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domingo, 10 de octubre de 2021

Maravillas (1981)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1981, 95 minutos

Maravillas (1981) de Manuel Gutiérrez Aragón


Extraña mezcla de elementos aparentemente inconexos, Maravillas (1981) ocupa un lugar destacado en la filmografía de Manuel Gutiérrez Aragón. Por lo menos en la de los inicios de una carrera como director que estará marcada por ese tono, un tanto sui géneris, entre onírico y de cuento de hadas. La protagonista de la película es una joven adolescente (interpretada por Cristina Marcos) que vive a caballo entre dos mundos absolutamente dispares: por una parte, están los colegas de su edad (el Pirri y su hermana, Quique San Francisco, Miqui Molina...), siempre coqueteando con los típicos ambientes marginales del cine quinqui; por otra, un grupo de viejos judíos sefardíes que ya desde bien pequeña deciden apadrinarla.

Asimismo, la figura del padre (Fernando Fernán-Gómez) resulta por completo extravagante, teniendo en cuenta que se trata de un individuo plenamente sometido a la autoridad de Maravillas. Hasta el extremo de que se ve obligado a pedirle dinero a su hija a todas horas (cuando no a robárselo) como si el menor de edad fuese él y no ella. Y es que el viudo, que se pasa la mayor parte del día leyendo revistas eróticas y al que los padrinos hebreos de la chica tratan con absoluta condescendencia, apenas saca nada del obsoleto estudio fotográfico que un día acogió a las más altas eminencias del momento.



La imagen recurrente de Maravillas caminando sobre el abismo, con Madrid a sus pies, se repite en varias ocasiones a lo largo de la película, dando lugar a una potente metáfora visual en la que confluyen diversos temas simultáneamente. "Lo más importante en esta vida es no tener miedo", le dice su tío Salomón el mago (Francisco Merino) el día en el que la niña, vestida de blanco, cruza por vez primera el pretil de la terraza a cambio de un anillo que será su regalo de comunión.

El personalísimo universo de Gutiérrez Aragón da como resultado una obra inclasificable que ni es comedia ni drama, aunque contenga elementos de ambos géneros. Así, por ejemplo, la escena del confesonario, en la que, amparándose en el secreto de confesión, el Pirri declara abiertamente ante el sacerdote (Emilio Rodríguez) varias de sus pillerías, resulta muy divertida. O el hecho de que todo un juez (José Manuel Cervino) le pregunte al chaval si lleva encima algo de costo para fumar. Y, sin embargo, por muchos gags que contenga, la lección o enseñanza que se deduce de esta historia no puede ser más amarga: "Se vive como se sueña: solos".



sábado, 6 de marzo de 2021

La mitad del cielo (1986)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1986, 127 minutos

La mitad del cielo (1986) de Gutiérrez Aragón


A vueltas con ese realismo mágico en clave cántabra que caracteriza la obra fílmica de Gutiérrez Aragón, La mitad del cielo (1986) ahondaba en temas y motivos que ya habían estado presentes en títulos anteriores de su filmografía como Demonios en el jardín (1982). Y es con la misma protagonista, una Ángela Molina pletórica de energía, que esta historia familiar abarca varios lustros a caballo entre los Valles Pasiegos y el Madrid de los años sesenta. De hecho, se puede deducir el paso del tiempo en función de las películas que los personajes van a ver al cine: ¿Dónde vas, Alfonso XII? (1959), West Side Story (1961), El graduado (1967), etc.

Relato de mujeres fuertes con algo de meigas, como la abuela (Margarita Lozano), capaz de "predecir" la muerte inminente de los hombres (sobre todo si, como en el caso del yerno, no son de su agrado...) y cuya sabiduría ancestral transmitirá a una nieta que, además de un acervo cultural de adivinanzas ("¿Qué es algo y nada a la vez? El pez", "En el monte ladra, en la casa calla: la escopeta"), también heredará las almadreñas o zapatos de madera con los que la matriarca solía salir al campo.



Aunque no sólo de zuecos trata esta película: La mitad del cielo nos habla, asimismo, de mercados y cocinas repletas de apetitosas viandas; de cómo por el estómago se puede conquistar a un hombre (a base de un suculento arroz con leche). También de amores no correspondidos. O correspondidos, pero no refrendados frente al altar. De un potentado jefe de abastos (Fernando Fernán Gómez) que es, en suma, el providencial benefactor de Rosa (Ángela Molina) frente al acoso de Delgado (Nacho Martínez) y artífice de que su sueño de montar un restaurante se haga realidad.

