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sábado, 22 de agosto de 2026

Don erre que erre (1970)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1970, 92 minutos

Don erre que erre (1970) de Sáenz de Heredia


Una de las míticas encarnaciones de Paco Martínez Soria en la pantalla fue este buen hombre, paladín de la justicia y las causas perdidas, cuya esencia se nos antoja más perversa de lo que su vis cómica daría a entender a simple vista. En efecto, tras los gags y demás réplicas humorísticas de Don erre que erre (1970) se adivina la particular forma que tenía el franquismo de ridiculizar a quienes optan por defender sus derechos. De ahí que don Rodrigo Quesada discuta incansablemente por minucias, ya sea el cambio que no le dan en una gasolinera de pueblo o las 257 pesetas de un pagaré bancario.

Asimismo, la sociedad que deja entrever la película está encabezada por individuos de dudosa reputación, como ese siniestro aristócrata interpretado por Guillermo Marín que ocupa, además, un alto cargo en el Banco Universal o el director de dicha entidad (Tomás Blanco), todos ellos habituales de cacerías como la que tiene lugar en un momento determinado del filme y que años después parodiaría Berlanga en La escopeta nacional (1978).



Por otra parte, tampoco faltan los micromachismos propios de un mundo en el que la mujer no pintaba gran cosa. Prueba de ello sería la actitud sumisa (y a veces hasta resignada) de doña Luisa (Mari Carmen Prendes) hacia su marido, así como la obsesión de este último, pese a estar entrado en años, de tener un hijo varón que garantizase la continuidad del taller de modelado de vidrio que regenta. Mientras tanto, su única hija (Josele Román) baraja la posibilidad de meterse a monja si el vecino de enfrente (José Sacristán) no se fija en ella.

Típico producto de su época, éste trasciende, sin embargo, la mera etiqueta de comedia costumbrista de enredo para revelarse como síntoma transparente del tardofranquismo. Y es que, tras la apariencia entrañable de las peripecias absurdas de don Rodrigo por una ínfima suma de dinero, la cinta de Sáenz de Heredia lleva implícito un discurso adormecedor que canaliza el descontento individual hacia la caricatura inofensiva con el objetivo de revalidar las instituciones del Régimen. Así, lejos de constituir un ejercicio de sátira incisiva contra la burocracia, la obra opera como una válvula de escape para el franquismo sociológico, ya que convierte la rebeldía del ciudadano común en un terco capricho anecdótico, garantizando que el orden establecido permanezca rigurosamente intacto.



domingo, 5 de enero de 2025

El abuelo tiene un plan (1973)




Director: Pedro Lazaga
España, 1973, 90 minutos

El abuelo tiene un plan (1973) de Pedro Lazaga


Me pregunto qué diría cualquier adolescente de los de ahora si le plantaran delante El abuelo tiene un plan (1973). Probablemente algo así como "¿Y a mí qué?", habida cuenta de que en la actualidad (no hay más que ver cada noche a los participantes que acuden a First dates, muchos de ellos de edad provecta) eso de que una pareja de ancianos se enamore parece lo más natural del mundo.

Sin embargo, en la España de hace medio siglo el hecho de que un viudo de 65 años entablase una relación sentimental con una solterona a la que acaba de conocer en un sanatorio se consideraba un argumento tan divertido que daba para hacer una comedia. Evidentemente, los hijos del interfecto, que para colmo es un poco hipocondríaco, ponen de inmediato el grito en el cielo ante lo que consideran poco menos que una indecencia.



Un guion de, entre otros, Alfonso Paso (quien interpreta también un breve papel como doctor o maestro de ceremonias cuya función es la de aleccionar al espectador a propósito de lo solitos que se sienten los miembros de la tercera edad) le sirve al incombustible Pedro Lazaga para confeccionar una típica astracanada al servicio de Paco Martínez Soria. Le secundan una nutrida galería de intérpretes, como la entrañable Isabel Garcés en el papel de la modosita Elena o los siempre efectivos Pepe Sacristán y Manolo Zarzo, junto a Elvira Quintillá o Matilde Muñoz Sampedro, haciendo lo indecible para evitar a toda costa que la pareja de tortolitos se salga con la suya.

