Director: Ridley Scott
EE.UU., 1982, 117 minutos
MORE HUMAN THAN HUMAN
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| Blade Runner (1982) de Ridley Scott |
Nunca había sentido esto antes. Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie...
Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Traducción de César Terrón
Más que de una novela, Blade Runner fue la adaptación de una idea. Porque al trasladar a la pantalla el personalísimo universo que Philip K. Dick (1928-1982) forjara en su mente no quedó ni rastro de Iran, la fiel esposa de Deckard, ni de ese sucedáneo de culto religioso llamado mercerismo o de la eterna retransmisión televisiva del Amigo Buster. Tampoco hay codiciadas ovejas o cabras eléctricas, aunque, en su lugar, aparecen serpientes, palomas y hasta unicornios con parecida o, incluso, superior carga simbólica.
Las diferentes versiones que, a lo largo de los años, han ido enriqueciendo el ya de por sí abigarrado acervo visual de uno de los títulos más venerados de la historia del cine no han hecho sino incrementar el mito en torno a la figura del aguerrido cazador de bonificaciones (Harrison Ford) y su lucha sin cuartel contra los temibles replicantes de la serie Nexus-6.
Filme oscuro y críptico donde los haya, Blade Runner inauguraba el género futurista en su vertiente más posmoderna (o, por lo menos, en la definitiva), sentando las bases de posteriores y abrumadores delirios distópicos susceptibles de mil y una interpretaciones. A este respecto, el conmovedor plano inicial de un Los Ángeles convertido en inhóspita megalópolis de rascacielos y llamaradas quedará para los restos como la estampa nada halagüeña de un porvenir que hoy sería para nosotros el pasado (en la novela, la acción transcurre en 1992 y, en el filme, en 2019) siempre susceptible de convertirse en amenazador presente.
Que, como en toda obra maestra que se precie, ha acabado generando su propia leyenda. Aquélla según la cual la mítica escena en la que la luz del iracundo Roy Batty se apaga irremediablemente bajo una lluvia torrencial fue, en realidad, el resultado de una genial improvisación a cargo del desaparecido Rutger Hauer. Bellas y profundas palabras que, lejos de perderse en el tiempo, siguen y seguirán resonando perennemente en el imaginario colectivo de la cinefilia.





