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sábado, 28 de febrero de 2026

La angustia de vivir (1954)




Título original: The Country Girl
Director: George Seaton
EE.UU., 1954, 104 minutos

La angustia de vivir (1954) de George Seaton


No las tenía todas consigo el bueno de Bing Crosby, habituado a protagonizar edulcoradas historias en las que solía hacer de sacerdote ejemplarizante, cuando le ofrecieron uno de los papeles principales en The Country Girl (1954). Entre otras razones porque se veía a sí mismo demasiado mayor para el personaje, pero sobre todo a causa del cambio de registro que comportaba meterse en la piel del alcohólico Frank Elgin, una vieja gloria de Broadway venida a menos.

Por otra parte, la trama aborda también el triángulo afectivo entre esa "chica de pueblo" a la que alude el título original (Grace Kelly) y dos hombres tan distintos en cuanto a carácter como son el ya mencionado Frank, vulnerable e inseguro, y el mucho más impetuoso Bernie (William Holden), responsable de rescatar del olvido al anterior, pero atraído igualmente por la esposa de éste.



A diferencia de lo que ocurre en otros filmes de similar temática, mucho más explícitos en su forma de reflejar las consecuencias que acarrea la adicción a la bebida, como serían los casos de Días sin huella (1945) y la posterior Días de vino y rosas (1962), la cinta que nos ocupa opta por dejar en segundo plano los aspectos que pudieran resultar incómodos para un perfil de espectador entusiasta del Crosby crooner, motivo por el que se incluyen diversos números musicales (vengan a cuento o no) a lo largo del relato.

Dirigida por George Seaton, la película obtuvo hasta siete nominaciones a los Premios Óscar de aquel año, una de las cuales para el susodicho Crosby, siendo agraciada finalmente con un par de estatuillas: mejor guion (adaptación del propio Seaton a partir de una pieza teatral de Clifford Odets) y mejor actriz, en el que sería el único galardón de toda su carrera, para Grace Kelly.

Durante una pausa del rodaje


viernes, 30 de mayo de 2025

Primavera en otoño (1973)




Título original: Breezy
Director: Clint Eastwood
EE.UU., 1973, 106 minutos

Primavera en otoño (1973) de Clint Eastwood


Primavera en otoño, título de innegables resonancias machadianas (por aquello del olmo viejo al que le surgen brotes verdes) con el que fue rebautizada aquí en España Breezy (1973), plantea un tema que por aquel entonces era todavía tabú (o por lo menos más tabú que hoy en día): la diferencia de edad entre los miembros de una pareja. Y es que Hollywood venía coqueteando con el tema desde que Lolita (1962) de Kubrick desatase el escándalo y, algunos años más tarde, El graduado (1967) explorase el reverso de esa misma polémica.

Sin embargo, la proverbial sensibilidad del en apariencia duro Clint Eastwood rehúye cualquier tipo de morbo en ésta su tercera película como director, tras las muy notables Escalofrío en la noche (1971) y el wéstern Infierno de cobardes (1973). De modo que la relación entre el maduro Frank (William Holden) y la hippy veinteañera que se cruza en su camino (Kay Lenz), pese a las muchas cosas que los separan, él con su atuendo impoluto, ella con su guitarra al hombro, discurre por unos cauces mucho más tiernos.



No faltará, con todo, el miedo al qué dirán por parte de un hombre divorciado cuya aflicción se ha ido condensando con el paso de los años en esa especie de nube negra que, según Breezy, parece flotar a todas horas sobre su sempiterno semblante serio. Reticencias que habrá de ir superando a base de dejarse conquistar por ese soplo de aire puro (atención al juego de palabras del título original) que representa la irrupción en su vida de la despreocupada y alegre muchacha.

Con todo y con eso, el encanto de esta pequeña joya por redescubrir (escrita, por cierto, por una mujer, la malograda Jo Heims) no impide que puedan atisbarse en su trasfondo destellos un tanto reaccionarios, básicamente en la figura paternal que parece encarnar Frank para una chica hasta entonces de vida errática y que, a partir del momento en el que inicien su romance, sentirá la necesidad de cocinar para él o de cambiar su indumentaria hippy por ropa más como Dios manda.



jueves, 30 de agosto de 2018

Grupo salvaje (1969)




Título original: The Wild Bunch
Director: Sam Peckinpah
EE.UU., 1969, 145 minutos

Grupo salvaje (1969) de Sam Peckinpah


¿Cuántos tiros se llegan a disparar en Grupo salvaje? ¿Mil? ¿Dos mil? ¿Un millón? En cualquier caso, es casi seguro que la cinta debe de figurar en el Libro Guinness de los récords por éste o algún otro asunto parecido. En el plano estrictamente cinematográfico, baste decir que sobran presentaciones para lo que es ya hoy un clásico incontestable en su género, lo que dio en llamarse y se sigue llamando wéstern crepuscular.

