viernes, 31 de julio de 2015

Tesis (1996)












Director: Alejandro Amenábar
España, 1996, 125 minutos




Redonda le salió la jugada al director y productor José Luis Cuerda con Tesis. Se trataba de apadrinar a un joven talento para, rodeándolo de los medios necesarios, auparlo hasta lo más alto y renovar así el panorama cinematográfico español. Ante el escaso interés que suscitaba el cine nacional entre las nuevas generaciones de espectadores, urgía buscar un revulsivo que atrajese a los jóvenes a las salas para ver algo más que americanadas.

Y el elegido fue Alejandro Amenábar. Con apenas 23 años y tres cortometrajes en su haber, supo "ofrecer al público lo que el público quería ver". La frase, por cierto, la pronuncia el pérfido Jorge Castro (Xabier Elorriaga) en su conferencia ante los alumnos en el paraninfo de la Complutense. También José Luis Cuerda, quien interpreta un breve papel de profesor en la misma facultad, da por finalizada su clase con un "¡...y haber si van ustedes más al cine!"

Ángela (Ana Torrent) prepara un cuestionario
con la ayuda de Chema (Fele Martínez)

¿Qué es lo que gustó de Tesis? Probablemente sus diálogos: Chema (el también debutante Fele Martínez) representa a las mil maravillas al típico universitario friki y asocial, siendo ello debido, en buena medida, a su forma de hablar, reflejo de lo que realmente se escucha en la calle. Casi lo mismo podría decirse de Bosco (Eduardo Noriega) quien personifica al pijo guaperas de la facultad, pero que puede tener una lengua terrible cuando se lo propone. Por otra parte, el público español también quedó gratamente complacido con un thriller de suspense al estilo de los de Hollywood de toda la vida, pero fabricado con unos elementos que resultaban mucho más cercanos a sus referentes culturales.

El discurrir de los años le ha dado a Tesis un valor añadido: el de permitirnos recordar aquellos viejos tiempos (parecen más lejanos de lo que realmente son) del VHS, en los que aún no se había generalizado el uso de internet ni de los móviles de última generación. Sin duda, esta historia (con cintas secretas guardadas en subterráneos como si se tratase de los incunables de El nombre de la rosa) hoy en día, con todo o casi todo a nuestro alcance con un simple clic, ya no sería posible.

Por último, y ya más como curiosidad de cara al cinéfilo, poder contar en la misma película con Ana Torrent (la niña de El espíritu de la colmena, 1973), Miguel Picazo (el director de La tía Tula, 1964), José Luis Cuerda (director de las míticas El bosque animado, 1987, y, sobre todo, Amanece, que no es poco, 1989) o Xabier Elorriaga, todos ellos personalidades destacadas de la historia del cine de nuestro país, suponía un espléndido augurio para un joven cineasta con un brillante porvenir ante sí.

Eduardo Noriega interpreta a Bosco Herranz

¿Por qué no jugamos en el infierno? (2013)




Título original: Jigoku de naze warui?
Director: Shion Sono
Japón, 2013, 129 minutos

F R i K A D A S    N i P O N A S ...

Desde que se emitiera el espacio televisivo Humor amarillo en España, en los primeros noventa, el estándar de lo que son capaces los japoneses en cuestiones de diversión se reducía a gymkhanas más o menos despiadadas, donde lo supuestamente gracioso era ver los batacazos de los participantes, a menudo revolcándose en el barro. Sin embargo, se confirman los peores pronósticos: siempre puede ser peor...

En ¿Por qué no jugamos en el infierno?, el director Shion Sono ha dado rienda suelta a su imaginación bajo el lema de "No hay límites": ultraviolencia, sangre a raudales, adolescentes cinéfilos, disputas entre clanes yakuzas y una niña promesa que anuncia dentífrico. Y, a pesar de lo variopinto de la mezcla, el resultado final funciona en esta comedia alocada plagada de referencias cinematográficas: la inundación de sangre de El resplandor (1980) de Kubrick, el chándal amarillo de Bruce Lee o el de Uma Thurman en Kill Bill de Tarantino, los combates de samuráis de Zatoichi (2003) de Kitano... Hasta El globo rojo de Lamorisse (1956) o el de Hsiao-hsien Hou (2007) están presentes.

