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viernes, 16 de agosto de 2024

Los claveles (1960)




Director: Miguel Lluch
España, 1960, 80 minutos

Los claveles (1960) de Miguel Lluch


Versión cinematográfica de la zarzuela homónima que compusiera, allá por 1929, el maestro José Serrano a partir de un libreto de Luis Fernández de Sevilla y Anselmo C. Carreño. Aunque se da la cicunstancia de que dicho sainete ya había sido objeto de otra adaptación en el 36, dirigida por Santiago Ontañón. En cualquier caso, quien se hallaba detrás del proyecto en esta ocasión no era otro sino el incansable Iquino quien, en colaboración con Aureliano Campa y Raúl Alfonso, ideó un guion que modernizaba los puntos esenciales de la trama para situarla en el presente.

Así pues, Los claveles (1960) transcurre en una fábrica de perfumes cuyos trabajadores mantienen diversos galanteos entre sí. Por una parte están los tiernos y algo atolondrados Goro (Manolo Codeso) y Jacinta (Conchita Bautista), cuya relación se ve drásticamente interrumpida cuando Evaristo (Tomás Zori), padre del primero y conserje de la fábrica, confiesa al hijo que no puede ser novio de Jacinta porque la muchacha es, en realidad, su hermana...



Algo más serio, en términos dramáticos, es el flirteo entre la despechada Rosa (Lilián de Celis) y el envarado cajero de la fábrica, de nombre Fernando (José Campos). Su historia, básicamente, se resume en que ella bebe los vientos por él, mientras que él, serio y profesional, no parece estar por la labor. Ni que decir tiene que semejante situación dará pie a continuas chanzas entre las compañeras de la joven, siempre pendientes del continuo tira y afloja que se establece entre ambos personajes.

Típico producto de la factoría IFI, sus responsables conciben una comedia musical en la que, además de seis números propios de la obra original, se incluye también una actuación flamenca durante la escena que tiene lugar en la sala de fiestas La gran kermesse. Curiosa puesta al día de un híbrido en el que situaciones y réplicas inequívocamente castizas, como el concurso de chotis o el carácter picaresco del holgazán Bienvenido (Fernando Santos), contrastan con el ambiente industrial barcelonés en el que se sitúa la acción.



jueves, 15 de agosto de 2024

Crimen (1964)




Director: Miguel Lluch
España, 1964, 85 minutos

Crimen (1964) de Miguel Lluch


La acción de Crimen (1964) transcurre en algún lugar indeterminado de la provincia de Barcelona próximo a Vic y a Olot. Enclave rural, por tanto, en el que, además de cometerse una atrocidad contra una madre y su hija Inés (Sonia Bruno), se acusará injustamente de ambas muertes a don César, el médico del pueblo (Víctor Valverde). 

Y es que el verdadero inductor de lo ocurrido ha sido Carlos (Julián Mateos) junto con su amigo Ramón (Sergio Doré). Seductor empedernido, acostumbrado a salirse siempre con la suya, se da también la circunstancia de que el susodicho Carlos es sobrino del todopoderoso don Antonio (Luis Induni), lo que favorece una conspiración de silencio entre los lugareños para que el joven salga indemne.



El mismo elenco de actores que ya había trabajado a las órdenes de Miguel Lluch en El precio de un asesino (1963) protagonizaba ahora un drama de suspense, de nuevo producido por la prolífica factoría IFI (iniciales de Ignacio Ferrés Iquino), en el que el acérrimo juez interpretado por Fernando Sancho se pone al frente de la investigación con el firme propósito de demostrar la inocencia del doctor.

La implicación del sereno en las actividades delictivas que describe el filme nos habla de un tiempo en el que hasta los encargados de velar por la seguridad y el orden se rendían al poder omnímodo de los señoritos locales. De lo cual se desprende una aparente voluntad crítica, avalada por la advertencia que cierra los créditos iniciales ("Los hechos que se narran en esta película están basados en un crimen repugnante ocurrido en España hace algunos años"), pero que no es otra cosa sino el típico reclamo para el espectador de la crónica negra.



miércoles, 12 de julio de 2023

El precio de un asesino (1963)




Director: Miguel Lluch
España, 1963, 82 minutos

El precio de un asesino (1963) de Miguel Lluch


El incombustible Iquino y Federico de Urrutia escribieron a cuatro manos el guion de El precio de un asesino (1963), típica cinta policíaca de las muchas que por aquellos años se rodaron en la Ciudad Condal. El núcleo de su trama radica en la personalidad antagónica de dos hermanos, el uno sicario (Víctor Valverde) y el otro seminarista (Julián Mateos), cuyos destinos terminan cruzándose en las procelosas calles del Barrio Chino de Barcelona. 

