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sábado, 17 de febrero de 2024

La niña de luto (1964)




Director: Manuel Summers
España, 1964, 85 minutos

La niña de luto (1964) de Summers


La socarronería que destila un filme tan particularmente corrosivo como La niña de luto (1964) nace de un claro contraste entre lo solemne y lo chusco. Algo que, por otra parte, resulta típicamente español. O, al menos, muy acorde con la visión más extendida que se suele tener de la España profunda. Así pues, ya desde los mismos títulos de crédito iniciales, con esos crespones negros que, como por arte de magia, desaparecen de los retratos de supuestos difuntos mientras, en una abarrotada sala de fiestas, suenan las notas atronadoras de un baile moderno, se da a entender una actitud de chufla contra la mojigatería imperante entre quienes aún conciben el luto a la antigua usanza.

Circunstancia que para la pobre Rocío (María José Alfonso) y su pretendiente Rafael (Alfredo Landa) va a suponer un verdadero calvario, toda vez que los festejos propios del noviazgo resultan incompatibles con el duelo estricto que debe guardarse tras el fallecimiento de un familiar cercano. Sobre todo si las defunciones se producen en cadena...



Son tantos los momentos que denotan el sarcasmo de Summers en este su segundo largometraje, coescrito, entre otros, junto a Tico Medina y Pilar Miró, que bastaría tan sólo con citar un par de ejemplos (el empleado de pompas fúnebres saboreando un polo de fresa en pleno acto de servicio, la corbata del abuelito que sobresale del féretro...) para darse cabalmente cuenta de la actitud mordaz del cineasta. Causticidad rayana en lo irreverente cuando el sacerdote y hasta un agente de la Benemérita se arrancan por bulerías en una celebración familiar.

Sea como sea, el caso es que la cinta se presta a una interpretación en la que lo humorístico entronca de pleno con lo sociológico, habida cuenta de que Summers, como haría posteriormente en To er mundo é güeno (1982) y sus varias secuelas, recurre a gente anónima del pueblo, en su mayoría vecinos de La Palma del Condado (Huelva) y alrededores, para que hagan de extras. Lo cual proporciona un verismo hasta cierto punto documental y una frescura, merced a los diálogos rodados con sonido directo, cuyo paradigma serían las intervenciones del inefable Juanito "El Bicicletas".



domingo, 26 de junio de 2022

Jarabo (1985)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1985, 75 minutos

Jarabo (1985) de Juan Antonio Bardem


La serie televisiva La huella del crimen marcó un hito a mediados de los ochenta. Lo cual se comprende de inmediato al revisar la nómina de cineastas que dirigieron alguno de sus capítulos: Vicente Aranda, Angelino Fons, Pedro Olea, Antonio Drove, Ricardo Franco, Imanol Uribe... Y también Juan Antonio Bardem, claro, responsable de una de las entregas más célebres de la saga: Jarabo (1985).

Quizá no valga la pena exponer aquí los entresijos a propósito de un caso del que la hemeroteca ofrece todo lujo de detalles, a cuál más escabroso. Baste decir, eso sí, que el culpable, magníficamente encarnado en la ficción por Sancho Gracia, fue condenado a la pena capital, siendo el garrote vil el método escogido para ejecutarlo (de hecho, la escena culminante, en el patio del presidio, establece un evidente paralelismo con El verdugo de Berlanga).



Mujeriego y pendenciero, cocainómano por más señas, Jarabo responde a un perfil de asesino caracterizado por la elegancia de su atuendo y la fanfarronería de quien se define a sí mismo como "un caballero español". De ahí la virulencia con la que arremete contra todo aquel que se atreva a llevarle la contraria.

Lo cierto es que aquel Madrid de 1958, repleto de coctelerías como la célebre Chicote y glamurosas salas de baile, era el escenario ideal para que un dandi de modales refinados dilapidara los diez millones de pesetas que su padre le había entregado con el objetivo de que se estableciera en la capital. De su vida disoluta de prófugo de la justicia estadounidense dan fe los numerosos escándalos que protagonizó antes de que asesinara a los usureros de la tienda Jusfer donde había empeñado una valiosa sortija. Tenía 35 años. El resto es ya leyenda.



miércoles, 23 de junio de 2021

Manolo, la nuit (1973)




Director: Mariano Ozores
España, 1973, 91 minutos

Manolo, la nuit (1973) de Mariano Ozores


Otro de los títulos míticos del landismo. Por su particular forma de retratar al macho celtíbero, Manolo, la nuit (1973) encarna la esencia de lo que entonces se denominó "cine de ligue" y que no era otra cosa que la plasmación en imágenes de las fantasías y complejos del españolito medio. Una comedia repleta de lugares comunes en torno a la figura de ese vivales, más bien canijo y echao palante, que aprovecha su empleo en un operador turístico para hacer estragos entre las veraneantes de Torremolinos. Poco importa que el tal Manolo esté casado: a fin de cuentas, su desconsolada esposa se encuentra en Madrid, a cientos de kilómetros de la Costa del Sol, esperando pacientemente a que el maridito regrese a un hogar del que lleva varios meses ausente.

