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lunes, 31 de diciembre de 2018

La pasión de Juana de Arco (1928)




Título original: La passion de Jeanne d'Arc
Director: Carl Theodor Dreyer
Francia, 1928, 97 minutos

La pasión de Juana de Arco (1928) de Dreyer


Juana está estupefacta, ya no comprende nada. Sus ojos interrogan con ansiedad a la gente que la rodea. En su cara se lee la incertidumbre más cruel. Ha llegado a un punto en el cual empieza a ceder a esta presión irresistible. Y cuando, en este preciso instante, el verdugo se alza ante sus ojos, se rinde. Lanza en torno suyo una mirada acorralada, luego se arrodilla lentamente y baja la cabeza.

Guion original del filme
Traducción de Ebbe Traberg

No podíamos acabar el año sin hacer referencia, por enésima vez, al maestro Dreyer en el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. Y lo hacemos con la que, en opinión de muchos, es una de las cimas del cine mudo y, por ende, del de todos los tiempos: La passion de Jeanne d'Arc, rodada en Francia, en 1928, a partir de las actas del proceso incoado contra la santa.

Ante todo, conviene señalar que es éste un filme de primerísimos planos, en el que la acción queda prácticamente reducida a la expresividad de unos rostros ajados que lo mismo denotan el sufrimiento de la inculpada (Maria Falconetti) que la acrimonia de los inquisidores. Lo cual contrasta vivamente con la puesta en escena de posteriores trabajos del director danés (como Ordet, por ejemplo), en los que la cámara evita, deliberadamente, captar en primer término a los personajes.



Sea como fuere, tanto la proximidad de la lente como la ausencia de maquillaje redundan en la belleza inigualable de unas imágenes que, todavía hoy, nos siguen cautivando por su raro ascetismo. Y es que, prescindiendo del artificio al uso, Dreyer logra filmar lo más preciado para un cineasta y para todo artista que se precie: la verdad. Un verismo que llegará a sus cotas más altas merced a las lágrimas y a la sangre de Juana, que brotan, en ambos casos, profusamente, y gracias también, por qué no decirlo, a las moscas que, en varias ocasiones, se cuelan en el plano.

"¿Cómo puedes seguir creyendo que Dios te haya enviado?" —le pregunta uno de los jueces a la muchacha—. Ella, sin apenas desfallecer, responde con el aplomo de quien se sabe superior: "¡Sus caminos no son los nuestros!" Por su tensión dramática, la escena recuerda a la de la reclusión de María Antonieta en la Conciergerie que Dreyer ya había filmado, años atrás, en uno de los episodios de Páginas del libro de Satán (1920). Dos ejemplos preclaros de cómo el fondo y la forma deben ir de la mano a la hora de hacer avanzar la trama y que el propio cineasta, en Algunos apuntes sobre el estilo cinematográfico, resumía con estas palabras: "En mi obra no he admitido ni una sola imagen únicamente en función de su belleza. Cualquier imagen, incluso la más hermosa, que no hace progresar la acción, perjudica a la película."


Vampyr (1932)




Director: Carl Theodor Dreyer
Alemania/Francia, 1932, 70 minutos

Vampyr (1932) de Carl Theodor Dreyer


La primera película sonora de Dreyer partía de un relato del escritor irlandés Sheridan Le Fanu (1814–1873), concretamente el titulado In a glass darkly (1872). La elección no era en absoluto inocente, toda vez que Le Fanu, pionero en cultivar la literatura vampírica, había influido decisivamente sobre Bram Stoker a la hora de concebir Drácula. De esta manera, Dreyer demostraba su voluntad de remontarse hasta los orígenes del mito, en un afán por abordar el tema desde una óptica mucho más psíquica que el Nosferatu (1922) de Murnau.

En ese sentido, Vampyr no se sirve de los habituales recursos efectistas para inspirar desasosiego, sino que el suyo es un terror que nace de la creación de una determinada atmósfera, a medio camino entre la realidad y la pesadilla más absoluta. De esta misma fuente beberán el Cocteau de Orfeo (1950) —la escena en la que el féretro de Allan Gray (Julian West) se desplaza a toda velocidad así lo corrobora—, el Bergman de Vargtimmen (1968) o el David Lynch de Eraserhead (1977).



De todo lo cual se desprende que nos hallamos frente a una obra canónica, que ha servido de inspiración a cineastas de todas las épocas y de toda condición. Hasta un director en apariencia tan alejado de Dreyer como es el Peter Weir de Único testigo (1985) no puede negar que la muerte de los villanos en el interior de un depósito de grano está inspirada en la del doctor (Jan Hieronimko), sepultado bajo el peso de toneladas de harina.

