miércoles, 29 de junio de 2016

Mollenard (1938)












Título alternativo: Capitaine corsaire
Director: Robert Siodmak
Francia, 1938, 106 minutos

Mollenard (1938) de Robert Siodmak

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.

Espronceda

Mollenard es ese tipo orondo que vemos en el cartel de la película, con la gorra de marinero sempiternamente calada y un puro colgando del labio. De vuelta de todo, nada le intimida si no es la hipocresía del mundo pequeñoburgués del que un día decidió evadirse: como el capitán pirata de Espronceda en el estribillo de la célebre canción que le dedicó, Mollenard podría decir de sí mismo que "su única patria es la mar". Porque, de hecho, se dedica al tráfico de armas cerca de Shangái, aunque más tarde se vea forzado a regresar a Dunkerque, donde, a pesar de ser recibido como un héroe, le esperan también su mujer e hijos...

Porque la esposa, a nuestra izquierda en el cartel, es esa mujer seca de carácter adusto que le aguanta la mirada: carente del sentido de la aventura, para ella las andanzas del marido no son más que la prueba fehaciente de su negligencia en cuestiones familiares. Es imposible verla actuar y no odiarla, tan desabrido resulta su temperamento. Aunque los hombres de Mollenard acudirán al rescate del admirado patrón para devolverlo, a pesar de la enfermedad, a su medio natural.



La importancia de Mollenard/Capitaine corsaire radica en el hecho de que prefigura diversos géneros: por una parte, las escenas ambientadas en China anuncian algunos de los estereotipos que serán habituales en el Cine negro; por otra, las desavenencias familiares entre el marino y su esposa e hijos se enmarcarían en la tradición del realismo poético francés.

¿Y qué pinta Robert Siodmak (1900–1973) rodando películas en Francia? Pues lo de tantos alemanes en los años treinta: hacer tiempo mientras huían de los nazis antes de dar el salto definitivo a Hollywood. En suelo francés apenas rodaría un título más (Trampas, con Maurice Chevalier), para debutar en América, ya en 1941, gracias a West Point Widow.

martes, 28 de junio de 2016

La Celestina (1969)










Director: César (Fernández) Ardavín
España/Alemania, 1969, 123 minutos



De las varias adaptaciones cinematográficas que se han llevado a cabo de La Celestina, tal vez sea la del director César Ardavín (1921–2012) la que mayor éxito de público cosechó en su momento. Y no sólo por tratarse de un clásico de la literatura española sino que muy probablemente también tuvo bastante que ver en ello el lenguaje realista (y a veces incluso soez) que utilizan los personajes y, de un modo especial, el erotismo incipiente del que comenzaban a manifestarse los primeros síntomas en el cine español de finales de los sesenta. Tanto lo uno como lo otro ya estaba presente en el original de Fernando de Rojas, así que el mérito de los productores (asesorados por el académico Manuel Criado del Val) consistió más bien en preservar, potenciar y saber poner al día el contenido de la obra.

Coproducción hispanoalemana, sus exteriores se rodaron en Toledo (y no en Salamanca como marca la tradición). Aunque si por algo destaca la película es por el cuidado diseño de los decorados, en los que el propio Ardavín supo mezclar acertadamente clasicismo y modernidad, manteniendo incluso el carácter teatral de la escenografía (con el correspondiente número de acto sobreimpreso en la parte superior del encuadre).

«¡Confesión, confesión!»

Es ésta una Celestina con mucho colorido, en la que, además de los ya mencionados decorados, también el vestuario y la dirección de fotografía contribuyen a remarcar dicho aspecto. Color que, en más de una ocasión, adquiere un evidente valor simbólico: como el rojo que tiñe el cielo o el plano en su integridad y que lo mismo indica pasión amorosa que la sangre de los malogrados amantes.

La actriz Amelia de la Torre (1905–1987) compone una convincente alcahueta, mientras que los papeles de Calisto y Melibea fueron interpretados por Julián Mateos y Elisa Ramírez, respectivamente. El resto del reparto lo integran Antonio Medina (Sempronio), Gonzalo Cañas (Pármeno) y actores alemanes: Ursula Mellin (Elicia), Heidelotte Diehl (Areúsa), Eva Guerr (Lucrecia), Eva Lissa (Alisa) y Konrad Wagner (Pleberio).

Sin embargo, y pese a la fidelidad de la adaptación y la excelente banda sonora de Ángel Arteaga, el filme adolece de algunos defectos que en seguida saltan a la vista. Por ejemplo, su excesiva duración (más de dos horas), lo cual va unido, además, a que el ritmo se ralentiza innecesaria e inexplicablemente en el tramo final. Y, en especial, el hecho de que se prescinda del planto de Pleberio, momento de singular patetismo y que al desaparecer le resta fuerza dramática al desenlace.

«Jamás querría, señora, que amaneciese»

Las cruces de madera (1932)












Título original: Les croix de bois
Director: Raymond Bernard
Francia, 1932, 115 minutos

Las cruces de madera (1932) de Raymond Bernard

Es inevitable pensar en la versión dirigida por Lewis Milestone de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) al ver Les croix de bois: ambas son la adaptación de novelas antibelicistas ambientadas en la Primera Guerra Mundial (la primera de Erich Maria Remarque, la segunda de Roland Dorgelès) y tanto la una como la otra fueron concebidas como contundentes alegatos en favor de la paz. Sin duda hay un antes y un después para quien se haya enfrentado a estas dos obras maestras de la historia del cine, tal es la fuerza de sus imágenes.

Dicha capacidad de persuasión se debe, por otra parte, a una innegable influencia del cine mudo en el uso del montaje: la hilada de soldados en procesión que ascienden hacia el cielo, la lluvia de monedas que se transforman en coronas fúnebres, el escuadrón de reclutas en posición de firmes transfigurado en una interminable ringlera de cruces blancas...

Lo dice bien claro uno de los protagonistas al cantar, tras el arduo combate: "Una cruz la ganaremos seguro: si no es de hierro (condecoración) será de madera (sobre la tumba)". No hay piedad en las trincheras y los jóvenes de uno y otro bando son apenas carne de cañón. Y cuando la lucha se prolongue durante diez días eternos, las explosiones y la continua lluvia de balas no habrán dejado piedra sobre piedra: inútil sacrificio de vidas humanas.



Algunos reclutas son martirizados por el recuerdo de sus respectivas familias, de sus novias que estarán bailando y riendo con otro mientras ellos padecen en primera línea de fuego. Otros, moribundos en tierra de nadie, implorarán en vano ayuda mientras tienen un último recuerdo para sus madres. Imposible que, frente a semejante adversidad, no nazca una camaradería inquebrantable entre ellos. Puede que al principio los veteranos se burlen de los novatos recién incorporados a filas, pero la necesidad obliga y todos acabarán formando una gran familia.

