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viernes, 28 de agosto de 2026

María Morena (1951)




Directores: José María Forqué y Pedro Lazaga
España, 1951, 79 minutos

María Morena (1951) de Forqué y Lazaga


Los diversos entresijos de María Morena (1951) giran básicamente en torno a una antigua leyenda local y un misterio por resolver. Este último, por cierto, vinculado con un trágico suceso a consecuencia de rencillas personales entre los habitantes de una humilde aldea andaluza. Todo con un regusto decimonónico inequívocamente romántico. Y sin embargo, a pesar de tratarse de una producción de carácter folclórico protagonizada por Paquita Rico (1929-2017), los exteriores de la misma se rodaron en la localidad barcelonesa de Castellet i la Gornal, mientras que los decorados y secuencias de interior se llevaron a cabo en los míticos Estudios Orphea de la Ciudad Condal.

Dirige la película el tándem José María Forqué-Pedro Lazaga, dos jóvenes cineastas, en aquel entonces al inicio de sus respectivas carreras, pero que en años venideros estaban llamados a erigir dos de las filmografías más sobresalientes, en número y calidad, del cine español. Rodeados, en esta ocasión, de excelentes profesionales, entre los que destaca el director de fotografía Manuel Berenguer (cuyo trabajo, en rutilante sistema Cinefotocolor, resulta de una exquisitez sublime) y la coreógrafa Emma Maleras dándole forma, con los bailes por ella ideados, a la partitura de Jesús García Leoz y las canciones compuestas por el dúo Juan Solano y Francisco Naranjo.



La presencia de Paco Rabal durante los compases iniciales, en el papel de víctima inocente, aporta otro nombre mítico a un reparto que completan Félix de Pomés y Consuelo de Nieva, como padres de la protagonista, Rafael Luis Calvo, dando vida al ruin Cristóbal, trabajador en la fragua de los anteriores, y Alfonso Muñoz que, con su interpretación de don Chirle, el viejo usurero de barba de chivo que bebe los aires por la gitanilla María Morena, aporta la nota cómica en una historia esencialmente dramática. Dicha naturaleza, típica de los romances y coplas de ciego, queda sobre todo patente con la llegada al pueblo de un forastero (José María Mompín) las intenciones y misión del cual se irán desvelando conforme avance la trama.

Lo cierto es que el gracejo de la humilde María Morena, unido a su excepcional hermosura, lleva de cabeza a no pocos muchachos, si bien ella se mantiene firme ante los reclamos de unos y de otros. Sólo la figura de Fernando el forastero logrará amansar a la fierecilla, quizá porque la joven, atraída por la superstición de los lugareños, siente una enorme curiosidad por desvelar el enigma que rodea las ruinas de una casa a las afueras en cuyo interior se dice que habitan fantasmas, circunstancia que aterra a sus amigos Frasquita (Purita Alonso) y Relámpago (Julio Riscal), pero no a esta intrépida vendedora ambulante de cacharros de cobre.



viernes, 21 de agosto de 2026

Fantasía española (1953)




Director: Javier Setó
España, 1953, 95 minutos

Fantasía española (1953) de Javier Setó


Dos pícaros en una comedia de ambientación barcelonesa. Rafael (Antonio Casal) y Pepe (Ángel de Andrés) se hacen pasar por miembros de la aristocracia con el objetivo de dar el sablazo a diestro y siniestro y vivir por todo lo alto sin dar ni golpe. El primero cumple el rol de cabeza pensante, mientras que el segundo vendría a ser una especie de escudero fiel. Gracejo no les falta y, pese a carecer de fondos, se permiten un lujoso tren de vida camelándose al gerente de un hotel de cinco estrellas (Luis Induni) o a un sastre de alto standing (Saza) que les confecciona trajes elegantísimos. A tanto llega la convicción con la que se desenvuelven que incluso se atreverán a adquirir un teatro para que unos artistas amigos suyos puedan actuar de cara al público.

El ingenioso guion de Manuel Bengoa y Juan Lladó, aparte de contribuir a la vis cómica del elenco mediante diálogos afilados y situaciones hilarantes, permite además dar cabida a varios números musicales de corte folclórico. Son destacables, en ese sentido, las coreografías diseñadas por Emma Maleras (1919-2017), mítica intérprete de castañuelas (autora de un método propio de fama internacional) que puso aquí su talento al servicio de las composiciones de, entre otros, Granados y Albéniz. De ahí que la cinta, dirigida por Xavier Setó bajo supervisión de Iquino (y con Pedro Lazaga de ayudante), recibiese el título, un tanto cañí, de Fantasía española (1953).

