miércoles, 31 de agosto de 2016

¡Viva la clase media! (1980)












Director: José María González Sinde
España, 1980, 100 minutos



Dentro del cine político de la Transición, ¡Viva la clase media! pretendía dejar constancia de la modesta labor de quienes, en la década de los sesenta, lucharon contra el franquismo desde la clandestinidad, a menudo sin llevar a cabo otras acciones que fuesen más allá de lanzar octavillas. Expuestos a ser detenidos en cualquier momento, aunque no siempre valorados en su justa medida por los cuadros dirigentes del PC, los jóvenes del sector mixto se ven atrapados, además, en las contradicciones propias de la clase social a la que pertenecen, ya que casarse, formar una familia, pagar las letras del televisor y del Seiscientos son considerados "pecados" pequeñoburgueses fruto de la alienación capitalista y difícilmente compatibles con la disciplina de partido.

En ese orden de cosas, tanto Spencer (Emilio Gutiérrez Caba) como Vladimiro (José Luis Garci) no dejan de ser un par de chicos de buena familia, el uno melómano y el otro cinéfilo, que se meten en política en busca de aventuras, pero a los que aburre soberanamente la lectura de Marx y Lenin. Es, al respecto, muy sintomática la escena en la que el jefe de su célula (haciendo ver que rellenan una quiniela cada vez que se acerca el camarero) alecciona a los jóvenes en un café, leyéndoles fragmentos escritos por el padre de la Revolución rusa que ellos a duras penas son capaces de seguir. Y, sin embargo, se involucrarán en la lucha hasta las últimas consecuencias, pagando un precio enorme por ello.

De todas formas, el triste destino que corren los personajes contrasta vivamente con la música festiva de Federico Chueca que se utiliza como banda sonora tanto en los títulos de crédito iniciales como en los finales. Sólo "El cant dels ocells" nos da la justa medida de su sufrimiento.

En cuanto al reparto de ¡Viva la clase media!, éste nos deja alguna que otra sorpresa, como ver actuar a Garci (no muy convincentemente, la verdad) o que los hermanos Gutiérrez Caba, Emilio e Irene, interpreten el papel de madre e hijo.

martes, 30 de agosto de 2016

Usted puede ser un asesino (1961)












Director: José María Forqué
España, 1961, 96 minutos



A pesar de sus exteriores rodados en París y del apellido francés de los protagonistas, Usted puede ser un asesino (1961) es una película bastante española. De entrada porque, para evitar problemas con la censura, los productores decidieron situar la historia en el país vecino, más propenso (según los prejuicios de la moral franquista) a este tipo de frivolidades. Y en segundo lugar debido a ese gusto por trivializar lo macabro tan propio de la cultura hispánica. Propio, pero no exclusivo: ¿o acaso alguien no recuerda comedias como Arsénico por compasión (Frank Capra, 1944) o la más reciente Este muerto está muy vivo (Weekend at Bernie's, dirigida en 1989 por el canadiense Ted Kotcheff)?

También es un filme bastante teatral y no sólo por tratarse de la adaptación de una célebre comedia de Alfonso Paso sino sobre todo por su puesta en escena, tendente a situar la acción en espacios cerrados como el apartamento de los Adelbert.

Debió ser considerable el éxito de la propuesta ya que apenas un año más tarde se estrenaba otra cinta española de similar planteamiento: ¿Dónde pongo este muerto?, dirigida por Pedro Luis Ramírez y escrita en colaboración con José Luis Colina y Manuel Ruiz Castillo para lucimiento de Gila y Fernando Fernán Gómez.

En todo caso, la película de José María Forqué es en realidad una sátira del matrimonio como institución pequeñoburguesa altamente perversa. Bajo ese prisma, las parejas protagonistas, interpretadas por Alberto Closas-Amparo Soler Leal y José Luis López Vázquez-Julia Gutiérrez Caba, actúan con la única intención de desembarazarse del yugo conyugal. En ese sentido, tanto la escena de los maniquíes como la llegada a última hora de la pareja de señoritas de vida alegre que debía entretener a Simón y Enrique no harán sino añadir más leña a un fuego ya de por sí bastante voraz.


lunes, 29 de agosto de 2016

¡A mí no me mire usted! (1941)












Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1941, 75 minutos



Lo mínimo que se puede decir de ¡A mí no me mire usted! (1941) es que se trata de una película cuando menos estrambótica: que un maestro de escuela rural hipnotice a sus alumnos en su afán por hacerles aprender la lección para, más tarde, dar el salto a Estados Unidos e intentar rentabilizar allí, previo cobro de una herencia, su extraña habilidad, no es, digamos, un argumento usual en el cine español de los años cuarenta. Sin embargo, vale la pena destacar el influjo que tendría dicho título en producciones nacionales posteriores.