Vale la pena, por tanto, relajarse durante un rato con las paridas que nos propone Shion Sono. A fin de cuentas, el suyo es, por encima de todo, un homenaje al cine. La carcajada está asegurada.


Sobran palabras
¡Al ataqueee!

Carta de una desconocida (1948)












Título original: Letter from an Unknown Woman
Director: Max Ophüls
EE.UU., 1948, 86 minutos

Carta de una desconocida (1948) de Max Ophüls

Después de una excursión de tres días por la montaña, el famoso novelista R. volvió a Viena por la mañana temprano, compró un diario en la estación y, al hojearlo, se dio cuenta de que era el día de su cumpleaños. “Cuarenta y uno” pensó, y el hecho no le produjo ni frío ni calor. Volvió a hojear ligeramente el diario y se dirigió a su casa en un taxi. El criado le informó de las visitas que había tenido durante su ausencia, así como de las llamadas telefónicas, y le entregó la correspondencia sobre una bandeja. Él la miró distraído, abrió algunos sobres, cuyos remitentes le interesaban, y dejó a un lado uno de letra desconocida, que le pareció muy voluminoso...

Así comienza Carta de una desconocida, la novela corta publicada por Stefan Zweig en 1922 y que Max Ophüls llevaría a la gran pantalla años más tarde. Ya en la primera línea, se observa que el destinatario de la misiva es novelista y no pianista como acontece en la película. Es uno de los cambios que introdujo Howard Koch (el mítico guionista que ya había trabajado en Casablanca), sin duda para dotar a la historia de un mayor aliciente romántico de cara al público.

Lisa (Joan Fontaine) siente verdadera veneración por Stefan

Lo cierto es que Ophüls era el director ideal para adaptar a Zweig, escritor muy dado a recrear los elegantes ambientes vieneses y cuyo estilo refinado encajaba a la perfección con la exquisitez de Ophüls para filmar argumentos de regusto decimonónico. No en vano, ambos procedían del mismo mundo.

De los muchos momentos memorables de esta larga "carta" cabe destacar, por ejemplo, el paralelismo que Ophüls (maestro de la puesta en escena) lleva a cabo mediante sendos adioses en el andén de la estación de tren. Primero será Stefan (Louis Jourdan) quien se despida de Lisa (Joan Fontaine) desde la ventanilla: "¡Dos semanas! ¡Dos semanas!" Cuando tiempo después la escena se repita exactamente igual, pero siendo ahora Stefan junior el que se marcha, Lisa (y el espectador con ella) presentirá los peores augurios. ¿Se puede expresar más con menos?

Los padres de Lisa intentarán, en vano, casarla con este mozalbete

También es digna de ser mencionada la interpretación de Joan Fontaine, sobre todo su facultad para encarnar a la niña que fue Lisa (y que parezca realmente una niña, cuando en la vida real ya había cumplido los treinta años) y después verla evolucionar hasta convertirse en mujer.

La película está narrada a través de un larguísimo flash-back en el que Stefan, al tiempo que lee la epístola, tendrá conocimiento de la secreta pasión que Lisa albergó por él y que él, a su vez, ignoraba completamente. De hecho, el pianista y la modelo poseen caracteres divergentes: él, despreocupado y vividor; ella, leal y ardiente. Como diría Gustavo Adolfo Bécquer en la rima XLI:

Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!

Stefan (Louis Jourdan) leyendo la carta de la olvidada Lisa

jueves, 30 de julio de 2015

Tras el cristal (1986)












Director: Agustí Villaronga
España, 1986, 110 minutos




Tras tres cortos, el mallorquín Agustí Villaronga (Palma, 1953) debutaba en el largometraje con esta escalofriante historia de crueldad y venganza en la que la víctima de un antiguo oficial nazi se obsesiona con aplicar sobre su torturador los mismos suplicios que a él le tocó padecer.

