Director: Christopher Nolan
EE.UU., 2000, 113 minutos
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| Memento (2000) de Christopher Nolan |
El caso de Memento (2000) y otros filmes por el estilo viene ya de antiguo: la película-reto cuyo desarrollo narrativo se pierde en una estructura endiabladamente laberíntica que dificulta su comprensión hasta el extremo de hacerla casi ininteligible. Peculiar categoría en la que se enmarcan, por ejemplo, títulos clásicos como Retorno al pasado (Out of the Past, 1947) de Tourneur o El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) de Hawks. Curiosamente, muchas de estas producciones pertenecen al género noir, quizá porque la confusión casa bien con los tejemanejes que se suelen cocer en los bajos fondos.
El puzle que propone Christopher Nolan consta de, por lo menos, dos tramas principales: una en blanco y negro, con el protagonista hablando por teléfono, que sigue el orden lineal de los hechos y otra, en color, que obedece a un montaje invertido de los acontecimientos más recientes que han conducido al propio Leonard (Guy Pearce) hasta el callejón sin salida en el que se encuentra. A su vez, un par de subtramas menores vendrían a añadirse a las anteriores: por una parte, la que expone la historia de Sammy Jankis (Stephen Tobolowsky) y, por otra, la que detalla el asesinato de la esposa de Leonard, circunstancia, esta última, que convierte a Memento en la crónica de una venganza sin cuartel.
Dada la particular amnesia que padece Leonard, y que le impide recordar las cosas más allá de quince minutos, serán de gran ayuda para este antiguo agente de seguros los tatuajes que recubren la piel de su cuerpo con mensajes crípticos y advertencias de todo tipo, así como las instantáneas tomadas con una cámara Polaroid y en cuyos pie y reverso anota de quién debe o no desconfiar.
Más que por lo que cuenta, Memento constituye un brillante ejercicio estilístico en el que lo principal es la manera de presentar lo sucedido. Así pues, resultarán de vital importancia las repeticiones que, cada tanto y al final de los flashes, permitan al espectador ir reconstruyendo y ordenando mentalmente lo que ha ocurrido. Por supuesto, ello no significa que sea posible deducir todos y cada uno de los detalles de la intriga, hasta el punto de que algunos de ellos, como la tan comentada posibilidad de que Sammy y Leonard Selby sean, en realidad, la misma persona, quedan envueltos en ese halo de misterio que ha acabado convirtiendo a la película en un auténtico título de culto.