En definitiva, de los hallazgos de Milestone y de Bernard beberán otros cineastas posteriormente, pues ni El gran dictador (1940) ni Senderos de gloria (1957), por sólo citar un par de ejemplos canónicos, habrían existido jamás sin el modelo proporcionado por ellos.


lunes, 27 de junio de 2016

Un, dos, tres... al escondite inglés (1970)










Director: Iván Zulueta
España, 1969-1970, 85 minutos

Un, dos, tres... al escondite inglés (1970) de Iván Zulueta

Una explosión de color. Sólo así puede describirse el torrente de música e imágenes que concibió el visionario Iván Zulueta en su ópera prima a finales de los sesenta. Para quienes no hayan visto nunca Un, dos, tres... al escondite inglés la sorpresa debe ser mayúscula: tanto se ha dicho que la España de aquel entonces era un país en blanco y negro que muy fácilmente se puede caer en el error de pensar que aquí todo el mundo cantaba el "Cara al sol" con el brazo en alto. Y, hombre: pues no... Resulta gratificante comprobar que no todo comenzó con la Movida madrileña, que una década antes ya había grupos de rock que cantaban en inglés y que, al margen de la cultura oficial, también existía (por muy minoritaria que fuese) una creatividad underground desbordante.

Lo triste del caso es que cuarenta y siete años después parezca que haya pasado una apisonadora sobre nuestra conciencia colectiva, hasta el punto de que casi nadie recuerde todo aquel legado. Bueno, a los Fórmula V todavía, pero porque fueron de los más comerciales. Los Ángeles, así, así. Y prácticamente ahí terminan los restos del naufragio y comienza la amnesia general. ¿O acaso queda alguien que se acuerde de Los Mitos, Los Íberos, Los Buenos, Los Beta o Henry y Los Seven?

Suerte que las películas quedan para siempre y que joyas como Un, dos, tres... al escondite inglés nos permiten recuperar un periodo esencial (y desconocido) de nuestra cultura popular. Como la existencia del grupo británico afincado en España The End. Habían debutado en 1968 con el álbum Introspection, producido nada más y nada menos que por Bill Wyman (el bajista de los Rolling Stones). En el filme interpretan el tema "Cardboard Watch", bellas melodías de inspiración psicodélica con los melenudos miembros de la banda mezclándose entre los viandantes de la madrileña Gran Vía.

¿O qué decir de los exóticos Pop-Tops, liderados por el vocalista de Trinidad y Tobago Phil Trim? A ellos corresponde el honor de cerrar la cinta con su interpretación soul de "That Woman". Aunque son Shelly y Nueva Generación quienes tienen el privilegio de cantar "I'm just a fool" en el interior del Santiago Bernabéu. Se conoce que por aquel entonces el no va más del cine vanguardista patrio era rodar en espaciosos recintos deportivos, ya que hay una escena de Fata Morgana (Vicente Aranda, 1966) que transcurre en el Nou camp.

De todas formas, y pese a que hay también alguna actuación que desentona un tanto con el resto, como "La Tarara" de Ismael, composición de corte tradicional que poco o nada tiene que ver con el estilo de la mayor parte de artistas invitados, lo cierto es que Zulueta supo ambientar cada número musical adaptándose a sus respectivas personalidades. En ese sentido, ver a Los Ángeles interpretando "Créeme" en mitad de un bosque en el que se los filma con profusión de ángulos cenitales o en contrapicado es una verdadera gozada.

¿Súper Mario Bros? ¡No: es Íñigo!

¿Y el argumento? Pues se trata de algo tan subversivo como boicotear el Festival de Mundocanal, parodia evidente de Eurovisión. En realidad es este un lugar común de todo musical yeyé: los concursos de jóvenes promesas, la presencia continua de los Beatles o las tiendas de discos son elementos que ya aparecían en Megatón yeyé, la película sobre Micky y Los Tonys que comentábamos hace unos días. Como forman igualmente parte del imaginario pop los cameos de personalidades del momento. En el caso de Un, dos tres... al escondite inglés, además de los mencionados grupos, contamos con la presencia de José María Íñigo interpretándose a sí mismo. Y varios cineastas, como Antonio Drove, Jaime Chávarri (también coguionista) y José Luis Borau (productor/codirector), se hicieron cargo de pequeños papeles.

Así que, sufrido internauta, si has tenido la paciencia de leer hasta el final estas líneas, no te lo pienses dos veces y déjate fascinar por la magia de una de las películas de culto más interesantes del cine español: merece la pena.

P.D.: Tanto el cartel que figura al inicio de esta entrada como los títulos de crédito y los decorados son obra del propio Iván Zulueta, artista total que tuvo ocasión de diseñar los carteles de los primeros filmes de Almodóvar o el de Furtivos de Borau.


domingo, 26 de junio de 2016

Ocúpate de Amélie (1949)











Título original: Occupe-toi d'Amélie... !
Director: Claude Autant-Lara
Francia/Italia, 1949, 92 minutos

Ocúpate de Amélie (1949) de Claude Autant-Lara

El universo literario creado por el dramaturgo Georges Feydeau (1862–1921) está poblado de señores rollizos que caminan de puntillas, muchachas de dudosa moral que aspiran a casarse con algún príncipe europeo, barbudos imperturbables, insensatos bigotudos, generales jactanciosos, aristócratas con monóculo y emperejiladas matronas sin otro quehacer que recibir a las visitas. En una palabra: lo que dio en denominarse vodevil en la sociedad anterior a la Gran guerra.

En ese sentido, la acción de Occupe-toi d'Amélie... ! plantea los típicos enredos propios del género. Se sitúa en 1910 y tiene por protagonista a Étienne (André Bervil), quien mantiene económicamente a la joven Amélie d'Avranches (Danielle Darrieux), mujer encantadora y ligera de cascos cortejada por una legión de pretendientes y que encarna a la típica cocotte. Hasta aquí todo "normal". Pero las cosas se complicarán debido a que Marcel Courbois (amigo de Étienne interpretado por Jean Desailly) se encuentra en la incómoda tesitura de que sólo podrá cobrar su herencia cuando se case. Así que, como trampa legal, se organiza un falso matrimonio entre Marcel y la casquivana Amélie, con toda la parafernalia que ello conlleva. Aunque, para acabar de liar aún más el embrollo, Étienne se las apañará para que el matrimonio tenga lugar realmente...



Preservando el habitual ritmo frenético vodevilesco, la adaptación de Ocúpate de Amélie que en 1949 dirige Claude Autant-Lara a partir de un guion de Jean Aurenche y Pierre Bost se caracteriza por una originalísima puesta en escena que prefigura lo que, años más tarde, hará Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo: lejos de atenuar el origen teatral del texto, asistimos a una representación de la obra en la que los espectadores interactúan con los actores/personajes y en la que la frontera entre ficción y realidad se desdibuja totalmente, con continuos saltos del escenario a la sala y de la sala a la vida real.