En ocasiones como la que nos ocupa, aquella frase tan manida que solía utilizarse para prevenir a los espectadores de que "el contenido de las imágenes que van a ver a continuación puede herir su sensibilidad" se queda corta en el caso de Tras el cristal, dado el sadismo de alguna de sus escenas. Pero ello demuestra, al mismo tiempo, la valentía por parte del futuro director de Pa negre (2010), que no se anduvo con rodeos en su ópera prima para plasmar con la cámara la barbarie de la que fue capaz el fascismo.

Precisamente, Günter Meisner (el actor alemán que interpreta a Klaus) había vivido en sus propias carnes dichas atrocidades. De ahí sus reticencias iniciales para aceptar un papel que, por otra parte, resulta tan complejo. Y es que Klaus, el antiguo criminal, es ahora víctima por triplicado: de su mujer Griselda (Marisa Paredes), que lo trata con una aversión manifiesta; de la máquina en cuyo interior vive conectado para poder respirar y desprovisto de toda movilidad y, por último, de Angelo (David Sust), marcado de por vida por los abusos que padeció en su niñez y que no dudará en hacerse pasar por enfermero para resarcirse.

Muy pocos cineastas se han atrevido a llegar a tanto, lo cual sin duda sitúa a Tras el cristal a la altura de las mejores películas de directores de la talla de Michael Haneke.

Angelo (David Sust) vive traumatizado por su pasado
Klaus (Günter Meisner): de victimario a víctima
Griselda (Marisa Paredes), esposa de Klaus

El beso de la pantera (1982)












Título original: Cat People
Director: Paul Schrader
EE.UU., 1982, 118 minutos

El beso de la pantera (1982) de Paul Schrader

En su línea de historias con trasfondo perturbador, el director y guionista Paul Schrader acometió en 1982 la realización de esta particular versión de Cat People. A diferencia de la película rodada por Jacques Tourneur cuarenta años antes, la acción se traslada de Nueva York a Nueva Orleans y al personaje de Irena (Nastassja Kinski) se le añade ahora un hermano (Malcolm McDowell), con lo que la trama seguirá un nuevo rumbo incestuoso del que antes carecía. Tampoco hay leyendas balcánicas de por medio sino que todo el hechizo parece provenir de algún lugar indeterminado de África. Oliver (John Heard) y Alice (Annette O'Toole) ya no trabajan en un estudio de arquitectura: en lugar de ello, son operarios del zoológico, lo cual facilita enormemente que sepan cómo tratar a una pantera, desde luego.

No se puede negar que Schrader y el guionista Alan Ormsby fueron mucho más allá del simple remake, aportando un enfoque distinto con su sello personal, más posmoderno. Algo a lo que contribuye de manera notable la banda sonora de Giorgio Moroder y el tema central cantado por David Bowie. Sin embargo, todo lo que era sugestión y terror psicológico en la versión original se deja de lado en El beso de la pantera en beneficio de una explicitud que elimina cualquier posibilidad de mantener el encanto. Los desmesurados efectos especiales utilizados para escenificar la metamorfosis en felino de los hermanos Gallier, la violencia y la sangre que pueblan la pantalla recuerdan más bien al estilo de cineastas como John Landis, quien por aquellas fechas había triunfado con Un hombre lobo americano en Londres (1981).

La pantera aguarda el sacrificio
Nastassja Kinski es Irena Gallier

Pan, amor y fantasía (1953)




Título original: Pane, amore e fantasia
Director: Luigi Comencini
Italia, 1953, 93 minutos

¿Es posible que un film en el que intervenga Vittorio De Sica sea un film fallido? Evidentemente, no. La apostura, la galanura, pero, sobre todo, la comicidad que se desprende de su forma de actuar como algo natural, en absoluto impostado, hacían de él el intérprete ideal para elevar cualquier película a la categoría de clásico. Si a todo lo dicho le sumamos la presencia de la explosiva Gina Lollobrigida, se comprenderá que el resultado esté forzosamente predestinado a triunfar.

Un caso paradigmático de ello es Pan, amor y fantasía, fórmula de la que queda excluida la miseria, pese a que el contenido del film la acabe mostrando también (aunque idealizada). De hecho ese era y no otro el objetivo: ofrecer una estampa idílica de la vida en una deprimida aldea provinciana (la imaginaria Sagliena), al tiempo que se aprovechaba para enaltecer a los Carabinieri. En suma: una versión edulcorada y rosa del Neorrealismo italiano.