Por una parte, ¿qué decir del recibimiento que le dispensan al bueno de don Anselmo Carranque sus antiguos vecinos de la villa castellana de Luján a su regreso de América? Pues que se hace inevitable pensar en Bienvenido Mister Marshall (Luis García Berlanga, 1953). ¿Y ese sonsonete con el que los colegiales recitan los temas de geografía, aritmética o historia que el profesor acierta a poner en sus bocas con tan sólo aguzar la vista? Por el tono general disparatado y casi surrealista a uno se le viene enseguida a las mientes el pueblo en el que, décadas más tarde, se situaría la acción de Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

Claro que también es fácil rastrear en qué debería estar pensando Sáenz de Heredia al escribir el guion: ¿tal vez en parodiar cintas clásicas del expresionismo alemán como El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920) o la serie sobre el doctor Mabuse de Fritz Lang (1922-1933)? Porque no cabe duda de que los ojos saltones de Valeriano León bien podrían considerarse el reverso bufo de dicha tradición.



En algún momento puede incluso parecer que hay lugar para la crítica social. Baste ver, si no, las palabras de la joven maestra Matilde Castro (Rosita Yarza): "En vez de preocuparse de reformar el casino, [el alcalde] debiera preocuparse de esto. Da pena ver que a estas criaturas les falta todo lo indispensable para aprender de verdad. El sueño de mi vida es tener algún día el dinero suficiente para coger todo esto, quemarlo, y decirle a mis pequeños: ¿Qué queréis, qué necesitáis? ¿Clases calientes y acogedoras? ¿Jardines y césped repletos de juegos? ¿Piscinas, gimnasios? Pues ahí lo tenéis. Porque yo lo tengo, y yo me gozo en daros lo que es vuestro".

En todo caso, de lo que no cabe la menor duda es de que el dúo que forman Anselmo y Viriato (interpretado por Fernando Freyre de Andrade, indispensable actor de reparto del cine cómico de los cuarenta) demuestra poseer en ¡A mí no me mire usted! una considerable vis histriónica, ligada en ambos casos a un físico bastante peculiar.


Pastel de pera con lavanda (2015)











Título original: Le goût des merveilles
Director: Éric Besnard
Francia, 2015, 100 minutos

Pastel de pera con lavanda (2015) de Éric Besnard

Las merveilles a las que alude el título original de este Pastel de pera con lavanda son una especie de torta frita azucarada que la protagonista Louise Legrand (Virgine Efira) prepara, precisamente, a las mil maravillas (y nunca mejor dicho). En su amor por sacar adelante la granja y, sobre todo, la parcela de perales que su difunto esposo les legara a ella y a sus dos hijos se encuentra la esencia de esta comedia romántica francesa.

En dicho espíritu de supervivencia y en la relación que se establece entre Louise y Pierre (Benjamin Lavernhe), a partir del momento en el que él se cruza en su camino (literalmente, puesto que es atropellado). Sin embargo, enseguida se hará evidente que Pierre padece algún tipo de trastorno del espectro autista, sugiriéndose incluso en algún momento el síndrome de Asperger. De ahí que haya hiperdesarrollado una extrema obsesión por el orden, lo cual, unido a su notable capacidad matemática, arroja una peculiar personalidad capaz de convertirlo en un temible hacker o en un tierno y leal compañero.



Pero lo cierto es que tanto Emma (Lucie Fagedet) como Félix (Léo Lorléac'h), los hijos de Louise, acabarán por adorar a Pierre, el cual terminará asimismo ocupando un lugar importantísimo en la vida de la madre.

