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lunes, 23 de junio de 2025

Del amor y de la muerte (1977)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1977, 82 minutos

Del amor y de la muerte (1977) de Giménez Rico


Se hace difícil no interpretar en clave alegórica una película sobre un señor feudal estrenada en la España de la Transición. En ese sentido, Del amor y de la muerte (1977) contiene los elementos necesarios para leer entre líneas lo que Miguel Madrid y José Luis García Sánchez, autores del guion, se propusieron tal vez al idear la historia del viejo don Diego (Antonio Ferrandis) y su no menos abusivo heredero Gonzalo (Simón Andreu). Vamos: que el paralelismo con el ya difunto caudillo y las fuerzas reaccionarias de su entorno debió resultar diáfano para algunos espectadores de aquel entonces.

En ese mismo orden de cosas, el joven Rodrigo (Pedro Mari Sánchez), vilipendiado por los gerifaltes del lugar, pudiera verse como un trasunto de la joven democracia española, amenazada por múltiples peligros, o incluso del flamante monarca que llevaba un par de años ocupando la jefatura del Estado. De ahí que su metódica e inflexible venganza final, en la que el pastor liquida mediante espada, hacha o flechas a quienes le ofendieron en el pasado, tenga mucho de ajuste de cuentas como el que habría supuesto en el 77 la ruptura democrática contra los excesos de la dictadura franquista.



La presencia en el reparto de la siempre tentadora Amparo Muñoz, una de las actrices fetiche del cine de la Transición y que se hallaba en el momento álgido de su carrera, aporta al conjunto un toque sensual, inevitable, por otra parte, en una cinematografía inmersa en pleno proceso de liberación tras cuatro décadas de censura recalcitrante. Erotismo que, en el caso de La Polaca, cuyo papel de molinera presenta bastantes aristas, adquiere una dimensión mucho más perversa.

Ecos de tragedia griega, en la que se mezclan lo incestuoso y el afán de revancha, en el marco de una historia propia del romancero viejo rodada en localizaciones de Guadalajara y Albacete. Por eso la acción arranca y acaba con el mismo plano general de una era donde se trilla el grano y las palabras de un juglar que por allí cruza recitando sus versos: "De ella nació un rosal blanco, / de él nació un espino albar. / Crece el uno, crece el otro: / los dos se van a juntar / y las ramas que se alcanzan / fuertes abrazos se dan. / Y las que no se alcanzaban / no dejan de suspirar. / El amo, lleno de envidia, / ambos los mandó cortar. / El galán que los cortaba / no cesaba de llorar. /  De ella naciera una garza, / de él un fuerte gavilán: / juntos vuelan por el cielo, / juntos vuelan par a par".



sábado, 9 de noviembre de 2024

Muere una mujer (1965)




Director: Mario Camus
España, 1965, 95 minutos

Muere una mujer (1965) de Mario Camus


Más allá de rendir homenaje al cine de Hitchcock, Muere una mujer (1965) supuso un intento fallido por parte del entonces inexperto Mario Camus de adentrarse en fórmulas cinematográficas para cuya complejidad escénica todavía no estaba capacitado. Aun así, y pese a sus muchas incongruencias (desde fallos de guion, coescrito junto a Carlos Saura, hasta un uso tímido, tirando a torpe, del sarcasmo), la película se deja ver con un cierto agrado, mayormente por la elegancia de su reparto, encabezado por el siempre eficaz Alberto Closas, y una excelente fotografía en color de Víctor Monreal en la que colaboraron como ayudantes Luis Cuadrado y Teo Escamilla.

Se trata, por lo demás, de una típica intriga con cadáver en el maletero y un falso culpable a lo Cary Grant (interpretado por el ya mencionado Closas) que deberá convencer de su inocencia a la policía, pero no tanto al espectador, quien en una de las secuencias iniciales ha visto cómo una silueta arrastraba el cuerpo sin vida del vecino, entre las sombras de un garaje, para depositarlo en el interior del coche del protagonista.



Se da la circunstancia, además, de que una muerte desencadena otra, puesto que la esposa del protagonista, a la que da vida Mabel Karr (rubia platino al más puro estilo hitchcockiano, al igual que su hermana en la ficción, Gisia Paradís), caerá fulminada, víctima de un repentino infarto, cuando, en el transcurso de una excursión familiar a la playa, descubra el siniestro contenido del maletero. Verosímil o no, así plantearon la trama Camus y Saura.

