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martes, 27 de agosto de 2019

Indiscreta (1958)




Título original: Indiscreet
Director: Stanley Donen
Reino Unido/EE.UU., 1958, 100 minutos

Indiscreta (1958) de Stanley Donen


Elegante es el adjetivo que mejor encaja con la hechura de las dos películas que dio como resultado la asociación entre el actor Cary Grant y el director Stanley Donen en la compañía Grandon Productions. Efectivamente, tanto Indiscreta (Indiscreet, 1958) como Página en blanco (The Grass Is Greener, 1960) comparten una similar delicadeza que transmiten ya desde los títulos de crédito: en el caso que nos ocupa, tarjetas de visita con los nombres de los intérpretes y demás miembros del equipo que aparecen y desaparecen sobre un fondo de rosas rojas y amarillas en rutilante Technicolor.

Por supuesto que semejante grado de distinción no estaba al alcance de cualquiera, pero si algo tenían Grant y Donen para dar y vender era, precisamente, mucha clase. Que, unida al talento innato de Ingrid Bergman, resultaba el elemento ideal para llevar a la pantalla Kind Sir, una sofisticada comedia de Norman Krasna (1909–1984) que acababa de triunfar en Broadway. Cierto que la obra original transcurría en Nueva York, aunque, teniendo en cuenta que Indiscreet iba a ser básicamente una película británica, la acción se trasladó a Londres, lo cual le concedía aún más caché, si cabe, al producto final.



Con todo, hay algo que las nuevas generaciones de espectadores difícilmente captarán al ver por vez primera un filme de tales características. Se trata de la sutileza con la que se abordan temas entonces absolutamente tabú (cuando no delito en según qué partes del mundo) como el adulterio, y que Donen resuelve con la maestría propia de un genio. En ese sentido, resulta antológica la escena en la que Philip (Cary Grant) y Anna (Ingrid Bergman) aparecen acostados juntos... pero con el encuadre dividido en dos. Porque, en realidad, están hablando por teléfono desde ciudades distintas (lo cual no impide que él haga el amago de dar una palmadita en las caderas de su amante). Curiosa e inteligente manera de evitar posibles objeciones de la censura y que hoy sorprendería a más de uno por su candorosa inocencia.

Y es que, pese a estar ambientada en un mundo de refinados diplomáticos, Indiscreet no deja de ser una comedia de enredo construida en torno a una mentira, por lo que su refinamiento exquisito no impedirá, sin embargo, que se acabe trasluciendo la desesperación de una mujer por cazar a un marido cueste lo que cueste.


domingo, 25 de agosto de 2019

El pequeño príncipe (1974)




Título original: The Little Prince
Director: Stanley Donen
Reino Unido/EE.UU., 1974, 88 minutos

El pequeño príncipe (1974) de Stanley Donen


Las personas mayores me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor. […] Las personas mayores nunca comprenden nada por sí solas y es cansador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones. Debí, pues, elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. Volé un poco por todo el mundo. […] Tuve así, en el transcurso de mi vida, muchísimas vinculaciones con muchísima gente seria. Viví mucho con personas mayores. Las he visto muy de cerca, aunque no ha mejorado excesivamente mi opinión sobre ellas...

Antoine de Saint-Exupéry
El Principito
Traducción de Bonifacio del Carril

En unas declaraciones incluidas en los extras del DVD de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939) el productor Mervyn LeRoy hacía especial hincapié en que si había invertido tanto entusiasmo (y tantos dólares) en hacer realidad aquel proyecto era porque creía firmemente en la necesidad de rodar una película que después pudiese ver con sus hijos. Y es ese mismo empeño el que debió de mover a un director consagrado de la talla de Stanley Donen a sacar adelante la nada fácil adaptación de Le petit prince.

Es curioso, porque la obra cumbre del francés Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944) tiene muchos puntos en común con la de L. Frank Baum, aunque sólo sea por las enormes dosis de imaginación en ambas contenidas. Pero también por sus muchos valores, siendo la pureza de la infancia, única y verdadera patria de todo hombre de bien que se precie, el más destacable.



