país, logran crear la ilusión de ser verdaderos hombres de negocios: como herederos de la tienda familiar "La Puntual", los papeles que interpretan son apenas una copia lejana e imprecisa del original. Y es que, a la hora de retratar una saga tan meticulosamente trazada por Rusiñol, se echa en falta algo más de profundidad. Quedan, eso sí, las continuas arengas y consejos del patriarca sobre la conveniencia de ahorrar o, incluso, de rehuir toda actividad que no sea el comercio, en especial las artes y las letras, fuente de ociosidad y, por tanto, de perder la ocasión de ganar dinero: es triste, sí, pero eso es lo que se recalca, una y otra vez, sobre el carácter catalán en esta película.


Rehenes (2017)













Título original: მძევლები
Director: Rezo Gigineishvili
Georgia/Polonia/Rusia, 2017, 103 minutos

Rehenes (2017) de Rezo Gigineishvili

Los hechos que se describen en Rehenes son susceptibles de ser considerados como una heroicidad o bien como un ataque terrorista en función del bando desde el que sean analizados. Las autoridades soviéticas de 1983 lo tuvieron muy claro y actuaron en consecuencia. Pero para muchos georgianos el plan organizado por un grupo de jóvenes pertenecientes a la élite intelectual del país (secuestrar un vuelo comercial con destino a la turística Batumi para desviarlo hasta Turquía y así poder huir a Occidente) sigue siendo, treinta y cinco años después, una proeza que pone de manifiesto la falta de libertades que oprimía a los ciudadanos de la antigua URSS.

En ese aspecto, el realizador Rezo Gigineishvili no duda en tomar partido a la hora de retratar a los dirigentes comunistas como un atajo de intransigentes burócratas, incapaces de reconocer, en lo que ellos consideran gravísima traición a la patria, el anhelo de una juventud que ansía gozar de una mayor libertad de movimientos y de pensamiento. Al fin y a la postre, lo que quieren Anna, Nika y el resto de muchachos implicados en el secuestro se concreta en cosas tan inofensivas como un vinilo de los Beatles, unos cuantos paquetes de Marlboro, ejemplares del Play-Boy y poco más, pese a que cualquiera de esos objetos represente muchísimo para quien nunca los ha tenido.

Nika (Irakli Kvirikadze) y Anna (Tinatin Dalakishvili)

Los padres, pertenecientes a la generación que creció con los rigores de la posguerra, no dan crédito a lo sucedido: "¿Qué les faltaba?" "¡Si lo tenían todo!" son las frases recurrentes que, una y otra vez, se irán repitiendo cuando se precipiten los acontecimientos. Tal vez no haya una única respuesta que pueda aclararlo. En todo caso, la película no nos la brinda. Lo que sí que parece evidente es que el título no alude únicamente a los pasajeros retenidos en el Túpolev: rehenes son todos los que viven privados de libertad, tanto los que parecen ignorarlo (padres, profesores, médicos...) como los hijos de éstos, conscientes de la situación y dispuestos a cometer un disparate con tal de largarse.

Ahora bien: si hay un elemento que se nos antoja sumamente perturbador en la trayectoria de los protagonistas es el paralelismo (leve, pero real) con el proceso de radicalización experimentado hoy en día por algunos jóvenes captados para la lucha yihadista. En Rehenes es un pope de la iglesia ortodoxa el acusado de haberles sorbido el seso, lo cual demuestra que fenómenos como éste no son patrimonio exclusivo del Islam. Además, y teniendo en cuenta que el religioso es caracterizado como un tipo fanático con aires de Rasputín, queda bastante clara, a través de este personaje, la opinión que le merece al director del filme el ascendiente de la jerarquía eclesiástica sobre la sociedad georgiana.


domingo, 10 de septiembre de 2017

El beso de Judas (1954)














Director: Rafael Gil
España, 1954, 93 minutos



Hay una escena de El beso de Judas que capta a la perfección la esencia de lo que pretendía ser esta película: acogidos en casa de un rico judío, Jesús y sus discípulos descansan mientras la hermana de Lázaro unge los pies del Maestro con un preciado perfume. Atónito ante lo que está presenciando, Judas se levanta para interpelar: "¡Con lo que vale ese perfume, podríamos vivir nosotros un año!" "Calla ahora", le responden los apóstoles. "¿Por qué? Ya hace tiempo que callo demasiado. ¿Por qué no se vendió ese perfume en trescientos denarios?" "Es para el maestro", le aclaran. Y él replica: "Con ese dinero podrían comer muchos pobres." Jesús concluye: "Déjala, porque ha hecho conmigo una obra buena. A los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no me tendréis. Piensa que me está ungiendo para la sepultura..."