De un modo similar a lo que sucedía en películas ya clásicas como Rain Man (Barry Levinson, 1988) o Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Le goût des merveilles nos permite adentrarnos en el interior de una mente de lo más genuino, haciéndonos ver el lado entrañable de realidades que a menudo topan con la incomprensión ajena. En ese sentido, son destacables los personajes interpretados por la israelí Hiam Abbass y por Laurent Bateau. La primera encarna a la doctora Mélanie Ferenza, la encargada de certificar que Pierre ni supone ni corre ningún peligro. El segundo es Paul, teóricamente amigo de la familia, pero que se granjeará la ojeriza de los chicos al representar los valores opuestos a la sensibilidad de Pierre.

No cabe duda, al respecto, de que estamos ante un filme ("un cuento de hadas real", como se afirma en los títulos de crédito finales) con tendencia a idealizar una serie de realidades a menudo no tan cautivadoras como aquí se pintan. Pero precisamente por ello hay que valorar en su justa medida el esfuerzo que ha hecho Éric Besnard, autor también del guion, por humanizarlas.


domingo, 28 de agosto de 2016

Días del cielo (1978)











Título original: Days of Heaven
Director: Terrence Malick
EE.UU., 1978, 94 minutos

Días del cielo (1978) de Terrence Malick

Se hace difícil ver esa mansión victoriana en mitad de la nada y no pensar en Gigante, el clásico que dirigiera George Stevens en 1956. La diferencia es que en Días del cielo no hay petróleo sino campos de trigo, plagas de langosta y pasiones encontradas. Y también una dirección de fotografía monumental a cargo de Néstor Almendros que mereció el Óscar.



Como es habitual en la cinematografía de Malick, lo de menos son los diálogos: lo verdaderamente importante es la magnificencia de la naturaleza y cómo los personajes parecen conectar de algún modo con el cosmos. Suena pretencioso, pero es que el cine de Terrence Malick lo es, para bien o para mal: sus admiradores lo adoran por ello y sus detractores, por exactamente la misma razón. Sólo Kubrick se atrevió a hacer cosas semejantes (¿tendrá algo que ver la similitud fonética de sus respectivos apellidos?)



También hay, sí, elementos que pueden parecer gratuitos: ¿por qué Abby (Brooke Adams), Bill (Richard Gere) o Linda (Linda Manz) se tiran la comida en una determinada escena? ¿Qué aportan esos primeros planos a priori intrascendentes: una mantis en mitad de la noche, una copa en el fondo de un río, unas gotas de rocío sobre las espigas...? Lo primero quizá sea debido a un método de trabajo con los actores basado en la improvisación. Para lo segundo no hay otra respuesta sino la conciencia de autor que posee el propio cineasta y que le lleva a intentar captar la poesía mediante imágenes.



Sea como fuere, la fuerza visual de Days of Heaven es innegable y aunque sólo hubiera de ser tenida en cuenta por la belleza que contienen la mayoría de sus planos siempre vale la pena aprovechar la ocasión de disfrutarla en pantalla grande.

Éxtasis (1933)












Título original: Ekstase
Director: Gustav Machatý
Checoslovaquia/Austria, 1933, 65 minutos

Lamarr de hermosa...




Un domingo de finales de agosto. Paella familiar como de costumbre. Y, de postre, Arroz amargo, uno de esos títulos (premonitorios) que, por un motivo o por otro, lleva años resistiéndosenos. De modo que nos dirigimos a la Filmoteca de Catalunya para, al llegar, descubrir con estupor que ha habido un cambio de programación. ¡Y tan amargo! En fin, some other time: habrá que seguir esperando...

En todo caso, la sustituta tampoco es moco de pavo: Éxtasis es la típica película más conocida por la polémica que suscitó en el momento de su estreno que no por sus méritos cinematográficos (que, dicho sea de paso, son muchos). Cierto que sirvió para descubrir a Hedy Lamarr (1914–2000) cuando aún era Hedy Kiesler y que contiene uno de los primeros desnudos íntegros femeninos de la historia del cine. Pero lo realmente importante es cómo, sin apenas diálogo, se logra contar una compleja historia en la que entran en juego el deseo y la sensualidad.

Eva se acaba de casar con un hombre que enseguida da muestras de ser un verdadero maniático: ya en la primera escena, preferirá recular con su mujer en brazos antes que entrar a la habitación con el pie izquierdo. O en la siguiente, cuando en el cuarto de baño necesita rectificar la posición del cepillo de dientes que Eva ha dejado al revés en el vaso. La joven esposa no tardará, por tanto, en aburrirse junto a semejante muermo, hasta el punto de abandonar el hogar para refugiarse en brazos de su padre.

