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viernes, 26 de noviembre de 2021

Marcelino, pan y vino (1955)




Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1955, 91 minutos

Marcelino, pan y vino (1955) de Ladislao Vajda


Una mañanita, cuando los gallos aún dormían, oyó el hermano portero una especie de llanto al pie de la puerta que estaba sólo entornada. Escuchó mejor y acabó por salir a ver qué era lo que se oía. Allá lejos, por Oriente, parecía querer clarear el día; pero aún era de noche. Anduvo el hermano unos pocos pasos, guiado por aquel soniquete cuando vio algo así como un bulto de ropa que se movía. Se acercó; de allí salían los ruiditos, que no eran otros que los producidos por el llanto de un niño recién nacido que alguien había abandonado hacía unas horas...

José María Sánchez-Silva
Marcelino pan y vino

Película emblemática de toda una época e incluso fenómeno sociológico, Marcelino, pan y vino (1955) carece, sin embargo, de la sincera humildad cristiana presente en Francisco, juglar de Dios (1950) de Rossellini o la hondura espiritual que el danés Carl Theodor Dreyer supo imprimirle a Ordet (1955). No nos engañemos, esto es otra cosa: apenas la cara amable de aquel nacionalcatolicismo de obispos con el brazo en alto y dictador de opereta desfilando bajo palio. Lo cual no es óbice para reconocer la pericia de Vajda en la dirección y puesta en escena, así como la excelente fotografía en blanco y negro de Enrique Guerner.

Por otra parte, el encanto fotogénico del niño Pablito Calvo encarnando a un huérfano vivaracho que vive acogido en un convento de frailes franciscanos daría pie a una corta pero fulgurante carrera como estrella infantil (únicamente equiparable a la de Joselito, otro juguete roto del cine franquista) cuyas dos siguientes entregas, Mi tío Jacinto (1956) y Un ángel pasó por Brooklyn (1957), fueron también dirigidas por el ya mencionado cineasta de origen húngaro.



No cabe duda de que la figura de un tierno rapaz al que las circunstancias sitúan en un contexto eminentemente masculino, exento de experiencia en cambiar pañales, tiene gancho. Buena prueba de ello es el hecho de que, en muy diversas épocas y cinematografías, se haya recurrido a dicho planteamiento, siempre con igual éxito de público. Tal sería el caso, por ejemplo, de la cinta francesa Tres solteros y un biberón (1985) de Coline Serreau, objeto posteriormente de un remake hollywoodense: Tres hombres y un bebé (1987).

De todas formas, es la nota religiosa, culminada con la apoteosis de su correspondiente milagro, la que se acaba imponiendo en el filme que nos ocupa. Adornada, además, con la estructura propia de un cuento, toda vez que el monje al que da vida Fernando Rey recurre a la historia de Marcelino, acaecida poco después de la invasión napoleónica, para consolar a una pobre niña enferma que se ha quedado con sus padres en el pueblo mientras el resto de vecinos se ha ido de romería.



domingo, 25 de julio de 2021

El cebo (1958)




Título original: Es geschah am hellichten Tag
Director: Ladislao Vajda
Suiza/Alemania/España, 1958, 100 minutos

El cebo (1958) de Ladislao Vajda


"Sucedió a plena luz del día", título original en alemán de El cebo (1958), resulta una manera algo más explícita de llamar a una película cuyo argumento gira en torno al asesinato de una niña. El autor del cual, además, queda inmortalizado por la víctima en un dibujo que constituye el único indicio para dar con el culpable. De ahí que el comisario Matthäi (Heinz Rühmann) idee un sofisticado plan consistente en alquilar una modesta gasolinera en el trayecto donde éste y otros crímenes similares se han perpetrado. Y así, y valiéndose como señuelo de la presencia de la hija de su sirvienta (María Rosa Salgado), tomará nota de todos los automóviles que se paran a repostar, con la esperanza de que alguno de ellos corresponda al del homicida.