Y así, entre bromas amables (con algún que otro gag tirando a picante, aunque sin pasarse) discurre la acción de una cinta que pretendía ofrecer una imagen moderna de la sociedad tardofranquista, pero que, al fin y a la postre, acaba resultando casposa por su excesivo paternalismo. Nada que ver, por ejemplo, con la ternura que, a partir de una idea similar, transmitía uno de los episodios de Del rosa al amarillo (1963), la ópera prima de Manolo Summers.



martes, 25 de abril de 2023

Las secretas intenciones (1970)




Director: Antonio Eceiza
España, 1970, 83 minutos

Las secretas intenciones (1970)


Haciendo honor a su título, Las secretas intenciones (1970) vendría a ser una extraña aproximación al tema del suicidio o, mejor aún, a lo que pudiera calificarse de relación autodestructiva. Porque, si bien es cierto que tanto Blanca (Haydée Politoff) como Miguel (Jean-Louis Trintignant) se influyen mutuamente en sus continuos arrebatos de amor-odio, al final será este último quien terminará llevando al extremo dicha obsesión por la muerte.

El guion de Rafael Azcona, lo mismo que la fotografía de Luis Cuadrado o la vanguardista música de Luis de Pablo, se enmarcan en el estilo aséptico que el productor Elías Querejeta solía transmitir por aquel entonces a todas sus películas: una forma de hacer cine que aspiraba a ser moderna (moderna para la España caduca del tardofranquismo, se entiende), pero que, en realidad, denota una cierta vacuidad no exenta de diletantismo.



Como no falta tampoco la habitual dosis de devaneos amatorios, todo un atrevimiento tratándose de una cinta española de finales de los sesenta. De modo que Miguel, un individuo casado y padre de familia numerosa, bebe los vientos por la susodicha Blanca, a la que sigue y persigue con su descapotable a lo largo y ancho de Madrid, pese a que ya es amante de Pepa (Teresa del Río), la mujer de su amigo Ernesto (Julio Núñez).

Sea como fuere, la presencia al frente del reparto de dos intérpretes franceses (él, consagrado tras el éxito internacional de Un homme et une femme; ella, musa de Rohmer) aporta la dosis necesaria de sofisticación para que la trama parezca más profunda de lo que realmente es. En ese aspecto, y sin llegar a ser tan críptico como, por ejemplo, un Carlos Saura, el siempre fascinante Antxon Eceiza (1935-2011) se recrea, sin embargo, en mostrar a gente sangrando, tal vez con la esperanza de incomodar al espectador.



lunes, 10 de mayo de 2021

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971)




Director: Pedro Lazaga
España, 1971, 93 minutos

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) de Pedro Lazaga


La pieza teatral en dos actos de Jardiel Poncela en la que se basa esta película se había estrenado el 16 de febrero de 1943 en el madrileño Teatro de la Comedia. Con varias diferencias respecto a lo que Pedro Lazaga mostrará en pantalla casi tres décadas más tarde. De entrada, porque los accidentes ferroviarios que padecen los personajes en la obra de teatro han sido sustituidos, en su versión cinematográfica, por accidentes automovilísticos. Pero, por otra parte, y ahí es precisamente donde radica el contraste más notorio, los actores de Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) hacen gala de un histrionismo un tanto chabacano que poco o nada tiene que ver con el humor inteligente de Jardiel.

Se incluye, además, una canción ("La Tierra es una bola de colores", con letra de Antonio Gala y música de Antón García Abril, interpretada por Jaime Morey) que sirve de hilo conductor a lo largo de todo el filme y suena de fondo cada vez que la pareja protagonista se tira los trastos a la cabeza: recurso que, a nivel visual, adquiere su máxima comicidad cuando el estribillo recalca aquello de "¡Te quiero, te quiero mucho, vida mía!" mientras vemos a Ramiro (José Luis López Vázquez) y a Blanca (Esperanza Roy) gritarse airadamente.



La tesis de la cinta (si es que de tesis puede hablarse) vendría a ser que, a veces, un matrimonio en apariencia mal avenido tiene más posibilidades de seguir adelante que no uno cuyos cónyuges estén todo el día haciéndose arrumacos. O eso, al menos, es lo que le ocurre al pobre Ramiro Peláez, quien deseará que su señora vuelva a ser tan fiera como solía serlo antaño cuando, tras sufrir un grave percance, ésta adopta el comportamiento tierno y cariñoso de su difunta hermana Rosa. Con el agravante de que dicha transmutación conlleva también, como es lógico, que Blanca (que es Rosa por dentro, de ahí el título) se sienta atraída por su cuñado Héctor (Pepe Rubio).

Típica comedia de enredo en la que los personajes desean a toda costa revertir la situación, se convierte, en manos del prolífico Pedro Lazaga, en un vehículo al servicio del elenco de actores. Además de los ya mencionados, destacan Josele Román en su papel de criada amnésica y Valeriano Andrés como doctor y sabio despistado. También Rafael Alonso, que da vida a un dramaturgo a punto de estrenar su nueva comedia, y Manuel Alexandre, el profesor encargado de reeducar a Blanca.