Y algo parecido puede decirse del libro y de la singular lectura, en clave de musical, llevada a cabo por el tándem Lerner-Loewe. Como todo el mundo sabe, la en apariencia sencillez del texto encierra, sin embargo, una profundidad de lo más trascendente. Y eso mismo es lo que consigue Donen con su puesta en escena al traducirlo en imágenes: recrear un universo de planetas minúsculos y seres insólitos mediante recursos que rehúyan el más mínimo atisbo de aparatosidad.

Buena prueba de ello es el uso de lentes esféricas para crear la sensación de que el encuadre se corresponde con las reducidas dimensiones de cualquiera de los mundos visitados por el protagonista. O, en el plano coreográfico, ver a Bob Fosse encarnando a una boa (bajo el tórrido sol de Túnez) sin que ello vaya en detrimento de la credibilidad de su personaje. Todo lo contrario: tanto el bailarín como Gene Wilder en el papel de zorro logran aprehender a la perfección el carácter de los animales que interpretan. Quizá porque, como revela este último, "sólo vemos con el corazón, ya que lo esencial es invisible para los ojos..."

Según dicen, Michael Jackson se inspiró en Bob Fosse...

jueves, 22 de agosto de 2019

Profundamente en mi corazón (1954)




Título original: Deep in My Heart
Director: Stanley Donen
EE.UU., 1954, 132 minutos

Profundamente en mi corazón (1954) de Stanley Donen


Lejos de ser un proyecto personal de Stanley Donen, Deep in My Heart fue, básicamente, un encargo de la Metro en el que la biografía del compositor de origen húngaro (vienés, según el filme) Sigmund Romberg (1887–1951) servía como excusa para insertar, a veces con calzador, una serie de números de baile protagonizados por las estrellas más rutilantes de dichos estudios, desde Gene Kelly (por primera, y única, vez en compañía de su hermano Fred) hasta Cyd Charisse, pasando por Howard Keel o Ann Miller.

De modo que la estructura adolece de una falta de coherencia que, más que un defecto, constituía la tónica general en no pocos musicales de aquel período. Con todo, no es ése el principal inconveniente que se le puede recriminar a la película, sino que, en opinión de muchos, fue la elección como protagonista del actor José Ferrer lo que impidió que Deep in My Heart alcanzase la notoriedad de otras producciones por el estilo. Para qué nos vamos a engañar: el puertorriqueño era, sin duda, un intérprete excepcional, pero cantar y bailar no fueron nunca sus habilidades más destacables...



Asimismo, a según quién le podría rechinar —aunque esto, como tantas cosas, es opinable— el tono excesivamente patriotero de algunas canciones compuestas por Romberg, como es el caso, por ejemplo, de "Your Land and My Land" (al que pertenece la fotografía anterior), interpretada por Howard Keel y procedente del musical My Maryland (1927).

Sin embargo, y a pesar de todo lo hasta aquí expuesto, conviene resaltar la enorme belleza de algunas de las coreografías. Sobre todo de la protagonizada por Cyd Charisse, "The Desert Song": una estilizada filigrana de inspiración arábiga cuya principal virtud reside en el erotismo latente de los movimientos que unen a la susodicha con su partenaire, James Mitchell.


jueves, 8 de agosto de 2019

La escalera (1969)




Título original: Staircase
Director: Stanley Donen
Reino Unido, 1969, 96 minutos

La escalera (1969) de Stanley Donen


Por su apariencia deliberadamente teatral, Staircase entronca de pleno con ese tipo de películas, como La huella (1972) de Mankiewicz, en las que son dos o, a lo sumo, tres actores quienes llevan todo el peso de la acción. "Cine de cámara" se le podría denominar, echando mano de la terminología musical. En ese sentido, tanto Rex Harrison como Richard Burton están realmente estupendos en esta adaptación de la pieza homónima de Charles Dyer, que se había estrenado en marzo del año anterior, pero que pasó sin pena ni gloria por los escenarios de Broadway tras sesenta y una representaciones.