Basada en la novela Das Versprechen ("La promesa"), del escritor y pintor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921–1990), El cebo posee ese raro encanto naíf de filmes que, como La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), se atreven a mezclar el candor infantil con terribles fechorías. Circunstancia de la que el húngaro Ladislao Vajda supo extraer todo el jugo, quizá porque previamente había dirigido las no menos notables Marcelino, pan y vino (1955), Mi tío Jacinto (1956) y Un ángel pasó por Brooklyn (1957), cintas que, al igual que la que nos ocupa, también sacaban partido de narrar los hechos desde una óptica infantil, si bien, en todas ellas, al servicio de la estrella Pablito Calvo.



En la ardua tarea de reconstruir la personalidad del criminal, Matthäi recurre a los servicios de un amigo psiquiatra cuyo certero análisis desentraña, punto por punto, el carácter de un hombre sin hijos que, fruto de su complejo de inferioridad respecto a la esposa, desarrolla una fuerte aversión hacia el sexo femenino, concretada en ataques violentos contra niñas de corta edad de las que previamente se gana la confianza. En ese sentido, al revelarnos la identidad del infractor mucho antes, incluso, de que ésta sea descubierta por el comisario, la película huye del típico efectismo para centrarse en los pormenores de la investigación.

Ni que decir tiene que la censura franquista suavizó en el doblaje castellano los detalles más escabrosos de la trama, llegando incluso a suprimirse varias escenas de la versión que se exhibió en España (en total, unos diez minutos de metraje respecto a los cien de las copias suizas). En cualquier caso, ese contraste entre el proverbial bienestar de los cantones helvéticos y la ferocidad que se oculta bajo el sosiego de sus boscajes sigue siendo uno de los atractivos principales del filme, como lo demuestran las múltiples adaptaciones (cinematográficas y televisivas) de que ha sido objeto el texto de Dürrenmatt, entre las que cabe destacar la hollywoodense El juramento (The Pledge, 2001), protagonizada por Jack Nicholson bajo la dirección de Sean Penn.



martes, 30 de julio de 2019

La dama de Beirut (1965)




Director: Ladislao Vajda
España/Francia/Italia, 1965, 89 minutos

La dama de Beirut (1965) de Ladislao Vajda


La dama de Beirut, coproducción hispano-franco-italiana rodada en los míticos estudios Balcázar de Barcelona, fue lo que, en el argot cinematográfico de aquel entonces, se solía denominar película para el lucimiento de la actriz protagonista, en este caso una Sara Montiel a las puertas de su decadencia profesional. Aunque si la cinta ha pasado a la historia no lo es tanto por sus dudosos méritos artísticos, sino porque el director Ladislao Vajda, aquel húngaro entrañable que alcanzara la fama una década antes gracias a Marcelino pan y vino (1955), falleció en pleno rodaje a consecuencia de un infarto fulminante.

Circunstancia, esta última, que queda patente por lo apresurado del desenlace o en esos horrendos playback mediante los que la Montiel se marca hasta siete numeritos musicales —algunos de inspiración flamenca; otros, como "Les feuilles mortes", para satisfacer a los socios franceses— que son la verdadera razón de ser del filme. Lo demás, incluido un guion sin pies ni cabeza en el que intervinieron demasiadas manos (entre ellas las de José Antonio de la Loma), es puro relleno.

El doctor Castello (Fernand Gravey) abraza a Isabel Llanos

La cosa va de una cupletista (otro de esos términos arcaizantes o caídos en desuso) que, al aceptar una jugosa oferta de trabajo para convertirse en la estrella de los cabarés de la capital del Líbano (los exteriores, sin embargo, se rodaron en Tánger, que pillaba más cerca y era más barato...), acaba siendo víctima de una peligrosa red de trata de blancas. Suerte que un apuesto galán, primero, y un bondadoso doctor ya entrado en años, que luego resulta ser padre del anterior, se cruzarán en su camino para salvarla, redimirla y llevarse a la moza a París.

