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viernes, 11 de abril de 2025

El segundo acto (2024)




Título original: Le deuxième acte
Director: Quentin Dupieux
Francia, 2024, 80 minutos

El segundo acto (2024) de Quentin Dupieux


Excéntrico como pocos cineastas y responsable de una de las filmografías más insólitas que pueda haber actualmente en el panorama internacional, el francés Quentin Dupieux (Hauts-de-Seine, 1974) presenta ahora su último trabajo, titulado Le deuxième acte (2024) como el restaurante en medio de la campiña en el que transcurre parte de la acción. Aunque lo curioso de la propuesta no radica tanto en el lugar, sino en las relaciones y diálogos que entablan los cuatro personajes principales.

Por una parte, están David (Louis Garrel) y Willy (Raphaël Quenard), dos amigos que tienen sus más y sus menos cuando el primero le propone al otro que intente satisfacer sexualmente a su novia. Ésta, llamada Florence (Léa Seydoux), pretende a su vez que su padre (Vincent Lindon) conozca personalmente a David. De modo que los unos y los otros mantienen acaloradas conversaciones mientras pasean por los alrededores.



El carácter metacinematográfico de la puesta en escena provoca que los protagonistas hagan referencia explícitamente a la película de la que forman parte, como cuando David se sulfura con Willy porque este último no para de hacer comentarios despectivos a propósito de transexuales y minusválidos que, además de no figurar en el guion, podrían suponer la cancelación del proyecto.

De todo lo cual se acaba derivando una reflexión bastante pirandelliana por boca del propio David, quien llega a la extraña conclusión de que la realidad es ficticia y viceversa. Quizá por ello no habría que concederle excesiva importancia al hecho de que la cinta se cierre con un largo trávelin hacia atrás sobre los rieles que el equipo de filmación ha colocado a través de los desiertos parajes de la Dordoña. Ni tampoco cuando, ya en los créditos finales, Dupieux incluye en los agradecimientos a su propio cerebro y hasta al mismísimo Dios.



lunes, 24 de febrero de 2020

Casanova, su último amor (2019)




Título original: Dernier amour
Director: Benoît Jacquot
Francia, 2019, 98 minutos

Casanova, su último amor (2019) de Benoît Jacquot


En las antípodas de como lo imaginara Fellini, la lectura que el francés Benoît Jacquot (París, 1947) propone de Casanova humaniza al personaje a fuer de insistir en un episodio poco conocido de sus memorias que desmitifica la inveterada fama de seductor que siempre lo ha venido acompañando. Exilado en Londres, ajeno a una ciudad y un ambiente cuyos entresijos se le escapan, el hombre maduro afrontará la frustración de sentirse "rechazado" por una joven meretriz (Stacy Martin) que se resiste a corresponder la poderosa atracción que el susodicho siente hacia ella.

Aunque, en puridad, asistimos a un flashback: la confesión del anciano a la nieta de su mecenas desde su retiro dorado como bibliotecario en Bohemia. De lo que se infiere que, a pesar de los años transcurridos, la vivencia le marcó profundamente.



Muchos dirán que la película se aparta del mínimo rigor histórico con tal de ofrecer una imagen inédita del seductor por antonomasia o incluso pondrán en duda la idoneidad de Vincent Lindon para encarnar el refinamiento dieciochesco de Casanova. De acuerdo. Pero, al mismo tiempo, hay que admitir que ni los estereotipos son intocables ni la ficción tiene por qué estar sujeta a prerrogativas de obligado cumplimiento.

A este respecto, un Casanova romántico, cuasi depresivo, es tan válido como la estampa más divulgada del libertino incorregible. Máxime cuando la fotografía tenebrista de Christophe Beaucarne o un excelente diseño de vestuario contribuyen a redefinir la figura del aventurero hasta el punto de presentarlo mejor de lo que fue.


viernes, 21 de septiembre de 2018

La aparición (2018)




Título original: L'apparition
Director: Xavier Giannoli
Francia, 2018, 144 minutos

La aparición (2018) de Xavier Giannoli


Tras dirigir comedias más o menos amables como Quand j'étais chanteur (2006, que aquí se tituló Chanson d'amour) o Madame Marguerite (2015), el francés Xavier Giannoli se atreve ahora con un insípido dramón sobre apariciones marianas que no parece haber convencido a nadie.