Cabría subrayar, por último, aparte de los interesantes exteriores rodados en la Barcelona de la época (atención al intento de asesinato, excepcionalmente filmado en la estación de La Bonanova), cómo los autores colaron una relación a todas luces homosexual al hacer que dos de los personajes, el decorador Juan de la Peña (Tomás Blanco) y su joven ayudante Víctor Andrada (Francisco Guijar), compartieran apartamento. Circunstancia que no pasó desapercibida para la censura franquista, pero que, a pesar de los retoques impuestos en el libreto, se sigue percibiendo, por ejemplo, en la escena de la piscina.



sábado, 13 de enero de 2024

Bodas de sangre (1981)




Director: Carlos Saura
España/Francia, 1981, 72 minutos

Bodas de sangre (1981) de Carlos Saura


Despierte la novia
la mañana de la boda;
ruede la ronda
y en cada balcón una corona.

Federico García Lorca
Bodas de sangre (1933)

La estilización a la que Antonio Gades somete el texto lorquiano es aprovechada por Carlos Saura en Bodas de sangre (1981) para llevar a cabo una de sus propuestas cinematográficas más innovadoras. Que no consiste tanto en un ballet filmado, sino más bien en un intento de work in progress cuyos intérpretes ensayan primero la obra para después irse metiendo gradualmente en la piel de los personajes.

Junto con el malogrado bailarín, autor de la coreografía de Crónica del suceso de bodas de sangre (1974), comparten protagonismo Cristina Hoyos, en el papel de Novia, y un jovencísimo José Mercé que ya despuntaba como el notable cantaor que después ha sido. También aparecen fugazmente Pepa Flores, a la sazón pareja sentimental de Gades, interpretando la célebre "Nana del caballo grande", y Pepe Blanco al frente de la orquesta que ameniza el convite.



Desprovista de sus diálogos, la acción se centra en la expresividad de unos cuerpos que la cámara capta con magistral delicadeza. A este respecto, son dignos de mención los devaneos del duelo final con navajas, en los que ambos contrincantes ralentizan sus movimientos hasta desembocar en el trágico desenlace.

Y todo ello sin salir de una simple sala de ensayo, la austeridad de la cual, con sus paredes y tablas blancas, revierte en un aire sobrio que hoy podríamos calificar de minimalista. Sabia puesta en escena, magníficamente fotografiada por Teo Escamilla, que, tras el éxito de la película, tendría continuidad hasta convertirse en una trilogía, siempre bajo la producción de Emiliano Piedra y con Antonio Gades encabezando el elenco, completada por Carmen (1983) y El amor brujo (1986).



sábado, 25 de junio de 2022

Vestida de azul (1983)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1983, 96 minutos

Vestida de azul (1983) de Giménez Rico


Vestida de azul (1983) reúne a un grupo de seres humanos cuya identidad sexual no se corresponde con lo que indica su DNI. Son y se sienten mujeres, aunque nacieron con cuerpo de hombre. La mayoría se dedican al espectáculo en salas de fiesta como la mítica Centauros y algunas ejercen también la prostitución. Todas ellas, sin embargo, demuestran una  extraordinaria seguridad en sí mismas a pesar de los muchos sinsabores a los que han tenido que hacer frente a lo largo de sus vidas.

Interesante testimonio en primera persona, la temática que aborda Giménez Rico en este documental confirma que, además de Almodóvar, hubo otros cineastas interesados en explorar un mundo hasta aquel entonces excluido de nuestra cinematografía. Tal sería el caso, por ejemplo, de otra cinta que ya tuvimos ocasión de comentar hace unos meses: El transexual (1977), en la que el director José Jara se atrevía a sumergirse en las profundidades de la noche madrileña. La diferencia, no obstante, estriba en el hecho de que aquí se prescinde totalmente de trama argumental, centrándose en exclusiva en las seis protagonistas.