Es muy ocurrente, en ese mismo orden de cosas, la pausa publicitaria a la que asistimos durante el descanso de un entreacto, con anuncios luminosos de productos (como las píldoras para incrementar el busto) que dan pie a la sátira más mordaz.

Porque, sea como fuere, la corrosiva crítica contra los convencionalismos burgueses ideada por Feydeau se mantiene intacta e incluso aumentada en el filme de Autant-Lara: no hay más que ver cómo el padre de Amélie (interpretado por el histriónico Julien Carette) incita a la joven para que saque el mayor provecho de sus encantos, sobre todo dejándose rondar por el Príncipe extranjero (Grégoire Aslan) que promete recompensar al progenitor de la criatura con un equivalente de la Legión de Honor.


sábado, 25 de junio de 2016

Megatón Ye-Ye (1965)











Director: Jesús Yagüe
España, 1965, 77 minutos



Las comedias musicales al servicio de grupos y cantantes de moda fueron un fenómeno habitual en el cine de los sesenta, empezando por las películas de Richard Lester sobre los Beatles, que en seguida se convertirían en el modelo a imitar. También aquí llegó esta costumbre, quizá con producciones más modestas que no han logrado resistir el paso del tiempo pero que conservan intacto todo el valor de un documento de época.

Megatón Ye-Ye, dirigida por el debutante Jesús Yagüe en 1965, se inscribe en ese tipo de películas. Las estrellas promocionadas fueron, en este caso, el solista Juan Erasmo 'Mochi' y la banda Micky y Los Tonys. El argumento, que es lo de menos en filmes como este, muestra por una parte la relación amorosa que Juan entabla con la rubia Elena (María José Goyanes) antes de que esta se marche una temporada a París, más los devaneos que en su ausencia mantiene con la morena Isabel (Gloria Cámara) y, por otro lado, la llegada al estrellato del conjunto liderado por el alocado Micky y su mánager Fausto (Álvaro de Luna).

Entre las sorpresas que nos deparan los casi setenta y siete minutos de metraje, el cinéfilo observador tendrá ocasión de reconocer a más de un personaje célebre de aquel entonces. Son, al respecto, dignos de mención los cameos del eurovisivo José Luis Uribarri, haciendo las veces de presentador del concurso de jóvenes promesas en el que participan Los Tonys, o de Luis Sánchez Polack (el Tip de Tip y Coll) interpretando a un ¿censor? (por lo menos lleva unas tijeras en las manos) que junto a Emilio Laguna y otros enfervorecidos energúmenos se abalanza sobre los músicos con motivo de su primera incursión cinematográfica (curioso ejemplo de cine dentro del cine).

Aunque el protagonismo absoluto se lo llevan, ¿cómo no?, las canciones: en la era previa a la aparición del videoclip se entiende que la película debía servir de plataforma de lanzamiento del repertorio de los intérpretes. La acción arranca, pues, directamente con "Ivonne", tema melódico en francés cantado por 'Mochi'. Después vendrán los títulos de crédito con un instrumental de Los Tonys y así irán llegando el resto de piezas, que a continuación detallamos:



Micky y Los Tonys - "Sulfer Soap"
Micky y Los Tonys - "I'm Over"
Mochi - "No comprendo"
Micky y Los Tonys - "Zorongo gitano" (interpretado en un bus turístico)
Micky y Los Tonys - "Pretty Baby"
Micky y Los Tonys - "Tú serás muy feliz"
Mochi - "Pediré"
Micky y Los Tonys - "Ya no estás"
Mochi - "Mi Verdad"
Micky y Los Tonys - "Un bel amour"
Micky y Los Tonys y Mochi  - "Sha La La"

Como se ve, no tenían ningún inconveniente en cantar lo mismo en castellano, que en inglés o incluso en francés. Porque si algo querían transmitir estos jóvenes del 65 era atrevimiento. E indirectamente algo de "apertura" (la que permitían las circunstancias, claro). Conviene, sin embargo, entrecomillar la palabra porque a nadie se le escapa que, en realidad, la intención última de la censura del régimen al permitir el estreno de películas como Megatón Ye-Ye era mostrar una imagen de modernidad, sobre todo de cara al exterior.

Mochi y Elena (María José Goyanes)

La canción de Aixa (1939)










Director: Florián Rey
España/Alemania, 1939, 98 minutos



Ruiseñor, enséñame a cantar / las ansias de amor / que me hacen llorar. / Todo era en mi vida sombra / y él quien me abrió esta herida / es luz y miel. / Por amor me quiere encadenar / quien hace soñar a mi corazón. / Vida entre la muerte y... / sueño con quererte, pero no sé. / Veneno en la flor / y en el goce, dolor. / Corazón que vive para amar / o aprende a sufrir / o sabe callar...

Es de sobras conocida la actividad que determinadas estrellas del cine español llevaron a cabo en Alemania durante la contienda civil y posterior posguerra, sobre todo desde que Fernando Trueba dirigiera La niña de tus ojos en 1998. Una de las cintas que se rodaron durante dicho periodo, en los estudios E.F.A. de Berlín, fue La canción de Aixa, adaptación de la novela homónima de Manuel de Góngora protagonizada por Imperio Argentina y que dirigiera el que aún entonces era su marido, Florián Rey, en 1939.

A priori el filme no deja de ser una recreación idílica del mundo árabe en la línea del costumbrismo romántico decimonónico. En ese sentido, el objetivo perseguido por sus creadores no iría más allá de situar la acción en un espacio exótico que favoreciese el escapismo de unos espectadores ávidos de evadirse de los horrores de la reciente guerra civil. Sin embargo, el análisis atento del mismo demuestra que eran muy otras las verdaderas intenciones que ocultaba.

Abslam (Manuel Luna) y Aixa (Imperio Argentina)

De entrada hay que tener en cuenta que las tropas del Cuerpo de Ejército Marroquí se destacaron, desde su creación en 1937, por un especial encarnizamiento a la hora de combatir a las órdenes del bando franquista. Por lo tanto, no hay lugar a dudas de que una película como La canción de Aixa perseguía dulcificar la imagen de los cabileños, mostrándolos como individuos nobles, leales, sofisticados y al mismo tiempo apegados a sus tradiciones.

Relacionado con esto último, es importante tener en cuenta que, ya desde la escena inicial en un bar de Tetuán, se hace especial hincapié en lo distintos que son los dos primos Tahibi: si Hamed (Ricardo Merino) viste un moderno esmoquin blanco, bebe alcohol, tiene coche y muestra abiertamente su rechazo por los prejuicios de la forma de vida bereber, Abslam (Manuel Luna) aparece, en cambio, ataviado con turbante y uniforme militar y se escandaliza al ver y oír hablar así a su pariente: "¿Y llamas prejuicios a la fe y a las leyes de nuestros abuelos?" No es casualidad que sea precisamente Abslam, el protagonista y caudillo vencedor del filme, quien lleve a cabo este alegato en favor de las tradiciones: a fin de cuentas, también la España de Franco pretendía ser la "reserva espiritual de Occidente".