Pero a todo caradura le llega su sanmartín. De modo que Manolo (Alfredo Landa) se va a ver envuelto en la estrategia que su mujer Susana (María José Alfonso) pone en práctica por recomendación de su maquiavélica hermana Martina (Josele Román). Y es que la señora de Olmedillo y la cuñada del interfecto se alían para hacer creer al aprendiz de gigoló que va a ser padre. Noticia que, si bien, en un principio, colma de alegría a Manolo, le hará enfurecer cuando eche cuentas y comprenda que el hijo no puede ser suyo...



Bien mirado, estas películas de Ozores, o de otros cineastas por el estilo, como Pedro Lazaga, especializados en un tipo de vodevil ibérico aparentemente amable, se prestan, en realidad, a una lectura moralizante encaminada a hacer apología de la familia como único garante de las esencias patrias. ¿Por qué, si no, se ridiculiza la figura del hombre de mediana edad obsesionado con los encantos de las suecas en biquini? Porque, sencillamente, quien así actúa, prefiriendo el placer físico a la procreación, está faltando a sus obligaciones de ciudadano ejemplar.

A este respecto, la célebre escena inicial de Manolo, la nuit, con el protagonista desfilando altivo ante las tumbonas de sus admiradoras, no hace sino confirmar el propósito aleccionador de una cinta que, lejos de caricaturizar la conducta machista del personaje, pretende, sobre todo, subrayar el carácter casquivano de las extranjeras frente a la naturaleza maternal de la virtuosa mujer española.



lunes, 25 de diciembre de 2017

Los dinamiteros (1964)




Director: Juan Atienza
España/Italia, 1964, 90 minutos

Los dinamiteros (1964) de Juan Atienza


Aunque sus localizaciones se circunscriben al área de Madrid, se nota que Los dinamiteros fue, en realidad, una coproducción con Italia porque la banda sonora de Piero Umiliani suena bastante a Nino Rota. Sin embargo, puestos a buscar similitudes entre el primer (y único) largometraje de ficción dirigido por Juan García Atienza y otros títulos del cine español de aquel entonces será fácil descubrir más de un parecido razonable, como a continuación pasamos a exponer.

De entrada, por lo chapucero de sus métodos y por la presencia de Pepe Isbert uno podría pensar en comedias como Sabían demasiado (1962) de Pedro Lazaga o, más evidente aún, Atraco a las tres (1962) de Forqué, por aquello de que narra las vicisitudes de unos asaltantes aficionados (en este caso tres ancianitos adorables). Pero precisamente por esto último, y pese a no resultar tan evidente, sería posible ver una cierta conexión con otra ópera prima estrenada apenas un año antes: Del rosa al amarillo (1963) de Summers, uno de cuyos episodios giraba en torno a una pareja de abuelos que se enamora en el asilo donde conviven.



Sí: ésta es una comedia con un punto amargo, porque tanto doña Pura (la mejicana Sara García) como don Augusto (el italiano Carlo Pisacane) como don Benito (Pepe Isbert) llevan una vida sin alicientes. Desplazados u olvidados por sus respectivas familias (y eso cuando la tienen), el trío verá una oportunidad de oro en el atraco a la Mutualidad La Paloma, de la que son pensionistas. En ese sentido, la escena inicial, con una cola larguísima formada, en su mayoría, por ancianos resignados que se disponen a retirar su mísera paga mensual en las ventanillas de dicha entidad, denuncia bien a las claras hasta qué punto el país en el que viven condena a sus mayores a terminar sus días prácticamente en la indigencia.

Hablar de temática social tal vez sea exagerado, pero sí que es cierto que en Los dinamiteros se ironiza sobre las carencias de un supuesto Estado del bienestar, toda vez que el espectador empatiza con los seniles salteadores de la caja fuerte, no así con el adusto director del montepío que les deniega un adelanto para socorrer a su amigo don Felipe González, quien, pese al nombre, no dispone de sillón en ninguna hidroeléctrica que le garantice un sepelio digno. He ahí otro de los temas presentes en la película: el de la solidaridad entre octogenarios que se saben vulnerables frente al sistema, pero que, justamente por ello, son capaces de sacar fuerzas de flaqueza con tal de reivindicarse como personas competentes, llevando a cabo una genial quijotada.


domingo, 23 de julio de 2017

La joven casada (1975)




Director: Mario Camus
España, 1975, 94 minutos

La joven casada (1975) de Mario Camus


I will arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made;
Nine bean rows will I have there, a hive for the honey bee,
And live alone in the bee-loud glade.

