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sábado, 29 de marzo de 2025

El portero de noche (1974)




Título original: Il portiere di notte
Directora: Liliana Cavani
Italia/Francia, 1974, 118 minutos

El portero de noche (1974) de Liliana Cavani


Viena, 1957. La rutina diaria de una próspera y apacible capital centroeuropea encubre realidades incómodas de un pasado no tan remoto que amenazan con aflorar en cualquier momento. Circunstancia que se precipita cuando el reencuentro casual entre dos personas cuyos destinos se vuelven a cruzar pone de manifiesto que, pese a los años transcurridos, el vínculo entre ellas permanece intacto...

Un modesto recepcionista de hotel (Dirk Bogarde) y la esposa de un reputado director de ópera (Charlotte Rampling) protagonizan esta insólita historia de connotaciones abiertamente sadomasoquistas entre quienes una vez fueron torturador y víctima en los campos de exterminio nazi. En su momento, un crítico del New York Times llegó a tildar de "pornografía romántica" a una película controvertida donde las haya. Detalle que pone, sin duda, de manifiesto hasta qué punto resultó polémico el estreno de Il portiere di notte (1974).

En The Servant (1963), de Losey, Dirk Bogarde interpretaba un papel similar


Visualmente estamos ante una propuesta deudora de lo que Visconti ya había llevado a cabo, con los mismos actores, por cierto, en la no menos incómoda La caída de los dioses (1969): burguesía decadente y ambigua, sordidez de costumbres, etc. Sólo que aquí la cosa adquiere una dimensión mucho más procaz, habiéndose convertido la estampa del personaje de Lucía (Rampling), con los senos al aire, gorra de plato y tirantes, en el símbolo de una estética perturbadoramente sexualizada.

Elementos que, en definitiva, contribuyeron a generar un escándalo mayúsculo ante lo que se consideró una banalización del holocausto, así como la peligrosa apología de estereotipos nocivos en materia de sumisión femenina. Una auténtica tormenta de críticas que, sin embargo, no hizo sino avivar el interés por una cinta que, al igual que ocurriera previamente con El último tango en París (1972), estaba llamada a marcar una época.



lunes, 10 de julio de 2017

Llanto por un bandido (1964)




Director: Carlos Saura

España/Italia/Francia, 1964, 98 minutos

Llanto por un bandido (1964) de C. Saura


Escena inicial: desde el cadalso levantado en la plaza del pueblo y bajo un sol de justicia, un alguacil lee en voz alta la sentencia de muerte mientras el verdugo ultima los preparativos ajustando las manijas del garrote vil. El primero está interpretado por el célebre dramaturgo Antonio Buero Vallejo; el verdugo, nada más y nada menos que por el cineasta Luis Buñuel. Teniendo en cuenta que, en la vida real, ambos padecieron la represión del régimen franquista tras la guerra (Buero Vallejo fue condenado a muerte, aunque luego se le conmutaría la pena por varios años de cárcel, y Buñuel se vio obligado a exiliarse), el sarcasmo propuesto por Carlos Saura es más que evidente.

Curiosa manera de dar comienzo a una película que, por diversos motivos, se ha tendido a obviar al considerarla una superproducción muy inferior a los proyectos más personales de su director. Y, sin embargo, ya hemos visto que oculta sorpresas nada desdeñables. En todo caso, sí que es cierto que fue un trabajo de encargo para Ágata Films, la productora de José Luis Dibildos, rodada en régimen de coproducción con Italia y Francia, motivo que explica la presencia de estrellas internacionales como Lea Massari o Lino Ventura.

Siendo aragonés, era de esperar que Saura se inspirase en Goya


La espectacularidad del sistema VideoScope y del Eastmancolor cobra su pleno sentido merced a las localizaciones en paisajes de Jaén y Córdoba, así como a las numerosas persecuciones a caballo que intentaban equiparar la figura del bandolero con la del forajido del Far West. Que nadie se llame a engaño: en Llanto por un bandido (1964), lo mismo que en otras producciones de similar factura que ya tuvimos ocasión de comentar aquí (como Carne de horca o La duquesa de Benamejí), lo primordial no sería tanto el rigor histórico (por más que José María Hinojosa, alias "El Tempranillo", fuese un personaje tomado de la realidad) sino seguir como modelo el Oeste hollywoodense.