Antonio Carotenuto (Vittorio De Sica), mariscal del mencionado cuerpo de seguridad del Estado, se lamenta en un principio de haber ido a parar a tan remoto pueblo de montaña, aunque pronto se aclimatará a las costumbres locales de su nuevo destino: las habladurías de la gente, la superstición más descabellada (como el milagro de las 5000 liras, atribuido a San Antonio) o el ascendente de don Emidio el párroco sobre sus feligreses. Y acabará debatiéndose entre el gracejo de Maria la Bersagliera (Gina Lollobrigida) y el amor de Annarella (Marisa Merlini), la partera del lugar.

En cuanto a los tipos que habitan en Sagliena, los hay sumamente pintorescos, como la vieja sirvienta metomentodo Caramella, que se encargará de llevar chismes de aquí para allá con el objetivo de que acabe floreciendo entre los personajes el amor, elemento principal de la trama junto con el pan (escaso) y la fantasía (esta sí, a raudales).

Tanto fue el éxito de semejante trinomio que acabaría convirtiéndose en el primer episodio de una popular tetralogía del cine italiano de posguerra: Pan, amor y celos (1954), al igual que la anterior, de Luigi Comencini, Pan, amor y... (1955) de Dino Risi y Pan, amor y Andalucía (1958), coproducción hispanoitaliana dirigida por el leridano Javier Setó.


La comadrona (Marisa Merlini) y el mariscal Carotenuto (Vittorio De Sica)

miércoles, 29 de julio de 2015

¿Quién puede matar a un niño? (1976)











Director: Narciso Ibáñez Serrador
España, 1976, 107 minutos



Para muchos el nombre de Narciso Ibáñez Serrador ("Chicho") quizá se asocie únicamente con el director del celebérrimo concurso televisivo Un, dos, tres... responda otra vez, que durante tantos años se mantuvo en antena. Sin embargo, en su faceta de entusiasta adepto al género del horror dirigió un par de largometrajes para la gran pantalla hoy considerados de culto: La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976). Ambos comparten un inquietante nexo: utilizar a la infancia, supuestamente depositaria de la más tierna inocencia, como ingrediente principal de una historia de terror.

Para la segunda de ellas, Ibáñez Serrador partió de una idea original de Juan José Plans (y que más tarde el propio Plans convertiría en novela): de manera totalmente incomprensible, los niños de la pequeña isla de Almanzora se acaban rebelando contra los adultos, a los que irán exterminando de forma progresiva. Así que cuando una pareja de turistas ingleses llegue a la isla procedente de Benavís, se encontrará con las calles desiertas y un perturbador peligro acechando tras las puertas de las casas.

Cualquiera les dice nada a éstos...
La película arranca con un innecesario prólogo tremendista confeccionado a base de imágenes de archivo que muestran cómo es la infancia la primera en padecer las consecuencias de cualquier conflicto en el mundo. Ibáñez Serrador ha admitido en alguna ocasión que quizá habría sido mejor relegar esa parte al final, como aclaración de por qué se han comportado tan violentamente los menores durante el film.

Contrariamente a lo que cabría esperar de una película de terror convencional, la acción sucede a plena luz del sol y, en lugar de monstruitos deformes, los que siembran el pánico son chicos y chicas sonrientes. Los referentes indiscutibles en los que se inspira ¿Quién puede matar a un niño? son, por una parte, Los pájaros (1963) de Hitchcock y, por otra, la pareja de La semilla del diablo (1968) de Polanski (tanto Rosemary como Evelyn están embarazadas).

Entre los muchos alicientes que posee la película, uno que no se suele tener en cuenta pero que a buen seguro tiene su peso es que en ella podemos ver una España que ya no existe: esos pueblos de tapias enjalbegadas, ventanas con rejas negras y calles sin asfaltar... Quizá por eso mismo sigan teniendo su audiencia las sucesivas reposiciones de Verano azul, serie también terrorífica aunque por otros motivos y en otra acepción del término...