Vincent Lindon, en un papel que puede recordar por momentos al del cooperante que interpretara en Les chevaliers blancs (2015) de Joachim Lafosse, se mete en la piel de un periodista de investigación, atormentado por una vivencia traumática de su pasado como corresponsal de guerra en Oriente Medio, a quien el Vaticano encarga que averigüe qué hay de cierto en torno a toda la parafernalia que se ha montado en una pequeña aldea alrededor de una muchacha (Galatéa Bellugi) que asegura haber visto a la Virgen.



Los inacabables interrogatorios, viajes, entrevistas... llevados a cabo por la comisión que lidera Jacques Mayano (Lindon) acabarán arrojando algo de luz sobre una confusa historia personal cuyas aristas son sublimadas sirviéndose como pretexto de la religión de un modo remotamente similar a lo acontecido en Lourdes a mediados del siglo XIX. De hecho, es uno de los objetivos del filme: desenmascarar a los charlatanes que se aprovechan de la fe ajena, al mismo tiempo que se exploran los límites de la trascendencia.

Hasta aquí todo muy bien, pero... El uso (y abuso) de la música del estonio Arvo Pärt, considerada antaño el non plus ultra de la sofisticación con ínfulas místicas y convertida, a fuerza de recurrir a ella, en manido subterfugio, confiere al conjunto un hálito preciosista que impide ir al fondo de la cuestión. Así pues, las pesquisas del afligido Mayano quedarán finalmente relegadas a un cúmulo de imágenes al ralentí, como el plano en el que el plumón con el que Anna (Bellugi) y las monjas rellenan colchones sale despedido del interior de la sala en la que la joven ha sufrido un desvanecimiento.


martes, 28 de agosto de 2018

Rodin (2017)




Director: Jacques Doillon
Francia/Bélgica, 2017, 119 minutos

Rodin (2017) de Jacques Doillon


Lo que, en un principio, debía ser un documental sobre Auguste Rodin (1840-1917), con motivo del centenario de la muerte del artista, ha terminado siendo un biopic protagonizado por Vincent Lindon. Y compruebo, no sin cierto estupor, que en IMDB, tras haberla valorado 745 usuarios, apenas recibe un mísero 4,7. Vamos a ver: ya se sabe que en este tipo de cintas se corre el riesgo de que lo histórico acabe fagocitando lo cinematográfico; que Lindon no es un intérprete que despierte excesivas simpatías entre ciertos sectores del público y de la crítica; que la puesta en escena que ha llevado a cabo el realizador Jacques Doillon resulta, como suelen decir los que siempre tienen prisa, lenta... Pero de ahí a cargársela sin contemplaciones hay (o debería haber) una gran diferencia.

En cualquier caso, y a pesar de que su recepción esté siendo tan pésima, merece la pena destacar dos aspectos de Rodin: uno sería la fotografía de Christophe Beaucarne, opaca y algo melancólica, pero precisamente por ello capaz de transmitir el estado anímico de los personajes; el otro es la banda sonora compuesta por Philippe Sarde, una partitura de cámara que es la idónea para cierta idea de austeridad que flota en el ambiente.



Le sobrará, es verdad, el enfoque un tanto morboso de la relación que el escultor mantuvo con Camille Claudel (Izïa Higelin), de las disputas con su compañera (Séverine Caneele) o de ciertos escarceos sexuales con sus modelos. Tal vez se pase de puntillas sobre la amistad que le unió al poeta Rilke o la presencia de otras personalidades (Mirbeau, Monet, Cézanne...) queda, a lo mejor, un poco diluida.