No faltarán quienes se pregunten, después de haber visto La dama de Beirut, cuál tuvo que ser el mérito de Sara Montiel para llegar a convertirse en el mito que fue. No obstante, conviene tener en cuenta, al respecto, que juzgar el valor de un artista a toro pasado suele comportar errores de apreciación si únicamente nos guiamos por los gustos actuales: puede que su forma de cantar, actuar o bailar nos parezca pomposa y hasta afectada, pero también hay que considerar que los gustos del público varían y que lo que hoy se nos antoja ridículo, en el marco de una mediocre producción de serie B, en aquella España raquítica y reprimida bien pudo ser recibido como el summum del erotismo.


sábado, 4 de mayo de 2019

Séptima página (1951)




Director: Ladislao Vajda
España, 1951, 74 minutos

Séptima página (1951) de Ladislao Vajda

En una ciudad cualquiera y en el espacio de una breve jornada, unos seres sin más aliento que el de sus propias vidas se salvan o perecen en un mar de pequeñas pasiones. De cerca, todos ellos son protagonistas. Héroes incluso. De lejos, sus fisonomías se borran, sus palabras se apagan y sus historias pierden interés. Son simples comparsas. La vida es demasiado difícil para el que la vive, y demasiado sencilla para el que la contempla...

Texto introductorio
Narrado por Fernando Rey

He aquí lo que suele denominarse una película coral, de marcada estructura circular, con la participación de cuantiosos secundarios (algunos, como Pepe Isbert o Manolo Morán, en fugaces apariciones). Una pluralidad que no se limita únicamente a personajes y actores, sino que sobre todo afecta a la variedad y diversidad de los asuntos que se abordan: números musicales y glamurosas coreografías en locales de baile, planes de boda que se hacen y se deshacen entre familias de alto copete, banqueros con amante, esposas adúlteras, ingenuos estudiantes de medicina, camareros resentidos, serenos con aspiraciones, criadas con cofia, policías afables, reporteros taciturnos, novios juerguistas, sórdidas hospederías, lujosas mansiones, vividores, carteristas y hasta el teatro de marionetas del Retiro.

Su título, Séptima página, alude al lugar habitualmente reservado a la crónica de sucesos y los ecos de sociedad en el diario La jornada, cuya redacción es uno de los espacios en los que se desarrolla la trama. El arranque del filme, en un alarde de maestría, nos muestra al melancólico Méndez (Adriano Domínguez) entrando por la puerta principal: al fondo, un reloj marca la medianoche (momento de máximo trajín antes del cierre de la edición); el hombre se detiene tras un periodista que, absorto en su tarea, escribe frenéticamente a máquina y Méndez introduce la mano en el bolsillo de la americana del otro, de donde extrae un paquete de cigarrillos. Por la naturalidad y presteza con la que actúa se pueden deducir dos cosas: que Méndez es un consumado gorrón (más adelante, un compañero bromeará sobre su costumbre de irse sin pagar el café) y que dicha circunstancia se repite con bastante frecuencia (de ahí que el afectado ni se inmute). El guiño se cerrará, ya al borde del desenlace, cuando Méndez pretenda de nuevo fumar gratis y encuentre el bolsillo vacío... porque el otro tipo —suponemos que harto, pero igualmente impertérrito— ha cambiado el tabaco de sitio...

Maruja (Anita Dayna)

Y es que, pese al desconsuelo que aflige a buena parte de los protagonistas, Séptima página contiene un raro sentido del humor. Particularmente ingeniosos son los diálogos, escritos por Ángel Gamón y José Santugini. Como cuando el avispado Dieguito (Raúl Cancio) se apresura a dar la buena nueva a Fernando (Rafael Arcos) y a su padre (Manuel Arbó) de que ha solucionado lo de las nupcias de aquél con Isabelita:

DIEGUITO: Ea, ya está. ¡Vini, vidi, vinci! 
FERNANDO: ¿Y qué es eso? 
DIEGUITO: Latín. 

También tiene guasa la obsesión del sereno convaleciente (un bigotudo Manolo Morán) por salir en los papeles y el fervor novelesco que le añade a su relato. O la escena, digna de un Jardiel o de un Mihura, en la que Pepe Isbert les vende un bolso a Leonor (María Asquerino) y a Paco (Alfredo Mayo):