Pepe (Ángel de Andrés) y Rafael (Antonio Casal) leyendo el periódico en Plaza Cataluña


Aparte de la habilidad con la que la pareja protagonista sortea los obstáculos que van encontrando a lo largo de su accidentado periplo, el principal rasgo que los define es la bondad que albergan en el fondo de sus corazones. Y es que Rafael, por más que abuse de la confianza de unos y otros, haciéndose pasar por el Conde de Capri, sigue siendo un pobre de solemnidad que se apiada de quienes, como el joven mozo del sastre, reciben continuamente los mismos palos de la vida que tal vez a él le tocó sufrir en un tiempo quizá no muy lejano.

De entre la abundante nómina de secundarios que participaron en la película sobresalen nombres como el de Paco Martínez Soria, en un breve papel de taxista, lo mismo que Manuel Gas, cuyo personaje, por cierto, pronuncia de vez en cuando alguna que otra palabra en catalán. Como también resulta elocuente la hiperbólica Choli (Trini Alonso), divertida secretaria que se expresa en unos términos muy ampulosos. En cambio, la siempre hierática María Dolores Pradera interpreta a Ana María, aspirante a estrella de la canción que viaja a todas partes acompañada de su insoportable mamá.



jueves, 20 de agosto de 2026

Mercado prohibido (1952)




Director: Javier Setó
España, 1952, 77 minutos

Mercado prohibido (1952) de Javier Setó


Ópera prima del hoy un tanto olvidado Xavier Setó (así es como firma en este su primer largometraje), quien de la mano de Producciones IFISA debuta con un sobrio ejercicio de cine negro a medio camino entre la denuncia social y el panfleto moralizante. En efecto, Mercado prohibido (1952) se abre con una de las habituales advertencias con las que el productor Iquino solía encabezar sus trabajos: "Una película cuya acción transcurre durante el reciente período de la posguerra europea, y que pone en evidencia (por primera vez en nuestro cine) una de las formas más despiadadas del contrabando".

No contento con esas palabras introductorias, el prefacio detalla aún más los propósitos de la cinta: "La ciencia moderna, con sus trascendentales descubrimientos médicos, ha creado, a la par que una esperanza para muchos enfermos considerados hasta ahora incurables, una angustia nueva que está conmoviendo a la Humanidad: saber que existe algo que puede curarles y no hallarlo en el mercado". Y concluye, con letras todavía más gruesas: "Contra todos aquellos que se enriquecen a costa del dolor de los demás, va dirigida esta película".

Germán (Manuel Monroy) y su esposa Adela (Silvia Morgan)


Si algo queda meridianamente claro en el libreto que escriben conjuntamente Julio Coll y José Germán Huici es la corrupción imperante en una sociedad cuyos miembros recurren muy a menudo a canales alternativos a las vías oficiales para conseguir los tan ansiados medicamentos que pueden salvar la vida de algún familiar o ser querido. Ejemplos no faltan a lo largo del relato, desde la esposa del pobre hombre que busca desesperadamente una dosis de estreptomicina hasta el hijo del protagonista, gravemente enfermo (ironías del destino) pese a que su padre es el mayor traficante de antibióticos de la ciudad.

Retrato gris, por tanto, de una Barcelona desprovista del auxilio de las autoridades sanitarias, circunstancia que la convierte en escenario a merced de individuos tan desalmados como Daniel (Carlos Otero) o especuladores de todo pelaje, ya se trate de un empresario teatral, caso de Miguel Ángel (Alfonso Estela), el propietario de un almacén de pescado, como Germán (Manuel Monroy), o incluso un cerero (Manuel A. Deabella) que esconde los frascos de penicilina en el interior de los cirios que él mismo fabrica. Aquí el que no corre vuela. Suerte que al avispado inspector de turno (como siempre, en este tipo de lances, interpretado por Manuel Gas) no se le escapa nada y acaba deteniendo a los malos para mayor gloria de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

Germán (Manuel Monroy) y su amante Lola (Isabel de Castro)


miércoles, 14 de agosto de 2024

El hombre de los muñecos (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 69 minutos

El hombre de los muñecos (1943) de Iquino


Rudimentario folletín, a ratos cómico, a ratos no tanto, El hombre de los muñecos (1943) se enmarca en los parámetros típicamente austeros del cine español de los años cuarenta. Así pues, con sus escasos setenta minutos de metraje y una puesta en escena eminentemente teatral, apenas queda espacio para la sorpresa en una producción concebida con extrema rigidez.