El resultado es un retrato amable exento de morbosidad en el que Loren, Renée, Nacha, Eva, Tamara y Josette se explayan explicando sus respectivas trayectorias vitales, todas ellas muy diversas. La primera, recién salida de la cárcel de Carabanchel, explica con mucha gracia algunas anécdotas a propósito de su servicio militar o de cómo trabajó de mayordomo para los duques de Cádiz. Tamara, en cambio, ha sido víctima de una doble exclusión social en tanto que mujer trans de etnia gitana. Renée, la peluquera, escribe una carta muy emotiva a su familia de Asturias en la que les desvela su verdadera identidad. Nacha es quizá la más empoderada de todas y de ahí que presuma tanto de la ropa y de las joyas que posee. De Eva, alias "la Bibi Andersen", se nos muestran imágenes de la mamoplastia a la que se somete, mientras que en el caso de Josette sorprende el encuentro con su ex mujer.

Al cabo de los años, Vestida de azul ha acabado convirtiéndose en una película de culto objeto de varios análisis, como el publicado por Valeria Vegas en 2019. Mucho han cambiado las cosas a lo largo de estas cuatro décadas, sin ir más lejos la propia despenalización del colectivo o la entrada en vigor de la Ley de Identidad de Género en 2007. Conquistas que contrastan enormemente con el aciago fin que aguardaba a la mayoría de las protagonistas del filme: a día de hoy, sólo siguen con vida Nacha y Josette. Curiosamente, esta última ha vuelto a su identidad masculina.



domingo, 27 de septiembre de 2020

Río abajo (1984)




Título original: On the Line
Director: José Luis Borau
España/EE.UU./Australia, 1984, 102 minutos

Río abajo (1984) de José Luis Borau


De no haberse producido el calvario que supuso sacar adelante Río abajo, en términos de financiación y precarias condiciones de rodaje, es muy probable que el resultado final hubiese sido sensiblemente mejor. Pero así de azarosa fue la trayectoria profesional de José Luis Borau (1929-2012), cineasta de filmografía tan escueta (apenas nueve largometrajes) como inclasificable.

En todo caso, y al margen de dichas limitaciones, la película plantea una serie de temas que la hacen especialmente interesante desde el punto de vista narrativo, con continuas idas y venidas a uno y otro lado de la frontera entre Estados Unidos y Méjico, amén del tratamiento que reciben los personajes ya desde el propio guion (obra de Borau y de la escritora norteamericana Barbara Probst Solomon), dotándolos de unas motivaciones esencialmente pasionales.



De la misma forma que en Furtivos (1975) el bosque adquiría un protagonismo de connotaciones simbólicas, aquí sucede un tanto lo mismo con la línea divisoria de un entorno fluvial alrededor del que pululan traficantes, patrulleros y las prostitutas del club Papillon. Un enclave casi de wéstern crepuscular, marcado por las viejas rencillas entre el renegado Bryan (David Carradine) y el obsesivo Mitch (Scott Wilson), en el que el instinto de supervivencia se impone a menudo al ejercicio de la ley. Sólo falta que el novato Chuck (Jeff Delger) se encapriche de la bella Engracia (Victoria Abril), igualmente pretendida por el ya mencionado Mitch, para completar un sólido drama coral a la antigua usanza.

En definitiva, si hay algo que queda claro tras haber visto Río abajo es lo absurdo de los límites fronterizos e incluso de las mismísimas nacionalidades. En ese sentido, el filme tiene bastante de alegato contra las condiciones infrahumanas a las que son expuestos los espaldas mojadas que se atreven a cruzar las aguas del Río Grande: una verdadera cacería en la que las avionetas de la Border Patrol sobrevuelan la superficie con el ánimo de amedrentar a los emigrantes clandestinos. De ahí que se insista, dado el escaso valor de la vida, en que "todo cuanto arrastra la corriente no es de nadie". Aunque se trate de algún que otro cadáver...



viernes, 14 de agosto de 2020

In memoriam (1977)




Director: Enrique Brasó
España, 1977, 100 minutos

In memoriam (1977) de Enrique Brasó

Con un cierto toque viscontiniano y un tratamiento argumental que a ratos parece anunciar lo que una década más tarde sería la serie televisiva La huella del crimen, In memoriam (1977) supuso la única incursión como director de largometrajes del guionista Enrique Brasó (1948-2009). La historia que plantea, un triángulo amoroso de fatales consecuencias a partir del relato homónimo de Adolfo Bioy Casares, narra las vicisitudes de Luis Bosch (Eusebio Poncela), escritor modernista que cultiva el ensayo desde una vertiente poética, y que vive atormentado por el recuerdo de Paulina (Geraldine Chaplin), la mujer a la que amó y a la que no supo retener a su lado.