Por último, es necesario tener presente que en 1939 Marruecos era un protectorado español: así lo venía siendo desde 1912 y así fue hasta su independencia en 1956. Por consiguiente, no es exagerado calificar La canción de Aixa de filme colonialista, toda vez que procura presentar la vida en aquel territorio como un apacible lugar que sirve de marco a los amoríos de la bella mestiza.

En todo caso, y en vista de que no se trata de una película ideológicamente inocente, si que vale la pena, al menos, destacar la espléndida banda sonora del compositor Federico Moreno Torroba (1891–1982) como uno de los puntales de La canción de Aixa.


viernes, 24 de junio de 2016

La vida y nada más (1989)










Título original: La vie et rien d'autre
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1989, 135 minutos

La vida y nada más (1989)

Si en Un dimanche à la campagne el color predominante era el ocre, la textura de las imágenes en La vie et rien d'autre se caracteriza por la omnipresencia del gris azulado. Ya desde el plano inicial, con la inmensidad del océano inundando la pantalla, y más adelante al filmar las ruinas que ha dejado a su paso la Primera Guerra mundial, se vuelve a hacer evidente la pericia de Bruno de Keyzer como director de fotografía.

Escrita en colaboración con Jean Cosmos, La vida y nada más declara ya desde su título que no pretende ser una película sobre la muerte. Y la aclaración es pertinente habida cuenta de que sus protagonistas van en busca de cadáveres: el comandante Delaplane (Philippe Noiret) como encargado de inventariar los soldados desaparecidos durante la contienda; Irène de Courtil (Sabine Azéma) y Alice (Pascale Vignal) porque intentan localizar el cuerpo de sus respectivas parejas. Hasta el pobre Perrin (François Perrot) deberá buscar el cuerpo sin vida de algún combatiente anónimo para enterrarlo como Soldado desconocido bajo el Arco de triunfo parisino.

Estos son, a grandes rasgos, los personajes principales de una historia en la que muy a menudo sus destinos se van a ir cruzando: tanto a los unos como a los otros la vida les quitó muchas cosas a las que ahora se aferran, como en el caso de esos familiares de víctimas que revuelven y hurgan entre los objetos que pertenecieron a sus seres queridos: un anillo, una taza...

Son todos ellos muy distintos entre sí: la aristocrática Irène viajando a todas partes en su lujoso automóvil con chófer, por ejemplo, contrasta poderosamente con la humilde Alice, apenas una criada, aunque ambas (sin saberlo) resultará que andan buscando lo mismo... De modo que, y esa es la moraleja, al final lo único que queda tras tantas penurias es "la vida y nada más".

Irène (Sabine Azéma) y Delaplane (Philippe Noiret)

jueves, 23 de junio de 2016

Un domingo en el campo (1984)












Título original: Un dimanche à la campagne
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1984, 90 minutos

Un domingo en el campo (1984)

Es una película ocre: ocres son las hojas de los árboles del bosque que rodea la casa de Monsieur Ladmiral; ocre es el color que predomina en su jardín: las flores son de color ocre; el reflejo de la luz del atardecer sobre las cosas y sus habitantes; las sillas de mimbre: todo se tiñe de ese color en Un dimanche à la campagne.

Dos son los cineastas cuyo influjo deja sentir Bertrand Tavernier en esta película: por un lado el Renoir de Una partida de campo (Partie de campagne, 1936) y, por otro, el Visconti crepuscular y decadentista de El gatopardo (Il gattopardo, 1963) o Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971). Se podría pensar, incluso, en Ozu por la manera de tratar el tema familiar, de no ser porque la cámara revolotea de aquí para allá, muy al contrario del estatismo que predomina en el cine del japonés.

De todas formas, el letargo que se respira en dicho entorno lo romperá de manera momentánea la llegada de la efusiva Irène (Sabine Azéma), la cual revoluciona la sobremesa dominical con el ímpetu de sus sentimientos a flor de piel de mujer liberada y anticonformista. Su paso fugaz por los dominios familiares supondrá un fogonazo de vida antes de que las aguas vuelvan a su cauce y el sopor vuelva a ahogar, ahora definitivamente, un modo de vida que se extingue poco a poco.

Es el mundo de 1912, el ambiente impresionista anterior a la Gran Guerra que describió Pierre Bost en su novela Monsieur Ladmiral va bientôt mourir y que Colo Tavernier (exmujer del realizador) supo convertir en un guion que sería recompensado con el César (al igual que la delicada fotografía de Bruno de Keyzer y la interpretación de Sabine Azéma) y que serviría también para que Bertrand Tavernier triunfase en Cannes como mejor director.


Corazón de León (2013)










Director: Marcos Carnevale
Argentina/Brasil, 2013, 94 minutos



Decíamos ayer... Aprovechando que en los Cines Texas de Barcelona reponen estos días Corazón de León (la comedia argentina en la que se inspira la francesa Un hombre de altura) pues allá que nos vamos (no sin antes felicitar a sus propietarios por el reciente premio otorgado por Europa Cinemas y que muy merecidamente les distingue como mejor sala de cine de toda España).

Habiendo visto antes la copia que el original, uno constata con júbilo que lo que parecían aciertos de la versión francesa son en realidad méritos ya presentes en el guion de Betiana Blum y Marcos Carnevale. A lo que habría que sumar, además, ese irresistible gracejo bonaerense que hace de Corazón de León la película ideal para arrancarle una sonrisa hasta al más circunspecto de los espectadores.

Por otra parte, en el elenco de la misma hay una curiosidad que vale la pena destacar: es el hecho de que los actores Guillermo Francella (León) y Nicolás Francella (Toto) son de verdad padre e hijo en la vida real, lo cual aporta una considerable dosis de veracidad a lo que vemos en la pantalla.

A diferencia de lo que ocurre en Un homme à la hauteur, la banda sonora de Emilio Kauderer no incluye también canciones de moda que continuamente suenen aquí y allá, en los momentos de clímax de la historia. No: es todo mucho más sencillo y austero. Únicamente se escucha a modo de leitmotiv "Always in my mind" (el clásico popularizado por Elvis Presley, pero en la versión de John McInerny), lo cual está muy bien traído, ya que Ivana (Julieta Díaz) verdaderamente no puede quitarse de la cabeza a León desde el momento en que se conocen.