VENDEDOR: Vea éste. 
LEONOR: ¿Cocodrilo también? 
VENDEDOR: Mejor aún: imitación. Una imitación auténtica. 
LEONOR: ¿Y dice usted que es mejor?
VENDEDOR: Sí, señora. A pesar de lo cual, cuesta lo mismo que este otro que es cocodrilo legítimo. 
PACO: Pues no lo comprendo. 
VENDEDOR: Tenga en cuenta que la mano de obra ha subido muchísimo. Que las imitaciones hay que hacerlas y los cocodrilos están hechos. Es más fácil cazar cocodrilos que fabricarlos. 
PACO: Como que los cocodrilos no se fabrican. 
VENDEDOR: Ahora sí. Vea éste: de antes de la guerra. 
LEONOR: ¿El modelo?
VENDEDOR: El cocodrilo. Por ser para usted, 2500 pesetas. 
PACO: ¿Y por ser para mí, que es el que va a pagar? 
VENDEDOR: Lo mismo. ¡Un bolso para toda la vida!
LEONOR: Sería demasiado. 
PACO: Nos quedaremos con éste, aunque sea de cocodrilo legítimo. 
LEONOR: Pero es muy caro.
VENDEDOR: Bien. Lo pondré en una cajita. 
LEONOR: No, no hace falta: lo llevaré así mismo.
VENDEDOR: Como quiera, señora. Gracias.

Sin embargo, el mayor interés que hoy pueda conservar Séptima página no proviene tanto de sus réplicas brillantes o de una débil trama policíaca, sino de todo ese submundo que Vajda se atreve a mostrar, de habitaciones realquiladas cuya cochambre salta enseguida a la vista, pobres diablos que viven de pegar el sablazo, potentados en bancarrota y querida con piso puesto en la Avenida de las Acacias. Todo un microcosmos, aderezado con la banda sonora del malogrado Jesús García Leoz (1904–1953) y la fotografía de Willy Goldberger (1898–1965), que el cinéfilo observador tendrá ocasión de advertir, perfectamente consignado, en las columnas del diario que Méndez y la telefonista (Carlota Bilbao) hojean en la última escena, mientras él concluye diciendo: "¡Bah! ¡Lo de todos los días!"

Alfredo Mayo (derecha) junto a una talla africana

sábado, 12 de mayo de 2018

Aventuras del barbero de Sevilla (1954)




Director: Ladislao Vajda
España/Francia, 1954, 89 minutos



¡Ay, barbero, barbero, barbero...!
Fígaro me puso un Monsieur no sé qué... 
Y al nacer un primero de enero 
mi padrino quiso ponerme Manuel.

Retomando el espíritu de las coproducciones hispanoalemanas de los años treinta, en Aventuras del barbero de Sevilla el productor Benito Perojo quiso llevar a cabo una comedia musical cuyo pintoresquismo estuviese por encima de la acción y los diálogos. A tal efecto, el guionista Jesús María de Arozamena (a la sazón en los inicios de su carrera: ésta fue su tercera película) concibió un batiburrillo de tópicos de inspiración dieciochesca hecho a medida del cantante Luis Mariano.

Este último, nacido en Irún y naturalizado francés tras la guerra civil, volvía a trabajar con el compositor Francis López, con quien formó un exitoso tándem a lo largo de su carrera. Y para acentuar el elemento folclórico de lo que estaba llamado a ser una superproducción Cifesa, el protagonismo femenino recayó sobre Lolita Sevilla, que venía de participar, un año antes, en la mítica ¡Bienvenido, Míster Marshall!



Decir que los decorados fueron obra del siempre excelente Burmann no hace sino añadirle interés a un filme en el que lo trivial del tema contrasta vivamente con la calidad de los profesionales del apartado técnico que en él trabajaron y de las estrellas de su reparto.

Por último, el director Ladislao Vajda supo darle al conjunto ese toque cosmopolita tan habitual en su filmografía, subrayado esta vez por el hecho de que la acción se traslada momentáneamente a Puerto Rico, donde un grupo de bandoleros redime su condena luchando contra los ingleses. Se trata, en general, de situaciones que tienen su origen en el wéstern hollywoodense (el asalto a la diligencia, la toma del fuerte o presidio...), pero que, debidamente adaptadas al imaginario local, harían fortuna hasta desembocar, ya a mediados de los setenta y en el medio televisivo, en productos de consumo masivo como la serie Curro Jiménez.


martes, 5 de septiembre de 2017

Un ángel pasó por Brooklyn (1957)




Título italiano: Un angelo è sceso a Brooklyn
Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1957, 87 minutos

Un ángel pasó por Brooklyn (1957) de Ladislao Vajda


Pretendo con estos escritos reunir para ti, lector, algunos cuentos en prosa milesia. Si te avienes a leer este papiro escrito con fina caña del Nilo, seduciré tus benévolos oídos con una divertida narración, y quedarás admirado con la sucesión de situaciones de unos hombres que cambian de forma y condición, para recuperar nuevamente su primitiva imagen, según les interesa.