And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow,
Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;
There midnight's all a glimmer, and noon a purple glow,
And evening full of the linnet's wings.

I will arise and go now, for always night and day
I hear lake water lapping with low sounds by the shore;
While I stand on the roadway, or on the pavements grey,
I hear it in the deep heart's core.

"The Lake Isle of Innisfree"
William Butler Yeats (1865 - 1939)

Me pregunto si estaríamos a punto de comentar esta película de no ser porque la dirigió Mario Camus. Probablemente no, pero eso no quita que tenga su interés como documento histórico (todos los filmes lo acaban siendo de uno u otro modo). Por otra parte, que es una peli de encargo se nota hasta en el título, insípido reclamo con el que se pretendía atraer la atención de un público más pendiente de si Ornella Muti se desnudaba que no de sus abundantes e innecesarias citas literarias. Porque en aquella España del 75 el morbo estaba, bendita ignorancia, en historias de adulterio y en los senos turgentes de la actriz italiana de turno.

Bello plano... calcado de otro igual en Une femme mariée de Godard

No perderemos demasiado tiempo comentando el argumento (que no se aguanta por parte alguna) ni el machacón vals que Antón García Abril compuso para la banda sonora, pero sí que vale la pena detenerse en el hecho de que, contrariamente a lo que pueda parecer, al final triunfa el convencionalismo, puesto que el statu quo se mantiene cuasi inalterable. Cierto que Jorge (Pedro Díez del Corral) logra liberarse por fin de la servidumbre a la que era sometido por un padre excesivamente dominante, pero Camino (Ornella Muti) seguirá unida a su marido en lugar de dejarse seducir por los cantos de sirena del apuesto Raúl (Mark Edwards).

Frente al autoritarismo y el encorsetamiento burgués de su familia política en Madrid, la vida que Camino llevará junto a su madre en Pontevedra representa una liberación, un reencontrarse con ella misma en contacto con la naturaleza (no en vano, una de las lecturas que vemos hacer a Flora [Mayrata O'Wisiedo] es el Walden de Thoreau). Es decir, que la felicidad para la 'joven casada' consiste en alejarse del suegro y de la capital...


domingo, 19 de marzo de 2017

Llegar a más (1963)




Director: Jesús Fernández Santos
España, 1963, 82 minutos

Llegar a más (1963) de Jesús Fernández Santos


Entre 1960 y 1964 se produce un paréntesis en la vida literaria de Jesús Fernández Santos. Nuestro escritor se consagra al rodaje del que sería su primer -y último- largometraje: Llegar a más. La película, aunque tomaba como base del guion un relato suyo, incluido en Cabeza rapada, se localizaba en escenarios diferentes a las montañas rayanas con Asturias, donde -en el cuento- un joven aprendiz de minero entierra sus pobres esperanzas. El rodaje de Llegar a más fue decisivo, también, en la trayectoria cinematográfica de Fernández Santos: la película "no fue un éxito estrepitoso -confiesa el novelista-, pero me costó casi cuatro años, y la verdad es que me cansé. En la vida siempre hay un momento en que conviene elegir, así que yo opté por otras cosas. Intenté (como todos al principio) unir la calidad con el toque comercial. A mí me gusta Llegar a más (...). Claro, volver es difícil, porque para hacer cine de minorías hay que ser hijo de millonario, y para la cosa comercial no te llaman (...). A veces tengo la sensación de que la gente de la industria no me considera del gremio; piensa que soy un escritor nada más. Comprendí que el cine está demasiado mediatizado, y el español aún más, por una serie de intereses y escaseces que lo convierten en una mediocre artesanía. La censura, los medios técnicos, una falta de miras y de cultura en general me hicieron dedicarme a él como segundo oficio y seguir escribiendo, actividad en la que sí me sentía libre del todo, y responsable de mis obras".

Jorge Rodríguez Padrón
Jesús Fernández Santos (1982), Ministerio de Cultura, pp. 24-25

En más de una ocasión manifestó Fernández Santos, como en las declaraciones anteriores, el hartazgo que le produjo tener que batallar tantísimo para levantar la que, al fin y a la postre, había de ser su única película de ficción. Y es una verdadera lástima, porque, independientemente de la escasa carrera comercial que le tocase en suerte a Llegar a más, de lo que no cabe la menor duda revisándola más de medio siglo después es de que su director tenía madera de cineasta: el mundo ganó un novelista de raza, cierto, pero perdió para siempre al que, junto con Carlos Saura, podría haber sido el gran realizador del cine español.