Por el amor y por... el tamaño. "¡Somos unos nazis!" Lo dice Corina (Jorgelina Aruzzi), la elocuente secretaria de Ivana. Y muy probablemente tenga razón a pesar de lo exagerado de su comentario: porque ya me dirán qué importancia tienen unos centímetros de más o de menos. Pero socialmente parece ser que sí que la tienen, sobre todo cuando es más bajo el hombre que la mujer. Claro que, al respecto, es fácil que nos asalte en seguida una duda: ¿por qué a ninguno de los personajes de la película parece importarle, en cambio, la diferencia de edad existente entre León e Ivana? Veintidós años se llevan Guillermo Francella y Julieta Díaz, aunque eso no significa que también entre los personajes que encarnan. Pero, aun así: ¿y si fuese al revés? ¿Y si Ivana se hubiese enamorado de alguien mucho más joven? Pues entonces la película se titularía 20 años no importan (20 ans d'écart), curiosamente protagonizada en 2013 por Virginie Efira, la misma actriz que ha interpretado a la abogada de Un homme à la hauteur...

Quizá algo más lenta que su remake francófono (lo cual no supone defecto alguno, sino que más bien obedece a las diferencias culturales que se dejan traslucir cuando se adapta un texto a diferentes realidades), nos falta ahora por ver cómo será la versión mejicana que ha rodado con el mismo título Jorge Ramírez Suárez, convirtiendo a Corazón de León en un caso insólito de filme que se prodiga con igual éxito por todo el mundo a pesar de las fronteras.

León (Guillermo Francella) e Ivana (Julieta Díaz)

miércoles, 22 de junio de 2016

Free, una mujer contra el Estado (2013)











Título alternativo: Hadijatou J'accuse
Directoras: Lala Gomà y Rosa Cornet
España, 2013-2015, 70 minutos

Free, una mujer contra el Estado (2013-2015)

Por más que los medios de comunicación se hagan eco de que la esclavitud continúa siendo una lacra aún lejos de su erradicación total en el planeta (Cfr. "Casi 49 millones de esclavos en el mundo", La Vanguardia, 31/05/2016), a menudo nos cuesta ponerle cara y ojos a una realidad que tendemos a considerar remota.

De ahí la enorme importancia de la labor llevada a cabo por Lala Gomà y Rosa Cornet, quienes gracias a su documental Free, una mujer contra el Estado logran personalizar dicha problemática en la figura de Hadijatou Mani, la joven de Níger que no sólo logró huir de El Hadj Souleymane Naroua, el noble que a la edad de doce años la había comprado por el precio de una cabra, sino que además consiguió algo inaudito en África: que los tribunales le dieran la razón cuando denunció al Estado nigerino por no haber sido capaz de preservar su libertad.

A lo largo de los setenta minutos que dura el documental se irá desglosando todo un proceso que arrancó en 2009 y que finalizó en 2015, con Hadijatou todavía luchando, ahora por obtener la custodia de los hijos que tuvo durante su cautiverio.

Gracias al apoyo brindado por la ONG Timidria en el poblado de Dogeraoua (cerca de Konni), y en especial de su delegado Almu, que fue quien destapó el caso, la historia de Hadijatou cobró importancia a nivel internacional, siendo recibida por la Secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton y la Primera dama Michelle Obama.

En la entrega del premio Courage Women

Y no sólo eso: la película también nos muestra cómo ahora otras mujeres que, siguiendo su ejemplo, han logrado emanciparse viven en poblados de ex esclavas como Zango Abolo. Aunque no todo es tan fácil, pues determinadas prácticas están tan arraigadas en la cultura local que por más que las leyes persigan la esclavitud ésta se sigue practicando. De hecho, al propio Naroua le cuesta asumir que ya no puede seguir disfrutando de una serie de privilegios que él considera inherentes a su condición social. Por eso afirma que los jueces que han permitido la libertad de Hadijatou deberán rendir cuentas ante Alá.

Más sorprendente aún es la reacción de unos hijos que prefieren vivir con el padre porque acusan a Hadijatou de haberlos abandonado. De hecho, la mujer ni siquiera puede hablarle a su hijo mayor, según prohíben las estrictas tradiciones locales.

La producción de Free, una mujer contra el Estado se ha llevado a cabo mediante una campaña de micromecenazgo a través de internet que ha permitido financiar el proyecto. De modo que en la tarde de hoy se ha podido presentar el resultado final ante muchos de los colaboradores que abarrotaban la Sala Laya de la Filmoteca de Catalunya.

Durante la presentación de hoy miércoles en la Filmoteca de Catalunya

Gomà ha explicado, asismismo, que durante el tramo final de producción no les fue posible desplazarse de nuevo a Níger para cubrir el juicio por la custodia de los hijos de la joven, aunque gracias a Skype tuvieron ocasión de dar instrucciones desde aquí a sus ayudantes (de lo cual queda constancia en los títulos de crédito finales).

Octavi Martí, Lala Gomà (centro) y Rosa Cornet (derecha)

Un hombre de altura (2016)










Título original: Un homme à la hauteur
Director: Laurent Tirard
Francia, 2016, 98 minutos

Un hombre de altura (2016)

Comenta el crítico de El Periódico a propósito de Un hombre de altura que es una película "tramposa", quizá olvidando que toda manifestación cinematográfica lo es en esencia: 24 fotogramas por segundo, unidos a la persistencia retiniana: nuestra imaginación hace el resto. Se permite igualmente decir que el remake francés "repite todos los defectos de su modelo" argentino. Bueno, vamos a ver: al margen de lo subjetivo de la apreciación, lo realmente importante a la hora de valorar una película de semejantes características es no perder de vista con qué finalidad fue concebida.

Un homme à la hauteur se enmarca en lo que podríamos llamar comedia romántica. Es decir, tiene que ser forzosamente "caricaturesca" e incluso algo superficial, ya que su comicidad suele basarse en unos estereotipos que son los que el espectador luego espera encontrar. El problema viene cuando se pretende juzgarla con los mismos parámetros que aplicaríamos al cine de autor. Pero ni Laurent Tirard aspira a ser Bergman (Ingmar) ni su última película es El séptimo sello (ni falta que hace).

Lo que no puede negar nadie es que la pareja protagonista tiene encanto, la cámara los quiere: Virginie Efira ya destacó en 20 años no importan (20 ans d'écart, dirigida en 2013 por David Moreau), filme con un planteamiento similar a este, sólo que allí su pareja era pequeña en años. Y ¿qué decir a estas alturas (no es ironía) de Jean Dujardin y esa sonrisa que lleva encandilando a medio mundo desde el éxito de The Artist? Juntarlos en un mismo proyecto es asegurarse el éxito comercial, el equivalente en el siglo XXI de lo que supusieron Cary Grant y Deborah Kerr décadas atrás.