El tercero en discordia es Julio Montero (José Luis Gómez), un tipo sombrío, aspirante a dramaturgo, arribista y melifluo, cuyo afán por hacerse amigo de Bosch oculta oscuras intenciones que terminarán concretándose en torno a la figura de la deseada muchacha inglesa. Tal vez por ello, la wagneriana "Muerte de amor" del Tristán e Isolda se convierte en leitmotiv de una banda sonora, a cargo de Luis Eduardo Aute, que es, ya de por sí, una más que notable partitura.



La mayor parte de lo que vemos en pantalla obedece a una reconstrucción, a partir de las respectivas remembranzas de ambos hombres, de hechos acaecidos años atrás y de ahí un título tan evocador (In memoriam) que quiere ser, al mismo tiempo, sentido homenaje en honor de la malograda Paulina Arévalo.

Jugando, pues, con los distintos puntos de vista de cada personaje se irá entretejiendo una compleja red de medias verdades y medias mentiras en la que incluso tienen cabida apariciones fantasmales en noches lluviosas. Delirios que no son más que la proyección de los deseos más recónditos por parte de un individuo que prefirió marcharse a Inglaterra en pos de la gloria literaria y que regresará a la vivienda decrépita, hoy pasto del polvo, que un día fue testigo de los amores truncados de los protagonistas.


Al otro lado del túnel (1994)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1994, 105 minutos

Al otro lado del túnel (1994) de Jaime de Armiñán


Dos guionistas se instalan en un vetusto monasterio oscense con la intención de escribir una historia romántica ambientada en la brumosa Escocia. Pero a medida que vayan transcurriendo los días, se darán cuenta de que la delgada línea que separa la realidad de la ficción puede deparar innumerables sorpresas. Para empezar, porque un monje metomentodo (Rafael Alonso) no para de inmiscuirse en sus asuntos. Aunque va a ser una joven panadera (Maribel Verdú) la que los lleve de  cabeza con sus argucias, hasta el extremo de que ambos queden prendados de los encantos de la moza.

El viejo Miguel Marcos (Fernando Rey), escritor consagrado y cascarrabias irredento, representa al olmo hendido por el rayo al que, sin embargo, la presencia inesperada de la joven Mariana sumirá en una especie de letargo melancólico de pasión reverdecida que no es sino la antesala de su particular canto de cisne: la última vez que se enamora, cautivo en las redes de una circe rural cuyas maquinaciones contribuyen a certificar la impotencia del hombre antes de que éste se adentre en las profundidades tenebrosas de un viaje definitivo que lo conduzca "al otro lado del túnel".



Amparándose en el vigor de su juventud, el mejicano Aurelio (Gonzalo Vega) constituye el tercer vértice de este particular triángulo. Hijo de exiliados republicanos, su indiscreción propicia que todo el pueblo ande al corriente del desarrollo argumental que proyecta junto a su colaborador en la soledad del convento-hotel. Y aunque carezca de la destreza que permite a su socio arrancar dulces melodías del órgano monástico, Aurelio se deja seducir por el hechizo de Mariana, dando así pie a que la personalidad de ésta, con la ayuda subrepticia de su madre (Amparo Baró), se inmiscuya en la trama hasta suplantar a la heroína original. 

Porque este divertimento de Jaime de Armiñán, personal homenaje en clave satírica, con ribetes de work in progress, a sus muchos años de labor cinematográfica, tiene algo de juego cervantino: la caricatura con la que el experimentado (y cabe suponer que también, y sobre todo, escarmentado) hombre de cine se dispone a hacer mutis por el foro con un sutil corte de mangas que bien pudiera ser la certificación, repleta de sarcasmo o de una profunda sabiduría senequista (vaya usted a saber) del célebre verso de Gil de Biedma: "Envejecer, morir, es el único argumento de la obra…"


sábado, 25 de enero de 2020

Berlín Blues (1988)




Director: Ricardo Franco
España, 1988, 100 minutos

Berlín Blues (1988) de Ricardo Franco


Un cierto toque a lo Fassbinder y mucho look ochentero son los rasgos definitorios de este triángulo amoroso entre una cantante pop llamada Lola (Julia Migenes) y dos hombres muy distintos entre sí: la joven promesa del piano David Zimmermann (Jose Coronado) y el maestro Huessler (Keith Baxter), un eminente director de orquesta alemán que, pese a su severidad inicial, acabará también sucumbiendo a los encantos de la misma muchacha.