Ni que decir tiene que la misión del segundo (tras colgar temporalmente los hábitos) consistirá en ir al rescate de la oveja descarriada que nunca debió abandonar la senda de los justos. Que lo consiga o no va a depender de su pericia para infiltrarse en los ambientes turbios de los bajos fondos, pero sobre todo de la vehemencia con la que defiende sus convicciones.



Tal vez por eso la cámara capta frecuentemente en ángulo contrapicado la efigie del futuro sacerdote, con la intención de realzar su figura, ya de por sí adornada con unas vistosas gafas de pasta que le aportan la gravedad circunspecta de quien es más fuerte por sus dotes persuasivas que no por la violencia que caracteriza, en cambio, al mundo del hampa.

A destacar la trascendencia de algunos secundarios, como por ejemplo esa especie de magdalena que es Beatriz (Margarita Lozano), vedete y presumiblemente mujer de la vida que anda prendada del malote Javier (Valverde), pero que, o por eso mismo, recurre a la ayuda del bueno de Miguel (Mateos). O la presencia del siempre efectivo Fernando Sancho, aquí metido en la piel de Rufo, un hombrón desastrado pero en el fondo de buen corazón. El caso es que el momento culminante de la intriga tendrá lugar entre los escombros de un edificio en ruinas adonde los dos hermanos se refugian ante el envite de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.



domingo, 23 de abril de 2023

La chica del autostop (1965)




Director: Miguel Lluch
España, 1965, 83 minutos

La chica del autostop (1965) de Miguel Lluch


Típico producto surgido de la factoría IFI (marca comercial auspiciada por el prolífico Ignaci Ferrés Iquino), La chica del autostop (1965) sitúa su acción en una Barcelona de azoteas y clubs nocturnos que vendrían a ser como la cara y la cruz de dos mundos antagónicos. Por una parte, las inmediaciones del mercado del Born, con la silueta de la basílica de Santa María del Mar al fondo, muestran una ciudad en pleno bullicio cotidiano, lo cual podría hacerse extensible a otros espacios igualmente concurridos por los que se mueven los personajes. En cambio, cuando cae la noche los jóvenes frecuentan las salas de baile próximas al puerto: garitos donde tanto las clases humildes como los universitarios de buena familia, más alguna que otra turista extranjera e incluso algún marine norteamericano borracho, alternan al ritmo estridente del último conjunto yeyé.

Semejante caldo de cultivo será propicio para que el ocioso trío protagonista, integrado por la bella Angélica (Olga Omar), su hermano Pedro (Fernando León) y el posesivo Manolo (Antonio Iranzo), tienda sus redes a la hora de obtener el dinero que les permita ir tirando sin necesidad de un trabajo estable. El particular modus operandi que suelen poner en práctica consiste en utilizar los encantos de Angélica como señuelo que atraiga a los conductores para después, una vez éstos han mordido el anzuelo, desvalijarlos sin contemplaciones con la excusa de que los otros dos darán parte a la policía de unos supuestos abusos.



En principio las cosas parecen ir bien y no les faltan billetes con los que acallar las protestas de la madre de Angélica y Pedro, siempre deseosa de que sus vástagos lleven el sustento a casa. Hasta la joven se permite flirtear con un muchacho un tanto sosaina de la alta burguesía al que toma el pelo sin dejarle que vaya más allá en sus intenciones de llevársela a la cama. No obstante, tras uno de esos golpes, Angélica va a conocer a un camionero llamado Juan (Víctor Valverde) y por primera vez en su vida creerá haber encontrado a la persona capaz de redimirla.

