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viernes, 2 de diciembre de 2022

La trinchera infinita (2019)




Directores: Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga
España/Francia, 2019, 148 minutos

La trinchera infinita (2019)


El caso de los "topos" (partidarios del bando republicano que, al término de nuestra Guerra Civil, optaron por recluirse durante años en sus propios hogares) ha servido como motivo de inspiración para unas cuantas películas del cine español, siendo las más célebres El hombre oculto (1971), de Alfonso Ungría, y Mambrú se fue a la guerra (1986) de Fernando Fernán Gómez. Títulos a los que ahora cabe añadir La trinchera infinita (2019), dirigida por la misma terna de cineastas vascos (Arregi, Garaño, Goenaga) que ya deslumbraron con las muy estimables Loreak (2014) y Handia (2017).

Arranca la acción en el 36, en un lugar indeterminado de Andalucía. Sobre la pantalla aparece impresa una definición del diccionario (campeada. Correría, salida repentina, expedición súbita contra el enemigo en son de algarada), primera de las muchas que irán jalonando el relato en un a modo de itinerario vital del protagonista. Porque a Higinio (Antonio de la Torre) lo van a buscar a su casa los nacionales, de modo que no le queda más remedio que salir huyendo con lo puesto. Son estos primeros instantes de un enorme atosigamiento, con la cámara pegada a la espalda del personaje mientras éste huye desesperadamente por un laberinto de callejuelas.



Más tarde, una vez ya instalado en las reducidas dimensiones de su zulo, la puesta en escena adquiere forzosamente morosidad, asumiendo el reto de adoptar el punto de vista de quien, en lo sucesivo, percibirá a través de rendijas o mediante el murmullo amortiguado de los vecinos lo que ocurre en el exterior. Por otra parte, las noticias y canciones que suenan por la radio ayudan a marcar el paso del tiempo, mientras que la excelente caracterización del recluido, con su inexorable proceso de envejecimiento, representa uno de los puntos fuertes de la cinta. 

No obstante, también la esposa (Belén Cuesta) y el hijo acaban siendo víctimas de la situación, toda vez que el temor a ser descubiertos los fuerza a hablar en susurros y a fingir otra vida de puertas hacia afuera. Ahí es precisamente donde radica lo interesante del enfoque que le dan al guion Luiso Berdejo y Jose Mari Goenaga: en perfilar una multiplicidad de soledades, no sólo la de Higinio y su familia, sino también la de otros, como la pareja de homosexuales que se cuela en la casa e, incluso, la del odioso vecino (Vicente Vergara) que se pasa el resto de sus días obsesionado con fiscalizar a los demás. Todo lo cual degenera en el absurdo de perpetuar el miedo y el rencor, convertidos ya en rutina, hasta mucho después de que las autoridades franquistas hubiesen dado por concluida la contienda.



domingo, 1 de marzo de 2020

Handia (2017)




Directores: Aitor Arregi y Jon Garaño
España, 2017, 114 minutos

Handia (2017) de Aitor Arregi y Jon Garaño

País Vasco: 1836. En pleno auge de las guerras carlistas, las tropas de reclutamiento se presentan en el caserío de los Eleizegi. Son tiempos duros y el padre implora que no le priven de sus dos hijos varones. Apiadado o impaciente, el capitán le pide que elija a uno para que se incorpore a filas: el otro se quedará con él. Y así, Joaquín (Eneko Sagardoy) se libra de ir al frente con Martín (Joseba Usabiaga). Sin embargo, cuando este último regrese al cabo de tres años encontrará a su hermano muy cambiado...

La acromegalia es una de esas enfermedades denominadas "raras", consecuencia de un exceso de secreción de hormona del crecimiento por la hipófisis y cuyo síntoma más evidente es el gigantismo. Y, según parece, ésta fue precisamente la dolencia que aquejaba a Migel Joakin Eleizegi Arteaga, el Gigante de Altzo (1818-1861), un vasco que alcanzó los 2,40 metros de altura y cuya vida sirvió de base para el guion de la película que nos ocupa, ganadora de diez premios Goya.



Aitor Arregi y Jon Garaño, el mismo tándem de directores que en su día cosecharon el éxito con la entrañable Loreak (2014), volvían a la carga con otra cinta rodada en euskera y que, además de recrear con precisión notable el contexto histórico, sigue de cerca la línea de clásicos como El hombre elefante (1980) de David Lynch. Convertido en atracción de feria por necesidades económicas de su propia familia, Joaquín recorrerá media Europa como fenómeno que satisfaga la curiosidad del populacho, aunque también hay científicos que muestran interés en conocer su caso y hasta la reina Isabel II solicita apreciar de cerca los atributos del mozo. 