Como su propio título indica, la acción transcurre en el Berlín del muro apenas dos años antes de su caída, cuando las autoridades comunistas del sector oriental aún ponían estrictas trabas a la libre circulación de los ciudadanos. De ahí que la actitud de David, quien aprovecha la estancia en la ciudad para desfogarse por las noches tocando el teclado en el escenario de una sala de conciertos junto a Lola, no sea bien vista por sus superiores.

David (Jose Coronado) y Lola (Julia Migenes)


Sin embargo, los hechos se precipitan cuando, con la excusa del apuñalamiento de un soldado americano, la sala Berlin Blues es clausurada por la policía de la RFA, con lo que Lola se verá literalmente en la calle, hasta el extremo de acabar ejerciendo la prostitución. 

Con todo, será el maduro Huessler el que experimente una transformación más acusada a base de frecuentar la compañía de la bella y díscola Lola, situación que difícilmente podrá seguir adelante por mucho más tiempo, dado el abismo, tanto político como personal, que los separa a ambos.

Huessler (Keith Baxter)

martes, 29 de octubre de 2019

Las ratas (1997)




Director: Antonio Giménez-Rico
España, 1997, 90 minutos

Las ratas (1997) de Antonio Giménez-Rico


Mas al chiquillo no le agradó la faena del abuelo. Por principio le repugnaba la muerte en todas sus formas. Con el tiempo apenas se modificó su actitud; es decir, sólo concebía muertas a las ratas que eran su sustento y a los cuervos y las urracas porque su fúnebre plumaje le recordaba el entierro del abuelo Román y la abuela Iluminada, los dos ataúdes juntos sobre el carro de la Simeona. Por la misma razón odiaba el niño a Matías Celemín, el Furtivo. [...]

Pero también aprendió el niño, junto al abuelo Román, a intuir la vida en torno. En el pueblo, las gentes maldecían de la soledad y ante los nublados, la sequía o la helada negra, blasfemaban y decían: "No se puede vivir en este desierto". El Nini, el chiquillo, sabía ahora que el pueblo no era un desierto y que en cada obrada de sembrado o de baldío alentaban un centenar de seres vivos. Le bastaba agacharse y observar para descubrirlos. Unas huellas, unos cortes, unos excrementos, una pluma en el suelo le sugerían, sin más, la presencia de los sisones, las comadrejas, el erizo o el alcaraván.

Miguel Delibes
Las ratas (1962)
Capítulo 3



Tal vez el mérito principal de esta adaptación de la novela homónima de Delibes resida en haber logrado penetrar hasta el fondo del universo narrativo de un autor del que, en 2020, se conmemoran diez años de su muerte y el centenario del nacimiento. Ocasión idónea, por tanto, para revisar una más que aceptable película cuyo máximo interés radica en el enfoque documental, cuasi etnográfico, de muchas de sus escenas. Como la impactante matanza del cerdo, antaño tan cotidiana, y que hoy podría herir la sensibilidad de más de un espectador.

De hecho, son muchos los animales que, comenzando por el propio título, poseen un enorme protagonismo en la cinta que nos ocupa, desde raposas hasta buitres, pasando por esas codiciadas ratas de agua que serán el origen de no pocas disputas. Circunstancia que, sin duda, hubo de complicar un rodaje ya de por sí largo, teniendo en cuenta que la acción transcurre a lo largo de las cuatro estaciones del año: variedad de paisajes y ambientes, magistralmente captados por el objetivo de Teo Escamilla (1940-1997) en el que había de ser uno de sus últimos trabajos como director de fotografía.