Y es que su temática abiertamente gay ("A sad gay story", para ser exactos, según reza el cartel) se avanzó tantísimo a su tiempo que ni los unos ni los otros estaban en condiciones de asimilarla: los sectores más reaccionarios huelga decir que la ignoraron (en España, por descontado, no se pudo estrenar hasta diciembre del 76), mientras que desde las mismas filas de la comunidad LGBT se levantaron voces que acusaban a La escalera de filme homófobo. Y, para colmo, es público y notorio que el propio Rex Harrison detestaba la película.



Sea como fuere, Stanley Donen demostró una enorme valentía al apostar por un proyecto tan arriesgado. Sobre todo tratándose de alguien que, como él, venía de triunfar, una década antes, gracias a exitosos musicales aptos para todos los públicos. Es decir, que, lejos de apoltronarse, prefirió hacer suyos los valores de la contracultura y rodar una cinta que satiriza la sagrada institución matrimonial. El eslogan publicitario fue, de hecho: "Can this marriage last?"

Así pues, las trifulcas de los peluqueros Charlie (Harrison) y Harry (Burton) esconden, pese a que se pasen el día discutiendo, un amor verdadero. Que hace medio siglo bien pudo parecer transgresor (y, de ahí, el tremendo descalabro económico que sufrió la Twentieth Century-Fox), pero que hoy, sin embargo, se nos antoja una amable parodia de las relaciones de pareja y poco más.


martes, 6 de agosto de 2019

Tres chicas con suerte (1953)




Título original: Give a Girl a Break
Director: Stanley Donen
EE.UU., 1953, 82 minutos

Tres chicas con suerte (1953) de Stanley Donen


Alguien que es poco (o nada) aficionado a los musicales me comentaba, hace de esto apenas unos días, que la mayor parte son "jijijí y jajajá", con lo que pretendía dar a entender hasta qué punto le parecen ridículas las historias que se suelen plantear en este tipo de películas. No sirvió de mucho que un servidor intentase, humildemente, convencer al sujeto en cuestión del enorme mérito que poseen los grandes clásicos del género: todo fue en vano, que los gustos mayoritarios de la gente hace ya bastante tiempo que van por otros derroteros...

Sin embargo, quienes se hallen libres de los prejuicios que vinieron a instalarse en la opinión pública, con la consiguiente pérdida de inocencia que ello implica, tras el advenimiento de la contracultura no deberían pasar por alto el enorme grado de dificultad que conlleva el rodaje de un filme como Give a Girl a Break. Por más cursis que, a simple vista, puedan parecer las peripecias de tres candidatas que aspiran a hacerse con el mismo papel en una obra de Broadway.



Pongamos por caso cualquiera de los números musicales que la integran, por ejemplo "Balloon dance", en cuya ejecución Debbie Reynolds y Bob Fosse no sólo deshacen sus pasos, merced a la técnica, inmersos en una lluvia de confeti ascendente, sino que, una vez "recuperada" la facultad de caminar hacia adelante, tendrán que sincronizar sus pasos con la música y los estallidos de los globos. Y todo ello sin dejar de sonreír ni un segundo en una escena onírica que condensa a la perfección los anhelos de la pareja. Me pregunto cuántas horas de ensayo debió requerir la realización de semejante portento... En fin, como adjuntamos el vídeo, mejor juzguen ustedes mismos.

Stanley Donen (1924–2019), que falleció el pasado mes de febrero con casi noventa y cinco años, daba muestras, una vez más, de su genialidad con esta película. Y eso que, en teoría, se trata de uno de los títulos menores de su filmografía, tal vez porque, en esta ocasión, el reparto no contaba con la presencia de grandes estrellas de la talla de Gene Kelly, Fred Astaire o Cyd Charisse. Aunque, visto el resultado, poco importa, teniendo en cuenta el talento de los ya mencionados Reynolds y Fosse o del matrimonio Champion (Gower y Marge), entre otros.


martes, 9 de julio de 2019

Siete novias para siete hermanos (1954)




Título original: Seven Brides for Seven Brothers
Director: Stanley Donen
EE.UU., 1954, 102 minutos

Siete novias para siete hermanos (1954)
de Stanley Donen


Pensar que el mito romano del rapto de las Sabinas pudiese servir de base para un musical de Hollywood ambientado en el lejano Oeste resulta, como mínimo, chocante. Sin embargo, fue ésa y no otra la principal fuente de inspiración de la que se valió el ocurrente equipo de guionistas que concibió Seven Brides for Seven Brothers. Si además se le añade, entre otros muchos atractivos, la genial dirección del recientemente desaparecido Stanley Donen (1924–2019), no queda más remedio que rendirse al encanto de uno de los títulos míticos de la historia el cine.