Pero, en cambio, Doillon, cineasta veterano y sensible, acierta de lleno cuando muestra al protagonista en plena naturaleza, palpando la corteza de los árboles, abrazando su tronco, en busca de la inspiración que sólo la tierra podía brindarle. Poco a poco, las obras maestras de Rodin irán cobrando vida: La puerta del Infierno, Los burgueses de Calais, el Monumento a Balzac... ¿Por qué acabar la película en Japón, en el Museo al aire libre de Hakone, donde grupos de escolares juegan a los pies de una de sus esculturas? Pues quizá para remarcar la trascendencia de un legado cuya magnitud pervive en todo el mundo, aunque es probable que, también en esto, los detractores de la película verán un añadido gratuito.


lunes, 12 de marzo de 2018

El principito (2015)
















Título original: Le Petit Prince
Director: Mark Osborne
Francia/Canadá/EE.UU., 2015, 108 minutos

El principito (2015)

Quizá porque el libro en el que se basa alberga un mensaje muchísimo más profundo que la aparente sencillez del relato y los dibujos que lo acompañan, los creadores de la última adaptación cinematográfica de El principito han querido que sea varias películas a la vez. Para empezar, porque se siguen en ella al menos dos técnicas de animación claramente diferenciadas: una con los típicos personajes rechonchos generados mediante recursos informáticos y que pretenden emular descaradamente el estilo Pixar; otra más artesanal, resultado de aplicar el stop-motion sobre delicadas figuras de papel.

De hecho, es el segundo de los métodos mencionados el que se utiliza para recrear los personajes originales de Antoine de Saint-Exupéry, no así el primero (y mayoritario) con el que se nos introduce a la existencia de una niña cuya vida gris, estricta y monótona ha sido rigurosamente diseñada y controlada por su madre. Aunque no por mucho tiempo, puesto que la irrupción de un viejo y estrafalario aviador en el jardín de su casa pondrá una nota de color en su anodina realidad.



Lo cual dará pie, por cierto, a no pocos guiños cinéfilos. Como el hecho de que la protagonista se evada a través de la lectura del manuscrito que le facilita el aviador, planteamiento que recuerda al de La historia interminable. O el viaje a los mundos de fantasía que inicia a bordo de la aeronave de su vecino tras caer desde lo alto del canalón del desagüe y que se parece al realizado por Dorothy en El Mago de Oz. Sólo que, en lugar de llegar a la Ciudad Esmeralda, su destino es un planeta repleto de rascacielos que recuerda a la Metrópolis de Fritz Lang. Tal vez por ello, sus habitantes caminan con la mirada perdida de un autómata y los brazos caídos como los obreros del subsuelo durante el cambio de turno. No en vano, el clímax de este Principito tendrá lugar en una especie de sala de máquinas muy similar a la que aparece en el filme expresionista. Otros de esos guiños, en cambio, son fugaces y apenas reconocibles, como la gigantesca oficina repleta de sumisos mecanógrafos milimétricamente dispuestos en sus respectivos escritorios y que parece calcada de El proceso de Orson Welles o de El apartamento de Billy Wilder.

En fin: son tantos y tan abrumadores los medios desplegados en esta superproducción que uno no sabe qué destacar, si la banda sonora de Hans Zimmer (con la colaboración de la cantante Camille), las voces del star system galo (Dussollier, Cotillard, Lindon, Cassel, Canet, Gallienne...) o el éxito alcanzado en medio mundo. Nos quedamos, en cambio, con la imaginación: la que reina en el planeta de los baobabs, la del zorro domesticado y la rosa únicos en el mundo, la misma que permite al príncipe adulto revivir la inocencia del niño que fue. Porque sólo vemos bien con el corazón y lo esencial sigue siendo invisible para los ojos...


jueves, 15 de septiembre de 2016

Los caballeros blancos (2015)




Título original: Les chevaliers blancs
Director: Joachim Lafosse
Bélgica/Francia, 2015, 112 minutos

Los caballeros blancos (2015)


La ONG Move for kids pretende evacuar huérfanos menores de cinco años de un mísero país subsahariano que bien podría ser el Chad. Su objetivo es llevárselos clandestinamente a Francia para darlos en adopción.