Cuando ya se le daba por muerto, Peckinpah en Estados Unidos y los italianos del espagueti en Europa demostraron que aún quedaba un amplio margen por explorar, no tan estilizado ni apolíneo como la senda marcada por los Ford, Hawks y demás deidades de la época dorada, sino más brusco y estéticamente mugriento. Probablemente, fue Lang, merced a la fisicidad con que filmara las refriegas entre pistoleros en películas como Rancho Notorius (1952), uno de los primeros en sentar las bases de lo que sería la posterior evolución del género.



Que Peckinpah, sabedor de que el progreso que trajo consigo el siglo XX era, en buena medida, incompatible con el aura romántica del lejano oeste, no dudará en trasladar al Méjico del desierto de Sonora, espacio mítico donde aún se mantenían intactas aquellas esencias y, por ende, idóneo para prolongar la larga tradición de enfrentamientos suicidas entre clanes rivales.

En el caso de The Wild Bunch ello implica traiciones entre antiguos compañeros, y de ahí los ajustes de cuentas que habrán de dirimir las facciones lideradas por Deke (Robert Ryan) y Pike (William Holden), así como una manifiesta corrupción a todos los niveles (político, económico, militar...) encarnada en la figura del General Mapache (Emilio Fernández) y su amplia cohorte de prosélitos y soldaderas. De todo lo cual resulta un cóctel, sin duda, explosivo, pero cuya pólvora, por mor de su ya mencionado carácter decadente, irá aderezada con unas gotas de comicidad, que se manifiesta, por ejemplo, en escenas como la de la ametralladora desbocada.


miércoles, 18 de julio de 2018

Fedora (1978)




Director: Billy Wilder
Alemania/Francia, 1978, 116 minutos

Fedora (1978) de Billy Wilder


Lo que Billy Wilder intentó llevar a cabo en Fedora fue un proyecto tan delicioso como suicida. Algo así como si a un Luis XIV redivivo le hubiese dado por aplicar sus precisas normas de protocolo en un McDonald's. No podía funcionar y él era consciente. Por eso, sabedor de que los tiempos habían cambiado, le hará decir al personaje de William Holden aquello de: "¡Ahora el cine está en manos de jóvenes barbudos que no necesitan guion ni nada, sólo una cámara con zum!"

El penúltimo filme de Wilder adquiere, por tanto, desde el principio un inequívoco aire de canto de cisne en el que se establece un diálogo entre la decadencia del presente y el esplendor de la época dorada del sistema de estudios. De ahí que las alusiones a El crepúsculo de los dioses (1950) sean continuas, comenzando por un William Holden otoñal que también había participado en aquel otro rodaje y siguiendo con su partenaire femenina, personaje cuya identidad se diluye entre una madre y una hija y que ya no será el fantasma viviente que fue Gloria Swanson, sino una amalgama de referencias más o menos inspiradas en Greta Garbo, Marlene Dietrich y otras grandes damas del Hollywood clásico.



El puertorriqueño José Ferrer en el papel del un tanto mefistofélico doctor Vando o Henry Fonda y Michael York haciendo de sí mismos acaban de darle el necesario toque glamuroso al reparto de una cinta que, en principio, estaba destinada a ser difundida como telefilme (lo cual se nota en su puesta en escena) y que sólo por cuestiones de falta de acuerdo entre Lorimar Productions y la CBS se acabaría estrenando en salas comerciales con una pobre acogida de público.

Rodada en localizaciones de Grecia, París y los estudios Bavaria de Munich, Fedora también supondría la última vez que Billy Wilder tuvo ocasión de trabajar en su país de origen (la película, de hecho, fue una coproducción entre Alemania y Francia). Un director, Wilder, mejor valorado en Europa que en América y al que ya le había costado Dios y ayuda encontrar financiación para su anterior proyecto (Avanti!, 1972), una comedia al viejo estilo que se filmaría íntegramente en Italia. 

Viejo, clásico, dorado... son precisamente palabras que se repiten mucho al hablar de una época mítica que tocaba a su fin. Quizá por ello, en uno de los numerosos flashback del filme veremos a la protagonista trabajando en una producción imaginaria de 1947 titulada Leda y el cisne (el marcado acento de su director en el plató, por cierto, haría pensar en una posible alusión al húngaro Michael Curtiz); tal vez sea ése el motivo de que Fedora, nombre evocadoramente mitológico por su similitud fonética con Pandora, fuese el elegido para bautizar al etéreo personaje central; pero, en cualquier caso, lo que sí que está claro es que Henry Fonda, en su papel de Presidente de la Academia (cargo que jamás llegó a ocupar en la vida real) sabe lo que se dice cuando ella le comenta que "ya no se hacen películas sobre mujeres" y él le responde: "Eso es porque ya no quedan mujeres como usted..."