Aun así, un pequeño reproche que se le podría objetar a la puesta en escena ideada por el danés es el hecho de que recurre con demasiada insistencia a la letra impresa para reproducir en pantalla pasajes de un antiguo libro o simplemente con tal de ponernos en situación: lastre de la época muda mediante el que, en esta primera fase del cine sonoro, se pretendían solventar los titubeos inherentes a una nueva forma de narrar historias.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Cyrano de Bergerac (1923)




Título original: Cirano di Bergerac
Director: Augusto Genina
Italia/Francia, 1923, 113 minutos



Vous voyez la noirceur d’un long manteau qui traîne,
J’aperçois la blancheur d’une robe d’été :
Moi je ne suis qu’une ombre, et vous qu’une clarté !
Vous ignorez pour moi ce que sont ces minutes !
Si quelquefois je fus éloquent …

Edmond Rostand
Cyrano de Bergerac
Acto III, Escena VII

Nuestra segunda entrega a propósito de los Cyranos más notables que ha dado el celuloide nos lleva esta vez a la adaptación que realizara el italiano Augusto Genina en 1923. Más conocido entre nosotros por haber dirigido, a principios de los cuarenta, la producción bélica Sin novedad en el Alcázar, Genina fue, sin embargo, un habilidoso artesano ya desde la época del cine mudo, habiendo comenzado su andadura tras las cámaras en 1912, cuando apenas contaba veinte años. Addio, giovinezza!, basada en la pieza teatral de Camasio (y de la que llevó a cabo dos versiones, una en 1927 y otra, anterior, en 1918), es quizá uno de sus títulos más representativos en dicho período. Con el permiso del presente Cyrano de Bergerac, claro está...

Ante todo, hay que decir que el colorido de sus imágenes (fruto de un minucioso proceso que se prolongó durante casi tres años, consistente en pintar, fotograma a fotograma, las dos horas de metraje) es una gozada para los sentidos, sobre todo tras la restauración a que fue sometido el filme en 1999. Tonalidades muy vivas, de una textura que recuerda ligeramente la de las acuarelas y que, sin duda, debieron ser una de las bazas principales para el éxito de la película, doblemente fascinante gracias a la banda sonora que posteriormente compondría Kurt Kuenne.

Pierre Magnier caracterizado como Cyrano

Encanto que ha pervivido hasta nuestros días, toda vez que incluso Jean-Paul Rappeneau, director de la laureada versión que protagonizara Depardieu en los noventa, admite haberse inspirado en la puesta en escena de Genina. Lo cual no tiene nada de asombroso, habida cuenta de lo frustrante que podría haber sido un Cyrano, epítome de la elocuencia, mudo y desprovisto de su arma más letal. Escollo que el italiano eludió con nota valiéndose de los más variados ardides, desde sobreimprimir algunos versos en pantalla durante la célebre escena de los ejercicios de estilo a propósito de cómo describir una descomunal nariz hasta mostrar en imágenes los prolegómenos de la función teatral de Montfleury o el supuesto viaje a la luna del gascón con la ayuda de un imán gigante.

Un mito, el del narigudo locuaz, que, en definitiva, sigue y seguirá vivo mientras haya actores que, como Pierre Magnier entonces o Lluís Homar estos días en la cartelera barcelonesa, decidan meterse en la piel de un hombre que antepuso el penacho de su chambergo a cualquier otra gloria y el amor de Roxane a su propia vida.

« Mon panache... ! »

domingo, 1 de marzo de 2015

Mauprat (1926)




Director: Jean Epstein
Francia, 1926, 88 minutos

Mauprat (1926) de Jean Epstein


Esta anodina producción histórica, adaptación de la novela del mismo título de George Sand, será siempre recordada por haber sido la primera película en la que participó Luis Buñuel. El genial aragonés debutaba en el mundo del celuloide asistiendo a Epstein en labores de auxiliar de dirección e interpretando un pequeño papel como extra: todo parece indicar que encarnó a un monje y a un centinela, aunque reconocerlo en la pantalla es tarea casi imposible.

La película contiene elementos de tipo gótico, caballeresco, romántico, melodramático e incluso detectivesco. En cuanto al argumento propiamente dicho, este se sitúa justo antes de la Revolución Francesa, centrándose en los amoríos que mantienen la joven Edmée de Mauprat y el díscolo Bernard de Mauprat, quienes, desconociendo su parentesco, irán pasando alternativamente del amor al odio.

La trama muestra la evolución personal experimentada por Bernard: huérfano desde la más tierna infancia, pertenece a una rama escindida de la familia formada por aristócratas desleales y algo criminales. Tras un juicio sumarísimo, será salvado por su prima Edmée y por el padre de esta, el Caballero Hubert de Mauprat, de morir en la horca. Su regreso provocará conflictos hasta entonces desconocidos entre los Mauprat, a cuyos elegantes ademanes (peluca empolvada incluida) querrá adaptarse el joven solo con tal de seducir a su prima (ya prometida al Caballero de La Marche) después de haber obtenido por la fuerza su juramento de fidelidad.

En definitiva, Mauprat vendría a ser, salvando las distancias, una especie de cruce entre El pequeño salvaje de François Truffaut y la parábola del hijo pródigo.