Si tanto en El pequeño Nicolás (y su secuela: Les vacances du petit Nicolas, 2009 y 2014, respectivamente) como en Astérix & Obélix: Al servicio de Su Majestad (2012) Laurent Tirard adaptaba éxitos editoriales, lo que afrancesa ahora es el Corazón de león (2013) de Marcos Carnevale. En ambos casos, películas que más que "condenar la discriminación social recurriendo al tipo de chistes crueles que incitan a ella" nos hablan de personas con el sano propósito de hacernos pasar un buen rato. Que ella sea abogada y él arquitecto son datos intrascendentes, como lo es su poder adquisitivo. Es más: si son guapos y ricos es porque ello aporta la nota de glamour necesaria en toda comedia romántica que se precie.

Y que tanto Diane como Alexandre deban superar prejuicios y complejos de todo tipo para lograr sacar adelante su relación se debe sobre todo a generar situaciones divertidas que muevan a risa al espectador. A fin de cuentas, Un homme à la hauteur no es ni de lejos cine social: como mucho se queda en reverso de El increíble hombre menguante.

Virginie Efira (Diane) y Jean Dujardin (Alexandre)

martes, 21 de junio de 2016

Whisky a gogó (1949)











Título original: Whisky Galore!
Director: Alexander Mackendrick
Gran Bretaña, 1949, 82 minutos

Whisky a gogó (1949) de Alexander Mackendrick

El filme debut de Alexander Mackendrick fue esta aguda reflexión, rodada en 1949 para los estudios Ealing, sobre la dependencia de unos isleños escoceses de las Hébridas para con su güisqui, que adaptaba en clave de comedia satírica la novela homónima publicada dos años antes por Compton MacKenzie.

Decididamente, lo peor que les podía pasar a los habitantes de la minúscula Todday no es que los nazis invadieran el lugar o que su apacible vida se viese paralizada por las bombas. El más terrible de los males es haberse quedado sin existencias de su preciado licor a causa del racionamiento impuesto por las duras condiciones de guerra.

Aunque la casualidad quiere que un carguero repleto con 50.000 cajas de güisqui encalle frente a sus costas, con lo que la tentación de hacerse con semejante botín será mucho más fuerte que cualquier tipo de prohibición. El Capitán Paul Waggett (interpretado por un Basil Radford que se parece más que nunca a Michael Caine) es el crédulo responsable de la guarnición británica en la zona al que nadie parece dispuesto a obedecer.

Así que, para poder justificar el hecho de que hayan saqueado el contenido del Cabinet Minister, los lugareños se lo harán venir bien recurriendo a la vieja tradición de organizar una fiesta nupcial en la que corra el alcohol coincidiendo con el compromiso entre la bella Catriona (Gabrielle Blunt) y el apocado maestro de escuela George Campbell (Gordon Jackson), a lo que habría que sumar que el Sargento Odd (Bruce Seton) insiste también en cortejar a Peggy (hermana de Catriona e interpretada por Joan Greenwood).

Lo malo será que cuando los hombres de Farquharson (Henry Mollison) inspeccionen la isla en busca del brebaje de la discordia, los vecinos de Todday deberán ingeniárselas para esconder las botellas en los lugares más insospechados.



Pese a ser menos conocida que otros títulos posteriores de Mackendrick, Whisky galore es por derecho propio un clásico del cine británico y, lo que son las cosas, para este 2016 está anunciado el estreno de su remake, dirigido por Gillies MacKinnon y protagonizado por Gregor Fisher, Eddie Izzard, Sean Biggerstaff y Naomi Battrick.

lunes, 20 de junio de 2016

Tenemos 18 años (1959)










Director: Jesús Franco
España, 1959, 73 minutos



Para alguien que, como Jesús Franco, dirigió más de doscientas películas, el cine no debía tener grandes secretos. Por lo menos, habría que concederle el mérito de haberse mantenido fiel no sólo a la profesión sino sobre todo a un estilo personalísimo que está presente a lo largo de toda su producción, como puede comprobarse en el primero de sus largometrajes: Tenemos 18 años, rodado en el lejano 1959, pero con un toque jovial muy cercano al de los cartoons americanos.

Su planteamiento es sumamente original, ya que se basa en las impresiones anotadas por las protagonistas durante un viaje. Pero como ambas poseen caracteres muy diferentes (el de la soñadora María José, Isana Medel, frente al de la alocada Pili, Terele Pávez) su percepción de los hechos también difiere bastante. De modo que se nos mostrarán ambas versiones y santas pascuas. Total: si la película se titula Tenemos 18 años es porque los protagonistas intuyen que al acercarse su mayoría de edad se acerca también el triste momento de sentar la cabeza. De manera que a lo que asistimos es al canto del cisne de su propia adolescencia: el último verano en el que están permitidas las ensoñaciones. 

Además de por el colorido de su fotografía en Eastmancolor, los dibujos animados de unos creativos títulos de crédito y por su desenfadada banda sonora jazzística (compuesta e interpretada al piano por el propio Jesús Franco y la orquesta de Don Parker), el filme destaca por ese peculiar sentido del humor del que hace gala el primo Mariano (Antonio Ozores). Y todo ello sirviendo de marco a una historia iniciática, verdadera road movie a la española, y aparentemente absurda, pero que al mismo tiempo encierra alguna que otra pincelada trágica, como el relato del atracador magistralmente interpretado por Luis Peña.

Hasta se apunta, aunque tímida y puntualmente (merced al carácter histriónico de Antonio Ozores), el elemento terrorífico del que tantas muestras daría Jesús Franco durante su prolífica carrera. ¿Qué más se puede pedir en los 73 minutos escasos de una película fresca, que apenas pretendía mostrar las vacaciones de dos universitarias por tierras andaluzas y a lomos de un desvencijado Ford T amarillo?


Mi hija, mi hermana (2015)










Título original: Les cowboys
Director: Thomas Bidegain
Francia, 2015, 104 minutos

Mi hija, mi hermana (2015)

El guionista Thomas Bidegain (conocido hasta la fecha por su colaboración en filmes de la talla de Un profeta, De óxido y hueso o Dheepan) debuta en la dirección nada más y nada menos que con un remake de Centauros del desierto. Y sin duda está a la altura del reto. Porque si John Ford son palabras mayores no menos arriesgado era llevarse la historia al contexto actual de guerra contra el yihadismo.

Varios son los puntos fuertes de Les cowboys: por una parte la fotografía de Arnaud Potier, logrando la sólida pátina plomiza que en determinados momentos le conviene a una narración de este tipo; en segundo lugar, la sabiduría con la que se llevan a cabo las transiciones temporales: nada de rótulos sobreimpresionados con aquello típico de Cinco años después... Aquí es el espectador el que debe deducir las cosas en función de lo que ve, lo cual siempre es una buena noticia. Por último, esta es una historia de búsquedas, no sólo de la hija o de la hermana (como reza el título de la versión española) sino también a nivel personal: buscando a Kelly (Iliana Zabeth), Alain (François Damiens) y Kid (Finnegan Oldfield) están en realidad buscándose a sí mismos.