Excelentemente fotografiada por Alcaine y provista de una melodiosa banda sonora (premiada con un Goya) a cargo de los gallegos Milladoiro, la cinta obtuvo, además, la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, así como el premio a la mejor interpretación para su protagonista femenina.



viernes, 5 de marzo de 2021

Demonios en el jardín (1982)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1982, 98 minutos

Demonios en el jardín (1982) de Manuel Gutiérrez Aragón


Demonios en el jardín deja entrever un batiburrillo de elementos cuyo valor simbólico va más allá de lo estrictamente personal. Porque si bien contiene referencias autobiográficas (la historia del niño Juanito coincide, a grandes rasgos, con la infancia del director), otras remiten a la España de la posguerra. Así pues, el toro desbocado que irrumpe en la iglesia y que tiene atemorizados a los habitantes del pueblo pudiera ser una alegoría de la fuerza del fascismo. De la misma forma que la matriarca Gloria (Encarna Paso), omnipresente y controladora, tiene algo del propio Caudillo. Sus hijos Óscar (Eusebio Lázaro) y Juan (Imanol Arias), por cierto, representarían el cainismo de la contienda civil, mientras que la depauperada Ángela (Ángela Molina) y la intrigante Ana (Ana Belén) encarnarían la rivalidad entre vencedores y vencidos.

La tienda, un almacén de ultramarinos llamado "El jardín", viene a ser la hacienda saqueada donde la familia protagonista se beneficia mediante la práctica del estraperlo. También es el escenario donde tienen lugar las muchas trifulcas que los enfrentan, amén de centro neurálgico de ese microcosmos que es la aldea. Y entre sus habitantes, testigo privilegiado de las idas y venidas de unos y de otros, el enclenque Juanito, convaleciente de una dolencia de tipo tuberculoso que lo convierte en el niño mimado al que todos consienten y colman de atenciones: a lomos de un colchón que sacan a la plaza del pueblo o en el interior de la cabina del proyeccionista del cine local, los ojos del crío contemplan un panorama presidido por la hipocresía y la miseria moral.



Precisamente, y como mecanismo de evasión, el muchacho tenderá a idealizar la figura paterna, ausente desde hace años del entorno familiar, y al que le han pintado como el brazo derecho de Franco. Luego, cuando éste regrese a la aldea al cabo del tiempo, resultará que es apenas un camarero de la comitiva del dictador, con la consiguiente decepción para el chaval.

Multipremiada en algunos de los festivales más prestigiosos del mundo (Cannes, Moscú, San Sebastián...), Demonios en el jardín (1982) culminó una primera etapa, marcada por el carácter críptico de sus argumentos, en la filmografía de Manuel Gutiérrez Aragón, quien, desde mediados de los ochenta, ensayaría un tipo de cine más acorde con los gustos del público.



viernes, 20 de diciembre de 2019

Malaventura (1988)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1988, 90 minutos

Malaventura (1988) de Manuel Gutiérrez Aragón

Se ha dicho de Malaventura que es una película extraña, fallida; que en el momento de su recepción produjo un rechazo unánime tanto de crítica como de público. Y es que se trata, ciertamente, de un filme críptico, habitado por seres pasionales y hasta violentos cuyas motivaciones no acaban de quedar del todo claras.

Tampoco el paso del tiempo ha jugado excesivamente a su favor, con ese fondo musical tan poco ortodoxo en el que conviven piezas de Bach, el Lebrijano acompañado por la Orquesta Andalusí de Tánger y un grupo tan típicamente ochentero como los extremeños Tam Tam Go! (cuando éstos aún cantaban en inglés).

Cristina Higueras y Miguel Molina

En realidad, parece ser que Gutiérrez Aragón se inspiró en dos referentes literarios franceses a la hora de escribir el guion. Por un lado, la magdalena proustiana (aquí transformada en plato de cerámica ilustrado con la efigie de una muchacha); por otro, el mito de Carmen, que se trasladaba a la Sevilla de finales del siglo XX mediante el triángulo formado por Rocío (Icíar Bollaín), John (Richard Lintern) y Manuel (Miguel Molina). Completaban el reparto nada más y nada menos que José Luis Borau (interpretando al juez Alcántara) o el mítico Daniel Martín en un papel de policía ardorosamente brusco.