Su director, de hecho, el prolífico Ignasi Ferrés Iquino, explotó hasta la saciedad dicha fórmula, a menudo con la misma troupe de actores, entre los que destaca un jovencísimo Paco Martínez Soria como secundario, muy lejos aún de la gran estrella que llegaría a ser posteriormente, y el desgarbado Fernando Freyre de Andrade en el papel principal. Guadalupe Muñoz Sampedro, en cambio, interpreta a una riquísima marquesa de las de anteojos con manija y criados que murmuran a sus espaldas.



A grandes rasgos, el argumento de la película, adaptación de Un caradura, "melodrama cómico en tres actos" del gallego Adolfo Torrado (1904-1958), coincide aproximadamente con el de alguna comedia latina de Plauto al estilo de Los dos Menecmos (Menaechmi). Esto es: una pareja de gemelos que, separados al nacer, seguirán destinos opuestos (uno pobre, el otro educado en la riqueza por unos aristócratas) hasta que finalmente, y tras no pocas peripecias del padre arrepentido, se produce el reencuentro que todo lo aclara.

Rodada casi íntegramente en estudio, concretamente en los Diagonal de Barcelona, la cinta contiene incluso un número musical a cargo de Rina Celi ("Papá, llévame al circo"), lo cual delata el carácter lúdico de una propuesta que estaba llamada a servir de evasión para los espectadores de la España autárquica, pero que, vista hoy, resulta un tanto raquítica. En todo caso, conmueve constatar lo estratificado de una sociedad cuyo clasismo y demás lacras estructurales (por ejemplo, cómo el padre furibundo se siente con derecho a increpar y hasta ponerle la mano encima a sus propios hijos) estaban entonces a la orden del día.



domingo, 19 de noviembre de 2023

El tambor del Bruch (1948)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1948, 72 minutos

El tambor del Bruch (1948) de Iquino


Para tratarse de una película rodada en la España de finales de los cuarenta, lo cierto es que El tambor del Bruch (1948) contiene una inusual cantidad de símbolos propios de la identidad catalana. Tal sería el caso, por ejemplo, del Virolai, que los insurrectos somatenes entonan al pie de Montserrat, con la imagen de la Moreneta sobreimpresa en pantalla. O aquel infeliz que, a punto de ser fusilado por los franceses, levanta su puño en alto para proferir un elocuente "Visca l'independència!" (se supone que la española, pero ahí queda ese pequeño apunte en lengua vernácula).

A todo esto, conviene no perder de vista que Iquino, además de prolífico director y productor, sería también el primero en atreverse con el catalán al incluir algunas escenas en dicho idioma en El Judas (1952). Aparte de que incluso anteriormente, en La familia Vila (1950), había filmado a los protagonistas bailando sardanas en el parque de la Ciudadela. Detalles que demuestran la querencia del cineasta por su terruño, si bien no pasó nunca de la nota folclórica y superficial.



Sin embargo, el hecho de que la cinta que nos ocupa recree uno de los episodios más célebres de la guerra contra el invasor napoleónico no deja de ser un pretexto que sirve de trasfondo para el idilio entre Montserrat (Ana Mariscal) y Blas (Carlos Agostí). En todo caso, la leyenda sería de nuevo revisitada posteriormente por otros realizadores como el Jorge Grau de La leyenda del tambor (1981), con Jorge Sanz de protagonista, o, más recientemente, Bruc: El desafío (2010) de Daniel Benmayor, con un intenso Juan José Ballesta en el papel principal.