Son quizá las secuencias rodadas en la taberna, foro social por excelencia de la aldea, las que adolecen de una cierta teatralidad que viene a empañar un tanto la impecable puesta en escena concebida por Giménez-Rico, repleta de tantísimos apuntes cotidianos a propósito de usos, costumbres y oficios de la Castilla profunda y misérrima. Porque, si bien la acción transcurre en 1956 (un año después de que España entrara a formar parte de la ONU y tres tras los acuerdos de Madrid con los Estados Unidos), el Ratero y muchos de sus convecinos siguen, no obstante, viviendo en la Edad de Piedra.

De ahí el empeño manifestado por las fuerzas vivas del municipio (básicamente, el alcalde y el gobernador civil, aunque también la fanática doña Resu) para acabar con determinados modos de vida que ellos consideran primitivos, cuando no aberrantes. Pero más fuerte que la obsesión de los tecnócratas del Régimen por conseguir a toda costa el "progreso", más enérgica que la insistencia de alguna vieja beata en domesticar lugareños montaraces, la maldad de unos y otros excitará los bajos instintos del Ratero (José Caride) hasta que las pocas luces de éste lo echen todo a perder, incluido el futuro de su hijo (Álvaro Monje), dotado de una extraordinaria inteligencia natural que, sin embargo, no logra impedir la tragedia.


martes, 27 de febrero de 2018

La noche oscura (1989)




Director: Carlos Saura
España/Francia, 1989, 90 minutos



¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

San Juan de la Cruz
Noche oscura del alma (vv. 21-25)

Apenas tres poemas han bastado para hacer de San Juan de la Cruz una de las cimas de la lírica universal, a saber: Cántico espiritual, Llama de amor viva y Noche oscura del alma. Quien fuera Juan de Yepes en el mundo había nacido en Fontiveros (Ávila) en 1542 y falleció en Úbeda (Jaén) cuarenta y nueve años después. Místico, poeta, Doctor de la Iglesia, su beatificación en 1675 y posterior canonización en 1726 elevarían a los altares a una figura que en vida hubo de padecer prisión por atreverse a reformar la Orden del Carmelo.

Es precisamente en ese punto de su trayectoria vital donde el director Carlos Saura decide situar la acción de La noche oscura, insólita tentativa de convertir en película la inefable experiencia ascética del futuro santo y que, quizá por ello, acercaba su estilo, merced a la excepcional fotografía de Teo Escamilla (poseedor de una paleta con una amplia gama de tonalidades opacas), al de cineastas como Robert Bresson o el Alain Cavalier de Thérèse (1986). No en vano, se trata de una coproducción con Francia que contó con la participación de Julie Delpy en un pequeño papel.



Aunque el gran trabajo interpretativo del filme corrió a cargo, por supuesto, de Juan Diego: su aproximación a Juan de la Cruz representa un desafío sólo al alcance de los mejores actores y en torno del cual gira toda la puesta en escena. Son destacables, en ese aspecto, la secuencia del juicio y, sobre todo, los delirios del personaje una vez recluido en su celda de castigo.

Sin embargo, lo interesante del enfoque que le da Saura a La noche oscura es que no se limita a la mera reconstrucción histórica o a traducir en imágenes los sensuales versos de San Juan, sino que el filme aborda igualmente el proceso de creación literaria, mostrando al hombre que se debate con denuedo entre la inspiración divina y la siempre ardua tarea de cómo plasmarla por escrito. Temas expuestos con solvencia en una cinta que, en última instancia, acaba virando en el tramo final de su metraje hacia un esquema más típico de las películas de fugas, toda vez que, en mayo de 1578, el verdadero San Juan de la Cruz lograría evadirse de su presidio toledano.


lunes, 7 de agosto de 2017

Crimen de doble filo (1965)




Director: José Luis Borau
España, 1965, 87 minutos

Crimen de doble filo (1965)
de José Luis Borau


Claramente inspirado en el suspense hitchcockiano, Crimen de doble filo supuso la segunda incursión en el largometraje de un José Luis Borau que había debutado un año antes con el espagueti wéstern Brandy. Protagonizada por una pareja de argentinos (Susana Campos y Carlos Estrada) debidamente doblados, según costumbre de la época, al neutro castellano peninsular, la película partía de un inteligente guion del productor Juan Miguel Lamet (quien, por cierto, aparece en un fugaz cameo en el último plano).