Apuleyo
El asno de oro
(Traducción de José María Royo)

Si alguien se decidiese a llevar a cabo un análisis minucioso del filme que ahora nos ocupa tendría ocasión de hallar en su guion trazas de fuentes clásicas tan evidentes como innegables. Lo cual constituye una sorpresa relativa, teniendo en cuenta que cualquier ciudadano medianamente cultivado de la Italia de los años cincuenta había estudiado indefectiblemente a los autores latinos. De modo que los Alessi, Guerra, Rondi y demás responsables de esbozar el argumento de Un ángel pasó por Brooklyn conocían al dedillo las vicisitudes del joven Lucio, protagonista de El asno de oro de Apuleyo de Madaura (narrador africano del siglo II de nuestra era), como se desprende de las no pocas semejanzas entre ambas obras.

Para empezar, y la más obvia, la repentina metamorfosis en perro del abogado Bossi (Peter Ustinov), probablemente inspirada en la de Lucio en borrico. De hecho, hay un momento en el que el huraño letrado hace referencia a la fábula "del burro y la cigarra". Y, por más que su ayudante le corrige, recordándole que el oponente del canoro insecto del cuento era una hormiga y no un rucio, él se mantiene en sus trece, lo que podría considerarse casi como un guiño.



Luego la base de la trama procede de Apuleyo, aunque la acción se sitúa en un Brooklyn recreado en los madrileños Estudios Chamartín. Estamos en la little Italy de los humildes inmigrantes que llegaron al Nuevo Mundo en pos del sueño americano. Y Bossi, hombre adusto y sin escrúpulos, se dedica a hostigar a unos acreedores que difícilmente podrán abonar las cantidades adeudadas. Pero la gota que hará colmar el vaso se produce cuando rechaza con aspavientos a una desvalida viejecilla que va vendiendo cuentos (milesios o no) por las casas. Ella, como la Circe homérica, le echará la maldición que lo reduce a modesta condición perruna hasta que demuestre que es capaz de amar y ser amado.

Algo que, con Pablito Calvo en el reparto, tiene fácil solución, pues Filipo y el mastín picapleitos harán tan buenas migas que el segundo queda finalmente redimido de su penitencia canina mientras que el niño ve colmados sus deseos de paladear las apetitosas magdalenas bañadas en chocolate que durante tanto tiempo ansió desde la vitrina de una pastelería del barrio.


sábado, 18 de febrero de 2017

Mi tío Jacinto (1956)




Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1956, 87 minutos

Mi tío Jacinto (1956) de Ladislao Vajda


Se ha comparado muy a menudo el ambiente de miseria reflejado en Mi tío Jacinto con el neorrealismo italiano y, aunque no sea exactamente lo mismo, sí que es cierto que hay más de una semejanza. Para empezar, porque la pareja formada por Antonio Vico (Jacinto) y Pablito Calvo (Pepote) es idéntica a la que ocho años antes habían encarnado los italianos Lamberto Maggiorani y Enzo Staiola en Ladrón de bicicletas.

Con todo, no fue ése el único referente del que se sirvió el húngaro Ladislao Vajda: también es fácil acordarse de Chaplin y Jackie Coogan en El chico (The Kid, 1921), por no hablar del parecido físico entre Antonio Vico y Buster Keaton, aunque esto último pueda ser más casual. De todos modos, de lo que se trataba era de explotar el filón del éxito comercial que previamente había tenido Marcelino pan y vino, otra coproducción hispanoitaliana con Vajda a la cabeza y protagonizada igualmente por el mismo niño con cara de querubín.