Por lo demás, huelga decir que los acontecimientos aquí descritos, por más sabor local que les diera Iquino, están contados en clave franquista, ofreciendo una visión de los traicioneros afrancesados en la que no resulta difícil vislumbrar un sospechoso parecido con aquellos republicanos a los que el Régimen culpaba de todos los males. Lectura interesada de un mito que los títulos de crédito iniciales no dudan en calificar en estos términos: "Al amparo de la santa montaña de Montserrat, esperan los patriotas al invasor con una agresiva hostilidad que, al pasar los años, ha de quedar grabada como gesta heroica en el glorioso libro de la historia de España".



viernes, 24 de marzo de 2023

La familia Vila (1950)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1950, 71 minutos

La familia Vila (1950) de Iquino


Filme de ambientación barcelonesa en torno a las tribulaciones de una típica familia de clase media. El domicilio de la cual, dato curioso, se halla en la calle Petritxol, uno de los enclaves más emblemáticos de la ciudad. De hecho, la voz en off del prólogo glosa algunas de las particularidades del lugar, desde que en el número 4 vivió el escritor, poeta y dramaturgo Àngel Guimerà hasta la presencia, en el edificio de enfrente, de la Sala Parés, mítica galería de arte donde, además de haber expuesto "Rusiñol, Casas, Utrillo y otros" (el comentarista silencia deliberadamente el nombre de Picasso, reconocido exiliado antifranquista), se reúne la asociación de vecinos.

Es el paterfamilias don Jaime Vila, honesto empleado de la Central Harinera al que, pese a que le doblan la voz, da vida un convincente Pepe Isbert. La prole a su cargo la integran cuatro hijos: la sumisa Carmen (Maruchi Fresno), la díscola Elvira (Juana Soler, habitualmente conocida bajo el nombre artístico de Juny Orly), el futuro arquitecto Jaime (Jesús Colomer) y la revoltosa Nuri (Liria Izquierdo). Su esposa Adela (María Francés) es más alta que él y le llama siempre por el apellido, pero acata la autoridad del cabeza de familia con obediencia y dulzura.

Caricatura del padre (Pepe Isbert) realizada por su hijo (Jesús Colomer)


Los quebraderos de cabeza de tan decentes personas comienzan cuando Elvira, muchacha independiente y ansiosa de libertad, deja su trabajo en una tienda de ropa para fugarse con un rico hombre de negocios bilbaíno llamado Jorge Alsúa (Fernando Nogueras). Además, el orondo propietario de la fábrica de harina, señor Torrents (Juan de Landa), prescinde de los servicios del honorable don Jaime cuando éste se niega a participar en los oscuros tejemanejes que le propone su jefe. Y, por si no fuera poco, la hija mayor, extenuada tras forzar la vista día y noche con los encajes que borda para contribuir a la maltrecha economía familiar, se queda repentinamente ciega.

Huelga decir que tantas penurias no serán óbice para que todo salga adelante, puesto que el objetivo de un dramón de tales características no es otro sino garantizarle al espectador el consabido final edificante. De todos modos, el atractivo que hoy pueda tener para nosotros una película como La familia Vila (1950) no reside, por supuesto, en su cuestionable moralina nacionalcatólica sino en el valor documental de unas imágenes que nos muestran, por ejemplo, el parque de la Ciudadela repleto de gente bailando sardanas o "la centenaria iglesia del Pino (sic) que se eleva como un centinela protector".



sábado, 3 de diciembre de 2022

Sucedió en mi aldea (1956)




Director: Antonio Santillán
España, 1956, 88 minutos

Sucedió en mi aldea (1956) de A. Santillán


Nenes mofletudos, curas con sotana... Y doctrina, mucha doctrina. La fórmula a la que se recurre en Sucedió en mi aldea (1956) pone de manifiesto un cine de sacristía y niños prodigio por aquel entonces muy en boga. Ya en el prólogo, la voz en off de Juan Manuel Soriano anuncia "una historia ingenua y sencilla" no sin antes cantar las excelencias de una vida campestre más idílica que real. Entre otras cosas porque los hechos narrados dejan traslucir un regusto milagrero que los hace especialmente propicios para aleccionar al personal.

Lloreda, el lugar donde arranca la acción, es una pequeña localidad de "casas pequeñas y apretujadas" con su río, su campanario (que, "como un símbolo, apunta al firmamento") y, repicando desde las alturas, una campana sobre cuyo bronce puede leerse inscrito: "Cuando yo deje de tañer, ¿quién recordará la Fe?" El caso es que, una noche de tormenta, un rayo cae sobre la susodicha, dejando mudo al pueblo y a sus feligreses.