Sin la misma fortuna y desprovista del encanto de anteriores títulos de la filmografía de su director, Malaventura intentaba inscribirse, no obstante, en una similar línea de realismo mágico que la que Gutiérrez Aragón ya ensayara en, por ejemplo, El corazón del bosque (1979), Maravillas (1981) o Feroz (1984).

Icíar Bollaín

sábado, 30 de noviembre de 2019

El sur (1983)




Director: Víctor Erice
España/Francia, 1983, 95 minutos

El sur (1983) de Víctor Erice

Mañana, en cuanto amanezca, iré a visitar tu tumba, papá. Me han dicho que la hierba crece salvaje entre sus grietas y que jamás lucen flores frescas sobre ella. Nadie te visita. Mamá se marchó a su tierra y tú no tenías amigos. Decían que eras tan raro... Pero a mí nunca me extrañó. Pensaba entonces que tú eras un mago y que los magos eran siempre grandes solitarios.

Adelaida García Morales
El Sur

La acción de El sur transcurre en el norte. Y es precisamente ese carácter evocador de lo que se intuye pero no se muestra lo que ha hecho del filme de Erice uno de los títulos clave de la historia del cine español. Obra maestra que, sin embargo, quedó incompleta, toda vez que su filmación se vio interrumpida, por causas nunca del todo aclaradas, cuando se llevaban cuarenta y ocho de los ochenta y un días inicialmente previstos de rodaje. En todo caso, es muy probable que, tal y como quedó, sin que el personaje de Icíar Bollaín llegue a desplazarse a Andalucía, la película saliese ganando por uno de esos accidentes geniales del destino.

Sea como fuere, conviene no perder de vista que El sur nació de la libre adaptación de un relato homónimo de Adelaida García Morales (1945-2014), quien fuera esposa del cineasta durante veinte años y una de las escritoras más notables de su generación. Aun tratándose de un texto excepcionalmente brillante —un monólogo en primera persona de apenas cincuenta páginas— son muchas las diferencias que lo separan de su encarnación fílmica. De entrada porque la protagonista se llama Adriana y no Estrella como en la película (de hecho, todos los nombres de los personajes son distintos: Irene Ríos es Gloria Valle; tía Delia, Milagros; Agustina, Casilda...). Además, el padre no es médico, sino profesor de francés, y sale a pasear con su hija en bicicleta y no en moto.



Minucias sin importancia, ya que la principal diferencia radica en el tono. Y es que Erice dulcifica la amargura que rezuma el relato hasta convertirlo en una de sus mágicas ensoñaciones en torno a la infancia y el paso a la adolescencia. No queda, pues, ni rastro de la adusta Josefa (personaje de tintes siniestros que, en el texto, martiriza a la niña con su estricta mojigatería) ni de alguna que otra trastada que lleva a cabo la protagonista, como la escena en la que, jugando a ser Juana de Arco, intenta quemar en la hoguera a su amiga Mari-Nieves...

"Gran parte de lo que pasó con esta película solamente puede ser entendido desde la consideración de un hecho: que Elías Querejeta y yo éramos amigos". Palabras de Víctor Erice que esta tarde recordaba Esteve Riambau durante el coloquio posterior a la proyección en la Filmoteca de Catalunya. Un acto, enmarcado en la retrospectiva que estos días se le dedica a la actriz y directora Icíar Bollaín, que ha contado con la presencia en la sala de la cineasta. El sur supuso, precisamente, su debut ante las cámaras con apenas quince años y, aunque ha confesado que tardó varias décadas en ver la película, admite sin reparos la influencia decisiva que esta circunstancia tendría en el posterior desarrollo de su propia carrera artística. Del recientemente desaparecido Omero Antonutti, que aprendió a hablar castellano durante el rodaje, ha comentado que era un hombre afable y extravertido: todo lo contrario que su personaje en la película, tan contenido que, bromeaba Bollaín, Erice ni le dejaba mover una ceja.


sábado, 15 de junio de 2019

Juan y Junior... en un mundo diferente (1970)




Director: Pedro Olea
España, 1970, 86 minutos

En un mundo diferente (1970) de Pedro Olea


Cuando el rodar una película promocional era práctica casi obligada para los conjuntos musicales de moda —siempre según el modelo y a remolque de la estela de los Beatles, que en esto (como en tantas otras cosas) marcaron tendencia—, la fórmula, por lo menos a finales de los sesenta y primeros setenta, era habitualmente la misma: mucho colorido, presencia de elementos inherentes a la cultura pop (en especial el cómic y la ciencia ficción), alguna subtrama de temática romántica/sentimental/amorosa y, por descontado, el cantante o grupo de turno interpretando su repertorio (en riguroso playback) con el telón de fondo de algún rincón pintoresco de nuestra geografía.