En cuanto a Juego de niños (Come Out and Play, 2012), el intrascendente remake mejicano de ¿Quién puede matar a un niño? casi mejor no decir nada.

La película se rodó en Sitges, Granada, Toledo y Menorca

La batalla del raíl (1946)




Título original: La bataille du rail
Director: René Clément
Francia, 1946, 85 minutos

Hay películas que solo por haber sido rodadas bajo condiciones adversas, al mismo tiempo o poco después de que aconteciesen los decisivos hechos que narran, ya aparecen envueltas en un halo de leyenda. Tal es el caso, por citar únicamente algunos ejemplos célebres, de Sierra de Teruel (1945) de Malraux, Roma, ciudad abierta (1945) de Rossellini o, en menor medida, de El gran dictador (1940) de Chaplin. Y lo mismo podría decirse de La batalla del raíl, la película que dirigió René Clément a mayor gloria de los cheminots apenas liberada Francia de la ocupación nazi

El film se centra en las heroicas acciones de sabotaje que llevaron a cabo los ferroviarios de la región de Chalon-sur-Saône, durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, como parte activa de la Resistencia frente a los invasores alemanes. En la mayoría de casos, está interpretado por actores no profesionales, muchos de ellos los mismos combatientes que en la vida real tomaron parte en las acciones relatadas, lo cual confiere todavía más, si cabe, a La batalla del raíl la condición de documento histórico, casi un documental sobre la labor de tantos partisanos que dieron la vida por su país y la libertad.

No faltan, aun así, toques de humor en mitad de tanta heroicidad. Como en la escena en la que se produce el descarrilamiento aparatoso de un larguísimo convoy: entre los vagones y mercancías que sucesivamente salen disparados, el último elemento que aterrizará en tierra será un acordeón.

En reconocimiento a la valentía demostrada por todos los que participaron en dicha contienda, la película fue premiada en la primera edición del festival de Cannes.

De todas formas, el punto de vista adoptado en el film dista mucho de ser imparcial. En primer lugar, porque se trata de un encargo realizado por la Resistencia y la SNCF (red de ferrocarriles francesa), razón por la cual todos los ferroviarios son presentados como luchadores espontáneos y unidos. Hay que situar la película en su contexto político: estamos en 1946, en la inmediata posguerra, y el gobierno pretende reconciliar a todos los ciudadanos, tanto colaboracionistas como resistentes, bajo la voluntad del general De Gaulle de considerar miembros de la Resistencia a todos los franceses.

Sin embargo, todo ello no le resta ni un ápice de valor a La batalla del raíl pues, a pesar de la idealización a la que se ve sometida la figura del ferroviario, sigue siendo un testimonio directo de las técnicas que utilizó la Resistencia a la hora de sabotear las líneas de ferrocarril. Claro que, por otra parte, tampoco es de extrañar que esta misma película fuese retirada tiempo después de las salas de exhibición para no dar malas ideas a los vietnamitas que luchaban en aquel entonces por obtener su independencia de Francia...

La batalla del raíl (1946) de René Clément
Imagen tomada durante el rodaje de la película
Consecuencia de uno de los actos de sabotaje
Mensaje de De Gaulle del 18 de junio de 1940

martes, 28 de julio de 2015

Los ojos dejan huellas (1952)












Director: José Luis Sáenz de Heredia
España/Italia, 1952, 100 minutos



El azar reúne a dos antiguos compañeros de la facultad de Derecho tras muchos años sin verse. A Roberto (Julio Peña) parece ser que todo le ha ido muy bien, pero a Martín, a juzgar por su cara de pocos amigos y sus malas maneras, se diría que no tanto. De hecho, se ve obligado a malvivir como vendedor de perfumes tras habérsele prohibido ejercer la abogacía por motivos no demasiado claros... He aquí el punto de partida de Los ojos dejan huellas.

Lo más llamativo de esta coproducción hispanoitaliana de principios de los cincuenta y ambientada en Madrid es el hecho de que intentara aclimatar los clichés del Cine Negro americano, con su crimen perfecto, su mujer fatal y su protagonista masculino eternamente enfundado en una gabardina y luciendo sombrero de ala ancha a lo Burt Lancaster.