Entroncando con la más pura tradición picaresca, de tipos que sobreviven como pueden en el Rastro madrileño, aunque sea recogiendo colillas, hay en Mi tío Jacinto no pocos momentos estelares. Uno de ellos es el interrogatorio en comisaría, donde, al mismo tiempo que se les toma declaración a los implicados en la compraventa de relojes de dudosa procedencia, el comisario y sus subordinados van redactando en paralelo un escrito de queja dirigido a sus superiores para trasladarles su malestar por el lamentable estado en el que se encuentran las dependencias policiales. Otro es, qué duda cabe, la escena en la que de repente se pone a llover durante la corrida de toros y Tip evita que se le moje el traje de luces a Jacinto: ese paraguas es el mismo con el que el torero había tachado antes su nombre del cartel de la charlotada y con el que dará una última estocada sobre un árbol al acabar la película.



Faltaría, para terminar, un breve recuerdo de otros títulos en los que se note que haya influido éste. El caso más evidente sería, tal vez, el de El monosabio (1978) de Ray Rivas, en el que el Juanito que interpreta José Luis López Vázquez también hará lo imposible para reunir el dinero que le permita ver cumplido su sueño de torear en una novillada. Menos patético, pero igualmente marcado por la picaresca, es el caso del joven Juan interpretado por Óscar Cruz en Los golfos (1960) de Carlos Saura: de nuevo una historia de sacrificio y astucia para sufragar un debut taurino que el destino se empeña, sin embargo, en hacer fracasar.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Carne de horca (1953)




Director: Ladislao Vajda
España/Italia, 1953, 84 minutos

Carne de horca (1953) de L. Vajda


La coproducción hispanoitaliana Carne de horca (1953) responde a un curioso subgénero que se ensayó con desigual fortuna desde finales de los años cuarenta: el wéstern de bandoleros. Tomando de aquí y de allá elementos propios del imaginario folclórico local y de las películas del oeste, se trataba de dar con una fórmula capaz de aclimatar al cine español una de las variedades típicamente hollywoodienses (una década antes del desembarco spaghetti en Almería, se entiende).

Entre los primeros intentos se encontraba La duquesa de Benamejí (1949) de Luis Lucia, a partir de la obra homónima de los Machado y que ya comentamos hace unos meses. En Carne de horca, sin embargo, el húngaro Ladislao Vajda fue aún más allá. Para empezar, porque el título sonaba más a western (de hecho, en 1973 se rodaría en Méjico otra película con el mismo nombre). Pero, sobre todo, por el tratamiento que se le dio a la música de la banda sonora, a cargo de José Muñoz Molleda, poseedora de una sonoridad y un poder evocador bastante a la par de las grandes producciones americanas. Hasta el tipo de letra elegido para los títulos de crédito recordaba a las mismas. Sólo faltaba, para acabar de redondear la faena, saber extraer el máximo partido a la espectacularidad natural de la Serranía de Ronda, con unos escarpados despeñaderos que poco tenían que envidiar a la vistosidad del Monument Valley.



Así pues, en Carne de horca hay tiros, hay estampidas y persecuciones a caballo, pero también había cortijos, números de cante y baile flamenco en las escenas iniciales, con lo que las posibilidades de agradar a una mayor cantidad de público se multiplicaban por mucho. Otro de sus aciertos, ya desde el punto de vista narrativo, era el hecho de utilizar un romance de ciego como hilo conductor de la historia. Primero a través del típico coplista ambulante que acompaña su canto con aleluyas (lo que vendría a ser un auca, en catalán) y después mediante la dulce voz de María Dolores Pradera.



Dulce voz... para una leyenda amarga: "La verdadera historia del Lucero". Porque, por más que se insista en presentarlo como al Robin Hood de la sierra, desde un buen principio se masca la tragedia en la villa de Zahara. Además, Lucero (Fosco Giachetti) tiene su contrapunto en el Chiclanero (José Nieto), malcarado y desleal, y que terminará protagonizando una reyerta de facas con Juan Pablo. Aunque, si bien se mira, ¿podían acabar de otra forma, titulándose la película Carne de horca? Pues sí: a cuchilladas o a trabucazos, porque sólo el penúltimo plano nos desvelará a quién estaba realmente destinada la soga...

El italiano Rossano Brazzi interpreta a Juan Pablo de Osuna, joven señorito de vida disipada que se jugará a las cartas la hacienda paterna para terminar infiltrado en una partida de bandoleros: le mueve el afán de venganza. Su amada Consuelo (Emma Penella) tiene en común con él que también desobedecerá a su padre (Félix Dafauce), aunque por motivos bien distintos: si la muchacha se casa, el progenitor perderá la administración de su herencia, con lo que éste no parece muy dispuesto a permitir la unión de los jóvenes (al margen de que se halla complicado en una trama de asalto a diligencias).