No obstante, la ficción se ve a menudo superada con creces por una realidad todavía más cruel, si cabe. Véase, si no, el rocambolesco periplo del baloncestista argelino Saad Kaiche hasta terminar haciendo de doble de Eneko Sagardoy en Handia. Toda una odisea en la que no faltó alguna que otra empresa que le ofreció empleo como reclamo publicitario. Lo cual demuestra que entre la España decimonónica que refleja la película y la actual tampoco han cambiado demasiado las cosas...


domingo, 5 de enero de 2020

Katmandú: Un espejo en el cielo (2011)




Directora: Icíar Bollaín
España, 2011, 104 minutos

Katmandú: Un espejo en el cielo (2011)
de Icíar Bollaín

Inspirada en la vida de la maestra catalana Victòria Subirana (Ripoll, 1959), también conocida como Vicky Sherpa, Katmandú: Un espejo en el cielo aborda las dificultades a las que la joven Laia (interpretada por Verónica Echegui) debe hacer frente para sacar adelante su proyecto de escuela en uno de los barrios más degradados de la capital nepalí. Sus alumnos son intocables o impuros cuyo contacto procuran evitar las demás castas, motivo más que suficiente para complicar una labor ya de por sí ardua.

Diversos flashback nos irán mostrando cómo la infancia de la muchacha no fue precisamente un camino de rosas ni en su colegio de monjas, donde la castigaban por díscola, ni menos aún en el seno de una familia con continuas trifulcas (la escena en la que los hermanos se esconden debajo de la cama es bastante reveladora a este respecto). Ni siquiera, ya en la facultad, puede contar con la comprensión de su pareja mientras se prepara para diplomarse y así optar a una vida mejor.



Vivencias, todas ellas, que nos ayudan a entender por qué tanto empeño, por su parte, una vez ya instalada en Nepal, donde ni la corrupción de los funcionarios locales ni la tozudez de unas familias que no comprenden por qué sus hijos deben ir a clase lograrán doblegar la perseverancia de Laia.

Sin embargo, es muy probable que el guion de Icíar Bollaín y Paul Laverty tienda, en cierta manera, a idealizar los hechos, cuando no a simplificarlos. Por ejemplo, en lo concerniente al matrimonio de conveniencia de la protagonista y su posterior enamoramiento de Tsering o a cómo se implica en el drama personal de su compañera Sharmila o en el progreso de algunos de sus alumnos.


martes, 11 de septiembre de 2018

Azuloscurocasinegro (2006)




Director: Daniel Sánchez Arévalo
España, 2006, 105 minutos

Azuloscurocasinegro (2006) de Daniel Sánchez Arévalo


La ópera prima de Daniel Sánchez Arévalo posee la fuerza de los grandes debuts: un estado de gracia extensible no sólo a la dirección, sino también a la mayoría de los actores de su reparto. En ese sentido, conviene destacar el trabajo de Quim Gutiérrez (Jorge) como eterno aspirante a una vida mejor que nunca parece llegar, el hermano presidiario —entre simpático y canalla— que compone Antonio de la Torre o el amigo atolondrado que se parece a Sean Penn y al que asaltan no pocas dudas sobre su sexualidad (Raúl Arévalo).

Y así podríamos seguir con el resto de secundarios: Manuel Morón como padre de Sean, Eva Pallarés (Natalia) en el papel de vecinita de Jorge que anhela convertirse en algo más, el desaparecido Héctor Colomé (1944–2015), padre minusválido del portero y padrastro en la vida real del director, o Marta Etura (Paula), la interna para quien el deseo de ser madre es casi tan importante (o más) que su propia libertad. De hecho, si nos fijamos, casi todos ellos tienen en común el que ambicionan mejorar en sus respectivas existencias, salir de esa grisura que es, como el color del traje que desearía comprarse Jorge, de un azul oscuro casi negro.



Hablando de tonalidades, resulta enormemente acertada la dirección de fotografía de Juan Carlos Gómez, quien llevó a cabo un trabajo notable haciendo que la gama de colores a la que alude el título de la película estuviese presente inundando la pantalla en buena parte de los planos de la misma. Como la música del francés Pascal Gaigne, sin duda uno de los activos principales de un filme cuya aparente vis cómica esconde, en realidad, una desesperanza manifiesta.