Explicar la Pasión de Cristo desde el punto de vista de Judas era una idea sin duda insólita y, tal vez por ello, había que aprovechar la ocasión para mostrar la imagen de un Judas subversivo, siempre rodeado de sus papiros, y cuyas proclamas recordasen vagamente las de cualquier líder izquierdista al uso. Planteamiento tan perverso como interesado, pues presentar al delator de Cristo como un demagogo populista era una oportunidad inmejorable para explicar el pasado bíblico desde la óptica del nacionalcatolicismo franquista.



Aun así, el papel interpretado por Rafael Rivelles excede en mucho al del resto del reparto, donde ni siquiera el centurión al que da vida Paco Rabal iguala en intensidad dramática al del apóstol traidor. Y es también curioso comprobar cómo Rafael Gil, que rodó parte de los exteriores en Tierra Santa y el resto entre Águilas y Lorca (Murcia), optó por no mostrar la cara de Jesucristo más que en un plano fugaz, ya hacia el final, anticipándose con ello en un lustro a la idéntica solución adoptada por William Wyler en Ben-Hur (1959).

En fin, Ecce homoPater dimitte illis, non enim sciunt, quid faciunt¡Elí, Elí! ¿lama sabactaní? Consummatum est: todos los lugares comunes habidos y por haber se acaban dando cita en esta superproducción Cifesa de cartón piedra, con Judas rechazado por el mundo en la noche santa de la Pascua hebrea y conducido por el azar hasta la casa donde están construyendo la cruz para el hijo del hombre. Se desata entonces la debacle y el desgraciado clama afligido:"¡Yo lo he vendido! ¡Era Dios! ¿No lo veis? ¡He pecado contra el cielo, la ira de Dios cae sobre nosotros! ¡Tomad vuestro dinero!" Y las treinta monedas de la infamia acaban rodando por el suelo con la misma indiferencia con la que las piernas del Iscariote penderán finalmente de un árbol.


sábado, 9 de septiembre de 2017

Y la nave va (1983)















Título original: E la nave va
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1983, 132 minutos

Y la nave va (1983)

Una película que fluye, surcando las olas de un mar de plástico recreado en los estudios Cinecittà. Su destino: la isla de Érimo, idílico enclave del mar Egeo al que son trasladadas las cenizas de la diva Edmea Tetua. Evidentemente, ni el barco ni el pasaje son lo que cuenta. Porque en esta fábula ambientada en 1914 y que comienza como un reportaje de la época del cine mudo lo primordial es el valor simbólico de las cosas.

Por ejemplo el retrato de la vacua alta sociedad europea que está a punto de irse a pique y que, ajena al inminente declive, se embarca en un fastuoso crucero embriagada por los oropeles de su propio refinamiento. Un sibaritismo del que no tardará en despertar cuando, ya en pleno periplo, explote el conflicto y, a consecuencia del mismo, el capitán de la nave se vea obligado al rescate en altamar de un cuantioso grupo de empobrecidos serbios a la deriva. He ahí una muestra de la modernidad de un filme que sabe extraer el valor universal de lo particular, prefigurando, en este caso, el drama de los refugiados (triste y eternamente de actualidad).

Orlando (Freddie Jones) es el cronista que nos guiará a lo largo del viaje

Aunque antes de la debacle y apoteosis operística, habremos tenido tiempo de asistir a dos de las escenas que ponen de manifiesto la maestría de un Fellini en plena madurez: una es aquella en la que algunos expedicionarios interpretan en la cocina una pieza de Schubert con la única ayuda de los bordes mojados de numerosas copas y demás recipientes de vidrio. La otra, y quizá la más célebre, es la del improvisado tour de force entre los presuntuosos tenores, sopranos y barítonos que rivalizan, en la sala de calderas, por dar el do de pecho más sobrecogedor. Ambas tienen en común el hecho de que un grupo de distinguidos pasajeros, en curiosa representación alegórica del orden social establecido antes de la Gran Guerra, desciendan hasta las interioridades del buque para regalar su arte a las clases subalternas con cuyo esfuerzo el navío tira adelante. La segunda, además, pone de manifiesto las rivalidades subyacentes entre los cantantes de ópera, quienes en teoría viajan juntos para honrar la memoria de la difunta Tetua, pero que, en realidad, no pueden ni verse. 

