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domingo, 16 de marzo de 2025

La conversación (1974)




Título original: The Conversation
Director: Francis Ford Coppola
EE.UU., 1974, 114 minutos

La conversación (1974) de Coppola


El marcado carácter introspectivo de The Conversation (1974) pone de manifiesto que se trata de un thriller de suspense psicológico en torno a temas a priori tan poco glamurosos como la paranoia, el sentimiento de culpa y el aislamiento en el que sistemáticamente vive inmerso su protagonista, interpretado por Gene Hackman en uno de los papeles más memorables de toda su carrera.

Ni que decir tiene que el escándalo del Watergate se adivina como una de las principales fuentes de inspiración en una película cuyo eje central es, precisamente, el espionaje, si bien Coppola, director a la vez que guionista de la cinta, ya tenía escrito el libreto a mediados de los sesenta. Aun así, la obsesión de la que en todo momento hace gala Harry Caul (Hackman) resulta, cuando menos, reveladora del particular ambiente que estaba viviendo la sociedad estadounidense durante aquellos días.



Por otra parte, el hecho de que el susodicho sea, para más inri, un ferviente católico le añade al personaje un elemento todavía más angustiante por lo que tiene de cargo de conciencia el saber que tu trabajo podría repercutir en la muerte de terceros. De ahí que el hombre, pese a la excelente reputación de la que goza entre sus colegas, viva amargado y en estado de continua alerta. Y es que el impacto de la tecnología sobre la privacidad de los otros conlleva dilemas morales que hoy más que nunca mantienen su plena vigencia.

Lo curioso del caso es que Hackman ni siquiera estuviera nominado al Óscar por uno de los papeles de los que particularmente más orgulloso se sentía. O que el propio Coppola, que ya contaba en su haber con el éxito de El padrino (1972) y que aún brillaría a gran altura gracias a Apocalypse Now (1979), considere que ésta es, sin embargo, su película predilecta. Lo cual da una idea de por qué ha terminado convirtiéndose en un valorado filme de culto, objeto recientemente de una minuciosa restauración.



lunes, 26 de septiembre de 2022

Frenético (1988)




Título original: Frantic
Director: Roman Polanski
Francia/EE.UU., 1988, 120 minutos

Frenético (1988) de Roman Polanski


Son muchos los ecos hitchcockianos de una cinta tan sumamente dinámica como Frantic (1988), desde las correrías de los protagonistas sobre los tejados parisinos hasta la utilización de un Macguffin cualquiera con tal de lograr que avance la trama. De la misma forma que, de acuerdo con esos mismos paralelismos, se hace difícil no pensar en el Cary Grant de Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) al contemplar la efigie de Harrison Ford, rebautizado para la ocasión con el irónico apellido de Walker ("andariego"), dispuesto a patearse entera la Ciudad de las Luces en busca de su esposa desaparecida.

No puede negarse que Polanski y su colaborador habitual Gérard Brach (1927–2006) tuvieron en mente al mago del suspense a la hora de escribir el guion de una película tal vez inverosímil, sí, pero capaz de mantener al espectador pegado a su butaca de principio a fin del relato. Porque, por muy descabellado que resulte el argumento, son las propias convenciones del género las que determinan unos hechos que vienen dados por la misma inercia de la historia.



Así pues, ¿cómo no va a ser posible que una jovencita de reputación dudosa, a pesar de las muchas diferencias que la separan del prestigioso cirujano estadounidense, de visita en la capital francesa para asistir a un congreso médico, se vea envuelta en una difusa intriga internacional, con terroristas de por medio, por el simple hecho de haber confundido en el aeropuerto un par de maletas Samsonite idénticas? La actriz que le da vida, por cierto, responde al nombre de Emmanuelle Seigner y, desde entonces en adelante, se convertiría en musa artística y compañera sentimental del cineasta polaco.

Poco más se puede añadir al respecto, si no es para hacer hincapié en la voluntad renovadora de un filme que, manteniendo la esencia de los thrillers clásicos, introduce, sin embargo, elementos rejuvenecedores sabiamente dosificados, como esos locales nocturnos de ambiente posmoderno en los que no para de sonar la música de Grace Jones a todas horas.



domingo, 30 de agosto de 2020

Blade Runner (1982)




Director: Ridley Scott
EE.UU., 1982, 117 minutos

MORE HUMAN THAN HUMAN

Blade Runner (1982) de Ridley Scott

Nunca había sentido esto antes. Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie...

Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Traducción de César Terrón

Más que de una novela, Blade Runner fue la adaptación de una idea. Porque al trasladar a la pantalla el personalísimo universo que Philip K. Dick (1928-1982) forjara en su mente no quedó ni rastro de Iran, la fiel esposa de Deckard, ni de ese sucedáneo de culto religioso llamado mercerismo o de la eterna retransmisión televisiva del Amigo Buster. Tampoco hay codiciadas ovejas o cabras eléctricas, aunque, en su lugar, aparecen serpientes, palomas y hasta unicornios con parecida o, incluso, superior carga simbólica.

Las diferentes versiones que, a lo largo de los años, han ido enriqueciendo el ya de por sí abigarrado acervo visual de uno de los títulos más venerados de la historia del cine no han hecho sino incrementar el mito en torno a la figura del aguerrido cazador de bonificaciones (Harrison Ford) y su lucha sin cuartel contra los temibles replicantes de la serie Nexus-6.



Filme oscuro y críptico donde los haya, Blade Runner inauguraba el género futurista en su vertiente más posmoderna (o, por lo menos, en la definitiva), sentando las bases de posteriores y abrumadores delirios distópicos susceptibles de mil y una interpretaciones. A este respecto, el conmovedor plano inicial de un Los Ángeles convertido en inhóspita megalópolis de rascacielos y llamaradas quedará para los restos como la estampa nada halagüeña de un porvenir que hoy sería para nosotros el pasado (en la novela, la acción transcurre en 1992 y, en el filme, en 2019) siempre susceptible de convertirse en amenazador presente.

Que, como en toda obra maestra que se precie, ha acabado generando su propia leyenda. Aquélla según la cual la mítica escena en la que la luz del iracundo Roy Batty se apaga irremediablemente bajo una lluvia torrencial fue, en realidad, el resultado de una genial improvisación a cargo del desaparecido Rutger Hauer. Bellas y profundas palabras que, lejos de perderse en el tiempo, siguen y seguirán resonando perennemente en el imaginario colectivo de la cinefilia.