Que, todo sea dicho, ofrece una visión de las relaciones entre hombres y mujeres harto discutible (algo así como si el varón fuera una especie de adán desastrado y maloliente al que la esposa tiene la obligación de pulir y meter en vereda). Aunque también hay que aclarar, en su descargo, que, ya en la época del estreno, la película debió de ser recibida como una parodia de los antiguos usos y costumbres que solían regir entre los pioneros de la América profunda.



En cualquier caso, y prescindiendo de valoraciones de tipo moral, los números musicales que la componen mantienen intacta su frescura como el primer día, con ese colorido resplandeciente en Cinemascope que hace que las camisas de los siete hermanos Pontipee, pese a sus tonalidades insufriblemente chillonas, refuljan siempre rutilantes. Y todo esto tratándose de una producción que entonces se consideró de bajo presupuesto (de ahí que se rodase en estudio y utilizando como fondo decorados pintados).

Por último, y en lo que a los bailes se refiere, tal vez hoy día cueste apreciar en su justa medida las complejas coreografías diseñadas por Michael Kidd, repletas de acrobacias sólo aptas para verdaderos atletas. Basta echar un vistazo a la escena de la construcción del granero —precursora, en ciertos aspectos, de la de Único testigo (Witness, 1985)— para hacerse una idea de las habilidades equilibristas de algunos de los actores. Con todo, hay quien prefiere la quietud del número titulado "Lonesome Polecat", con los movimientos acompasados de los hermanos trabajando bajo la nieve intensa y que, muchos años después, sería homenajeado por Lars von Trier en Dancer in the Dark (2000).


sábado, 9 de diciembre de 2017

Siempre hace buen tiempo (1955)




Título original: It's Always Fair Weather
Directores: Stanley Donen y Gene Kelly
EE.UU., 1955, 101 minutos

Siempre hace buen tiempo (1955) de Stanley Donen y Gene Kelly


¿Qué más da que estemos en diciembre si Siempre hace buen tiempo? Porque, por más que los termómetros marquen temperaturas mínimas, uno no puede evitar el sentirse congraciado con el mundo tras ver una película de semejante calibre. ¿Que al trío protagonista le da por bailar claqué con la tapadera de un cubo de basura? Avanti! ¿Que Gene Kelly decide marcarse una coreografía sobre patines? ¡Venga! ¿Que la historia, en determinados momentos, hace apología del alcoholismo y la violencia? ¡Pues bienvenido sea! Todo invita al optimismo en un musical sobre la camaradería y la reincorporación a la vida civil una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Amén del consabido romance entre un ex combatiente que había perdido la fe en el amor tras sufrir un desengaño y la siempre atractiva Cyd Charisse, aquí una erudita realizadora televisiva llamada Jackie Leighton que lo mismo entiende de teatro isabelino que de campeones pugilísticos.

Valiéndose del mismo recurso que a Leo McCarey, en las dos versiones de Tú y yo (1939 y 1957), le servía para poner a prueba los sentimientos de una pareja de enamorados, aquí son tres compañeros de armas los que deciden comprobar su grado de amistad dándose cita para dentro de diez años en el mismo bar de Nueva York que les ha visto correrse más de una juerga. Un trozo de billete de dólar servirá de recordatorio para tan peculiar reencuentro. Pero cuando, una década más tarde, llegue la ocasión de reunirse, se hará válido aquel célebre verso de Neruda: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos..."

Almuerzo en La Turquoise: "I Shouldn't Have Come!"

Rodada en estado de gracia, It's Always Fair Weather contiene números tan memorables como "I Shouldn't Have Come!", variación a partir de El Danubio azul de Strauss en la que Ted, representante de boxeadores (Gene Kelly); Doug, pintor frustrado reconvertido en exitoso ejecutivo publicitario al borde del divorcio (Dan Dailey) y Angelo, italoamericano padre de familia numerosa y propietario de una modesta hamburguesería en su pueblo (Michael Kidd) se lamentan mental y simultáneamente, al ritmo del célebre vals, por haber acudido a la cita.