Es por ello que en Mi hija, mi hermana hay varias películas en una: se trata de una estructura, la del filme que fluye como un río con varios afluentes, que recuerda de forma remota a la de Vete y vive (Va, vis et deviens) dirigida en 2005 por el rumano Radu Mihaileanu. Si allí se hablaba de judíos de origen etíope, ahora le toca el turno a cowboys franceses que viajan a Pakistán.

John C. Reilly (izquierda) y Finnegan Oldfield (derecha)

¿Defectos? Pues a buen seguro que debe tenerlos. Por de pronto se nos ocurre el hecho de que los personajes se vayan enterando de los sucesivos atentados del 11-S, Madrid, Londres... a través de un televisor en un bar (¡o en un calabozo!) o de la radio de una ambulancia. Quizá no habría sido necesario subrayar continuamente de un modo tan explícito en qué momento histórico se encuentran los protagonistas de una trama que arranca en 1994.

Pero al margen de posibles imperfecciones, lo importante es que Les cowboys es una película que emociona y que sabe enganchar, mostrando la evolución de unos personajes a los que vemos crecer en pantalla.

Grandes familias (2015)










Título original: Belles familles
Director: Jean-Paul Rappeneau
Francia, 2015, 113 minutos

Grandes familias (2015)

Jean-Paul Rappeneau es un director al que le gusta tomarse su tiempo entre película y película, quizá porque necesita planificar hasta el último detalle de los proyectos en los que se implica. De ahí que desde su debut tras la cámara en el remoto 1958 con Chronique provinciale apenas hayan sido nueve los largometrajes dirigidos por el cineasta. El principal hito de su carrera fue, sin lugar a dudas, Cyrano de Bergerac, en 1990. Y la penúltima entrega, en 2003, había sido Bon voyage, coescrita en colaboración con el hoy premio Nobel de literatura Patrick Modiano.

Del mismo director nos llega ahora Belles familles, una historia sobre herencias familiares en la línea de filmes como Propiedad privada (2006), del belga Joachim Lafosse, de la que esta sería la versión edulcorada. Lo primero que llama la atención de Grandes familias es su reparto, plagado de estrellas del cine francés, comenzando por Mathieu Amalric, al que acompañan nombres de la talla de André Dussollier (es la segunda vez, en pocas semanas, que vemos a estos dos actores compartir escena, tras Tres recuerdos de mi juventud, de Arnaud Desplechin), Gilles Lellouche, Karin Viard, Nicole Garcia o Guillaume de Tonquedec. Nómina a la que cabría añadir la belleza de la joven Marine Vacth. Queda claro, pues, que Rappeneau es un realizador consagrado con el que todos los actores desean trabajar.

El otro detalle que deslumbra es el despliegue de medios, con localizaciones por medio mundo, algunas tan dispares y remotas como Londres, Shanghái o Zanzíbar. De nuevo un indicio de la importancia de Rappeneau, quien no parece escatimar en recursos porque todo está a su alcance.

¿Y el guion? ¡Ah, pequeño gran problema! Pues resulta que el guion (escrito con el auxilio, entre otros, del también director Philippe Le Guay) es de una superficialidad irrebatible: se diría que Grandes familias es una de esas películas que no llegan nunca a arrancar porque tampoco hay mucho que explicar. En ese orden de cosas, ni la disputa de la familia Varenne por la vieja casa familiar ni la relación de Jérôme (Mathieu Amalric) con la exótica Chen-Lin (Gemma Chan) ni, mucho menos, el posterior flechazo por Louise (Marine Vacth) son en absoluto creíbles. En nada de lo que se cuenta, ni siquiera en el esbozo de la complicada relación de Jérôme con su padre, se ha logrado insuflar ni un ápice de vida. Y es una lástima, porque considerando el currículum de quienes han intervenido en ella cabía esperar mucho más.

El director Jean-Paul Rappeneau

domingo, 19 de junio de 2016

Condesa por una noche (1938)










Título original: Retour à l'aube
Director: Henri Decoin
Francia, 1938, 90 minutos

Condesa por una noche (1938) de Henri Decoin

Hoy en día puede parecer del todo inverosímil, pero hubo una época en la que una película como Retour à l'aube tenía su morbo. Eso de que una mujer recién casada se viese sola en una gran capital durante una noche y dándose la gran vida no podía sino excitar los ánimos de un público cuyas anodinas vidas necesitaban el estímulo de historias provocadoras.

Los tiempos han cambiado, cierto, pero para entender en su justa medida el juego que el director Henri Decoin proponía en Condesa por una noche se hace del todo necesario situarse en un periodo en el que el papel de la mujer solía quedar relegado estrictamente al ámbito familiar. Por otra parte, el hecho de que la acción se sitúe en Hungría añadía un elemento exótico, como lo demuestra la ceremonia nupcial inicial con sus trajes típicos y esos bailes folclóricos tan llamativos.

Los trenes tienen también una presencia notoria en la película: los vemos entrar en el encuadre por la derecha, por la izquierda, en vertical, en horizontal, en diagonal, de arriba a abajo... Y eso cuando el vapor de la locomotora no es utilizado para inundar de blanco la pantalla y facilitar así la transición entre escenas. En fin, queda claro su valor simbólico: es el elemento que lleva el progreso hasta la tranquila localidad de Thaya y el medio de transporte que propiciará que la cándida y aburrida Anita Ammer (Danielle Darrieux, a la sazón esposa de Decoin) pueda echar una cana al aire.

En Budapest, y gracias a la inesperada herencia de ocho mil francos que recibe de su difunta tía, Anita conocerá también el lujo y la vida mundana, sin duda otra de las fantasías recurrentes para el público de aquel entonces. Pero para que la joven quedase redimida a ojos de los espectadores se la muestra en todo momento como bajo los efectos de la hipnosis: se diría que la pobre Anita no es consciente de lo que hace o, incluso, que debido a un fuerte sentimiento de culpabilidad padece una aparente enajenación mental transitoria. Sea como fuere, el hecho de que su marido, en la patética escena final, prefiera no saber nada sobre lo ocurrido y casi la obligue a decir que todo ha sido un sueño abundaría en esta interpretación.

Aparte de la bella Danielle Darrieux (bella entonces y ahora, con casi cien años), completaron el reparto Pierre Mingand (el petulante Osten), Pierre Dux (el tedioso marido Karl Ammer), Raymond Cordy (el ingenuo Pali) y Jacques Dumesnil (el seductor ladrón de guante blanco Dick Farmer).