Ligado a esto último, valdría la pena señalar la visión que se da en el filme de los liberales. Liderados por el impetuoso y un tanto quijotesco capitán Valdés (Agustín González), a punto están de unirse a los cuatreros salteadores de caminos. De hecho, Pedro Sánchez (el personaje interpretado por Philippe Leroy) es un liberal que sí que se atreve a dar el paso. Claro que, llamándose así, parece lógico que saliera un poco díscolo el muchacho... Bromas al margen, lo que queda claro es que a la censura franquista le interesaba mostrar una imagen del bando liberal equiparable en su insensata huida hacia adelante con los fuera de la ley que se echaban al monte. Arma de doble filo: quizá cuando escribieron su guion lo que les interesaba a Mario Camus y al propio Saura era precisamente ennoblecer la causa del Tempranillo y de sus hombres...

Paco Rabal se mete en la piel de José María Hinojosa: el Tempranillo

viernes, 25 de marzo de 2016

La mujer casada (1964)




Título original: Une femme mariée: Suite de fragments d'un film tourné en 1964
Director: Jean-Luc Godard
Francia, 1964, 95 minutos

Parafraseando a Stefan Zweig...

La mujer casada (1964) de Jean-Luc Godard


Se mire por donde se mire el cine de Godard es intemporal: ¿quien diría que La mujer casada se rodó hace ya más de medio siglo si su frescura sigue intacta como el primer día? La belleza del cuerpo de Macha Méril, hoy como ayer, sigue conmoviendo a los espectadores que se asoman, una vez más, a las vidas del actor teatral Robert (el malogrado Bernard Noël), Charlotte y Pierre el piloto de aviación (Philippe Leroy). Sus conversaciones, sus anhelos, sus temores... Todo continúa teniendo vigencia, tal vez porque esta es una película sobre las relaciones humanas, algo que difícilmente puede cambiar así como así.

Quizá la diferencia respecto al momento de su estreno es que ya nadie se escandaliza por la naturalidad con la que se tratan temas como el adulterio o la desnudez. En ese sentido, casi podría decirse que el paso del tiempo ha hecho que la película de Godard "gane" en pureza, habida cuenta de los excesos pornográficos que actualmente sacuden nuestras retinas. Une femme mariée se recrea en la hermosura de los cuerpos, pero con una elegancia que es la propia de un esteta. Alguien que, como Godard, sabe pensar en imágenes y, lo que es más importante aún, domina el lenguaje cinematográfico como pocos. De ahí que sea capaz de dotar con un discurso coherente una serie inconexa de situaciones en apariencia superficiales.



Se viene repitiendo estos días hasta la saciedad que Johan Cruyff cambió el fútbol para siempre. Pues algo similar es lo que hizo Godard con el cine. Cierto que sus juegos con la cámara pueden parecer en ocasiones gratuitos (¿por qué esos fotogramas en negativo? ¿Y las entrevistas en estilo documental a los actores/personajes? ¿Y las frases susurradas en off?), pero a base de ir probando logra hallazgos notables, como ese brazo de Charlotte estirado sobre la blancura de la sábana y agarrado por la mano de su amante o la boca del uno acercándose mutuamente a la sien del otro.




También la música está sabiamente utilizada, con la habitual práctica del collage tan propia del cineasta: "Le java et le jazz" (versión del "Three to get ready" de Dave Brubeck que popularizara en Francia Claude Nougaro a principios de los sesenta) o una ráfaga fugaz de "L'amour c'est comme un jour" de Charles Aznavour y que canta Charlotte en clara alusión al carácter efímero de la pasión amorosa.

Las citas (en Godard se puede decir que eso es marca de la casa) son continuas, casi siempre de pasada, pero muy variadas: un dibujo de Jean Cocteau colgado en la pared del apartamento, un retrato de Molière que decora la habitación, una fotografía de Hitchcock (la pareja de amantes celebrarán uno de sus rendez-vous en un cine en el que se proyecta Recuerda), un artículo de revista en el que se alude a Jules et Jim...

Veinticuatro horas en la vida de una mujer: he ahí el título de una célebre novela de Stefan Zweig (1881–1942) que, como La mujer casada, elegía ese lapso de tiempo para, a modo de disección, analizar una parte que ayudase a comprender un todo. No sabemos qué decidirá finalmente Charlotte, si se decantará por Robert o por Pierre. Tampoco importa demasiado: lo más importante es haber asistido a una porción de su existencia, una de tantas. Porque es en el azaroso devenir de lo cotidiano cuando se toman decisiones que pueden justificar toda una vida.