También es digno de mención el atrevimiento que suponía para la época el insinuar, aunque muy levemente para evitar problemas con la censura, que el personaje de Martín Jordán (interpretado por el italiano Raf Vallone) era en realidad un antiguo republicano represaliado. Se trata de una de las varias audacias del guionista Carlos Blanco, como el detalle de convertir a Martín en un ferviente admirador del "Para Elisa" de Beethoven (lo escucha a todas horas en la jukebox del bar donde suele cenar), lo cual no deja de ser una conmovedora delicadeza viniendo de parte de un tipo tan duro.

La nota cómica la pone Fernando Fernán Gómez con su papel de enamoradizo ayudante del comisario, más preocupado por los posibles devaneos de Berta (la también italiana Elena Varzi) que de resolver el caso.



Emma Penella y Raf Vallone

La edad de la Tierra (1980)










Título original: A idade da Terra
Director: Glauber Rocha
Brasil, 1980, 160 minutos

La edad de la Tierra (1980) de Glauber Rocha

Una explosión de color. Exuberancia a raudales desde el primer fotograma, ese amanecer en tiempo real que tantos han querido imitar después (como el mejicano Carlos Reygadas en Luz silenciosa [2007], sin ir más lejos). La edad de la Tierra, testamento fílmico de Glauber Rocha, es a la vez un homenaje a Pier Paolo Pasolini, el brutal asesinato del cual inspiró al cineasta brasileño para concebir un film que aunase a un tiempo la perdurabilidad de Cristo en el Tercer Mundo con el eterno enfrentamiento entre capitalismo y marxismo en el ámbito de la controversia política.

Desde los carnavales de Río hasta las procesiones religiosas pasando por la glacial arquitectura de Brasilia, yendo mucho más allá de los límites de la mera experiencia cinematográfica, Rocha lleva a cabo un particular retrato de su país y de sí mismo. Pero tanto en un caso como en el otro, La edad de la Tierra rezuma un cierto desencanto, tal vez el hastío que conllevan las desilusiones derivadas de ver cómo, a pesar de los intentos revolucionarios fallidos del pasado, la pobreza se ha enquistado en el pueblo hasta devenir atávica.

Resulta, al respecto, muy sintomática la inclusión en el film de varios personajes que representan la demagogia de los políticos populistas con sus discursos vacíos y repetitivos hasta el paroxismo, así como las diversas encarnaciones de lo que podríamos denominar el Cristo tercermundista: Indio pescador, Negro, Militar/conquistador portugués y Revolucionario. Como es, igualmente, reveladora la presencia del periodista y escritor Carlos Castelo Branco, Castelinho, disertando sobre si hubo o no una revolución dentro de la revolución de 1964.

Apenas nueve meses después del estreno de A idade da Terra, moría repentinamente Glauber Rocha víctima de una septicemia. Tenía 42 años y acababa de fallecer un genio.

Maurício do Valle y Tarcísio Meira
encarnando colores políticos opuestos
Glauber Rocha (1939-1981)

lunes, 27 de julio de 2015

La culpa del otro (1942)










Director: Ignacio F. Iquino
España, 1942, 82 minutos



El cineasta catalán Ignacio F. Iquino (1910–1994) representa uno de los casos de mayor fecundidad creativa del cine español, puesto que su prolífica filmografía se desarrolló entre 1934 y 1984. A menudo considerado excesivamente comercial por sus detractores, su obra, sin embargo, abarcó todos los géneros y supo adaptarse sin mayor problema a las necesidades y gustos de cada época.

En La culpa del otro (1942) Iquino se atrevió a llevar a cabo una insólita amalgama de géneros: musical, policiaco, melodrama folletinesco, romance, comedia... aunando a un tiempo los tiros, la risa y el llanto, como a continuación detallamos.