Emma Penella en el papel de Consuelo

Premio Murano en Venecia y Concha de plata en San Sebastián, el guion de José Santugini y, sobre todo, la dirección de Ladislao Vajda mantienen un vigor y una frescura nada desdeñables al cabo de los años.

sábado, 21 de mayo de 2016

Doña Francisquita (1952)









Director: Ladislao Vajda
España, 1952, 79 minutos

¡La juventud triunfa!



Un director húngaro (Ladislao Vajda), una actriz argentina (Mirtha Legrand) y un galán mejicano de origen puertoriqueño (Armando Calvo) al frente de la adaptación cinematográfica de una zarzuela genuinamente española. Filmada en delicioso Cinefotocolor, esta versión de Doña Francisquita destaca por la exquisitez de la fotografía de Antonio L. Ballesteros, que recuerda, por la textura de su plasticidad, a la pintura decimonónica. Igualmente notables son los decorados de Sigfrido Burmann, así como el elegante vestuario diseñado para la ocasión por Emilio Burgos y confeccionado en los talleres de Cornejo. Producida bajo la cuidadosa égida de Benito Perojo, hasta el más mínimo detalle en esta película destaca por su delicadeza. 

Y, sin embargo, la versión que se lleva a cabo a partir del libreto y partitura originales de Amadeu Vives, Fernández-Shaw y Romero Sarachaga (quienes, a su vez, se habían inspirado en La discreta enamorada de Lope de Vega) es del todo libérrima. En realidad, los protagonistas de esta historia son perfectamente conscientes de que sus destinos corren paralelos a los de los personajes de la zarzuela y, de hecho, las alusiones a la misma serán constantes a lo largo del filme. Así las cosas, se acaba dando lugar a un curioso anacronismo, toda vez que la obra musical se estrenó en 1923, con lo cual es absolutamente inverosímil que pudiera ser conocida en pleno siglo XIX...

Aparte de los ya mencionados Legrand (Francisquita) y Calvo (Fernando), vale la pena destacar a los secundarios del elenco: Antonio Casal (el leal Cardona), Manolo Morán (sufrido agente de la irascible Aurora, una Emma Penella más bella que nunca en su papel de diva) o la oronda Julia Lajos como madre de la protagonista y propietaria de la pastelería "El buen gusto", cuyo crédulo empleado en interpretado por Antonio Riquelme. Aunque el más entrañable de todos es, sin lugar a dudas, Pepe Isbert encarnando al maestro de canto Lambertini. Hombre: no es que sea Fortunio Bonanova en Ciudadano Kane, pero aun así cumple su cometido con innegable efectividad.

De todos modos, la impresión de conjunto que queda tras el visionado de Doña Francisquita resulta igualmente impecable, cercana en algunos casos a los musicales americanos de los cincuenta o incluso (en el caso de las escenas carnavalescas) a los de Michael Powell y Emeric Pressburger, como lo atestigua la nominación que recibió la labor de Vajda en la edición del Festival de Cannes de 1953.

lunes, 29 de febrero de 2016

Tarde de toros (1956)




Director: Ladislao Vajda
España, 1956, 75 minutos

Tarde de toros (1956) de Ladislao Vajda


Fueron habituales en el cine español de los cincuenta y sesenta las películas que intentaban aprovechar el tirón mediático de futbolistas, cantantes y toreros. Once pares de botas (Francisco Rovira Beleta, 1954), Los ases buscan la paz (Arturo Ruiz Castillo, 1955), los musicales protagonizados por Raphael, Aprendiendo a morir (Pedro Lazaga, 1962) o Chantaje a un torero (Rafael Gil, 1963) son solo algunos de los respectivos ejemplos que podrían citarse y a los que cabe añadir la producción que a continuación comentamos.