El azar hará más tarde de las suyas y Eva conocerá finalmente el amor, no sin antes haberse visto en el aprieto de tener que salir corriendo desnuda tras su caballo desbocado para vergüenza propia y deleite ajeno. Se ha querido ver en esa imagen una metáfora del orgasmo femenino, lo cual no es descabellado teniendo en cuenta que Éxtasis se halla más cerca de los recursos expresivos del cine mudo, fuertemente vinculados al uso del montaje, que no a los del sonoro. Otro ejemplo de esto último lo hallamos en el momento del suicidio del marido despechado: justo antes de que éste se descerraje un tiro en la sien se inserta en el encuadre el primer plano de una tira adhesiva en la que una mosca muere atrapada miserablemente...

Quien desee admirar el filme en su integridad puede hacerlo a través de internet consultando el enlace siguiente: https://vimeo.com/99946740

sábado, 27 de agosto de 2016

La próxima estación (1982)











Director: Antonio Mercero
España, 1982, 93 minutos



Tras el éxito histórico e incontestable de la serie televisiva Verano azul, el cineasta Antonio Mercero presentaba la comedia dramática La próxima estación, protagonizada por Alfredo Landa y Lola Herrera. Salta enseguida a la vista que el modelo utilizado por Mercero a la hora de concebir esta película fue el taquillazo francés de dos años antes La fiesta (La boum, 1980) de Claude Pinoteau: padres enrollados que un buen día descubren que no lo son tanto como ellos imaginaban porque los tiempos han cambiado y sus vástagos adolescentes amenazan con plantar cara para vivir su vida a su manera.

Se darán cuenta de ello, tal vez demasiado tarde, Isidoro (Agustín González) y José Luis (el ya mencionado Landa), progenitores respectivos de Ana (Cristina Marcos) y Jose (Alberto Delgado):

ISIDORO: Creo que dramatizas demasiado las cosas.
JOSÉ LUIS: ¿Que yo dramatizo?
ISIDORO: Consuélate pensando que el mundo está a punto de acabarse. Y que ya nada puede durar demasiado.
JOSÉ LUIS: ¿De qué hablas? ¿De qué mundo?
ISIDORO: Del tuyo y el mío. El mundo de nuestra quinta, que se acaba. Por mucho que no queramos se nos va al carajo. Bueno, se nos ha ido ya. Fíjate en todos éstos, cantando "La vaca lechera", "La casita de papel"... Están dando los últimos lengüetazos a algo que se nos ha ido. Dentro de unos años,... ...todos convertidos en zombis de nosotros mismos. Solamente nos habitará la memoria. Ese es nuestro drama. Y desesperación. [...]
JOSÉ LUIS: ¿Y el de ellos, el de los chicos? ¿Cuál es su drama, si es que lo tienen?
ISIDORO: Pues no lo sé. Quizá que saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren...

Alfredo Landa es José Luis

El tono edulcorado de La próxima estación no impide, sin embargo, que los diálogos reflejen un habla muy coloquial, al tiempo que se hace referencia, aunque moderadamente, al sexo y a las drogas, lo cual añade credibilidad al conflicto generacional que se pretende escenificar. Como también ayuda el final abierto, con ese último plano de Ana y Jose caminando de la mano por un camino otoñal y que remite directamente a la conclusión de Tiempos modernos de Chaplin.

Lola Herrera interpreta a Marga

¿Qué ocurrirá a partir de ese momento? En realidad, ya se nos han ido dando pistas a lo largo del filme. Quizá José Luis y Marga se separen al haber afrontado de modos diversos la crisis familiar y haberse asimismo enfrentado por ello. Tal vez él acabe con Pilar (Carmen de la Maza), madre de Ana y con la que experimenta una química evidente.

En todo caso, lo que está claro es que esta familia deberá afrontar nuevos retos, de la misma forma que la sociedad española del 82 tenía ante sí desafíos no menos importantes. Porque como dice el estribillo del tema central de la banda sonora que da título a la película "siempre hay una próxima estación".