El belga Joachim Lafosse (Uccle, 1975) ha intentado con Les chevaliers blancs mostrar la ambivalencia de una historia en la que teóricamente no hay ni buenos ni malos y en la que, además, el final, aunque se masca la tragedia, queda abierto. Teóricamente, pero no en la práctica... No hay más que ver, si no, el cartel promocional de la película, que incluimos más arriba: la forma en la que Jacques Arnault (Vincent Lindon) abraza al par de criaturas no deja lugar a dudas. Por más que sepamos que éste se vale de la mentira para engañar a Bintou o que accede a pagar las mordidas que le exigen los caciques locales, el filme toma partido descaradamente por Arnault, presentándolo como la única esperanza que poseen esos niños de tener un futuro mejor.



En ese orden de cosas, Los caballeros blancos toca también, aunque tangencialmente, el tema del terrorismo islámico, ya que tanto los miembros de la oenegé como los habitantes de las pequeñas aldeas que visitan sufren las habituales incursiones de grupos armados que siembran a su paso el terror. De modo que nada tiene de especial que algunas madres prefieran deshacerse de sus vástagos, pese a no cumplir los requisitos, entregándolos a Move for kids con la esperanza de obtener algún beneficio a cambio, tan dura es la lucha por la supervivencia en aquel territorio.

En el otro extremo de la balanza, hay personajes que intentan mantenerse fieles a sus principios. Tal es el caso de Xavier Libert, el ayudante de Arnault al que da vida el actor Reda Kateb, o la documentalista que, cámara en mano, se dedica a filmar el día a día de los cooperantes. No lo tendrán nada fácil, pues la dureza que entraña esa lucha diaria por la supervivencia es capaz de poner a prueba los ideales más férreos. Tal vez por ello, nos vienen a decir Lafosse y su equipo de guionistas, si se pretende hacer algo en pro de la infancia en territorios tan sumamente desfavorecidos (y en los que la corrupción y la inestabilidad política son males endémicos) a lo mejor no queda más remedio que moverse en la frontera de lo ilegal.


sábado, 21 de mayo de 2016

Pater (2011)




Director: Alain Cavalier
Francia, 2011, 105 minutos

Pater (2011) de Alain Cavalier


Durante los instantes iniciales de Pater (2011) vemos un primer plano de diversas conservas y la mano de un hombre mayor que va sirviendo las delicatessen a otro que, a juzgar por su voz, parece más joven. Enseguida sabremos que se trata del cineasta Alain Cavalier y del actor Vincent Lindon, quienes se han reunido para hablar de su próximo proyecto cinematográfico: en la película dirigida por el primero, el propio Cavalier interpretará al Presidente de la República y Lindon, el papel de Primer Ministro francés.

Lo curioso del caso es que de forma gradual y sin solución de continuidad veremos cómo ambos van ensayando sus papeles hasta convertirse ante nuestros ojos en los personajes que encarnan, desde lo que en apariencia era un vídeo doméstico hasta la película propiamente dicha. Curioso experimento a medio camino entre el documental y la ficción, en Pater se acabarán desdibujando los límites que separan la preparación de un filme de lo que serían las interioridades de las altas esferas del poder político.

Alain Cavalier

Pero también la relación que se establece entre ambos tiene algo de paternofilial y de ahí viene el título: el veterano director es como un padre para el actor protagonista, lo mismo que el político consagrado respecto a su delfín y futuro sucesor. Curioso paralelismo este, que llevará a Lindon a afirmar cómo a sus 51 años, ataviado con un buen traje y arropado por los mejores consejeros, se siente ya Primer Ministro y que cualquiera en esas mismas circunstancias podría ejercer como tal. ¿Crítica contra el sistema establecido o simple constatación de las semejanzas existentes entre su profesión y la de Manuel Valls?