Juan y Junior... en un mundo diferente (1970) responde de pleno a dicha receta: una entrañable postal rebosante de tópicos y motivos gallegos que se filmó en la catedral de Santiago, así como en algunos parajes de la provincia de Pontevedra, entre ellos la playa de la Lanzada, la isla de La Toja o el Pazo de Oca. Y eso a pesar de que cuando se completó su rodaje el dúo ya hacía unos meses que se había separado... Motivo que muy probablemente explique por qué la cinta cayó de inmediato en el olvido más absoluto.



El guion, escrito entre el director Pedro Olea, el inolvidable Juan Antonio Porto y el también cineasta Juan García Atienza, no tiene desperdicio. Todo comienza en un planeta de similares características al nuestro, aunque tecnológicamente más avanzado, cuyo Gran Consejo (una especie de Gobierno Supremo, reunido en sesión plenaria) decide dar el primer paso para la invasión de la Tierra a veinticinco años vista. Algo relativamente factible si se tiene en cuenta que dicha civilización es en todo paralela a la nuestra, hasta el punto de que cada habitante de aquella remota galaxia tiene aquí su réplica exacta. Los primeros embajadores de la Operación Espacio Vital, enviados para suplantar la identidad de sus homólogos terrestres, serán los dobles de Juan y Junior...

Antonio Morales, Junior (1943-2014)

Una vez en Galicia (también los podían haber enviado a Manila, de donde era Junior, pero el presupuesto se disparaba un montón), los alienígenas reemplazarán a la popular pareja como si tal cosa. De hecho, hasta serán capaces de entonar "Anduriña", aquel magnífico single para cuya contraportada el mismísimo Picasso les dedicó un dibujo, sin desentonar un ápice. Incluso se animarán a ofrecer un concierto benéfico que ayude a los estudiantes de quinto de Filosofía a recaudar fondos para su viaje de fin de carrera. Pero ¡ay! Que por allí pulula un tal Federico Souto (Julio Peña), profesor universitario y eminente astrónomo, que es en todo igualito a uno de los mandamases del planeta invasor.

Entre los muchos alicientes de la película, amén de su marcado acento yeyé, conviene destacar el hecho de que la banda sonora contiene temas inéditos, algunos en inglés, compuestos e interpretados especialmente para la ocasión.


domingo, 2 de junio de 2019

El caballero Don Quijote (2002)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 2002, 122 minutos


El caballero Don Quijote (2002) 
de Manuel Gutiérrez Aragón


—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.

Miguel de Cervantes Saavedra
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615)
Capítulo LXXIV

Acaso porque el proyecto tenía que haber sido inicialmente dirigido por Mario Camus, lo cierto es que El caballero Don Quijote, a diferencia de su primera entrega televisiva, deja traslucir una cierta apatía en la puesta en escena. Y es que, ya fallecido Fernando Rey y habiendo cambiado a Alfredo Landa por el más histriónico Carlos Iglesias, en el momento de su estreno dio un poco la impresión de que esta segunda parte llegaba a destiempo.

Juan Luis Galiardo encarnó un hidalgo más bien taciturno, sin que sea posible discernir en qué medida ello es inherente al personaje o hasta qué punto fue el actor quien terminó inoculando su propio carácter al caballero andante. En cualquier caso, hay que decir en favor de Galiardo que al Quijote de 1615 le sienta bien ese toque desencantado, quizá como consecuencia de los muchos palos recibidos en "recompensa" por su afán altruista de desfacer entuertos y liberar princesas cautivas. Tal vez por ello, José Luis Alcaine consideró necesario darle a la dirección de fotografía (por la que acabaría obteniendo el Goya) esa pátina color miel que todo lo impregna, como de puesta de sol, en clara referencia al ocaso, real y metafórico, del protagonista.



De ahí que este Don Quijote, al que derrotarán en las playas de Barcelona y que recobrará la cordura justo antes de fallecer, ya no proyecte con tanta frecuencia sus delirios en el mundo que lo rodea, sino que son sus vecinos —el barbero (Víctor Clavijo), el cura (José Luis Torrijo) y, sobre todo, Sansón Carrasco (Santiago Ramos)— quienes transforman la realidad para él, así como los duques (Joaquín Hinojosa y Emma Suárez), responsables, a su vez, del notable embrollo de la ínsula de Sancho.