Plano final

La Corea (1976)











Director: Pedro Olea
España, 1976, 82 minutos

La Celestina en tiempos de la Transición




Harto original es el inicio de La Corea: enlazando con el final de su penúltimo filme (puesto que el inmediatamente anterior había sido Pim, pam, pum... ¡fuego!), Pedro Olea nos muestra el rostro de Concha Velasco renegando en el andén de una estación mientras se marcha el tren. Podríamos pensar que nos hemos equivocado de peli, pero no. Así terminaba la galdosiana Tormento (1974) y así empieza una película radicalmente distinta, centrada en la figura de Charo, Celestina moderna y madura madama que responde al sobrenombre de "La Corea" y a la que dio vida la actriz Queta Claver.

Ni la Velasco ni Rafael Alonso ni el resto de extras que participan en ese rodaje volverán a aparecer en pantalla: son sólo el pretexto para ambientar la llegada a Madrid de Toni (Ángel Pardo), un adolescente que a sus diecisiete años ha decidido abandonar el pueblo para probar fortuna en la capital. Allí mismo lo recibirá su paisano Paco (Gonzalo Castro), algo mayor que él y ya totalmente pervertido por los poco recomendables ambientes que frecuenta.

La de Toni es la típica historia del joven bienintencionado que, falto de otros recursos, acaba siendo devorado por la vorágine de la gran ciudad; la misma que ya contara John Schlesinger en Midnight Cowboy (1969). Y eso que, en principio, logrará caer en gracia en dicho submundo. Aunque no por mucho tiempo, ya que el destronado Sebas (José Luis Alexandre) no le perdonará el haberlo desplazado en los afectos de "La Corea".



Y planeando continuamente en el trasfondo de la trama, como una realidad incómoda, se encuentra la presencia americana en la base militar de Torrejón de Ardoz, los habitantes de la cual han requerido en más de una ocasión los servicios tanto de Charo como de Paco. El propio Toni se dejará caer por allí de vez en cuando, si bien su destino parece ser otro: el de gigoló especializado en mujeres de una cierta edad.

Pero a pesar de la insalubre pulsión carnal que se respira en ese complejo microcosmos cuyos hilos mueve y controla Charo, la única persona en la que Toni llegará a confiar es Vicky (Cristina Galbó), hasta casi convertirse en su amor platónico. Sin embargo, ni siquiera el escaso afecto que la joven pueda sentir por él logrará impedir que se acabe cumpliendo el aciago destino del muchacho.

Las bodas de Blanca (1975)











Director: Francisco Regueiro
España, 1975, 85 minutos



Comparando algunos planos de Las bodas de Blanca con Me enveneno de azules se hace evidente que Francisco Regueiro es un autor, con un estilo depuradísimo basado en el uso del travelín para resaltar la magnificencia de los espacios que filma. Una monumentalidad que, si en el ya mencionado filme de 1969 se acentuaba mediante vistas aéreas de Madrid o situando la acción en el Parque del Buen Retiro, seis años después va a estar vinculada a la majestuosidad catedralicia de Burgos y de León.

La música es otro elemento de vital importancia en la concepción cinematográfica de Regueiro. Me enveneno de azules debía buena parte de su atmósfera etérea al Allegretto de la Séptima Sinfonía de Beethoven. En Las bodas de Blanca, en cambio, la carga dramática queda subrayada por diversos fragmentos instrumentales extraídos de la ópera Tosca de Giacomo Puccini, en especial la célebre aria del tercer acto "E lucevan le stelle" ("Y las estrellas brillaban").

Es ésta una historia muy sui géneris (todas las de Regueiro lo son, por otra parte). Blanca (Concha Velasco) desea ardientemente tener un hijo, aspiración que se vio frustrada al ser su primer matrimonio declarado nulo a causa de la impotencia de José (Javier Escrivá). De ahí que pretenda casarse de nuevo con el "mudo" y elemental Antonio (Paco Rabal), quien llega dispuesto a todo revólver en mano y escoltado por su hermana (Charo Soriano, una habitual del cine patrio de los setenta), su cuñado (José Calvo) y su sobrina (la niña Yolanda).