Claro que si algún elemento de E la nave va tiene un evidente valor metafórico ése es el rinoceronte. Al margen de las muchas interpretaciones más o menos veladas que pueda sugerir un animal tan imponente (al que ya Ionesco dedicara una de las piezas clave del teatro del absurdo), lo cierto es que visualmente pone de manifiesto las dimensiones mastodónticas de un mundo que hará aguas tras la contienda recién comenzada, pese a que, curiosamente, el perisodáctilo sea de los pocos que se salvan del hundimiento.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Corazón solitario (1973)
















Director: Francesc Betriu
España/Francia, 1973, 92 minutos



Referencia 236 B. Madrid. Soy soltero, de buena profesión. Aún no tengo cuarenta años. Las chicas que me conocen me consideran bien parecido y elegante, pero sin afectación. Tengo una sólida formación moral que debo a mi madre, que en gloria esté. Mi profesión es la más bonita del mundo: soy compositor e instrumentista; mi músico preferido es Mozart. Desearía correspondencia con chicas españolas jóvenes, inteligentes y que les guste la buena música. Firmado: “Corazón Solitario”. PD.: No tengo ningún defecto físico.

Partiendo de lo que vendría a ser una parodia más o menos confesa de El último cuplé (1957) de Juan de Orduña, el primer largometraje dirigido por Francesc Betriu supuso una hilarante, a la par que cáustica, comedia negra escrita en colaboración con José Luis García Sánchez y Manuel Gutiérrez Aragón. Aunque también incluye diversos números musicales, la mayoría de corte semifolclórico, y algún que otro cameo: el dramaturgo Francisco Nieva, Benet Rossell (polifacético artista homenajeado ayer y hoy en la Filmoteca de Catalunya), etc.



Narra las vicisitudes del mojigato Antoñito (el francés Jacques Dufilho, en un papel muy similar a los que, por aquellas fechas, solía interpretar José Luis López Vázquez): clarinetista en la orquesta "Los habaneros" de la sala de fiestas El Molino Rojo y solterón empedernido profundamente marcado por la figura materna, tras la previa publicación de un anuncio en la prensa, conocerá a Rocío (La Polaca), despampanante cordobesa guiada por la firme convicción de convertirse algún día en una gran artista, pero a la que un torero de segunda fila (Máximo Valverde) dejó embarazada cinco meses atrás.

Tiene Corazón solitario, como tantos títulos de las postrimerías del franquismo, aquella extraña mezcla, entre burlona y melancólica, sórdida y tierna a la vez, que hace de ella una obra equiparable a No es bueno que el hombre esté solo (1973) de Pedro Olea, La cera virgen (1972) de Forqué o, incluso, Amador (1966) de Regueiro. Así pues, su protagonista es el típico españolito reprimido, un poco el hazmerreír del vecindario, virginalmente bondadoso y, precisamente por ello, candidato a padecer en sus propias carnes las sacudidas del destino.

Betriu comentaba esta tarde en la Filmoteca que si la película se ha conservado fue más por azar que por otra cosa: enviada a concurso al Festival de Venecia, la cinta llegó cuando el certamen ya se había clausurado, por lo que, ante los requerimientos de los organizadores, el director se quedó con la copia (la única que se ha conservado). Porque si bien la distribuyó la Paramount, no puede decirse que la compañía americana pusiera mucho empeño en tal cometido, habida cuenta de que sus verdaderas intenciones no eran otras sino colocar, mediante dicha argucia legal, sus propios productos en Europa.


El corazón es un placer (1973)















Directores: Benet Rossell y J. P. Béranger
España, 1973, 6 minutos

Especie de videoclip, en blanco y negro, en el que un individuo de rasgos asiáticos y ataviado con la indumentaria propia de algún estrafalario superhéroe entabla una disparatada coreografía sobre el césped de un jardín mientras, de fondo, van sonando canciones de moda, entre ellas la célebre "Raskayú" de Bonet de San Pedro y los 7 de Palma.

Benet Rossell (1937-2016)

Calidoscopio (1970)
















Título original: Calidoscopi
Directores: Jaume Xifra, Benet Rossell y Carles Santos
España, 1970, 11 minutos



Conforme iban accediendo a la Sala Laya, los usuarios de la Filmoteca de Catalunya que esta tarde han asistido a la sesión triple presentada por el cineasta Francesc Betriu se daban de bruces con la proyección en bucle de este cortometraje de elocuente título. Un repetitivo galimatías compuesto por Carles Santos a partir de la palabra calidoscopi acompaña al dibujo, gradualmente más complejo, que Benet Rossell creó a través de un mecanismo diseñado por Jaume Xifra.