Tal y como acontece en el texto original de Cervantes, donde las muchas y variadas aventuras de 1605 contrastan con la pausada reflexión de diez años después, Gutiérrez Aragón (con el auxilio de Félix Murcia en la dirección artística) nos muestra a la singular pareja por caminos polvorientos, con la armadura abollada el uno y cada vez más contagiado el otro de la sinrazón de su amo.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

Hablamos esta noche (1982)




Directora: Pilar Miró
España, 1982, 97 minutos

Hablamos esta noche (1982) de Pilar Miró


Víctor (Víctor Valverde) es, a todas luces, lo que suele llamarse un triunfador: 45 años, seductor, máximo responsable de la central nuclear de Almonacid. Pero la cara opuesta a la de su éxito profesional resulta bastante menos halagüeña: divorciado, su ex mujer (Amparo Soler Leal) le hace saber que Claudio, el hijo adolescente que ambos comparten, es homosexual. Algo que le cuesta digerir, quizá porque la relación con su propio padre (Alfredo Mayo) no fue excesivamente fluida. A lo que cabe añadir el nunca aclarado suicidio de su hermana Charo. Por si fuera poco, su amigo y subordinado Luis María (Daniel Dicenta) le alerta de una peligrosísima falla a causa de una vena líquida en los terrenos donde se ha construido la central, mientras que su relación con Julia (Mercedes Sampietro) hace aguas por todas partes, al tiempo que inicia un romance con Clara (Amparo Muñoz), sobrina de un influyente miembro del consejo de administración y licenciada en Ciencias Físicas que está preparando una tesina sobre energía nuclear.

Hablamos esta noche, coescrita por Pilar Miró junto al uruguayo Antonio Larreta (con quien ya colaborara dos años antes en la escritura de Gary Cooper, que estás en los cielos) y rodeándose de su habitual reparto de actores de confianza, planteaba los temas habituales en la filmografía de la malograda realizadora, especialmente la crisis personal de un individuo que afronta la madurez con más resignación que entusiasmo.

Daniel Dicenta y Víctor Valverde


De hecho, casi podría decirse que la película actúa de reverso de Gary Cooper... (relato de tintes autobiográficos sobre una mujer que opta por enfrentarse ella sola a los retos de la vida) en tanto que ofrece el retrato de un antipático hombre de negocios.

Con todo, y a pesar de la completa instantánea que lleva a cabo de la sociedad española de principios de los ochenta (primeros gobiernos socialistas, boom económico, especulación financiera, cómo la generación que protagonizó el cambio político se ve ahora obligada a replantearse sus viejos ideales o a afrontar prejuicios cuya existencia ignoraban...), ni los diálogos transmiten excesiva naturalidad ni la impresión general de conjunto logra huir del tedioso tono plúmbeo que caracterizó a un determinado tipo de cine español de aquellos años (Garci sería otro ejemplo), tal vez porque, en un momento en el que lo que arrasaba a nivel popular eran las comedias de Pajares y Esteso, se consideraba erróneamente que seriedad o profundidad debían ser sinónimo de aburrimiento.

Víctor Valverde

domingo, 12 de febrero de 2017

El hombre de moda (1980)




Director: Fernando Méndez-Leite
España, 1980, 109 minutos

"A veces me acuerdo de aquellos días. Todavía..."

El hombre de moda (1980)
de Fernando Méndez-Leite


Hará cosa de veinte años (quizá más) enganché una película de madrugada en La 2 de Televisión Española. Y aunque ya estaba comenzada y tampoco la vi terminar, cosa de la que después me arrepentiría, me quedó una honda impresión de cómo el actor principal interpretaba a un profesor de literatura: de hecho no interpretaba, sino que uno asistía a una auténtica clase magistral en la que se hablaba de Torrente Ballester, Italo Calvino, Manuel Puig o Nabokov.

Después, con el tiempo y gracias a internet, descubrí que el filme en cuestión se titulaba El hombre de moda, pero mi búsqueda, en el afán de dar con él, resultó del todo infructuosa. Ahora, al cabo de tanto, he logrado verla por fin y realmente ha valido la pena.

Poco se me da que para muchos sea un experimento fallido: a mí me gusta y con eso basta. En primer lugar, porque refleja lo que es la experiencia docente con un verismo que rara vez se ha visto en pantalla: sin duda, la influencia de Rohmer es notable en esa forma de decir los diálogos o en el tono semidocumental que Fernando Méndez-Leite supo darle a no pocas escenas. En ese sentido, El hombre de moda conecta con otros títulos del cine español de principios de los ochenta como Función de noche (1981) de Josefina Molina o Gary Cooper, que estás en los cielos (1980) de Pilar Miró.