Que sabía lo que se hacía lo atestiguan los treinta y seis títulos, entre documentales y reportajes televisivos, que dirigió a lo largo de su carrera, algunos tan prestigiosos como los dedicados a Velázquez o a Goya. No hay más que ver, por ejemplo, la panorámica inicial sobre Madrid con la que arranca Llegar a más, sabiamente enfatizada por las notas musicales de la partitura compuesta por el maestro Miguel Asins Arbó, para convencerse de que estamos ante una obra de grandes proporciones.

Manuel San Francisco (Daniel) y María José Alfonso (Amparo)

Daniel Tormo (Manuel San Francisco) pertenece a esa estirpe de personajes que, como el José Luis Sánchez que interpretará pocos años después Julián Mateos en El último sábado (1967), pagan cara su desmesurada ambición: nacidos en el seno de familias humildes, no saben conformarse con el ejemplo de abnegado sacrificio heredado de sus padres, lo cual redunda en un estrepitoso fracaso. Les ciega el orgullo y se pillan los dedos, por así decirlo, al fiarse en exceso de los atajos que prometen un éxito rápido y fácil.

Daniel está convencido de que marcharse a trabajar al extranjero es la panacea de todos los males. Y como no lo consigue ni sin papeles (en el último instante se baja del tren para regresar con su novia Amparo) ni con ellos (se los deniegan por una cicatriz que le detectan en el pulmón), acabará sucumbiendo a las malas compañías que lo tientan con el acceso directo a un bienestar que hasta entonces él considera que se le ha vedado: trabajar en un taller, casarse, tener un coche... nada de todo eso es suficiente para alguien que aspira a llegar a más. Por eso en el travelín final, otro portento de narración cinematográfica, Daniel, de camino a la Dirección de Seguridad y como un Tántalo moderno, verá desfilar por la ventanilla del taxi de su padre que él mismo conduce todos los placeres (cines, concesionarios, agencias de viaje, el bullicio nocturno...) a los que a partir de ahora tendrá que renunciar ya para siempre.


domingo, 22 de mayo de 2016

Con el viento solano (1966)




Director: Mario Camus
España, 1966, 84 minutos

Con el viento solano (1966) de Mario Camus


El solano trata un dulce y pegajoso olor de tormenta. El solano aumenta el celo en las vacas toriondas. El solano quema la mies en los mediados de junio. El solano llega hasta las tormenteras de la sierra y allí anida haciendo nubes que luego ruedan hacia el llano, en contratormenta, con los vientres hinchados de granizo. El solano hace que peleen los machos cabríos y desgracia el ganado por las barrancadas. El solano, a los enfermos de pecho les quita el apetito y les acaricia el sexo, los acerca a la muerte. El solano corta la leche de los ordeños, pudre los frutos, infecta las heridas, da tristura al pastor, malos pensamientos al cura. El solano es como huelgo de diablo fino. El solano traía el dulce, pegajoso e inquietante olor de la tormenta.

Ignacio Aldecoa
Con el viento solano

Tras haber debutado con Los Tarantos, el bailarín Antonio Gades asumía en Con el viento solano (1966) su primer papel protagonista en una película que adaptaba la novela homónima publicada diez años antes por Aldecoa. Los personajes y los ambientes que se retratan tanto en el texto como en la pantalla son los típicos del realismo social: aldeas decadentes del interior peninsular, reyertas de gitanos, guardiaciviles enjutos, sol y moscas.

Sebastián Vázquez (Antonio Gades) tiene veintiocho años y un serio problema: ha matado de un disparo a un agente de la Benemérita. A partir de ese momento su vida va a consistir básicamente en huir, a menudo recurriendo a la compasión de amigos y conocidos. No faltarán en su camino almas caritativas que se apiaden de él, como el compañero José Cabeda (Erasmo Pascual), un catalán que, tras pasar dieciocho años en la cárcel, se gana la vida fabricando con sus manos sombreros y otras baratijas de papel y que tiene toda la pinta de ser un represaliado republicano. O la bella Lupe (María José Alfonso), muchacha de la vida que, sin embargo, es capaz de dejarlo todo para irse en busca de Sebastián e intentar lograr que deje de ser un bala perdida.

Pero esta es una historia trágica y su protagonista nació con mala estrella: por más que otros intenten redimirlo, el sino de Sebastián sólo puede llevarlo por la senda del alcohol y la violencia para acabar dando con sus huesos en el cuartelillo de cualquier villorrio de mala muerte. En ese aspecto, su trayectoria puede considerarse absolutamente determinista, ya que es el ambiente malsano en el que nació y se crio el verdadero culpable de sus ulteriores desmanes.