Betriu ha relatado cómo, en su tempestuoso estreno en el Cine Palace de Madrid, dos señoras acudieron a la dirección del local para protestar, una de ellas muy alterada. La más tranquila comentó al propietario: "Antes de que se proyectase el corto mi amiga era normal..." Sin embargo, entre los asistentes se hallaba Elías Querejeta, quien (divertido ante los abucheos airados de la concurrencia) se puso enseguida en contacto con los integrantes de la productora In-Scram de cara a futuras colaboraciones.

martes, 5 de septiembre de 2017

Un ángel pasó por Brooklyn (1957)














Título italiano: Un angelo è sceso a Brooklyn
Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1957, 87 minutos



Pretendo con estos escritos reunir para ti, lector, algunos cuentos en prosa milesia. Si te avienes a leer este papiro escrito con fina caña del Nilo, seduciré tus benévolos oídos con una divertida narración, y quedarás admirado con la sucesión de situaciones de unos hombres que cambian de forma y condición, para recuperar nuevamente su primitiva imagen, según les interesa.

Apuleyo
El asno de oro
(Traducción de José María Royo)

Si alguien se decidiese a llevar a cabo un análisis minucioso del filme que ahora nos ocupa tendría ocasión de hallar en su guion trazas de fuentes clásicas tan evidentes como innegables. Lo cual constituye una sorpresa relativa, teniendo en cuenta que cualquier ciudadano medianamente cultivado de la Italia de los años cincuenta había estudiado indefectiblemente a los autores latinos. De modo que los Alessi, Guerra, Rondi y demás responsables de esbozar el argumento de Un ángel pasó por Brooklyn conocían al dedillo las vicisitudes del joven Lucio, protagonista de El asno de oro de Apuleyo de Madaura (narrador africano del siglo II de nuestra era), como se desprende de las no pocas semejanzas entre ambas obras.

Para empezar, y la más obvia, la repentina metamorfosis en perro del abogado Bossi (Peter Ustinov), probablemente inspirada en la de Lucio en borrico. De hecho, hay un momento en el que el huraño letrado hace referencia a la fábula "del burro y la cigarra". Y, por más que su ayudante le corrige, recordándole que el oponente del canoro insecto del cuento era una hormiga y no un rucio, él se mantiene en sus trece, lo que podría considerarse casi como un guiño.



Luego la base de la trama procede de Apuleyo, aunque la acción se sitúa en un Brooklyn recreado en los madrileños Estudios Chamartín. Estamos en la little Italy de los humildes inmigrantes que llegaron al Nuevo Mundo en pos del sueño americano. Y Bossi, hombre adusto y sin escrúpulos, se dedica a hostigar a unos acreedores que difícilmente podrán abonar las cantidades adeudadas. Pero la gota que hará colmar el vaso se produce cuando rechaza con aspavientos a una desvalida viejecilla que va vendiendo cuentos (milesios o no) por las casas. Ella, como la Circe homérica, le echará la maldición que lo reduce a modesta condición perruna hasta que demuestre que es capaz de amar y ser amado.

Algo que, con Pablito Calvo en el reparto, tiene fácil solución, pues Filipo y el mastín picapleitos harán tan buenas migas que el segundo queda finalmente redimido de su penitencia canina mientras que el niño ve colmados sus deseos de paladear las apetitosas magdalenas bañadas en chocolate que durante tanto tiempo ansió desde la vitrina de una pastelería del barrio.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Los casos de Victoria (2016)














Título original: Victoria
Directora: Justine Triet
Francia, 2016, 97 minutos

Los casos de Victoria (2016)

Es tanta la sutileza de lo que se propone mostrar la directora Justine Triet con su segundo largometraje (La bataille de Solférino había sido el primero, en 2013) que difícilmente podía llegar a buen puerto: una comedia que es un drama y, al mismo tiempo, una película de juzgados en la que también intervienen animales y niños... Ummm... Demasiadas cosas a la vez. Ya se sabe: quien mucho abarca...

Que la bella Victoria (Virginie Efira) es un caos de mujer salta enseguida a la vista, pero de ahí a llamarla "superheroína de los tiempos modernos", como reza el cartel promocional de la película, media un abismo. ¿Por qué debería ser merecedora de tal apelativo una abogada divorciada que apenas se ocupa de sus dos hijas, que recibe en su habitación a desconocidos con los que contacta a través de internet mientras las niñas juegan en la sala de estar con el canguro de turno?



Bueno, claro: es que para los integrantes de la generación Y eso de ser desorganizado es el summum de la fascinación y, por más que la protagonista pretenda hacernos creer que busca un poco de estabilidad en su vida, lo cierto es que a buen seguro que, para muchos, el atractivo principal de Los casos de Victoria será verla a ella fluctuando en ese apartamento desordenado, ora riendo ora desmayándose.

Una boda que acaba con la novia acusando al novio de apuñalarla; un dálmata y un chimpancé testificando en el ulterior juicio; un litigio paralelo en el que Victoria acusa a su ex de difamarla aireando intimidades en un blog... Ciertamente, Hawks, Wilder o Leo McCarey habrían hecho maravillas con unos ingredientes tan disparatados, no así una directora carente de la agudeza de aquellos grandes maestros.