La clave, al respecto, nos la aporta el que es, prácticamente, el último diálogo que mantienen los dos amigos desde la nueva azotea:

JORGE: ¿Qué buscas? 
SEAN: Algo para seguir engañándome. Igual que tú...


viernes, 27 de octubre de 2017

El sol del membrillo (1992)




Director: Víctor Erice
España, 1992, 133 minutos

El sol del membrillo (1992) de Víctor Erice


Si lo quieres ver, en un árbol está contenido el universo entero...


Aun a riesgo de parecer pretencioso, conviene decir bien a las claras que lo que Víctor Erice logró captar en El sol del membrillo (en paralelo a las tentativas del pintor Antonio López a la hora de aprehender un determinado matiz de la luz sobre la carne de los frutos) tiene algo de filosofía zen. Es ese empeño por atrapar lo fugaz, la magia del instante, del tiempo detenido, como ocurre en el cine de Kiarostami, otra de las referencias que enseguida vienen al pensamiento ante la aparente quietud que se respira en el filme.

Como ocurría en Le mystère Picasso (1956) de Henri-Georges Clouzot, vemos cómo la obra va surgiendo ante nuestros ojos, minuciosamente preparada hasta el más nimio detalle en un proceso que se alarga durante meses y que se verá interrumpido por las inclemencias meteorológicas. El cineasta como pintor; el pintor como demiurgo que se afana en emular a la realidad y eternizarla sobre el lienzo, que es el equivalente de la pantalla para el director de cine.

Antonio López García (Tomelloso, 1936)


Luego están los operarios polacos que en su ir y venir por la casa en reformas ofrecen otra dimensión, más prosaica pero no menos profunda, de lo que sería el concepto de work in progress: aprendiendo palabras en castellano, levantando una pared o probando el membrillo, la cotidianeidad que rezuman sus diálogos es similar a la que será retomada una década después por José Luis Guerín en En construcción. E incluso alguna que otra nota de humor, como la escena en la que el también pintor Enrique Gran (1928-1999) le aguanta con una vara una hojita a Antonio López en plena tarea mientras ambos entonan una coplilla.

Sensación de vida fluyendo que regresa con savia nueva, toda vez que la Filmoteca de Catalunya ha llevado a cabo una restauración de El sol del membrillo que fue recientemente presentada en "Cannes classiques" con motivo del vigesimoquinto aniversario de su participación en el certamen francés. Esta tarde hemos podido disfrutar de ella en la sala Chomón de la Filmo con motivo de la celebración del Día Mundial del Patrimonio Audiovisual.


sábado, 14 de febrero de 2015

Loreak (2014)




Título alternativo: Flores
Directores: Jon Garaño y Jose Mari Goenaga
Euskadi, 2014, 99 minutos

Sólo son flores

Loreak (2014) de Jon Garaño y Jose Mari Goenaga

Evangelina Sobredo Galanes falleció el 2 de agosto de 1976, sobre las 5:40 horas de la madrugada, en un accidente de tráfico en la carretera C-620 (hoy día renombrada como N-525), en el casco urbano de Colinas de Trasmonte, localidad del partido judicial de Benavente (provincia de Zamora). Tenía 27 años. Su nombre artístico: Cecilia. Pese a lo prematuro de la muerte de la cantautora, dejó para la posteridad un puñado de canciones inolvidables. Entre ellas "Un ramito de violetas". La historia que explicaba es de sobras conocida: una mujer casada con un hombre aparentemente no muy tierno recibe cartas y flores de un anónimo admirador. Aquellos que recuerden la letra sabrán, por demás, "quién cada nueve de noviembre / como siempre sin tarjeta / le mandaba un ramito de violetas".

Pues mire usted por dónde que en Loreak, lo que son las cosas, también hay un accidente de coche y una mujer que recibe flores de un desconocido. Los vascos Jon Garaño y Jose Mari Goenaga han sabido dar en el clavo con este relato en el que los sentimientos latentes actúan de condicionante de toda la trama. Un argumento plagado de sutilezas que subyacen en el fondo de unos personajes a menudo más definibles por lo que callan que no por lo que están dispuestos a admitir.

Dos candidaturas a los premios Goya (a la mejor película y a la mejor música original, de Pascal Gaigne) confirman el éxito de esta producción rodada enteramente en euskera, lo cual, al igual que ya sucediera con Pa negre, no parece ser ningún obstáculo para llegar a un público amplio más allá del ámbito autonómico. Quizá porque el buen cine nada tiene que ver con prejuicios que convendría desterrar de una vez por todas.