Anita (Danielle Darrieux) probando el monóculo de Osten (Pierre Mingand)

sábado, 18 de junio de 2016

Que empiece la fiesta (1975)










Título original: Que la fête commence...
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1975, 114 minutos

Que empiece la fiesta (1975)

Al margen de su reflexión acerca del poder (tema tan caro a Tavernier desde los inicios de su carrera hasta su último largometraje de ficción, Crónicas diplomáticas, en 2013), si por algo destaca Que la fête commence... es por su extraordinaria recreación del libertinaje dieciochesco. Pero sin moralinas ni tampoco morbosidad alguna: la voluptuosidad que practican los miembros de la corte del regente Felipe II de Orleans es mostrada como algo natural y cotidiano, con la espontaneidad y alegría de vivir que muy probablemente se dieron durante la época histórica que se recrea. En ese sentido, el guion de Jean Aurenche y Bertrand Tavernier renuncia a los efectismos al uso en películas posteriores como Las amisades peligrosas (1988) de Stephen Frears (director nacido, al igual que Tavernier, en 1941). En lugar de ello, prefieren adoptar un tono más en la línea de los filmes históricos de Éric Rohmer o incluso del último Rossellini.

El reparto de Que empiece la fiesta va encabezado por Philippe Noiret, capaz de componer a un humanísimo regente encargado de velar por los destinos de Francia durante la minoría de edad del futuro Luis XV y alejado de los estereotipos al uso; Jean Rochefort es el Abate Dubois, tan ateo como obsesionado por llegar a ser arzobispo y partícipe del mismo desenfreno que su señor; Jean-Pierre Marielle interpreta al excéntrico marqués de Pontcallec, quien será perseguido por pretender convertir la Bretaña en una república independiente. Por último, Nicole Garcia (de la que, casualmente, este fin de semana se estrena su última película: Grandes familias) es La Fillon, joven prostituta que frecuentará la compañía del regente.

El regente (Philippe Noiret) y su mano derecha el Abate Dubois (Jean Rochefort)

Recreación histórica de tintes cómicos, el tono festivo de Que la fête commence... lo aportan escenas como la inicial procesión bretona en la que el sacerdote amenaza con excomulgar a los ratones de una plaga o en los casamientos forzosos de los condenados a ir desterrados a Luisiana.

La banda sonora, por último, la coforman diferentes pasajes de piezas orquestales compuestas por el propio Felipe II de Orleans y que fueron ensambladas para la ocasión por Antoine Duhamel.

La corte en pleno banquete

viernes, 17 de junio de 2016

Cavalo Dinheiro (2014)









Título en español: Caballo Dinero
Director: Pedro Costa
Portugal, 2014, 103 minutos



Sin apenas movimientos de cámara, encerrados en las ruinas de lo que en apariencia fue un hospital, los personajes de Cavalo Dinheiro tienen más de fantasmas que no de seres de carne y hueso: fuera del tiempo y del espacio, habitan una oscura nebulosa estática marcada por el recuerdo, cuando no el terror, de su pasado en Lisboa o en Cabo Verde.

"Reverso subterráneo de la historia de Portugal". Así es definida la última película de Pedro Costa en el programa de la Filmoteca de Catalunya. Y por ahí han ido los comentarios del director durante el coloquio posterior a la proyección. En un afán didáctico por dar a conocer al público barcelonés lo que supuso la Revolución de los claveles, Costa ha desglosado pacientemente lo acontecido el 25 de abril de 1974. Momento histórico que, en su caso, coincidió con la adolescencia, algo que marcaría profundamente tanto su formación como su carácter.

Ventura en el ascensor...

El fascismo portugués, tal y como lo recuerda Costa, fue quizá menos violento que el de aquí, pero más de terror psicológico: una época gris de inquietantes informadores que acechaban en los bares o en los tranvías. En un principio, ha dicho, el filme iba a ser protagonizado por Gil Scott-­Heron, poeta, músico y activista afroamericano de los setenta que debía haber compuesto varios números musicales en forma de oratorio. Pero tras su fallecimiento en 2011 el proyecto acabó derivando hacia la versión que ahora encabezan su amigo Ventura y Vitalina Varela.

...la escena más claustrofóbica de Cavalo Dinheiro

Durante buena parte de la película, la pareja susurra más que habla, en portugués y en criollo, una confusa mezcolanza en la que se adivinan, a veces, momentos decisivos o incluso traumáticos de sus vidas. Puede parecer un planteamiento excesivamente estático, pero para Costa el movimiento debe estar en la mirada del espectador, en nuestro pensamiento, un poco en la línea de cineastas clásicos como Chaplin u Ozu. De hecho, en la masterclass que esta mañana ha impartido para los alumnos de la Escuela de cine Bande à Part, buena parte de sus explicaciones han tomado como punto de partida el plano final de Tiempos modernos.

Pedro Costa (derecha) y Esteve Riambau en la Filmoteca de Catalunya


jueves, 16 de junio de 2016

Salvoconducto (2002)











Título original: Laissez-passer
Director: Bertrand Tavernier
Francia/Alemania/España, 2002, 170 minutos

Salvoconducto (2002)

Si el martes de la semana pasada tuvimos ocasión de ver y comentar La mano del diablo gracias a Bertrand Tavernier, hoy le llega el turno a la película en la que el propio director francés recreó dicho periodo histórico. 

Es Salvoconducto una de esas superproducciones de época, un poco en la línea de la posterior Bon voyage de Jean-Paul Rappeneau (2003), en la que a lo largo de casi tres horas de metraje se evoca el periodo de la ocupación nazi y, en concreto, el funcionamiento de la Continental, la productora alemana para la que trabajaron los hoy olvidados Jean-Devaivre (Jacques Gamblin), Jean Aurenche (Denis Podalydès), Jean-Paul Le Chanois (Ged Marlon) o Maurice Tourneur (Philippe Morier-Genoud). Este último, director en 1943 de la ya mencionada La main du diable, tiene a sus órdenes a Jean-Devaivre como ayudante de dirección, en cuya peripecia vital se centrará la película.

Jean-Devaivre (Jacques Gamblin) en su peculiar estudio

Son muchas las proezas que lleva a cabo este hombre, como por ejemplo recorrer en bicicleta 385 kilómetros para reunirse con su familia, lanzarse en paracaídas o poner en peligro su integridad física con tal de hacer llegar a los mandos aliados unos relevantes documentos a los que ha tenido acceso. Merecidísimo, pues, el Oso de plata con el que Jacques Gamblin fue recompensado en Berlín.

Igualmente meritoria es la cuidada reconstrucción de unos hechos que Jean Cosmos y el propio Tavernier relatan a partir de las memorias de Jean-Devaivre. Se nota que el tema les apasiona y ello se refleja en los 170 minutos de duración: habiendo tantas cosas a explicar, no han querido renunciar a contarlo todo, por lo que en algún momento Laissez-passer parece resentirse de una cierta sensación de falta de objetivo, reforzada por el poco original recurso de finalizar el filme con la voz en off de Gamblin resumiendo cuál sería el destino de los personajes principales en los años venideros.

Bertrand Tavernier (centro) dirige a sus actores
durante el rodaje de Laissez-passer