Hasta cierto punto, este musical (el último de tal magnitud que, a causa de su escasa respuesta en taquilla, produjo la Metro) podría considerarse el reverso amable de Los mejores años de nuestra vida (1946) de William Wyler. Lo que nueve años atrás era un despiadado drama teñido de desengaño se mostraba ahora como un canto lleno de esperanza, una invitación a recuperar la esencia de uno mismo no exenta de alguna que otra pulla contra la televisión y el cada vez más potente sector de la publicidad.


jueves, 16 de julio de 2015

Llévame a ver el partido (1949)




Título original: Take Me Out to the Ball Game
Director: Busby Berkeley
EE.UU., 1949, 93 minutos

A M E R I C A N A D A S  EN  TECHNICOLOR

Llévame a ver el partido (1949) de Busby Berkeley


La edad dorada del cine musical americano tuvo su particular olimpo de estrellas indiscutibles en Ginger Rogers, Fred Astaire, Cyd Charisse, Frank Sinatra o Gene Kelly. Precisamente los dos últimos de dicha lista son, junto con Esther Williams, el trío protagonista de Llévame a ver el partido (1949). Además de cantar y bailar (y nadar en uno de los números, en el caso de la sirena Williams, como no podía ser menos), la película rinde un cálido homenaje a uno de los deportes nacionales: el béisbol.

El argumento es bien simple: Eddie O'Brien (Gene Kelly) y Dennis Ryan (Frank Sinatra) son artistas de variedades de gira por todo el país durante el invierno y jugadores de los Lobos de Florida en verano. Y destacan lo mismo bailando claqué que bateando en el terreno de juego. Pero el equipo, a pesar de haberse proclamado campeón del mundo, es cedido por su propietario a un tal K. C. Higgins que, una vez en la ciudad, resulta ser una joven y bella señorita (Esther Williams). Tras demostrar que sus conocimientos sobre béisbol son bastante superiores a lo que cabía suponer, Ryan y O'Brien se disputarán el amor de la nueva presidenta, para lo cual habrán de superar no pocos obstáculos y equívocos. Todo se reduce, pues, a dos líneas argumentales: si los Lobos volverán a ser campeones y quién se quedará con la chica, siendo amenizado el conjunto por abundantes números musicales y no pocas escenas cómicas.

Frank Sinatra y Gene Kelly en el número inicial


Pero la película trata, aunque de pasada, algunos otros temas. En primer lugar, por supuesto, la incorporación de la mujer a roles tradicionalmente masculinos. De ahí que, como la canción en la que se inspira, la historia esté ambientada hacia 1908, con lo que el vestuario de los actores refleja la moda de aquel entonces. Incluso aparece fugazmente el presidente Theodore Roosevelt inaugurando la temporada. Por otra parte, son diversas las canciones que hacen referencia a la tierra de origen de los personajes. Es el caso de "O'Brien to Ryan to Goldberg" en la que los tres jugadores imitarán, por unos instantes, el folclore irlandés, escocés y ruso/judío, respectivamente. O también en el número "The Green Hat My Dear Old Father Wore upon St. Patrick's Day" que Gene Kelly interpreta en solitario. En otras ocasiones, especialmente cuando los números son de tipo coral, las actuaciones aluden a costumbres genuinamente americanas ("Strictly U.S.A.", en el caso del pícnic o de la aparición final de las dos parejas).



Dos detalles de "Yes, Indeedy" y "The Hat My Dear Old Father Wore upon St. Patrick's Day"

Por último, vale la pena mencionar al gran Busby Berkeley (1895–1976) que destacó con sus musicales de los años treinta y cuya última película fue, precisamente, Llévame a ver el partido. Una vez más, demuestra ampliamente su maestría con complejos movimientos de cámara y el uso de grúas para captar las nada fáciles coreografías en las que intervienen decenas de extras. Por cierto que su relevo estaba asegurado, ya que la puesta en escena de los números musicales corrió a cargo de Stanley Donen con el auxilio del propio Gene Kelly.