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domingo, 3 de junio de 2018

La llegada (2016)




Título original: Arrival
Director: Denis Villeneuve
EE.UU., 2016, 116 minutos

La llegada (2016) de Denis Villeneuve


El pasado 9 de febrero fallecía repentinamente en Berlín el compositor islandés Jóhann Jóhannsson, autor de bandas sonoras tan notables como la de Arrival, incursión del canadiense Denis Villeneuve en la ciencia ficción un año antes de acometer la secuela de Blade Runner.

Como suele suceder en este tipo de cintas, un grupo de expertos científicos son reclutados por los servicios secretos del gobierno americano con la finalidad de lograr comunicarse con los alienígenas que acaban de llegar a la Tierra. Son doce naves en total, con forma de pepino gigante y comandadas por parejas de pulpos heptápodos: claro que, si ya en Alien (1979) los embriones de la criatura parecían centollos, nadie debería sorprenderse de la apariencia de estos extraterrestres.



Se mire como se mire, el mensaje que se esconde tras un filme como Arrival es tan antiguo como el género: una civilización tecnológicamente superior a la nuestra se pone en contacto con nosotros para ver si, de una vez por todas, somos capaces de ponernos de acuerdo y trabajar todos juntos en buena armonía. Algo que sólo se logrará tras descifrar unos símbolos que parecen la marca que deja la taza cuando se te derrama el café sobre el mantel (o la del tarro de tinta china cuando, en clase de dibujo técnico, emborronábamos una lámina tras otra).

Independientemente de que a nivel de efectos especiales la factura de la película sea impecable, lo que acaba ya de chirriar del todo es la visión que se da de China y de Rusia como emergentes potencias "folloneras", siempre dispuestas a declarar la guerra a los simpáticos Abbott y Costello. Suerte que la insigne traductora Banks (Amy Adams) no sólo logrará descifrar los "posos del café" para convertirlos en lenguaje universal, sino que, tras desarrollar la facultad de ver el futuro, formará una familia junto a su colega Donnelly (Jeremy Renner) y convencerá a un peligroso general chino de que se vuelva buen chico por el bien de la humanidad.


viernes, 27 de abril de 2018

La forma del agua (2017)
















Título original: The Shape of Water
Director: Guillermo del Toro
EE.UU., 2017, 123 minutos

La forma del agua (2017)

El mismo esqueleto revestido con diferentes ropajes: he ahí una posible definición de La forma del agua respecto a lo que había sido, más de una década antes, El laberinto del fauno. Porque ambos filmes comparten no sólo una similar fotografía tenebrista, con presencia masiva de tonalidades verdes en cada plano y una luz como de puesta de sol, sino un mismo universo en el que criaturas de ensueño irrumpen en la realidad más anodina. De hecho, Guillermo del Toro recurre en uno y otro caso al mismo actor (Doug Jones) para meterse en la piel del ente protagonista, que aquí es un hombre anfibio cuya posesión se disputan los dos bloques de la Guerra Fría.

Una fórmula que, al parecer, no ha perdido ni un ápice de vigencia, si se tienen en cuenta los cuatro Oscar cosechados por The Shape of Water frente a los tres que ya obtuviera El laberinto del fauno. Lo cual daría pie a la curiosa reflexión que lleva implícita una cinta de tales características: ¿si se ambienta en los años cincuenta, como es el caso, debe una película mostrar un diseño de producción semejante a los de antaño o, por contra, es preferible sacar partido de la espectacularidad que permiten los efectos especiales de hoy en día?



Cuestión que del Toro soluciona con una sabia amalgama de elementos, desde la apariencia del anfibio (claramente inspirada en el imaginario de la Serie B de la época) hasta las secuencias acuáticas, un portento cuya compleja puesta en escena es resuelta por el mejicano aportando la habitual dosis poética de la mayor parte de su filmografía.

Y es que, como en toda fábula, la historia que aquí se plantea se presta a lecturas alegóricas de todo tipo. En ese sentido, el idilio entre Elisa (Sally Hawkins) y el batracio humanoide equivaldría a la enésima recreación del mito de la bella y la bestia, pero también, dada la condición muda de ambos, a una metáfora sobre la verdadera esencia del amor, entendido como el triunfo del afecto puro y sincero por encima de la palabrería fútil.


viernes, 29 de diciembre de 2017

Trumbo: La lista negra de Hollywood (2015)




Título original: Trumbo
Director: Jay Roach
EE.UU., 2015, 124 minutos

Trumbo (2015) de Jay Roach


No hay nobleza alguna en la muerte. Ni siquiera cuando mueres por defender el honor. Ni aun cuando seas el gran héroe de la humanidad. Ni aun cuando seas tan grande que tu nombre nunca sea olvidado y ¿quién es tan grande? Lo más importante es la vida, muchachos. Muertos no servís nada más que para los discursos. No os dejéis engañar más. No os deis por aludidos cuando os den palmadas en el hombro y os digan "vamos, tenemos que luchar por la libertad" o cualquier otra palabra.

Dalton Trumbo
Johnny cogió su fusil
Traducción de María Susana Eguía

Si hay un nombre que sobresale por encima del resto en la nómina de los Diez de Hollywood, ése es, sin lugar a dudas, el del guionista Dalton Trumbo. Paladín del pacifismo y miembro confeso del Partido Comunista, Trumbo (1905-1976) sería incluido a finales de la década de los cuarenta en la lista negra auspiciada por el Comité de Actividades Antiamericanas del senador MacCarthy. Lo cual, en términos prácticos, se tradujo en su destierro de las grandes producciones, a las que sólo regresaría eventualmente y bajo pseudónimo.

Es muy probable que el personaje real, fumador empedernido y adicto al trabajo, no fuese exactamente el entrañable padre de familia que por momentos se nos muestra en el biopic dirigido por Jay Roach. Pero ya se sabe lo que ocurre con este tipo de películas: en aras de ganarse las simpatías del espectador hay que obviar el lado oscuro del personaje para así darle mayor relieve a su heroísmo. En ese aspecto, Bryan Cranston borda el papel de represaliado que jamás llega a desdecirse de sus ideas ni, mucho menos aún, delatar a sus antiguos camaradas.



Dos son, a nuestro juicio, los momentos estelares en los que el intérprete pone de manifiesto su talento. Uno es el diálogo que mantiene con su hija en una de las escenas iniciales, cuando, preguntado por ésta sobre si ella es también comunista, le responde el padre con un test o más bien parábola a propósito de un sándwich de jamón y queso y sobre si la niña estaría dispuesta a compartirlo o no con alguien hambriento. El otro, ya al final, es el emotivo discurso que Trumbo dirige a la concurrencia con motivo de la concesión del premio Laurel: toda una muestra de cómo reivindicar sin acritud la memoria de aquéllos que todo lo perdieron por atreverse a pensar diferente.

¿La pega? Pues que representar en pantalla a estrellas tan icónicas como John Wayne o Edward G. Robinson mediante actores de hoy en día le resta credibilidad al producto, cosa que en el caso de Kirk Douglas se resuelve bastante mejor gracias al enorme parecido físico de Dean O'Gorman con el mítico intérprete de Espartaco.