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sábado, 23 de abril de 2022

Las murallas de Sanaá (1971)




Título original: Le mura di Sana'a
Director: Pier Paolo Pasolini
Italia, 1971, 13 minutos



Tal y como indican sus títulos de crédito iniciales, los trece minutos de duración de Le mura di Sana'a (1971) fueron concebidos como "documental en forma de llamamiento a la Unesco" con el objetivo de preservar el patrimonio arquitectónico de un país que hasta una década antes había permanecido prácticamente en la Edad Media. Sin embargo, tras el cese de la cruenta guerra civil entre monárquicos y republicanos, un desaforado afán de progreso se adueña de los yemeníes con el consiguiente peligro de especulación urbanística que podría dañar el bello conjunto histórico del casco antiguo de la capital.

Con la clarividencia que lo caracteriza, Pasolini lleva a cabo una inteligentísima reflexión acerca de los riesgos que conlleva el progreso desmedido neocapitalista en un momento en el que, según sus propias palabras, "la destrucción del mundo antiguo está ocurriendo en todas partes". Pone entonces el ejemplo, mucho más cercano, de la ciudad italiana de Orte, donde los estragos causados sobre el entorno paisajístico son ya irreversibles. De ahí que solicite la ayuda del organismo internacional, "en nombre de los hombres sencillos que la pobreza ha mantenido puros", para que convenza a las autoridades locales de que no destruyan las murallas milenarias de Sanaá. Mientras tanto, operarios chinos avanzan imparables en la construcción de una carretera que conectará el Mar Rojo con los valles desiertos del centro del Yemen.



domingo, 10 de abril de 2022

Las mil y una noches (1974)




Título original: Il fiore delle mille e una notte
Director: Pier Paolo Pasolini
Italia/Francia, 1974, 130 minutos

Las mil y una noches (1974) de Pasolini


En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. ¡Loado sea Dios, Señor de los Mundos! ¡La bendición y la salud desciendan sobre el señor de los enviados, nuestro amo y dueño, Mahoma, y sobre sus familiares y compañeros; desciendan incesantes, continuamente, hasta el día del juicio! La experiencia de los antepasados constituye una enseñanza para quienes vienen detrás y el hombre saca provecho de lo que ha acontecido a sus semejantes; considera y estudia los acaecimientos de los pueblos, lo que les ha ocurrido y lo tiene en cuenta. ¡Gloria a Quien creó las historias de los antepasados e hizo que fuesen fuente de enseñanzas para sus sucesores! Entre esas historias se incluyen las narraciones que se llaman las «Mil y una noches» y todas las cosas extraordinarias y refranes que contienen.

Prefacio de Las mil y una noches
Traducción de Juan Vernet

Es posible que, entre otras muchas razones, Pasolini eligiese el título de Trilogía de la vida —integrada por Il Decameron (1971), I racconti di Canterbury (1972)Il fiore delle mille e una notte (1974)— a causa del aliento que todos esos filmes insuflan a las páginas muertas de los libros en los que están basados.

En el caso que nos ocupa el telón de fondo lo componen palmerales idílicos, milenarias murallas de adobe y las callejas colindantes al zoco de alguna remota ciudad de Oriente. Una estampa adornada con los ecos de la chiquillería del lugar, corriendo en pos de Nureddin (Franco Merli) mientras éste, a su vez, implora por el paradero de su adorada Zumurrud (Ines Pellegrini).



El motivo del rapto de la esclava, uno de los más recurrentes de la literatura universal, cuyo origen se remonta hasta la Ilíada, da pie a la típica estructura concéntrica en la que una historia lleva a otra historia como si de una muñeca rusa se tratase. Son relatos, cuentos con moraleja las más de las veces, en torno al amor, el sexo y la codicia humana, temas tan antiguos como el mundo y, sin embargo, siempre vigentes.

Para filmar tan suntuoso material Pasolini se trasladó hasta los confines más remotos de Irán, Nepal, Etiopía o el Yemen: localizaciones exuberantes, repletas de un encanto pintoresco que es en sí mismo, junto a sus gentes, el atractivo principal de una obra irrepetible por lo que tiene de documento etnográfico de primer orden. A tal efecto, los rostros atezados de unos y de otros transmiten una sensación de realidad cercana al reportaje, máxime si se considera, tal y como reza la cita introductoria con la que se abre la película, que “la verdad no está en un solo sueño, sino en muchos sueños”.



sábado, 12 de noviembre de 2016

10 años y divorciada (2014)




Título original: Ana Nojoom bent alasherah wamotalagah
Directora: Khadija Al-Salami
Yemen/Francia, 2014, 96 minutos

10 años y divorciada (2014)

A sus cincuenta años, la cineasta yemení Khadija Al-Salami reside en París, adonde llegó tras haber completado estudios en Estados Unidos. Quizá porque ella también fue víctima de un matrimonio precoz, para su segundo largometraje ha decidido inspirarse en la historia real de Nujood Ali y en el libro autobiográfico que da título a la película (la primera, por cierto, en representar al Yemen en los Óscar).

Ana Nojoom bent alasherah wamotalagah pone el dedo en la llaga al dar a conocer una realidad que tal vez nos es ajena y que nunca puede ser justificable. Ahora bien: lo que ya no tenemos tan claro es si ésta era la manera de denunciarla. Porque en su afán por hacer que el espectador se identifique con la niña, la directora opta por subrayar las escenas clave con la típica música incidental de suspense o de terror. Algo que, a nuestro juicio, empobrece el resultado final. Pasa un poco lo mismo con el tratamiento maniqueo de los personajes: burdos y terribles (el marido, la suegra, el jeque...) o absolutamente comprensivos (el juez y su familia). Cierto que la cosa se arregla un poco cuando el padre de Nojoom tiene la oportunidad de exponer sus motivos durante el juicio o a través de la solidaridad que le demuestra su hermano, pero aun así se echan en falta más matices a la hora de trazar en profundidad el perfil humano de cada uno de ellos.

Y no sólo eso: quizá por el anhelo de mostrarse a favor de una modernidad a priori liberadora, tanto el juez como su mujer e hija visten y llevan un modo de vida occidental, en claro contraste con el atuendo tradicional de la familia de Nojoom. Entraríamos aquí en un delicado debate identitario, pero de lo que no cabe duda es de que Al-Salami toma claramente partido, con el inconveniente de que su posicionamiento corre el riesgo de incurrir en un reduccionismo que se queda en la superficie del verdadero problema.

Cuánto mejor habría sido para el tratamiento de la historia de Nojoom optar por un modelo mucho más humanizador, como el que lleva proponiendo desde hace décadas el cine iraní en películas tipo Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007). 10 años y divorciada, por contra, forma parte de esa clase de filmes, como La bicicleta verde (Wadjda, 2012) de la realizadora saudí Haifaa Al-Mansour, que se ruedan para ser exhibidos en festivales de cine del extranjero y rara vez o nunca en la nación de origen. Porque la finalidad no es tanto hacer cine como proyectar en el exterior una falsa idea de modernidad de países sin ninguna tradición cinematográfica. ¿O es que acaso los jueces del Yemen real son tan benevolentes como el que aparece en esta película...?