Pedro Liniers (Xabier Elorriaga)

Otro de sus puntos fuertes es el hecho de que se gestó en régimen de cooperativa, con la participación en pequeños papeles de otros cineastas como José Luis Cuerda o Antonio Drove. Por cierto que este último protagoniza una secuencia memorable intentando recrear uno de los momentos estelares de El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, para acabar llegando a la conclusión de que escribir sobre cine no sólo es muy complicado sino que, probablemente, carece del todo de sentido frente al poder de la imagen.

En fin, con su banda sonora a cargo de Luis Eduardo Aute, el eco lejano de las dictaduras argentina y uruguaya a través de los personajes de Marilina Ross y Walter Vidarte, y Xabier Elorriaga en el papel de Pedro Liniers (profesor de COU en un colegio femenino y poseedor de una compleja y agitada vida sentimental, a pesar de lo sarcástico del título), El hombre de moda sigue mereciendo mayor consideración de la que hasta la fecha se le ha venido dando.

Aurora (Marilina Ross)

viernes, 27 de noviembre de 2015

La espada negra (1976)




Director: Francisco Rovira Beleta
España, 1976, 105 minutos

La espada negra (1976) de F. Rovira Beleta

Tanto monta... Últimamente se han puesto de moda series de televisión de temática histórica centradas en personalidades como Santa Teresa de Jesús, Carlos V o Isabel la Católica. El interés por dichas figuras, sin embargo, viene de lejos, pues ya en 1976 Rovira Beleta dirigió una película que nada tiene que envidiar a las producciones hoy emitidas por La 1 de TVE en horario de máxima audiencia.

Nos estamos refiriendo a La espada negra, recreación de las mocedades de los futuros Reyes Católicos según la novela homónima de Carlos Blanco. Rodada en localizaciones de lo más selecto del patrimonio nacional (murallas de Ávila, catedral de Toledo, toros de Guisando...), contó con la participación de notables actores, algunos de la talla de José María Rodero en el papel de pusilánime rey Enrique IV de Castilla, José Bódalo como ambicioso arzobispo que osa tratar condescendientemente a Isabel de hijita o Terele Pávez encarnando a la enajenada madre de ésta. Otros, como José María Pou, llegarían a lo más alto con los años.

La banda sonora corrió a cargo de un habitual de la época: el malogrado compositor argentino Waldo de los Ríos, cuya música, unida a la dirección artística de Gil Parrondo, los efectos de sonido de Luis Castro (sus relinchos son reconocibles a la legua), alguna pincelada erótica y el habitual e inevitable degradado de color que conlleva el paso del tiempo, hacen que la producción tenga un cierto aire a lo Curro Jiménez, serie de la que, por cierto, Rovira Beleta dirigió tres capítulos en ese mismo periodo.

Isabel (Maribel Martín): de campesina a reina de Castilla

Maribel Martín y Juan Ribó encarnaron a la pareja protagonista, dando pie a una trama en la que se mezclan el idilio amoroso de los aún infantes con las intrigas políticas de quienes se disputaban el codiciado trono de lo que un día llegaría a ser España. No faltan, de hecho, algunas proclamas avant la lettre en favor de la pluralidad de los reinos peninsulares, como las que profiere Isabel para justificar su elección y el futuro esplendor de la nación resultante. Los antagonistas, en cambio, ven con recelo su matrimonio con el príncipe aragonés, considerado un enemigo potencial de los intereses de Castilla, y abogarán por la unión de la joven con los pretendientes inglés o portugués. De ella dependerá, por tanto, demostrarles que Fernando es el candidato ideal, misión en la que juega con ventaja por haberse producido el enamoramiento de la pareja antes de que cada uno conociera la verdadera identidad del otro.

El pérfido Marqués de Villena (Carlos Ballesteros,
el primero por la izquierda) y sus acólitos

En ese sentido, La espada negra destaca por el hiperrealismo de algunos elementos, como los brotes demenciales de Isabel de Portugal (Terele Pávez), la autopsia del hermano menor de Isabel o el mostrar a una futura reina como si de una labradora más se tratase. Todo lo cual pone de manifiesto, una vez más, las inquietudes de Rovira Beleta por forjarse un estilo personal como cineasta.

De no haber muerto envenenado, el pequeño Alfonso habría sido rey