Aunque la familia de Blanca también se las trae: Isabel Garcés, en el último papel de su carrera, encarna a la candorosa tía/monja, perpetuamente ataviada con su hábito blanco. Y Javier de Rivera es el misántropo padre de la protagonista, recluido en su piso para evitar el contacto con un mundo que le asquea. Se diría que los dos hermanos han intercambiado sus roles, habida cuenta de que es él quien observa la clausura que no acata la monja al asistir al convite de los futuros esposos en el restaurante.

¡Y qué convite! Unos bailan sin música, otros increpan a los sufridos camareros. La monjita se niega a ver la televisión y una joven compañera mulata acabará saltándose el voto de silencio. Y aún habrá más extravagancias, bajo un quiosco en ruinas donde se reúnen los amantes a escondidas o en el jardín desde el que Blanca increpa a Julia por las noches (Claudia Gravy).

Representación improvisada del Tenorio en un psiquiátrico

Estrenada tres días antes de la muerte de Franco, Las bodas de Blanca posee el sello inequívoco de películas como El anacoreta (Juan Estelrich, 1976) o Las truchas (José Luis García Sánchez, 1978), tan estrafalarias todas ellas como excepcional fue el momento histórico durante el que se rodaron.

viernes, 26 de agosto de 2016

Alma de Dios (1941)












Director: Ignacio F. Iquino
España, 1941, 67 minutos



Tras el paréntesis estival, reanudamos la actividad del blog comentando lo que han dado de sí las vacaciones desde nuestro retiro almeriense. Y comenzamos con Alma de Dios, filme que, entre otras sorpresas, nos permite ver a Carlos Larrañaga cuando era apenas un chiquillo de pocos años.

Un Iquino en los albores de su producción cinematográfica firmaba esta adaptación de la zarzuela homónima compuesta por José Serrano a partir del libreto de Carlos Arniches y Enrique García Álvarez. Corría el año 1941 y, aunque introduciendo algún que otro cambio, la película se centraba en las desventuras de la huérfana Eloísa (Amparo Rivelles), quien tras huir de una tía cruel (lo de tía alude al parentesco entre ambas) se refugia en Madrid en los brazos de otra tía (ídem) con la que no correrá mejor suerte.

Fiel a la fórmula que le valdría el éxito comercial, Iquino sabe rentabilizar sus escasos recursos en aras de la economía narrativa. Buena prueba de ello son los insertos de los que se vale para hacer avanzar la acción: unas hojas de calendario, unos mojones en los que se indica a qué distancia se encuentra la capital y, en apenas una hora, se cuenta toda una historia.

A veces, dicho "estilo" acerca la cinta al documental, con tintes etnográficos y algún que otro apunte antropológico: filmación. cámara en mano, de las calles de Madrid; primeros planos de los rostros de algunos asistentes en un patio gitano donde tienen lugar actuaciones de tipo folclórico... Porque, bien o mal traídos, en Alma de Dios se incluyen algunos números musicales flamencos, en un intento de mantener vivo el origen musical de la trama.

También se roza lo social en determinadas escenas, como durante la visita de los personajes a las oficinas del Registro civil, donde lo cutre del ambiente convive con la ineficacia de un escribiente malcarado. Aunque, lejos de obedecer a una motivación crítica, lo social va a dar pie a la irrupción de la comicidad: Saturiano (un joven, y habitual de estos primeros filmes de Iquino, Paco Martínez Soria) será una especie de hambriento gracioso o donaire que, junto con Pepe Isbert (El Tío Matías) llevarán el peso de la comedia. Este último, por cierto, representa el papel de marido dominado por una esposa que lo obliga a permanecer en casa preparando la comida y cuidando del hijo en común, algo que se consideraba jocoso en aquella sociedad española de los cuarenta de machismo recalcitrante, donde los roles asignados a hombre y mujer (y refrendados por la legalidad vigente) eran justamente los opuestos.

A raíz de esto y de la moralidad entonces imperante, ni que decir tiene que hoy en día no habría escándalo posible por el hecho de que una muchacha fuese madre soltera. Pese a que tanto el "desliz" de Irene (Pilar Soler) como la infamia cometida sobre la cándida Eloísa (que no está debajo de un almendro, pero casi) son la base sobre la que se articula la típica acción folletinesca de hospicios y niños ilegítimos, con alusiones veladas a la prostitución, y que sólo podrán resolver el adinerado don Adrián (Manuel González) y el pobre aunque apuesto Agustín (Luis Prendes) con su camión.