A pesar de que la película tenía que haber servido para lanzar la carrera de su actriz protagonista, así como consagrar al quinteto encargado de la machacona banda sonora, lo cierto es que ni Los Atilas ni Olga Omar vieron cumplidas las expectativas que el bueno de Iquino había depositado en ellos. Tampoco puede decirse que las habilidades de Miguel Lluch como director brillen especialmente en una puesta en escena correcta y hoy día de alto valor documental, aunque supeditada en exceso a la intencionalidad moralizante del desenlace.



lunes, 20 de agosto de 2018

El sistema Pelegrín (1952)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1952, 86 minutos

El sistema Pelegrín (1952) de Iquino


El inefable Iquino, aquel prolífico director y productor capaz de levantar un imperio cuando el cine español era poco menos que un erial, fue el responsable de llevar a la pantalla El método Pelegrín, adaptación de la novela homónima que Wenceslao Fernández Flórez había publicado en 1949 con el peculiar subtítulo de Memorias de un profesor de cultura física. De hecho, sería el propio escritor gallego quien se encargase de escribir el guion y los diálogos, lo cual salta enseguida a la vista. No hay más que ver escenas como la que a continuación reproducimos para reconocer en el acto su estilo inconfundible:

(Héctor Pelegrín, al que no le gustan nada los "bichos" del bosque, huye despavorido porque lo persigue lo que él considera una alimaña inmunda)

MARTÍNEZ: ¿Qué hace usted aquí?
HÉCTOR: ¡Me siguen!
MARTÍNEZ: ¿Quién? 
HÉCTOR: ¡Un conejo bravo!



Aunque, en realidad, el tal Pelegrín (Fernán Gómez), ser timorato en la frondosidad de la floresta (amén de lamentable agente de seguros), se revelará más tarde como un consumado "pedagogo" merced a unas disparatadas teorías, a cuál más estrambótica (desde el binomio de Windsor hasta el tenis "cristiano"), pero que, sin embargo, lograrán convencer al director del Gran Colegio Ferran para que lo contrate (pese a que la oferta inicial era para dar unas lecciones de álgebra) como monitor de gimnasia y entrenador del equipo de fútbol que el joven enseguida le propone fundar. 

Queda claro que labia no le falta, para los deportes pero también para ligarse a la profesora de música (interpretada por Isabel de Castro, una actriz portuguesa que por aquel entonces trabajó bastante en España), asegurar la viabilidad económica del centro y, ya puestos, tener contentos a los padres de los alumnos.

PELEGRÍN: Oiga, usted: el señor Martínez ha vuelto a insistir en que quiere que su hijo sea el guardameta de nuestro equipo.
DIRECTOR: (indignado) ¡Y usted me lo dice! ¡Usted cree que puede ser!
PELEGRÍN: Lo que yo creo es que cuando un hombre acaba de darnos un cheque, un robusto cheque para pagar todo esto, no debemos detenernos a examinar la fortaleza o debilidad de su hijo: cheques tiene muchos; hijos, nada más que éste: aceptemos los unos y el otro. ¡Querido director, déjeme que le guíe!



Porque lo cierto es que les ha salido un duro competidor: la Academia Enciclopédica, que fundó el engreído y bigotudo señor Moscoso (Manuel Monroy) tras escindirse del Gran Colegio Ferran. La rivalidad entre ambas instituciones quedará escenificada con el memorable partido en el que se enfrentan sus respectivos equipos. Pero el encuentro acaba como el rosario de la aurora, demostrándose que los métodos de Héctor son un peligro tanto para su integridad física como para mantener el orden en el pueblo. Tendrá que ser entonces Luisa, la profesora de música, quien ponga sentido común con una decisión salomónica que satisfaga a los dos bandos.

Rodada en los estudios que Iquino tenía en el Paralelo, así como en localizaciones de Esplugues de Llobregat y Barcelona (me pregunto a qué colegio debe pertenecer el patio donde el protagonista entrena con sus alumnos), El método Pelegrín, pese a tocar tangencialmente el tema de la educación, se enmarca en las denominadas comedias deportivas, generalmente de trasfondo futbolístico, que por aquellos años gozaban de enorme popularidad. Otros títulos en la misma línea serían El fenómeno (1956, de nuevo con Fernán Gómez) y El hincha (1958), ambas de José María Elorrieta, o, ya en los setenta, Las ibéricas F.C. (1971) de Pedro Masó o La liga no es cosa de hombres (1972) del propio Iquino y protagonizada por Cassen.