Por una parte están las canciones que se cantan en la taberna del puerto de Barcelona, algunas de ellas celebérrimas como, por ejemplo, "Tatuaje". Por otra, las pesquisas para dilucidar quién mató al Marqués sénior. Aunque el meollo de la historia reside en los avatares de la pareja formada por Carolina (Mercedes Vecino) y Rafael (Salvador Soler Marí), mientras que la hija de ambos (María del Carmen, interpretada por Isabel de Pomés) vivirá su particular historia de amor con Juan Carlos, el Marqués júnior (Luis Prendes). Por último, el peculiar detective Cornelio (Fernando Freyre de Andrade) y los padres adoptivos de María del Carmen (Atilano y Gregoria, interpretados, respectivamente, por Joaquín Torréns y Camino Garrigó) encarnan la vena humorística de la película.


Mercedes Vecino e Isabel de Pomés
Programa doble de La culpa del otro (1942)
"Sacrificio y abnegación de una madre"
Anunciando el estreno para el 8 y 9 de octubre del 42

El cumpleaños de Ariane (2013)




Título original: Au fil d'Ariane
Director: Robert Guédiguian
Francia, 2013, 92 minutos

Frente a la tradicional tiranía parisina del cine francés, el director marsellés Robert Guédiguian prefiere situar la acción de sus filmes en su ciudad natal, lo cual confiere a su obra una originalidad remarcable. En su penúltima película, El cumpleaños de Ariane, cuenta, además, con su grupo habitual de colaboradores, encabezado por su mujer, la actriz Ariane Ascaride, y completado por Gérard Meylan (Denis) o Jean-Pierre Darroussin (en el doble papel de taxista y actor de teatro).

Que la película comience con la advertencia "Una fantasía de Robert Guédiguian" sobreimpresionada en pantalla ya nos da bastantes pistas de por dónde van a ir los tiros. Aunque es una lástima que en el título español se pierdan las connotaciones mitológicas del original francés: ese hilo que Ariadna entregó a su adorado Teseo para que pudiese encontrar la salida del laberinto que albergaba al Minotauro. En este caso el hilo de Ariane es el hilo de sus cavilaciones, las mismas que la llevarán muy lejos sin salir de su casa.

Guédiguian aprovecha el mismo hilo para tratar muy diversos temas: el drama de la inmigración a través del vendedor de souvenirs (Youssouf Djaoro), con todo lo que ello implica (conflictos armados en el país de origen, rechazo e inadaptación en el país de acogida...); la soledad en las sociedades modernas; la inseguridad en las grandes ciudades; el afán de libertad (¿qué decir de la liberación que llevan a cabo los personajes en el museo de ciencias naturales?); la poesía a través del poeta "americano" Jacques (Jacques Boudet); las canciones de Jean Ferrat; las disputas familiares o con la pareja, etc.

En su línea de particular originalidad, Guédiguian hará bailar de nuevo a los personajes (es un detalle recurrente en sus películas, aunque sea en mitad de un atasco), hablar a una tortuga o hacer cantar a Ariane una versión de un tema de Kurt Weill y Bertolt Brecht: "Comme on fait son lit on se couche".

El cumpleaños de Ariane (2013)
Gérard Meylan es Denis
Youssouf Djaoro es el vendedor de souvenirs
Ariane (Ascaride) y Jacques (Boudet)
"Comme on fait son lit, on se couche"

Una dama en París (2012)



Título original: Une Estonienne à Paris
Director: Ilmar Raag
Francia/Bélgica/Estonia, 2012, 94 minutos

Siempre es una alegría tener de nuevo la oportunidad de poder admirar a la incombustible Jeanne Moreau quien, en esta ocasión, interpreta a Frida, estoniana de nacimiento que llegó hace décadas a la capital francesa. Como los achaques de la edad le impiden valerse por sí misma, Stéphane (su joven y antiguo amante, interpretado por Patrick Pineau) decide contratar los servicios de la también estoniana Anne (Laine Mägi), precisada de alejarse de su país tras perder a su madre y ser acosada por su ex marido.

Pero Frida nunca ha tenido un carácter fácil y ahora menos: enseguida rechazará la presencia de Anne y se lo pondrá realmente difícil en su quehacer diario. Aunque Anne es más perseverante de lo que aparenta...