Cavalier, por su parte, nos confesará ante el espejo y ante la cámara cómo en su más tierna infancia le sublevaba la autoridad que su padre ejercía sobre él. Un padre, Pierre, del que siente haberse convertido en clon con el paso de los años y cuya papada ha también heredado, aunque el hombre de Estado (¿o es el director de cine quien habla?) no duda en hacerla desaparecer mediante los 3000 euros de una costosa pero eficiente operación de cirugía estética.

Cavalier (izquierda) y Lindon (derecha): work in progress

lunes, 15 de febrero de 2016

La ley del mercado (2015)




Título original: La loi du marché
Director: Stéphane Brizé
Francia, 2015, 93 minutos

La ley del mercado (2015)


Como tantos otros parados, Thierry Taugourdeau no tiene más remedio que comenzar de cero y adentrarse en las procelosas aguas del mercado de trabajo: currículums, entrevistas, empleos mal remunerados y por debajo de su categoría profesional... Y eso cuando no debe soportar las impertinencias de algún entrevistador o la ineptitud de algún funcionario incompetente. Aunque lo peor todavía está por llegar...

Tanto y tan convincentemente se ha metido en el papel Vincent Lindon que en el último festival de Cannes se hizo con el premio al mejor actor. A lo cual hay que sumar los casi diez minutos de aplausos con el público en pie que mereció la película de Stéphane Brizé. Por su temática y estilo (incluyendo a actores no profesionales en el reparto), La ley del mercado entronca directamente con filmes como Dos días, una noche (Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2014) o Recursos humanos (1999) y El empleo del tiempo (2001), ambas de Laurent Cantet.

Qué duda cabe que la precariedad laboral es un tema de candente actualidad, máxime cuando nos vemos abocados, como el protagonista de esta película, a trabajar finalmente en contra de los que padecen las mismas fatigas que uno mismo. Ni por su edad ni por su formación ni por su situación familiar podía permitirse Thierry el lujo de escoger, así que cuando se le presenta la oportunidad de trabajar como empleado de seguridad en una gran superficie cree haber resuelto momentáneamente la difícil circunstancia en la que se encuentran tanto él como su mujer e hijo.



El dilema moral está, pues, servido: ¿con qué derecho puede exigir a los clientes del supermercado, o incluso a veces a sus propios compañeros, que devuelvan los productos que pretendían llevarse sin pagar si él conoce en primera persona la necesidad que les empuja a hacerlo? He ahí donde radica en realidad la verdadera injusticia de un sistema a todas luces perverso.

Pero Brizé ha sido astuto calculando los tiempos: el primero en pasar por el cuarto de los pillados in fraganti es un arrogante joven de origen magrebí que ha robado un cargador de móvil. "¿Y qué?", se dirá el espectador: "sólo por lo jactancioso de su actitud merece ser detenido". Pero ¿qué pensar cuando por esa misma habitación vayan desfilando ancianos, amas de casa y hasta alguna cajera? Esa es sin duda la pregunta que se acaba haciendo el protagonista.

En todo caso, la lástima es que en la vida real no todo el mundo tenga la valentía de Thierry: quizá por ello, cuando en la escena final vemos alejarse su coche, nos queda la sensación de que el desenlace, aunque bienintencionado, peca un tanto de inverosímil. De ahí que se aplauda como gesto heroico lo que tal vez no sea más que una forma fácil de redimir conciencias. Y es que el personaje interpretado por Vincent Lindon no solo deja plantada a su empresa sino que también nos deja plantados a los asistentes a la proyección, como si nos retara a pasar a la acción dando a entender algo así como: "Yo ya he tomado una decisión: ¿hasta cuándo vais a seguir vosotros siendo espectadores pasivos de esta injusticia?"