El 'Ratón' (Xavier Rocasalbas) y el 'Chispa'


Pero se da la circunstancia de que don Dimas, el viejo párroco (Ernesto Vilches), tiene a su servicio a un par de acólitos, mitad monaguillos mitad pícaros, que no se arredran ante nada. Sobre todo el mayor de ellos, apodado el 'Chispa' (Pepito Moratalla), quien, aparte de beberse a escondidas el vino de misa, hará lo imposible para recaudar los fondos que permitan la adquisición de una nueva campana.

Que dos niños pequeños se planten ellos solos en Madrid y que, tras varias peripecias, obtengan el dinero gracias a un premio de la lotería solamente ocurre en los cuentos de hadas. Aunque el éxito, por aquellas mismas fechas, de Marcelino, pan y vino (1955) corrobora que el nacionalcatolicismo auspiciaba este tipo de fábulas amables con la mira puesta en propagar su propio ideario. Consideraciones de sobras conocidas que no impiden esbozar una sonrisa al ver, en una misma película y en papeles secundarios, a Gila, como pregonero, o al siempre entrañable Pepe Isbert ocupándose de las barcas del Parque del Retiro.

El de la trompeta es Gila

martes, 5 de marzo de 2019

Aurora de esperanza (1937)















Director: Antonio Sau Olite
España, 1937, 58 minutos

Aurora de esperanza (1937) de Antonio Sau

Deliciosamente panfletaria, Aurora de esperanza fue (ya desde su propio título: "cargado de futuro", que diría el poeta) una de esas aventuras descabelladas que sólo las circunstancias históricas y el arrojo romántico de un puñado de milicianos del Sindicato de la Industria del Espectáculo hicieron posible. Porque la verdadera utopía en aquella hora trágica no consistió en proclamar la revolución anarcosindicalista o el socialismo libertario, sino en sacar adelante, con la que estaba cayendo entonces, un largometraje de ficción.

Filme de puño en alto y mirada en lontananza, rodado en régimen de cooperativa, pero en el que, sin embargo, siguen estando presentes los mismos prejuicios de la sociedad patriarcal contra la que, teóricamente, se pretendía luchar. ¿Cómo se explica, si no, el rol sumiso que adopta Marta (Enriqueta Soler) frente a su marido? Sobre todo en la escena en la que Juan (Félix de Pomés) sorprende a la esposa en lo que, según la lógica interna del relato, adquiere visos de bochornosa afrenta y que, en realidad, no es otra ocupación sino trabajar como modelo de lencería en el escaparate de unos grandes almacenes.



Una toma de conciencia, la del obrero en paro, que pese a encabezar la multitudinaria "Marcha del hambre" y pedir mayor justicia social, aún no ha logrado la plena emancipación respecto a los escrúpulos pequeñoburgueses que todavía anidan en su subconsciente. Y es que este Juan tiene algo del Pedro Crespo calderoniano. Por lo menos es igual de orgulloso que aquel labrador, castellano viejo, y no dudará en rechazar de malas maneras la "bazofia inmunda, propia para cerdos" que le ofrecen los voluntarios del Auxilio Social.

Es la misma arrogancia que le impide entrar, en compañía de sus correligionarios, en el pueblo en el que se hallan su mujer y sus dos hijos porque, según él dice: "Morirían de pena si me vieran en este estado..." Con todo y con eso, hay algún momento (pocos, aunque es ahí donde radica una de las principales bazas de la película) en el que se procura eludir la distinción maniquea entre la masa proletaria y las fuerzas de orden público. Es el caso del policía que deja en libertad a Juan después de que éste se haya regalado a base de bien (y sin pagar ni un duro, como el Charlot de Tiempos modernos) en el Restaurante Joanet de la Barceloneta. Prueba de una fraternidad incipiente, el umbral de una nueva era que jamás llegaría a concretarse, pero que llevará al protagonista, en la patética escena final junto a su esposa, a prorrumpir en los siguientes términos: "¡Qué importan hoy los dolores de ayer! Mira sólo al porvenir: ¡la Revolución está en marcha! Emociónate conmigo: goza de este esplendoroso amanecer, que es como una bella aurora de esperanza..."