Tercer largometraje del director y actor estonio Ilmar Raag, Una dama en París tiene entre sus puntos fuertes el combinar las trayectorias de Frida y Anne, aparentemente tan dispares, hasta el punto de hacerlas confluir. De ahí que se juegue al equívoco con el título tanto en francés como en castellano, puesto que la dama o estonia en París en realidad son dos: pese a encontrarse en momentos distintos de sus vidas, cada una con su problemática particular, compartirán, pues, protagonismo, influyéndose mutuamente.

Una dama en París (2012)
Jeanne Moreau y Patrick Pineau

domingo, 26 de julio de 2015

Con la pata quebrada (2013)




Director: Diego Galán
España, 2013, 83 minutos

Eso de que la mujer casada debía estar encerrada en casa y con la pata quebrada es algo que, desafortunadamente, queda reflejado en no pocas películas de la cinematografía española. Así lo corrobora el análisis que lleva a cabo Diego Galán en su documental Con la pata quebrada (2013), coproducido por Enrique Cerezo y los hermanos Almodóvar y relatado a través de la voz del actor Carlos Hipólito.

Resulta de enorme interés el recorrido realizado a lo largo de fragmentos extraídos de numerosos filmes (muchos de ellos hoy en día olvidados, pero aun así de indudable valor histórico), desde los tiempos de la Segunda República hasta la actualidad. De modo que es perfectamente posible observar la evolución de la sociedad española y del papel que ocupa en ella la mujer a través de películas tan dispares como El negro que tenía el alma blanca (1934), Carne de fieras (1936), Alba de América (1951), Las chicas de la Cruz Roja (1958), La tía Tula (1964) o Varietés (1971).

No es de extrañar, por tanto, que los filmes del periodo republicano reflejen la efervescencia política de aquel entonces (momento en el que, bajo el influjo de personalidades del mundo de la política como Dolores Ibárruri o Frederica Montseny, se consiguió el derecho al voto y un claro avance en los derechos de la mujer) para pasar, ya en pleno periodo franquista, a un papel mucho más tradicional: el de la casta madre y ama de casa, aleccionada por la Sección Femenina y reposo del 'guerrero'. Claro que el cine patrio también reservaba entonces un lugar para las descarriadas, siendo Sara Montiel una de las actrices que más veces encarnó dicho rol en filmes como El último cuplé (1957). Luego vendrían el Landismo y sus frivolidades y, finalmente, el consabido destape que, lejos de contribuir a su emancipación, convirtió a la mujer en objeto de deseo sexual.


El director Diego Galán

El viaje de Jane (2010)




Título original: Jane's Journey
Director: Lorenz Knauer
Alemania/Tanzania, 2010, 107 minutos

La primatóloga Jane Goodall dedicó muchos años de su vida al estudio de los chimpancés en el parque nacional de Gombe (Tanzania). Allí llegó siendo apenas una joven inexperta sin tener ni siquiera un título universitario; allí se casó con un cámara del National Geographic; allí tuvo a su hijo Larva...

El documental El viaje de Jane, dirigido por el alemán Lorenz Knauer en 2010, recorre la biografía de la doctora Goodall desde su infancia en Inglaterra hasta su incansable labor como activista en favor de los animales y de los más desfavorecidos en la actualidad.

Quizá por ello, en determinados momentos el relato tiende más al publirreportaje concebido con la finalidad de ganar adeptos para la causa que no a la mera descripción de los hechos. Ya lo dice Pierce Brosnan en su intervención: "Jane adora ser una estrella: lo suyo es el escenario". Lo mismo entrevistándose con Angelina Jolie que de la mano de Kofi Annan, Goodall está al frente de varias organizaciones (como Roots and Shoots) que pretenden despertar conciencias sobre la necesidad de preservar el planeta.

El documental, por tanto, nos la mostrará infatigable en sus andanzas por África (no solo protegiendo a los chimpancés sino últimamente a los hipopótamos, en colaboración con su hijo) o en una reserva india en EE.UU. o dando fe del vertiginoso deshielo en Groenlandia. Y siempre rodeada de gente que la aclama.

El viaje de Jane (2010)
Jane Goodall imitando el típico saludo de los chimpancés
La doctora Goodall junto a Mister H, que la acompaña por todo elmundo