Cuenta la historia de Andrés Salas (Estrada), un apocado violonchelista que lleva una existencia gris, abrumado por el recuerdo de su padre, quien, en tiempos, había sido un afamado compositor (una foto con dedicatoria del rey Alfonso XIII en el domicilio familiar contribuye a subrayar la importancia del difunto). Pero la tediosa rutina del hombre se va a ver repentinamente alterada con la súbita muerte de un afinador de pianos que vive en los bajos de su edificio, hecho que sitúa a Salas en el centro de una vorágine obsesiva que le irá minando la moral al creerse perseguido por el asesino.



Es Crimen de doble filo una película repleta de pequeños detalles. Así, por ejemplo, al ya mencionado cameo de Lamet o a la foto de Alfonso XIII, cabría añadir los carteles de Nobleza baturra y Morena Clara (ambas de Imperio Argentina y Florián Rey) en el taller del afinador o lo que el Comisario Ruiz (Antonio Casas) encuentra cuando procede a registrar el apartamento de Claus, cuyas paredes aparecen presididas por un póster en homenaje a la memoria del poeta Antonio Machado y una reproducción del Guernica de Picasso. Todo un atrevimiento tratándose de una película estrenada en pleno franquismo. Entre sus libros, figura, además, una monografía dedicada a Hitchcock, en clara alusión al tipo de cine en el que se inspira la trama de Crimen de doble filo.

Argumento que, todo sea dicho, acaba por ser un tanto predecible, lo cual no es óbice para que Borau demuestre una solvencia más que notable en la creación de atmósferas inquietantes. Algo a lo que contribuyen, en gran medida, la excelente fotografía en blanco y negro de Enrique Torán, secundado nada más y nada menos que por Luis Cuadrado y Teo Escamilla, así como la banda sonora de Luis de Pablo.


domingo, 28 de mayo de 2017

Dedicatoria (1980)




Director: Jaime Chávarri
España/Francia, 1980, 92 minutos

Dedicatoria (1980) de Jaime Chávarri


"Widmung", op. 25 nº 1, es el título de uno de los lieder de Robert Schumann. Y también el tema central de la película Dedicatoria de Jaime Chávarri. De hecho, el término widmung significa precisamente "dedicatoria" en alemán. Y, casualidades de la vida (o no tanto): si en la entrada anterior hablábamos de Los ojos vendados, se da la circunstancia de que el equipo técnico que trabajó a las órdenes de Saura dos años antes volvió a coincidir en 1980 en el rodaje de Dedicatoria. En ambos casos se trata de coproducciones hispanofrancesas supervisadas por Elías Querejeta y Tony Molière, protagonizadas por José Luis Gómez y con Teo Escamilla en la fotografía y montaje de Pablo G. del Amo.

Pero los dos filmes se parecen en algo más: tanto en el uno como en el otro, los personajes interpretados por Gómez se obsesionan con la preparación de proyectos en torno a temas controvertidos. En la peli de Saura, un montaje teatral basado en las experiencias de una mujer argentina torturada por grupos de extrema derecha; en la de Chávarri, sendos reportajes periodísticos, a cuál más estrambótico: "El hombre de los perros" y "La hija de la bruja". Lo mismo Luis que Juan tienen un corcho en su estudio, repleto de recortes sobre la materia que investigan.

Patricia Adriani (Carmen) y Jose Luis Gómez (Juan)

Porque Juan Oribe, centrándonos ya en Dedicatoria, es un periodista de los de magnetófono siempre a punto. Pretende entrevistar a Luis Falcón (Luis Politti, fallecido ese mismo año), criador de perros de raza y hombre que alberga un terrible secreto que le llevó hasta la cárcel. Pero mientras le conceden o no la ansiada interviú, pasa el tiempo grabando las confesiones de Clara (Amparo Muñoz), esposa de su jefe y amigo Paco (el bigotudo Francisco Casares), a propósito de la condición de hechicera de su madre. En realidad, Juan es un cuarentón en busca de afecto que oscilará, sucesivamente, entre los brazos de Clara y los de Carmen (Patricia Adriani), hija de Falcón.

Nominada a la Palma de Oro en Cannes, Dedicatoria venía a cerrar una etapa en la filmografía de su director, un Jaime Chávarri que a partir de ese momento espaciaría un poco más sus proyectos, cambiando de registro en varias ocasiones.

José Luis Gómez (Juan) y Amparo Muñoz (Clara)