Tal y como se sugiere ya desde el título, el filme del húngaro Ladislao Vajda cuenta una historia que se desarrolla a lo largo de una tarde de toros. Filmado en gran medida en la plaza de Las Ventas de Madrid, con interiores rodados en los Estudios Chamartín, es un ejemplo interesante de lo que en su día supuso la fiesta nacional como entretenimiento popular durante el régimen franquista (aunque, como la película deja entrever, empezaba ya entonces a perder terreno frente al fútbol).

El cartel, "con seis hermosos toros de Antonio Pérez de San Fernando", contiene los nombres de tres célebres matadores cuyos destinos formarán el núcleo de la trama: Ricardo Puente (interpretado por Domingo Ortega) es el veterano altivo de arrogancia proporcional a su talento. En segunda posición le sigue el simpático Juan Carmona (Antonio Bienvenida). Dotado suficientemente para competir con Puente y atraer todavía la atención de los jóvenes promotores, Carmona sabe que una actuación destacada le supondrá un contrato muy lucrativo para ir a torear a Venezuela de cara al próximo invierno. Luis Montes, el tercer matador, tomará la alternativa hoy y así se convertirá en un torero con todas las de la ley si no le traicionan los nervios. Interpretado por Jesús Tordesillas, representa al héroe joven, alto y con apariencia de galán. Desde las gradas siguen sus evoluciones su padre, quien también fue torero, y la bella Ana María (Encarnita Fuentes), hermana de Carmona y locamente enamorada de él.

Antonio Bienvenida (Carmona) y Domingo Ortega (Puente)

Al mismo tiempo que los matadores se disputan la gloria en el coso, una subtrama muestra las andanzas de Manolo (Jorge Vico), un "niño" de la calle que, como tantos otros jóvenes extremadamente pobres, sabe utilizar su determinación y astucia innata para colarse en la plaza sin billete. Al igual que Montes, aspira a entrar en el círculo de los elegidos de la tauromaquia y, para ello, no duda en pedirle una oportunidad al orondo don César (Juan Calvo), quien lo rechaza airadamente. Así que se lía la manta (y el capote) a la cabeza y salta al ruedo como espontáneo, a la espera de llegar a lo más alto del toreo. Por su arrojo, los espectadores le aplaudirán cuando se enfrente valientemente a la bestia, pero las cosas toman un giro horrible al ser embestido por el toro.

Manolo (Jorge Vico) en el quirófano

Aunque también hay tiempo de recrearse mostrando la ignorancia de los extranjeros que acuden a la corrida. Así pues, los turistas franceses accederán al recinto cantando la marcha de la ópera Carmen de Bizet. O aquella bobalicona actriz rubia francesa que es honrada con el capote de Carmona y que no para de hacer preguntas tontas sobre todo cuanto acontece frente a ella. Otro de los momentos cómicos es el del niño cuyo padre lo ha llevado a Las Ventas para educarlo en la tauromaquia, pero que prefiere, en cambio, el fútbol, quizá debido a que la pelota estaba empezando a eclipsar a los toros como pasatiempo nacional.

Las actrices Jacqueline Pierreux y Tony Soler

El tono general de Tarde de toros es más bien el de un reportaje o documental cuidadosamente filmado en tecnicolor, si bien algunas de las tomas son, evidentemente, insertos de estudio (por ejemplo, el sonriente primer plano de Carmona, cosechando aplausos), aunque las escenas de lidia se corresponden perfectamente con los planos de los actores, y todo el conjunto forma un relato muy transparente. La vida y la muerte se dan la mano en el guion de Manuel Tamayo, Julio Coll y José Santugini, y se compensan con suma habilidad. Hay también, por otra parte, un equilibrio en los travelines temáticamente opuestos a lo largo de la barrera del público, mostrando primero la antipatía de la multitud hacia Montes y, más tarde, el cálido reconocimiento que le rinden a su triunfo con el segundo toro.

Con todo, y a pesar de contar con un notable reparto de secundarios (entre ellos María Asquerino, Pepe Isbert, Manolo Morán o Tip y Top en el papel de entusiastas espectadores) la película se resiente del hecho de que la parte testimonial acaba pesando sobre la trama de ficción, que da la sensación de terminar convirtiéndose en un engorro superficial y mal resuelto. Quizá por ello, el que se pretendiera presentar el filme como candidato a los Óscar de Hollywood en representación de España no tuvo mayor trascendencia.